lunes, 17 de agosto de 2026

XANADU: CUANDO EL CINE TODAVÍA SE ATREVÍA A SOÑAR A 46 años de una película imperfecta, luminosa y deliciosamente ingenua




Por Aldo Rodríguez


Hay películas que uno recuerda porque fueron extraordinarias. Otras porque ganaron premios, cambiaron el lenguaje cinematográfico o terminaron convertidas en objetos de estudio.


Y hay otras —quizá las más entrañables— que simplemente se quedaron a vivir dentro de nosotros.


Xanadu pertenece a estas últimas.


Se estrenó en 1980. Hace exactamente 46 años.


Yo la vi entonces, cuando estaba terminando la secundaria, en esa edad extraña y maravillosa en la que todavía no sabemos muy bien qué vamos a hacer con nuestra vida, pero comenzamos a sospechar qué cosas nos acompañarán para siempre. Y recuerdo que Xanadu me gustó. Mucho.


Me sigue gustando.


No voy a cometer el disparate de decir que estamos ante una obra maestra del cine. No lo es. Tampoco ganó Óscares ni pretendió cambiar la historia del séptimo arte. La crítica de su tiempo fue particularmente dura con ella y su recepción comercial estuvo muy lejos de lo esperado.


Pero sucede algo curioso.


Han pasado 46 años y seguimos hablando de Xanadu.


Algo habrá hecho bien.


Una musa en patines


La historia es deliberadamente ingenua.


Sonny Malone, interpretado por Michael Beck, es un joven artista frustrado que trabaja reproduciendo portadas de discos. Un día aparece Kira, interpretada por Olivia Newton-John: hermosa, luminosa, misteriosa, casi imposible.


Y lo es.


Porque Kira no pertenece exactamente a este mundo.


Es una de las nueve musas de la mitología griega, escapada —por decirlo de alguna manera— de un mural para inspirar a los mortales.


Así de sencillo.


Así de absurdo.


Y así de encantador.


Porque Xanadu jamás intenta explicarnos científicamente por qué una musa griega anda en patines por Los Ángeles en 1980. ¿Para qué? La película simplemente nos pide algo que hoy parece cada vez más difícil: que aceptemos la fantasía.


Y entonces aparece Gene Kelly.


Su personaje, Danny McGuire, es un antiguo músico que ha dejado atrás sus sueños. En él habita otro tiempo. El de las grandes orquestas, los salones de baile, Glenn Miller, los smokings, las melodías elegantes y aquella manera de bailar en la que parecía que el cuerpo humano podía vencer momentáneamente a la gravedad.


Kira lo hará recordar.



Y aquí Xanadu encuentra, para mí, su verdadero corazón.


Gene Kelly: el hombre que venía de otro cine


Habían transcurrido 28 años desde Singin’ in the Rain.


El Gene Kelly que aparece en Xanadu ya no es aquel joven atlético que brincaba sobre los charcos mientras Hollywood aprendía a reírse de sí mismo. Es un hombre maduro. Tiene casi 68 años.


Pero comienza la música.


Y Gene Kelly baila.


Y patina.


Y durante unos minutos ocurre algo maravilloso: el tiempo desaparece.


Xanadu sería su última aparición como actor en un largometraje cinematográfico. Hay algo profundamente emotivo en saberlo hoy. Porque aquella película aparentemente frívola terminó convirtiéndose, sin proponérselo, en la despedida cinematográfica de uno de los grandes bailarines del siglo XX.


Y qué manera tan curiosa de despedirse.


No con nostalgia.


No sentado mirando fotografías del pasado.


Sino bailando sobre patines.


La coreografía de la película estuvo encabezada por un joven Kenny Ortega, mucho antes de convertirse en uno de los nombres importantes de la coreografía y el cine musical estadounidense. Trabajar con Kelly significó para él entrar en contacto directo con una tradición que venía de la época dorada de Hollywood.


De alguna manera, en Xanadu se dieron la mano dos generaciones.


Y eso se escucha.


Y se ve.


Cuando Glenn Miller se encontró con el rock


Hay una secuencia que siempre me ha fascinado.


Danny imagina el club que quiere construir desde su propio universo musical: una gran orquesta, metales, swing, bailarines, la atmósfera de los años cuarenta.


Sonny, en cambio, imagina otra cosa.


Rock.


Guitarras.


Luces.


Juventud.


Y la película hace algo delicioso: pone ambos mundos simultáneamente frente a nosotros hasta hacerlos convivir.


La pieza es Dancin’, interpretada por Olivia Newton-John y The Tubes.


De un lado parece emerger el espíritu de las Andrews Sisters y las big bands; del otro, el rock de finales de los setenta. Poco a poco las dos músicas se aproximan hasta terminar formando una sola.


Vista hoy, aquella escena dice mucho más de lo que probablemente pretendía.


Porque la historia de la música funciona precisamente así.


Nada desaparece completamente.



Las épocas se superponen. El swing puede convivir con una guitarra eléctrica; Gene Kelly puede bailar junto a Olivia Newton-John; Hollywood puede encontrarse con la cultura del roller disco.


El pasado no necesariamente muere.


A veces simplemente cambia de ritmo.


Una película que fracasó y una música que triunfó


Y aquí aparece la gran paradoja de Xanadu.


La película fue recibida con enorme dureza.


La banda sonora, en cambio, fue un éxito extraordinario.


Y no es difícil entender por qué.


En realidad estamos frente al encuentro de dos universos musicales.


Por un lado está John Farrar, colaborador esencial en la carrera de Olivia Newton-John, responsable de canciones como Magic, Suddenly, Suspended in Time y Dancin’.


Por el otro aparece Jeff Lynne, fundador, compositor, productor y arquitecto sonoro de Electric Light Orchestra.


Lynne entendió algo que pocos músicos de rock comprendieron con tanta claridad: que los violines, violonchelos, sintetizadores, guitarras eléctricas y armonías vocales podían convivir sin pedir permiso.


ELO había construido precisamente ese sonido.


Un rock sinfónico profundamente británico, heredero de los Beatles pero ya instalado en el universo tecnológico de finales de los setenta.


Y entonces llegaron canciones como I’m Alive, The Fall, Don’t Walk Away, All Over the World y, por supuesto, Xanadu.


Pero está también Magic.


Qué canción.


Tiene algo extraño. No es simplemente una canción pop alegre. Hay en ella una armonía ligeramente oscura, suspendida, casi hipnótica, que contrasta maravillosamente con la voz cristalina de Olivia Newton-John.


Y funcionó.


Magic permaneció cuatro semanas en el número uno del Billboard Hot 100.



Mientras tanto, Xanadu, compuesta por Jeff Lynne e interpretada por Olivia con Electric Light Orchestra, llegó al número uno en el Reino Unido.


La película podía recibir golpes de la crítica.


La música había encontrado su propio camino.


Olivia


Y naturalmente está ella.


Olivia Newton-John.


Venía del enorme fenómeno de Grease, estrenada apenas dos años antes. Su carrera discográfica ya era importante desde mucho antes, pero Sandy la había convertido en una figura reconocible prácticamente en cualquier parte del planeta.


En Xanadu hay algo diferente.


Olivia no necesita construir un personaje particularmente complejo.


Simplemente tiene que aparecer.


Sonreír.


Cantar.


Patinar.


Y la pantalla se ilumina.


Hay artistas que poseen una cualidad difícil de explicar técnicamente. No necesariamente son los actores más profundos ni las voces más portentosas. Es otra cosa.


La cámara los quiere.


Olivia tenía eso.


Una luminosidad natural, una cierta dulzura que nunca parecía completamente fabricada. Y por eso resulta perfecta como Kira. ¿Quién más podía interpretar en 1980 a una musa que abandona el Olimpo para aparecer en Venice Beach sobre unos patines?


Probablemente nadie.


Tal vez necesitamos un poco de ingenuidad


He vuelto a ver Xanadu varias veces a lo largo de mi vida.


Y cada vez sucede algo curioso.


Sé perfectamente lo que voy a encontrar.


Sé que el argumento es ingenuo. Sé que algunas escenas son excesivas. Sé que el vestuario, los efectos ópticos, el neón y ciertos peinados gritan 1980 desde kilómetros de distancia.


No importa.


La disfruto enormemente.


Quizá porque al verla no solamente estoy viendo una película.


Estoy viendo también un pedazo de mi propia vida.



Aquellos años de secundaria. La radio. Los discos. Las canciones que aparecían de pronto y se instalaban durante semanas en nuestra cabeza. Una época en la que para volver a escuchar una canción había que esperar a que sonara nuevamente en la radio o comprar el disco.


Y Xanadu conserva algo de aquel mundo.


Una inocencia.


Hoy vivimos rodeados de películas que necesitan explicarlo todo, universos cinematográficos gigantescos, efectos digitales perfectos y personajes psicológicamente complejos.


Xanadu no quiere nada de eso.


Quiere que durante poco más de hora y media aceptemos que existen las musas.


Que pueden enamorarse.


Que Gene Kelly todavía puede bailar.


Que una discoteca puede convertirse en un palacio.


Y que quizá nuestros sueños —incluso aquellos que abandonamos hace muchos años— todavía están esperando que alguien venga a despertarlos.


El lugar al que siempre podemos regresar


El nombre Xanadu, naturalmente, viene de mucho más atrás: de aquel mítico palacio de Kublai Khan inmortalizado por Samuel Taylor Coleridge. Desde entonces la palabra quedó asociada en la imaginación occidental con un sitio imposible, paradisíaco, construido entre realidad y sueño.


Eso es precisamente la película.


Un lugar que no existe.


Pero al que podemos regresar.


Basta escuchar los primeros compases de Magic.


Basta escuchar la voz de Olivia Newton-John.


Basta ver a Gene Kelly deslizarse nuevamente sobre una pista.


Y durante unos minutos sucede algo que solamente el cine y la música saben hacer realmente bien:


tenemos otra vez quince, dieciséis años.


Han pasado 46 años.


Gene Kelly ya no está.


Olivia Newton-John tampoco.


Pero basta poner Xanadu y allí están los dos.


Ella, joven y luminosa.


Él, casi septuagenario, todavía bailando.


Y quizá por eso sigo regresando a esta película.


No porque sea perfecta.


Sino precisamente porque no necesita serlo.


Hay obras que admiramos con la cabeza.


Hay otras que conservamos en el corazón.


Y unas pocas, muy pocas, tienen la extraña capacidad de abrir una puerta hacia quienes fuimos alguna vez.


Para mí, Xanadu es una de ellas.


Y cada vez que esa puerta se abre, entro.


Aunque sea solamente durante un par de horas.


Aunque para hacerlo tenga que ponerme, metafóricamente hablando, unos patines.


Porque después de todo, ¿qué otra cosa es la música sino nuestra particular manera de regresar a lugares que ya no existen?


Ese lugar, para algunos de nosotros, todavía se llama Xanadu.

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