viernes, 5 de junio de 2026

Cuando la música deja de unir Mundial 2026, propaganda y el uso político del sonido




Por Aldo Rodríguez


Hay músicas que nacen para acompañar una celebración colectiva.


Un himno olímpico, una canción mundialista, una fanfarria ceremonial: todos esos repertorios comparten una vocación antigua y profundamente humana. Convocar. Reunir. Encender una emoción común. Hacer sentir que, por encima de fronteras, ideologías o credos, durante unos minutos existe un territorio compartido donde millones de personas pueden respirar el mismo pulso.


La música posee ese poder.


Lo ha tenido siempre.


Desde los cantos tribales hasta los himnos nacionales; desde los corales religiosos hasta las canciones que acompañaron revoluciones enteras.


Puede consolar.


Puede elevar.


Puede reunir.


Y sí: también puede manipular.


La historia está llena de ejemplos.



Los grandes aparatos ideológicos del siglo XX comprendieron muy bien que pocas herramientas penetran tan rápido la conciencia como una melodía sencilla repetida una y otra vez. La música puede sembrar identidad, pero también obediencia. Puede construir comunidad… o fracturarla. Puede volverse memoria viva o convertirse en consigna.


Por eso nunca es ingenuo observar cómo y cuándo se usa.


Y por eso resulta inevitable detenerse ante la reciente presentación de una canción vinculada al Mundial de fútbol de 2026: La niña futbolista, cantada por Julieta Venegas


No por escándalo pasajero.


No por la polémica inmediata de redes.


Sino porque detrás del gesto hay algo más profundo: una visión del símbolo público que merece discutirse.


Porque un Mundial de fútbol —y particularmente uno que tendrá a México como sede— representa uno de los momentos de mayor exposición internacional del país en décadas.


Es vitrina cultural.


Es diplomacia simbólica.


Es identidad nacional proyectada hacia millones de personas.



Y precisamente por eso sorprende que, en lugar de apostar por una obra pensada desde la celebración común, desde la hospitalidad o desde la potencia compartida del deporte, se haya elegido una pieza recontextualizada bajo un discurso ideológico que desplaza el eje de aquello que el evento representa.


Y ahí aparece el problema de fondo.


No porque el tema de las mujeres en el deporte no sea importante.


Lo es.


Y profundamente.


El fútbol femenil merece atención real, inversión real, espacios reales y respeto sostenido.


Eso no admite discusión.


Pero una cosa es impulsar causas legítimas con inteligencia y coherencia.


Y otra muy distinta es insertar símbolos en contextos donde el efecto termina siendo contradictorio, artificial o abiertamente divisivo.


Ahí es donde la música deja de funcionar como puente y empieza a sentirse como instrumento de agenda.


Y el oído colectivo percibe eso de inmediato.


No hace falta teoría política para detectarlo.


La gente lo siente.


Sucede en segundos.


Una canción mundialista suele instalarse porque activa algo emocionalmente compartido.


Conviene precisar algo importante, porque el debate se simplifica demasiado rápido.



Nadie está cuestionando el lugar del futbol femenil ni la necesidad de fortalecerlo. Al contrario. El crecimiento del futbol de mujeres en los últimos años merece reconocimiento serio, inversión y una narrativa propia construida con dignidad y visión de largo plazo. Y justamente por eso resulta todavía más desconcertante esta decisión.


El Mundial de 2026 que se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá es un Mundial varonil.


Ese es el evento concreto.


Ese es el contexto simbólico y deportivo al que responde.


El siguiente gran escaparate de la FIFA para el futbol de mujeres llegará después, en Brasil, con su propio escenario y con toda la legitimidad para construir una identidad sonora y cultural acorde a ese momento.


Precisamente ahí está la contradicción.


No se fortalecen las causas legítimas mezclándolas artificialmente fuera de contexto.


No se construye una narrativa sólida desplazando símbolos de un espacio a otro como si fueran intercambiables.


Y mucho menos cuando la pieza presentada —más allá de su intención declarada— termina sintiéndose forzada, desangelada y desconectada del espíritu de una Copa del Mundo masculina.


La música en estos casos importa.


Importa muchísimo.


Porque un himno deportivo no es un comunicado oficial, de división social ni un manifiesto de campaña.


Es una señal emocional.


Es memoria futura.


Es el pulso de una celebración que millones de personas escucharán y asociarán durante años con una experiencia colectiva.


Y cuando esa señal nace sin fuerza propia, sin entusiasmo auténtico y sin verdadera conexión con el momento histórico que pretende representar, ocurre algo inevitable: la canción se vacía de sentido.


Se vuelve ruido institucional.


Un recurso de ocasión.


Un gesto diseñado más para producir lectura política inmediata que para perdurar en la memoria cultural del país.


Y ahí está quizá la mayor fragilidad de todo esto.


México necesitaba una canción capaz de celebrar, convocar y representar.


Lo que recibió fue una pieza reciclada, desplazada de contexto y presentada con una solemnidad que no resiste demasiado análisis.


Y eso, más que entusiasmo, deja una sensación incómoda: la de estar frente a un símbolo construido no para unir a una afición ni para celebrar al país, sino para intentar conducir emocionalmente una conversación pública que ya venía polarizada desde antes.


Pensemos en Ricky Martin y “La Copa de la Vida” en 1998.


O en Shakira con “Waka Waka” en 2010.


O incluso en canciones que, sin ser obras maestras, lograron generar una sensación de entusiasmo inmediato.


Había ritmo.


Había energía.


Había celebración.


Había una invitación clara a sumarse.


La música decía: “aquí cabemos todos”.


Ese es el secreto.


Y no es menor.


Porque el deporte de alto nivel ya trae consigo suficiente tensión: rivalidades, nacionalismos, pasiones colectivas, frustraciones, triunfos y derrotas.


La música que lo acompaña normalmente busca equilibrar eso con un lenguaje de unidad.


Cuando ocurre lo contrario y la pieza se percibe como vehículo ideológico o como declaración política disfrazada de celebración cultural, el resultado es distinto.


No convoca.


No entusiasma.


No trasciende.


Divide.


Y al dividir pierde su centro.


Ahí aparece otro punto importante.


México atraviesa temas urgentes y dolorosos.


Violencia.


Desapariciones.


Crisis institucionales.


Fatiga social.


Heridas abiertas que exigen atención profunda y seriedad histórica.


Y frente a eso, el uso propagandístico del símbolo musical puede sentirse especialmente desconectado de la realidad.


Porque el arte público no existe en el vacío.


La ciudadanía escucha con el contexto encima.


Escucha desde la calle.


Desde la preocupación cotidiana.


Desde la memoria.


Desde la experiencia concreta.


Y cuando la distancia entre el símbolo y la realidad se vuelve demasiado grande, aparece una sensación inevitable: artificio.


Eso no es nuevo.


La historia cultural está llena de proyectos oficiales que quisieron fabricar emoción desde arriba.


Algunos lo lograron.


Muchísimos fracasaron.


Y suelen fracasar por lo mismo: confunden propaganda con resonancia auténtica.


La propaganda ordena.


La resonancia nace.


La propaganda insiste.


La música verdadera permanece.


La propaganda necesita repetirse para imponerse.


La canción auténtica vive sola en la memoria de la gente.


Y esa diferencia es enorme.


Un Mundial merece una música que represente hospitalidad, diversidad, energía, celebración y orgullo cultural.


Algo que haga sentir a México como lo que también es: una nación profundamente musical, compleja, poderosa, creativa y capaz de conmover al mundo con enorme dignidad.


No hacía falta ideologizarlo.


No hacía falta convertirlo en mensaje programático.


No hacía falta polarizar donde el deporte podía servir como encuentro.


Porque precisamente ahí está el valor simbólico del fútbol.


Durante unas semanas el planeta mira el mismo balón.


Y aunque cada país sueñe con ganar, todos comparten la misma fiesta.


La música debería acompañar eso.


No fracturarlo.


No convertirlo en herramienta coyuntural.


No utilizarlo como vehículo de alineación política.


México merece símbolos culturales más inteligentes.


Más amplios.


Más generosos.


Más finos.


Porque el poder del sonido es enorme.


Y quienes ejercen poder lo saben.


A veces con inteligencia admirable.


A veces con una torpeza difícil de ocultar.


La responsabilidad, al final, siempre vuelve a nosotros.


Escuchar críticamente.


Pensar antes de repetir.


Reconocer cuándo una canción nace del impulso artístico verdadero… y cuándo pretende conducir emociones hacia una dirección previamente diseñada.


La música seguirá teniendo poder.


Eso nunca cambiará.


La pregunta es si ese poder será usado para abrir un espacio común… o para seguir empujando la fragmentación que ya bastante pesa sobre la vida pública.


Y quizá ahí esté el punto esencial.


En tiempos donde todo parece empujarnos hacia trincheras opuestas, tal vez lo verdaderamente revolucionario no sea imponer otra consigna.


Tal vez sea recordar que hay músicas que todavía pueden reunirnos.


Y defenderlas.


Porque cuando la música deja de unir y empieza a utilizarse como herramienta de confrontación, pierde su misterio más valioso.


Deja de cantar con la gente.


Y empieza, simplemente, a sonar desde el poder.

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