lunes, 17 de agosto de 2026

BOSTON: CUANDO EL ROCK SE NEGÓ A MORIR A cincuenta años de un disco perfecto




Por Aldo Rodríguez


Había algo en el aire.


La música popular estaba cambiando a una velocidad extraordinaria. El disco comenzaba a apoderarse de las pistas de baile; Europa preparaba esa formidable maquinaria electrónica que muy pronto conoceríamos como eurodisco; los sintetizadores abandonaban lentamente los laboratorios y los territorios de la experimentación para instalarse en la cultura popular. Al mismo tiempo, en Nueva York comenzaba a cocinarse otra revolución: el punk.


Y en medio de todo aquello apareció un disco con una nave espacial en la portada.


Se llamaba simplemente Boston.


La agrupación también.


El 25 de agosto de 1976, Epic Records puso en circulación uno de esos álbumes que parecen llegar perfectamente terminados al mundo. No da la impresión de ser un debut. No hay titubeos, búsquedas ni tanteos. Desde los primeros segundos de More Than a Feeling existe una identidad sonora absolutamente reconocible.


Y medio siglo después continúa ahí.


Quizá por eso recuerdo perfectamente aquella canción.


Yo tenía diez años cuando More Than a Feeling comenzó a escucharse en la radio mexicana. Naturalmente, a esa edad uno no piensa en producción, armonía, tecnología de grabación ni arquitectura sonora. Uno simplemente escucha.


Y algo sucede.



Aquella guitarra acústica inicial, limpia y aparentemente inocente, comenzaba a construir una expectativa. Después aparecían las guitarras eléctricas, enormes, superpuestas, luminosas; y finalmente aquella voz extraordinaria que parecía atravesar todo el espectro sonoro.


La voz era la de Brad Delp.


Una de las grandes voces del rock estadounidense y, curiosamente, quizá no mencionada con la frecuencia que merece cuando se habla de los grandes cantantes de los setenta. Delp poseía algo difícil de enseñar: potencia sin pesadez. Podía subir hacia registros altísimos conservando claridad, afinación y una extraña sensación de facilidad.


Pero detrás de aquella voz existía otro personaje todavía más singular.


Tom Scholz.


Y aquí comienza realmente la historia de Boston.


Scholz no correspondía exactamente al arquetipo del rockstar de los años setenta. Era ingeniero formado en el MIT, trabajó para Polaroid y tenía una relación casi científica con el sonido. Durante años construyó grabaciones junto con Delp, experimentó con guitarras, amplificadores, capas sonoras y procedimientos de estudio mientras las compañías discográficas rechazaban una y otra vez sus demos.


Hasta que finalmente alguien escuchó.


Y entonces ocurrió una de las grandes ironías de la industria musical: buena parte de uno de los discos más exitosos y técnicamente impresionantes de los años setenta no nació en uno de los grandes estudios de Los Ángeles o Nueva York.



Nació, esencialmente, en un sótano.


Scholz convirtió el estudio de grabación en instrumento musical.


Eso es fundamental para comprender Boston.


Porque estamos ante un disco de rock, sí, pero también ante una formidable obra de ingeniería sonora. Las guitarras no simplemente acompañan: están construidas por estratos. Se duplican, se responden, se expanden en el espacio estereofónico y en ocasiones parecen comportarse como una sección orquestal.


Hay algo casi sinfónico en la manera en que Scholz piensa la guitarra eléctrica.


Y quizá ahí se encuentra una de las razones por las que el disco ha envejecido tan bien.


Escuchemos Peace of Mind, Foreplay/Long Time, Rock & Roll Band, Smokin’, Hitch a Ride o Something About You. Hay una coherencia tímbrica sorprendente. Todo pertenece al mismo universo acústico.


No es solamente una colección de canciones exitosas.


Es un sonido.


Y crear un sonido propio es una de las cosas más difíciles que puede conseguir un artista.


Pero inevitablemente volvemos a More Than a Feeling.


Porque ahí está concentrado prácticamente todo.


La canción comienza con intimidad y termina convertida en una arquitectura monumental. Va creciendo ante nuestros oídos. La guitarra acústica establece el territorio; después llegan las eléctricas; entra Delp y, casi sin advertirlo, nos encontramos dentro de uno de los grandes estribillos del rock estadounidense.



Pero hay algo todavía más interesante.


More Than a Feeling habla, precisamente, de lo que hace la música con la memoria.


Una canción aparece y, de pronto, alguien que ya no está regresa.


Un rostro.


Una época.


Una habitación.


Una persona.


Nuestra propia juventud.


Eso es mucho más que un sentimiento.


Y quizá ahí radica el secreto de su permanencia. Porque cincuenta años después la canción ha terminado haciendo con nosotros exactamente aquello de lo que habla.


Yo la escucho y regreso a 1976.


Tengo nuevamente diez años.


La radio está encendida.


No sé quién es Tom Scholz. No sé quién es Brad Delp. No sé absolutamente nada acerca del MIT, de Epic Records, de estudios de grabación ni de guitarras superpuestas.


Solamente sé que esa canción me gusta.


Muchísimo.


Y seguramente millones de personas podrían contar una historia parecida.


More Than a Feeling llegó hasta el número cinco del Billboard Hot 100, mientras que el álbum alcanzó el número tres del Billboard 200 y permaneció allí, entrando y saliendo de nuestras vidas, durante 138 semanas. Con el tiempo ocurrió algo todavía más extraordinario: aquel disco debut terminó certificado con 17 millones de unidades vendidas solamente en Estados Unidos. 


Nada mal para unas canciones construidas en buena medida en el sótano de un ingeniero obstinado.


Y aquí aparece otra cuestión fascinante.


Boston llegó en un momento de transición.


En 1976 convivían mundos que parecían dirigirse hacia lugares diferentes. La música disco avanzaba; la electrónica comenzaba a modificar la producción popular; el punk estaba a punto de dinamitar muchas convenciones del rock, y sin embargo Boston apareció reivindicando algo aparentemente tradicional: guitarras, batería, bajo, órgano y una gran voz.


Pero no estaban mirando hacia atrás.


Todo lo contrario.


Tomaron los instrumentos tradicionales del rock y los sometieron a una concepción tecnológica extraordinariamente moderna.


Ahí está la paradoja.


Boston hizo rock clásico utilizando una mentalidad de ingeniero del futuro.


Por eso esas guitarras poseen ese brillo particular. Por eso los coros parecen gigantescos. Por eso medio siglo después ponemos una buena edición del álbum, subimos el volumen y el sonido conserva una presencia desconcertante.


No parece una reliquia.


Respira.


Y quizá también debamos recordar algo que nuestra época del sencillo, la playlist y el algoritmo nos hace olvidar con demasiada facilidad: Boston pertenece a la cultura del álbum.


Hay que escucharlo completo.


Son apenas ocho piezas y alrededor de treinta y siete minutos. 


Nada sobra.


Desde More Than a Feeling hasta Let Me Take You Home Tonight existe esa maravillosa sensación de estar frente a un objeto terminado. Una obra que posee principio, desarrollo y conclusión.


Incluso su portada se volvió inseparable de aquella identidad: esas enormes naves espaciales con forma de guitarra atravesando el cosmos.


Era una declaración bastante precisa.


La guitarra estaba entrando al futuro.


Tal vez por eso Boston sigue siendo un disco que vale la pena tener físicamente. Sacarlo de la funda. Mirar la portada. Colocarlo en la tornamesa. Escuchar cómo cae la aguja.


Porque hay discos que contienen canciones y hay discos que contienen épocas.


Boston pertenece a los segundos.


Brad Delp murió en 2007, pero basta escuchar nuevamente aquella entrada vocal para que ocurra ese pequeño milagro que solamente permite la música: la muerte queda suspendida durante cuatro minutos y tantos segundos.


La voz vuelve.


Las guitarras vuelven.


1976 vuelve.


Y uno comprende finalmente que Tom Scholz tenía razón al titular aquella canción como lo hizo.


Porque algunas músicas no producen solamente un sentimiento.


Construyen memoria.


Se convierten en coordenadas de nuestra propia existencia.


Y cincuenta años después, cuando vuelve a sonar aquella guitarra acústica y Brad Delp comienza a cantar, yo no escucho solamente uno de los grandes clásicos del rock estadounidense.


Escucho una radio encendida en México.


Escucho 1976.


Y por unos minutos…


vuelvo a tener diez años.

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