jueves, 30 de abril de 2026

Hablemos Francamente: la nueva voz informativa que conecta con Sinaloa

 

Con una propuesta fresca, directa y en sintonía con la realidad actual, Hablemos Francamente se abre paso como uno de los espacios informativos más prometedores de la radio sinaloense. A pesar de su reciente llegada al aire, el programa ya comienza a captar la atención de una audiencia que busca información clara, ágil y con un enfoque cercano.

Bajo la conducción de Héctor Frank, influencer y comunicador con sólida presencia en redes sociales, este espacio transmite de lunes a viernes a las 3:30 de la tarde por Radio Fórmula Culiacán (88.7 FM), posicionándose como una nueva alternativa para mantenerse al día con los temas más relevantes.

El estilo de Héctor Frank es, sin duda, uno de los principales atractivos del programa: directo, auténtico y con una conexión natural con la audiencia. Su experiencia en el entorno digital —que incluye un canal de YouTube activo incluso antes de su paso por TVP— le ha permitido desarrollar una narrativa moderna que combina inmediatez con cercanía. Su etapa en televisión, donde colaboró presentando el pronóstico del tiempo, complementa una trayectoria que hoy se consolida en la radio.

Hablemos Francamente no es solo un noticiero; es un espacio dinámico donde convergen la información, el análisis y la participación social. A través de entrevistas con figuras destacadas y la difusión de anuncios comunitarios —como eventos y actividades en Sinaloa—, el programa se convierte en una plataforma útil tanto para la audiencia como para la comunidad.

Aunque tiene poco tiempo al aire, su crecimiento ha sido constante, impulsado por un formato accesible y por la credibilidad de su conductor. La apuesta es clara: ofrecer contenido relevante, sin rodeos, y con un compromiso genuino con la información.

Con esta combinación de frescura, experiencia y cercanía, Hablemos Francamente perfila su camino para consolidarse como un referente en la radio regional, demostrando que las nuevas propuestas también pueden marcar la diferencia desde sus primeros pasos.






martes, 28 de abril de 2026

La Plebona celebra su primer año al aire: un año de música, análisis y conexión con su audiencia

 


La estación La Plebona acaba de cumplir su primer año al aire, consolidándose como un espacio diverso y cercano para los oyentes que buscan entretenimiento, información y debate. Desde su inicio, la emisora ha destacado por combinar la tradición musical mexicana con un enfoque fresco en contenidos de actualidad.

El equipo detrás de La Plebona está formado por Gilberto Olivarría, Mónica Prado, Olegario Quintero e Ivanjov Valenzuela, quienes han logrado construir una química única que se refleja al aire. Cada integrante aporta su estilo y experiencia, generando un balance entre la calidez del entretenimiento y la seriedad del análisis informativo.



La estación ofrece una programación variada que incluye música regional mexicana, manteniendo viva la tradición y conectando con la identidad cultural de su audiencia. Además, destaca la “mesa picante”, un espacio donde los conductores y sus invitados discuten temas de actualidad con un toque crítico y provocador, generando conversaciones dinámicas y sinceras.

El compromiso de La Plebona con la información se refuerza con un programa de análisis político, que ofrece a los oyentes contexto y perspectivas sobre los acontecimientos nacionales e internacionales, sin perder la claridad ni la rigurosidad. Complementando esta labor, la estación mantiene despachos informativos cada hora en la hora, asegurando que su audiencia esté siempre al tanto de los hechos más relevantes.



Ubicada en el cuadrante 100.9 FM, La Plebona también llega a oyentes digitales a través de iHeart Radio y dispositivos como Alexa, ampliando su alcance y permitiendo que su programación se escuche en cualquier lugar y momento.

A un año de su lanzamiento, La Plebona no solo celebra su permanencia en el aire, sino también la consolidación de un espacio que combina entretenimiento, cultura e información, demostrando que la radio sigue siendo un medio capaz de adaptarse a los tiempos y de crear comunidad con sus oyentes.

domingo, 26 de abril de 2026

Chernóbil: la memoria que arde en silencio

Por Aldo Rodríguez


Dedicatoria: A los músicos ucranianos de la Orquesta Sinfónica de las Artes, que en medio del desarraigo encontraron en estas tierras un nuevo horizonte para seguir haciendo música.

Con respeto y admiración, por recordarnos que incluso tras la devastación, el arte sigue siendo una forma de volver a casa.

Hay acontecimientos que no terminan cuando se apagan las sirenas. Permanecen —como una vibración baja, casi imperceptible— en la conciencia del mundo. El desastre de Chernobyl es uno de ellos. No fue solamente una explosión en un reactor; fue una fractura en la idea misma de progreso. Una grieta que, cuarenta años después, sigue abierta.


Porque, ¿qué es lo que realmente ocurrió aquella madrugada de abril de 1986? Más allá de los datos técnicos —el reactor RBMK, la prueba fallida, la liberación de material radiactivo—, lo que se desplomó fue una narrativa: la de la ciencia como promesa incuestionable de futuro. Y aquí conviene ser precisos, casi quirúrgicos: no fue la ciencia la que falló, sino su uso, su gestión, su subordinación a estructuras políticas que confundieron control con conocimiento.



He pensado muchas veces en esto —quizá más de las que debería—: ¿en qué momento la inteligencia humana, capaz de descifrar el núcleo del átomo, pierde la capacidad de anticipar sus propias consecuencias?


Chernóbil no es solo un accidente; es una pedagogía brutal.


La dimensión humana de la tragedia suele diluirse entre cifras. Pero basta detenerse un instante —uno solo— en la ciudad de Pripyat para entenderlo todo. Una ciudad diseñada para el futuro, congelada en el instante exacto de su abandono. Juguetes en el suelo. Ruedas de la fortuna que nunca giraron. Habitaciones que aún parecen esperar el regreso de quienes salieron con lo puesto, creyendo que volverían en unos días.


No volvieron.


Y en ese no retorno hay algo profundamente contemporáneo. Porque Chernóbil anticipó el siglo XXI: un mundo donde el riesgo ya no es visible, donde la amenaza no tiene forma, ni olor, ni sonido. La radiación —ese enemigo silencioso— nos obligó a enfrentar una idea inquietante: no todo peligro se puede percibir con los sentidos.


La modernidad, de pronto, se volvió abstracta.



Desde la perspectiva artística —y aquí es donde la reflexión adquiere otra resonancia—, Chernóbil ha generado un corpus de obras que no buscan representar el desastre, sino pensarlo. Óperas como All the Truths We Cannot See de Uljas Pulkkis o la perturbadora Chornobyldorf de Roman Grygoriv e Illia Razumeiko no reconstruyen la tragedia: la transfiguran.


Y eso es fundamental.


Porque el arte no documenta; el arte revela. Nos obliga a mirar donde preferiríamos no hacerlo. Nos coloca frente a la pregunta incómoda: ¿qué queda después del desastre? ¿La memoria… o el olvido?


En la música, el silencio nunca es ausencia. Es tensión. Es espera. Es posibilidad. Chernóbil, en ese sentido, es un gran silencio histórico: un espacio donde lo que no se dice pesa tanto como lo que se enuncia.


Y sin embargo, hay momentos en los que la representación se acerca peligrosamente a la verdad. Pienso, inevitablemente, en la serie Chernobyl de HBO. No es un documento —ninguna obra lo es del todo—, pero hay en ella una voluntad casi obsesiva por reconstruir, por escuchar, por darle forma dramática a los testimonios que durante años circularon como ecos fragmentados.


Es, quizá, una de las aproximaciones más honestas a lo ocurrido.



Y luego está la música.


La partitura de Hildur Guðnadóttir —una de las voces más singulares de nuestro tiempo— no ilustra; no acompaña; no subraya. Se infiltra. Está construida a partir de sonidos industriales, grabaciones de la propia central nuclear, texturas que parecen emerger de las entrañas de la materia. No hay melodía en el sentido tradicional. Hay atmósfera. Hay presión. Hay algo que respira… y no debería.


(La primera vez que la escuché, lo confieso, sentí más incomodidad que admiración. Y eso —precisamente eso— es lo que la hace necesaria.)


La serie y su música no buscan tranquilizar al espectador. Todo lo contrario: lo colocan frente a una verdad incómoda. Que el desastre no fue un accidente aislado, sino la consecuencia de una cadena de decisiones humanas. Decisiones evitables.


Hay otro punto que me parece crucial —y aquí me permito una ligera digresión—: la relación entre ciencia y ética. Vivimos en una época donde la tecnología avanza a una velocidad vertiginosa. Inteligencia artificial, ingeniería genética, exploración espacial… el horizonte es fascinante. Pero también lo es —y esto hay que decirlo sin rodeos— profundamente peligroso si no está acompañado de una conciencia crítica.


Chernóbil nos enseñó que el conocimiento sin responsabilidad es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, devastador.


Y sin embargo, seguimos adelante.


Como si la memoria fuera opcional.


No lo es.


Recordar Chernóbil no es un acto conmemorativo; es un acto de resistencia. Es negarse a aceptar que las tragedias se archivan, que los errores se repiten sin consecuencias, que el tiempo diluye la responsabilidad. Recordar es, en última instancia, una forma de inteligencia.


Una inteligencia distinta. Más lenta. Más incómoda.


Más humana.


A cuarenta años de distancia, la pregunta no es qué ocurrió en Chernóbil. Eso lo sabemos —o creemos saberlo—. La verdadera pregunta es otra, más difícil, más punzante:


¿Qué hemos hecho con esa memoria?


(La respuesta, me temo, aún está en construcción.)

viernes, 24 de abril de 2026

“Ovejas Negras”: la irreverencia que enciende la noche en Maxiradio


En un horario donde la mayoría de las voces del cuadrante se despiden, Ovejas Negras hace exactamente lo contrario: abre micrófonos. De lunes a viernes a las 10 de la noche, el programa conducido por José Antonio Quiroz se convierte en compañía ideal para quienes prefieren desvelarse con buena radio, humor y una dosis de irreverencia bien ejecutada.

Con 25 años de experiencia, Quiroz —mejor conocido por muchos como “Pepe Toño”— ha sabido construir un estilo propio a lo largo de su paso por grupos como Promomedios y Radiorama. Hoy, en Maxiradio 103.3, ese estilo encuentra su mejor expresión: ácido, sagaz y sin filtros, pero siempre con un objetivo claro—divertir.

La esencia de Ovejas Negras está precisamente ahí: en el entretenimiento directo y sin complicaciones. El programa combina chistes, comentarios cargados de ironía y una selección musical que mantiene la identidad del 103.3, logrando un equilibrio que engancha desde el primer momento. No se trata solo de hablar, sino de crear un ambiente donde el oyente se sienta acompañado en esas horas en que la ciudad baja el ritmo, pero la radio sigue viva.

Mientras otros espacios concluyen su transmisión al caer la noche, Pepe Toño apuesta por lo contrario: encender la conversación, provocar la risa y mantener la energía. Esa decisión no es menor; implica entender a una audiencia nocturna que busca algo más que música continua, que agradece la cercanía de una voz auténtica al otro lado del micrófono.

Lejos de fórmulas rígidas, Ovejas Negras se permite la libertad de ser distinto. Su tono irreverente no es gratuito, sino parte de una propuesta que privilegia la espontaneidad y la conexión genuina con el público. En ese terreno, Quiroz se mueve con soltura, demostrando que la experiencia no está peleada con la frescura.

Así, cada noche, el programa reafirma que la radio sigue siendo un espacio íntimo y poderoso, especialmente cuando encuentra conductores capaces de romper esquemas y acompañar, con humor e inteligencia, a quienes aún creen en el placer de escuchar.

“Platicast a Gusto”: conversaciones que conectan con la realidad




En un entorno mediático donde la inmediatez suele imponerse sobre la profundidad, el proyecto “Platicast a Gusto” emerge como una apuesta por el diálogo pausado, reflexivo y con sustancia. Se trata del podcast impulsado por la comunicadora María Luisa Guerrero, figura consolidada de la radio sinaloense, actualmente al aire en La Bella 104.9 FM.

Con una trayectoria que abarca más de dos décadas en los micrófonos, Guerrero ha sido testigo de la transformación del medio radiofónico. Su paso por Grupo ACIR entre 1999 y 2021 marcó una etapa formativa y de consolidación profesional, que concluyó con la reconfiguración del panorama radiofónico local tras la adquisición de su estación por parte de Grupo Vibra. Este cambio no solo redefinió estructuras empresariales, sino que abrió nuevas oportunidades para la innovación en contenidos.

Actualmente, Guerrero forma parte del equipo de locutores de La Bella 104.9 FM, emisora de corte juvenil y enfoque contemporáneo que combina entretenimiento, información y cercanía con la audiencia. Dentro de este ecosistema, su programa al aire se distingue por integrar entrevistas, espectáculos y temas de interés cotidiano, una línea editorial que se extiende y profundiza en su propuesta digital.



Un espacio para las ideas

“Platicast a Gusto” se construye a partir de conversaciones con especialistas en diversas áreas: salud, desarrollo personal, cultura, sociedad y actualidad. Lejos del formato rígido, el podcast privilegia el intercambio natural de ideas, permitiendo que cada episodio se convierta en una experiencia cercana y enriquecedora.

El tenor del proyecto responde a una necesidad clara: generar contenido que no solo informe, sino que invite a la reflexión. En tiempos de sobreinformación, la propuesta de Guerrero se distingue por apostar a la calidad del diálogo y la selección de voces expertas, capaces de contextualizar los llamados “grandes temas” desde una perspectiva accesible.

Además, “Platicast a Gusto” está disponible en plataformas digitales como YouTube y Spotify, lo que amplía su alcance y permite a la audiencia consumir los contenidos en el momento que prefiera, adaptándose a los nuevos hábitos de escucha.



De la radio tradicional al entorno digital

La evolución de María Luisa Guerrero hacia el formato podcast no es fortuita. Responde a una tendencia global en la que los creadores de contenido migran o complementan su presencia en plataformas digitales, buscando audiencias más segmentadas y dinámicas.

En este sentido, “Platicast a Gusto” funciona como una extensión natural de su trabajo en cabina, pero con mayor libertad temática y narrativa. Mientras la radio mantiene su esencia de inmediatez y compañía, el podcast ofrece profundidad, permanencia y consumo bajo demanda.



Una voz vigente

En una industria que enfrenta el desafío de mantenerse relevante frente a las plataformas digitales, proyectos como “Platicast a Gusto” evidencian que la clave está en la adaptación. La experiencia acumulada de Guerrero, sumada a su capacidad para conectar con la audiencia, la posicionan como una comunicadora vigente, capaz de transitar entre lo tradicional y lo contemporáneo.

Así, este podcast no solo representa una nueva etapa en su carrera, sino también un ejemplo de cómo la radio —lejos de desaparecer— se reinventa, encuentra nuevos formatos y sigue siendo un espacio fundamental para contar, conversar y entender el mundo.

jueves, 23 de abril de 2026

Coty Burgueño: la música que se queda encendida


Por Aldo Rodríguez

Hay músicos que no se van del todo. Se repliegan en el aire, en los recuerdos, en esas frecuencias invisibles que uno sigue escuchando aunque el silencio diga lo contrario. Hoy, 22 de abril, se ha ido Coty Burgueño, a los 84 años. Y con él, pareciera que se apaga una lámpara antigua, de esas que no solo iluminaban, sino que daban calor.


Coty pertenecía a una estirpe que ya casi no existe: la de los músicos bohemios. Los que hacían del escenario un territorio vivo, impredecible, profundamente humano. Los que podían sostener una noche entera en un bar o en un hotel, con el público rendido, no por espectáculo vacío, sino por una presencia que se imponía sin esfuerzo. Él sabía mover sus teclados, sí, pero más aún, sabía mover el tiempo. Lo estiraba, lo comprimía, lo hacía respirar.


Lo conocí en 1993, en un contexto que, visto hoy, tiene algo de ritual. Una campaña para la imagen del estado de Sinaloa. Cine, voces, música… y una necesidad muy concreta: sonidos, texturas, atmósferas que no estaban en ningún catálogo. Fue entonces cuando alguien, con esa sabiduría práctica que da la experiencia, me dijo: “Ve con el Coty”.


Recuerdo perfectamente su espacio en la colonia Guadalupe, por la calle Ciudades Hermanas. No era solo un estudio: era un pequeño universo sonoro. Ahí estaba su Yamaha DX7, pero no cualquiera. Aquel instrumento llevaba una expansión Gray Matter —Materia Gris— que lo convertía en algo más que un sintetizador: era una máquina de posibilidades. Dieciséis canales de secuenciador, capas de sonido que en aquellos años parecían casi ciencia ficción. El famoso DX7 II FD… la joya de la corona.


Yo llegué con partitura en mano —como buen obsesivo del orden—, pero él operaba desde otro lugar. Más intuitivo. Más directo.

“Dime qué quieres”, me dijo.


Entonces hice lo único que podía hacer: sentarme y tocar. Una figura rítmica de dos contra tres. Tres notas en la mano derecha, dos en la izquierda. Un pequeño pulso, casi un latido desfasado, la secuencia armónica,la melodía…. Él lo entendió de inmediato.

“Ah, quieres esto…”


Y ahí ocurrió algo que siempre me ha fascinado: cuando dos músicos, desde lenguajes distintos, se encuentran en un punto exacto. Sin traducción. Sin esfuerzo. Solo música.


El resultado fue impecable. No solo resolvimos la necesidad técnica; construimos algo con cuerpo, con intención. Una música que, incluso hoy, puedo recordar como si aún estuviera flotando en aquel cuarto.


Después vinieron las conversaciones, las veladas, esa amistad que nace sin pretensiones. Con el tiempo, como pasa tantas veces, la vida nos fue llevando por caminos paralelos. Supe de él a la distancia, por amigos comunes, por esas historias que se cuentan en desayunos de jueves, como si el tiempo se negara a romper del todo los vínculos.


Y ahora, de pronto, la noticia.


Hay una tristeza particular cuando se van figuras como Coty . No es solo la pérdida de una persona; es la desaparición de un modo de estar en el mundo. De entender la música como oficio, como vida, como conversación interminable con la noche.


Me queda, entre muchas cosas, un gesto suyo que conservo casi como un amuleto: aquel módulo Emu Orquestal en rack que me vendió, porque ya no lo necesitaba. Lo tengo hasta hoy. Funciona perfecto. Suena con una nobleza que pocas máquinas modernas conservan. Cada vez que lo enciendo, hay algo de él que vuelve a encenderse también. Como si la memoria tuviera voltaje.


Quizá de eso se trata todo esto.


De entender que la música no termina cuando el músico se va. Se transforma. Se dispersa. Se queda en quienes lo escucharon, en quienes trabajaron con él, en quienes compartieron una noche, una conversación, una nota.


Coty Burgueño no se ha ido del todo. Está en ese acorde suspendido que no termina de resolverse. En ese ritmo que parece tropezar… y de pronto encuentra su centro. En la intuición que reconoce, sin palabras, lo que otro quiso decir.


Descanse en paz.

O mejor dicho —como diría la música—: que siga sonando.

martes, 21 de abril de 2026

Rutas con Historia: El Rescate de la Memoria Urbana de Culiacán a Través del Canal de Jorge Contreras


Por: Redacción.

CULIACÁN, SINALOA.— Lo que comenzó como una caminata entre amigos para celebrar un aniversario, se ha transformado en un referente de identidad y nostalgia en Culiacán. El comunicador social y cronista urbano Jorge Contreras consolida el éxito de su iniciativa "Rutas con Historia", un programa de recorridos temáticos que redescubre el patrimonio arquitectónico y las leyendas de la capital sinaloense.

De las Caminatas al Turibús: Un Crecimiento Orgánico

El antecedente de este fenómeno se remonta a noviembre de 2025, cuando un centenar de seguidores se dieron cita en la Plazuela Rosales. En aquella ruta a pie, los asistentes tuvieron acceso exclusivo a tesoros ocultos de la ciudad: desde casonas de dos siglos con mobiliario de época, hasta habitaciones con muros de cantera labrada a cincel hace 300 años sobre la antigua calle de La Tercena (hoy Antonio Rosales).

Dada la respuesta de la audiencia, el proyecto evolucionó hacia un formato de tour guiado. El pasado 15 de marzo y 19 de abril se realizaron los primeros recorridos en Turibús, con una crónica en vivo donde la experiencia de 46 años de Contreras en comunicación y mercadotecnia dota de vida a cada esquina icónica.

Autonomía y Experiencia Gastronómica

Un punto clave del éxito ha sido la personalización del servicio. Gracias a la apertura de Rosefy Turismo, el Canal de Jorge Contreras ha tenido la libertad total para delinear su propia ruta, garantizando un recorrido exclusivo y diferente a cualquier tour convencional.



Entre las dos ediciones recientes, 60 seguidores disfrutaron de una jornada que incluyó:

* Crónica guiada por el director del canal.

* Desayuno regional en el restaurante "La Casa de Isa".

* Playera temática y acceso al Turibús.

Los participantes describieron la jornada como una experiencia "emotiva y especial", destacando el valor de conocer la historia de voz de un especialista.

Cierre de Etapa: Se Anuncia "Rutas con Historia 3.0"

Jorge Contreras anunció que esta primera fase llegará a su clímax el próximo domingo 17 de mayo con el lanzamiento de la Ruta 3.0. Esta edición promete una nueva ruta diseñada por el canal y una nueva playera conmemorativa.

Además, se adelantó que el proyecto pronto trascenderá los límites de Culiacán, llevando la crónica histórica a nuevos horizontes fuera de la capital.



¿Cómo participar?

Los interesados en asegurar su lugar para la ruta del 17 de mayo pueden solicitar información y realizar su registro enviando un mensaje directo (inbox) a través de la página oficial de Facebook: El Canal de Jorge Contreras.

La respiración del mármol: Javier Solís y el arte de decir cantando


Por Aldo Rodríguez


Hay voces que se imponen. Otras, en cambio, se insinúan… y se quedan.

La de Javier Solís pertenece a esta segunda estirpe: no necesitaba levantar la voz para dominar el espacio. Bastaba una línea, apenas un hilo de aire sostenido con elegancia, para que todo alrededor se reorganizara en función de su timbre.


Nacido en la Ciudad de México, en un entorno ajeno —al menos en apariencia— a los grandes salones musicales, su historia tiene algo de relato inevitable. Comerciante, panadero, carnicero —la anécdota fluctúa como suelen hacerlo las historias verdaderas—, pero siempre con esa condición latente: la voz esperando ser descubierta. Y lo fue.


Murió joven. Treinta y cuatro años. Un 18 de abril de 1966.

Sesenta años después, seguimos escuchando no solo lo que cantó… sino cómo lo cantó.


Porque si algo distingue a Javier Solís —más allá de la nostalgia o del mito— es una inteligencia vocal fuera de lo común. Y aquí conviene detenernos, sin prisa, casi como quien vuelve a oír un bolero al anochecer.



El llamado bolero ranchero —esa grieta estilística entre la tradición vernácula y la sofisticación urbana— encontró en él no solo un intérprete, sino un arquitecto. Mientras figuras como Pedro Infante ya habían trazado un camino emocional poderoso, y Jorge Negrete consolidaba una estética más heroica, Javier Solís eligió otro territorio: el de la intimidad sonora.


Su técnica respiratoria era, en términos estrictos, ejemplar. Dominaba el apoyo diafragmático con una naturalidad que rara vez se encuentra en cantantes formados académicamente. ¿El resultado? Frases largas, sostenidas sin esfuerzo aparente, donde el aire no se agotaba: se administraba. Se dosificaba como un secreto.


Y luego, el milagro del piano.

Ese territorio peligroso donde la voz puede quebrarse, perder cuerpo, volverse frágil. Javier lo habitaba con una seguridad desconcertante. Sus pianissimi no eran débiles: eran íntimos. Había en ellos una compresión controlada del aire, una colocación alta y estable que le permitía conservar la riqueza armónica del sonido incluso en niveles mínimos de intensidad.


¿Y el fraseo? Ah, el fraseo…

Ahí es donde uno empieza a sospechar que Javier Solís no solo cantaba: pensaba en música. Cada sílaba tenía dirección, cada palabra un peso específico. No había rigidez métrica; al contrario, jugaba con el tiempo, adelantando o retrasando entradas como lo haría un jazzista. Y en ese punto no es casual que sintiera afinidad —y admiración mutua— con figuras como Frank Sinatra, maestro absoluto del fraseo flexible.


Su emisión era limpia, sin asperezas, con un vibrato natural —ni demasiado amplio ni artificialmente contenido— que aparecía como consecuencia, no como recurso. Esto es importante: el vibrato en Javier no era ornamento, era respiración audible.


Y luego está la dicción.

Clara. Impecable. Pero no rígida.

Cada palabra era entendible sin sacrificar musicalidad, algo que parece sencillo… hasta que uno intenta hacerlo.



Lo fascinante es que su voz no estaba confinada a un género. El bolero ranchero fue su territorio natural, sí, pero no su límite. Podía transitar por el pasodoble, por la canción de Agustín Lara, incluso por repertorio de corte internacional, sin perder identidad. Eso es raro. Muy raro. Es señal de una voz construida no desde el estilo, sino desde la esencia.


Y quizá ahí radica el misterio.


Porque hay cantantes que interpretan canciones… y hay otros que las habitan. Javier Solís pertenecía a estos últimos. Cuando cantaba, no parecía estar “ejecutando” una pieza, sino recordándola. Como si la música ya estuviera dentro de él desde antes.


A veces me pregunto —y aquí me permito una pequeña digresión personal— qué significa realmente heredar una voz. No en el sentido biológico, sino en ese otro, más sutil: el de la memoria afectiva.


Yo nací el 14 de mayo de 1966.

Un mes después de su muerte.


Y me llamo Javier. Aldo Javier.


No es un dato menor. Es una línea invisible que conecta generaciones, un gesto íntimo de mi padre —para quien Javier Solís era más que un cantante— convertido en nombre propio. En identidad.


Tal vez por eso, cada vez que lo escucho, no lo hago como quien revisa un archivo histórico. Lo escucho como quien regresa a casa.


Porque en su voz hay algo más que técnica, más que estilo, más que perfección:

hay una manera de estar en el mundo.


Y esa… esa no se enseña.

Se reconoce.

viernes, 17 de abril de 2026

UNA GOTA DE VERDAD QUE UN OCEANO DE MENTIRAS

 


La radio es como la materia: no se crea ni se destruye, se transforma. Y MAXIRADIO, fiel a su naturaleza, ofrece a su público algo extraordinario. Un programa donde se analizarán los hechos con lupa y sin pelos en la lengua. Quien encabeza este esfuerzo, es un periodista que recién cumplió 26 años de ejercicio periodístico. Antes daba las noticias, ahora analizará las noticias. De eso grata VERUS.

 


Edgar Paul Villegas encabeza este esfuerzo de comunicación, donde se opondrán en la mesa los grandes temas. Con invitados de alto nivel y voces expertas, este periodista mostrará sin filtros la realidad de las cosas, con su sello característico. Porque las noticias deben de analizarse desde todos los ángulos. VERUS es una palestra donde se hace crítica sin concesiones, donde la adulación y las loas baratas no tienen cabida. Porque el periodismo debe ejercerse con dignidad.

 


En VERUS, vale más una gota de verdad que un océano de mentiras. Escuchen este programa de lunes a viernes a las 8 A.M por el 103.3 FM. Edgar Paul Villegas los estará esperando para conversar sobre los grandes temas. La verdad nos hará libres. A todo esto ¿qué es la verdad?

lunes, 13 de abril de 2026

*Groove Is in the Heart: el instante en que el color volvió a bailar*




Por Aldo Rodríguez

Hay canciones que nacen para trascender y otras que simplemente aparecen para recordarnos algo mucho más humano: que bailar también es una forma de pensar el mundo. Hace treinta y seis años, en 1990, una agrupación neoyorquina irrumpía en el escenario con una pieza que parecía salida de otra década y, al mismo tiempo, adelantada a su tiempo. La canción no era “The Groovy in Your Heart”, como a veces la memoria juguetona la rebautiza, sino *“Groove Is in the Heart”, interpretada por el colectivo **Deee-Lite*, integrado por Lady Miss Kier, Dmitry Brill y el japonés Towa Tei. Y sí: desde el primer compás supimos que algo distinto estaba sucediendo.


### El regreso del color en plena transición sonora


A finales de los ochenta y principios de los noventa el pop atravesaba una transformación silenciosa. El synth-pop europeo comenzaba a reconfigurarse, el rock alternativo levantaba la mano y la cultura club neoyorquina se convertía en un laboratorio sonoro. En ese contexto aparece Deee-Lite con una propuesta visual y musical que rompía esquemas: estética hippie, colores psicodélicos, ecos del flower power, pero con una base rítmica construida a partir de samples y tecnologías emergentes.


La canción se apoya en fragmentos de funk y jazz —entre ellos el groove de “Bring Down the Birds” de Herbie Hancock— creando ese “tercer producto” del que tanto hablamos quienes vivimos el auge del sampling: ni cita directa ni simple copia, sino una relectura lúdica del pasado. La línea de bajo, insistente y juguetona, parece guiñar el ojo a los años setenta, mientras la producción abraza la energía house que comenzaba a dominar las pistas de baile.



### Una pieza hecha para disfrutar, sin pretensión aparente


Lo fascinante de “Groove Is in the Heart” es su aparente sencillez. Melodías directas, estructura clara, una voz que no busca imponerse sino flotar sobre el ritmo. ¿Es superficial? Tal vez en apariencia. Pero detrás hay una construcción sonora meticulosa: capas de percusión, líneas de rap invitadas —incluida la participación de Q-Tip— y una arquitectura que mantiene la tensión sin volverse pesada.


Recuerdo bien cómo, al escucharla por primera vez en aquellos años, el impacto no era únicamente auditivo. El look era parte del discurso: colores intensos, plataformas, guiños a los sesenta y setenta. No estaban solos; en ese momento también surgían bandas con estética retro como Blind Melon o Four Non Blondes, cada una desde su trinchera. Era como si una generación buscara reencontrarse con la alegría visual después de la frialdad electrónica de la década anterior.


Y quizá ahí reside su secreto: no pretende ser un manifiesto filosófico. Es música para moverse, para soltar el cuerpo. Pero esa ligereza es, en sí misma, una postura estética.


### El arte del collage sonoro


Desde una perspectiva más académica, la canción representa uno de los ejemplos tempranos más claros del sampling como lenguaje creativo dentro del pop mainstream. No se trata sólo de tomar fragmentos; se trata de integrarlos en una narrativa nueva. La cultura del DJ y del remix entraba al imaginario popular sin pedir permiso.


El groove —esa palabra difícil de traducir— se convierte aquí en el eje estructural. No es únicamente ritmo; es una sensación colectiva, casi ritual. La música se construye como un collage donde cada elemento aporta identidad, pero ninguno domina por completo. Y quizá por eso sigue funcionando: porque no está atada a un solo género, sino a una actitud.



### Treinta y seis años después: la permanencia de lo lúdico


Hoy, más de tres décadas después, “Groove Is in the Heart” continúa apareciendo en playlists, fiestas y retrospectivas de los noventa. ¿Por qué sobrevive? Porque hay piezas que, aun sin buscar la trascendencia intelectual, capturan un instante emocional irrepetible. En su alegría hay una especie de resistencia: una invitación a bailar incluso cuando el mundo cambia de ritmo.


A veces olvidamos que la historia de la música no sólo se escribe con grandes sinfonías o discos conceptuales. También se construye con canciones que nos enseñan a reír, a movernos, a recordar que el cuerpo también escucha. Y en ese sentido, Deee-Lite dejó una huella luminosa: un puente entre décadas, entre estilos, entre generaciones que siguen encontrando en ese groove un espacio común.


Porque al final —y esto lo repito cada vez que vuelvo a escucharla— hay obras que no necesitan explicarse demasiado. Basta con dejarse llevar. El groove, después de todo, siempre ha estado en el corazón.

sábado, 11 de abril de 2026

Víctor Alcocer: la voz que aún resuena en la memoria



En una época en la que la radio era compañía fiel en los hogares y la televisión comenzaba a conquistar miradas, surgieron voces que no solo narraban historias… las habitaban. Una de ellas fue la de Víctor Alcocer, un talento yucateco cuya presencia sonora marcó a generaciones enteras sin necesidad de aparecer frente a cámaras.

Hablar de Alcocer es evocar ese timbre inconfundible que, con elegancia y carácter, daba vida a personajes entrañables del doblaje clásico en México. Su voz, firme pero cercana, tenía la capacidad de convertir cualquier diálogo en una experiencia memorable. En aquellos años dorados del doblaje —cuando México se consolidaba como referente en toda América Latina—, su trabajo se volvió parte del paisaje emocional de la audiencia.

Aunque tuvo participaciones en el cine y en la televisión, destacó más en el campo del doblaje, poniendo voz a personajes memorables. Sus interpretaciones más recordadas son las del Oficial Matute en Don Gato y su Pandilla, donde su voz imprimía autoridad con un toque entrañable, y la del detective Theo Kojak en Kojak, a quien dotó de una personalidad fuerte, sobria y perfectamente matizada para el público latino.



Muchos lo recuerdan sin saber su nombre. Esa es la magia —y también la paradoja— del doblaje: artistas que viven en la memoria colectiva, aunque sus rostros permanezcan en segundo plano. Víctor Alcocer fue uno de esos casos. Su voz acompañó tardes de caricaturas, películas familiares y programas que hoy evocan una nostalgia casi tangible.

Pero su historia no se limita al doblaje. Alcocer también fue locutor, un hombre de micrófono en toda la extensión de la palabra. De esos que entendían el poder de la pausa, la intención detrás de cada frase, el arte de comunicar más allá de lo evidente. En cabina, su voz no solo informaba o entretenía: conectaba.

Originario de Yucatán, llevó consigo ese sello distintivo del sureste mexicano: calidez, cadencia y una identidad profundamente arraigada. Su carrera se desarrolló en una etapa donde la disciplina, el rigor y la pasión eran esenciales para destacar en un medio altamente competitivo.



El 2 de octubre de 1984, Víctor Alcocer dejó de existir, pero su voz —esa que tantas historias contó— no se apagó con su partida. Por el contrario, encontró una forma distinta de permanecer: en la memoria auditiva de quienes crecieron escuchándolo, en cada retransmisión, en cada evocación.

Hoy, en tiempos donde las voces digitales y la inmediatez dominan, recordar a Víctor Alcocer es hacer una pausa necesaria. Es volver a una era donde cada palabra tenía peso, donde las voces se entrenaban con paciencia y donde el talento encontraba su lugar a base de constancia.

Su legado permanece vivo en cada repetición, en cada archivo rescatado, en cada recuerdo que alguien comparte al reconocer aquella voz que parecía hablarle directamente al corazón.

Porque hay voces que se escuchan…
y otras, como la de Víctor Alcocer, que simplemente se quedan para siempre.

RECRODANDO A GILBERTO CASTRO

 

                                           

                                                   Foto cortesía de Miguel Alonso Rivera

La comunicación en Sinaloa pierde hoy a una de sus figuras más emblemáticas. El fallecimiento de Gilberto Castro Arenas deja un vacío difícil de llenar en el ámbito periodístico y televisivo, donde su presencia, estilo y compromiso con la información marcaron a generaciones enteras.

Oriundo de Rosamorada, Castro Arenas llevó siempre consigo el orgullo de sus raíces sinaloenses, mismas que influyeron en su cercanía con la gente y en su sensibilidad para abordar los temas de interés social.

Con una trayectoria sólida y respetada, se distinguió por su profesionalismo, su capacidad analítica y su cercanía con la audiencia. No fue solamente un comunicador: fue un referente de credibilidad en tiempos donde la información exige cada vez mayor responsabilidad. Su trabajo trascendió los micrófonos y las cámaras, convirtiéndose en un punto de encuentro entre la noticia y la sociedad.

Uno de los capítulos más significativos de su carrera fue su paso por Canal 3, hoy conocido como TVP, donde laboró durante aproximadamente 25 años. En esa pantalla consolidó su estilo, formó audiencias y dejó una huella imborrable en la televisión regional.

Asimismo, durante muchos años se desempeñó como corresponsal de Televisa, desde donde proyectó la realidad sinaloense a nivel nacional, consolidándose como una voz confiable y respetada más allá del ámbito local.

Durante décadas, su presencia en medios fue sinónimo de confianza. Su estilo directo, sin artificios, pero profundamente humano, le permitió conectar con públicos diversos. Supo informar, pero también interpretar la realidad, contextualizar los hechos y dar voz a quienes pocas veces la tenían.

Colegas y televidentes coinciden en que su legado va más allá de sus programas. Fue formador de nuevas generaciones, mentor de jóvenes periodistas y ejemplo constante de ética profesional. En un entorno mediático en constante transformación, Gilberto Castro Arenas se mantuvo fiel a los principios fundamentales del periodismo: veracidad, equilibrio y responsabilidad social.

La noticia de su fallecimiento fue dada a conocer por el periodista Miguel Alonso Rivera, colega y amigo personal del comunicador, lo que generó una inmediata reacción de pesar en el gremio y entre la audiencia que durante años siguió su trayectoria.

Su partida ha provocado múltiples muestras de reconocimiento, donde se le recuerda no solo como un gran comunicador, sino como un ser humano íntegro, generoso y apasionado por su labor.

Hoy, su voz se apaga, pero su legado permanece. En cada historia bien contada, en cada espacio informativo ejercido con responsabilidad, y en cada periodista comprometido con la verdad, habrá siempre un eco de lo que representó Gilberto Castro Arenas.

Descanse en paz.

*Living on Video: cuando el sintetizador aprendió a bailar*



**Por Aldo Rodríguez**


Hay piezas que pertenecen a su época.

Y hay otras —muy pocas— que terminan definiéndola.


Living on Video, de *Trans-X, pertenece a esta segunda categoría. Publicada originalmente en **1983* por el productor y músico canadiense *Pascal Languirand*, la canción acaba de cruzar el umbral de las cuatro décadas y media de vida. Y sin embargo —curioso misterio del sonido— sigue respirando como si hubiera sido compuesta ayer.


Hay algo en su ADN sonoro que no envejece.

Tal vez porque nació justo en el punto exacto donde la tecnología, la imaginación y la pista de baile se encontraron.


Y cuando eso ocurre… el tiempo se vuelve elástico.


El eco de las máquinas


Para entender Living on Video hay que regresar mentalmente a principios de los años ochenta.


El mundo musical estaba atravesando una transformación profunda. Los sintetizadores —que en los setenta aún eran herramientas costosas y casi esotéricas— empezaban a colonizar el territorio del pop. En Alemania, *Kraftwerk* había abierto la puerta con una estética radicalmente nueva: música construida desde circuitos, secuencias y pulsos mecánicos.


En 1981 publicaron *Computer World, un disco que parecía anunciar el siglo XXI antes de que llegara. Allí aparecía una pequeña joya minimalista llamada **Pocket Calculator*: una melodía juguetona, electrónica, casi infantil, que sugería algo revolucionario.


Que la máquina también podía cantar.


Pascal Languirand escuchó ese universo… y decidió llevarlo a otro lugar.


Un laboratorio electrónico



Living on Video nació en Montreal, en una escena electrónica todavía emergente. Languirand no buscaba simplemente hacer música bailable. Su intuición iba más lejos: crear una pieza donde la tecnología fuera protagonista, casi un personaje.


Para ello utilizó algunos de los sintetizadores emblemáticos de la época:


* *Roland Jupiter-8*

* *Roland TB-303*

* *Roland TR-808*


Hoy estos nombres son casi mitológicos dentro de la historia de la música electrónica. Pero en aquel momento eran simplemente herramientas nuevas, experimentales, todavía sin un lenguaje completamente definido.



Lo fascinante es cómo Languirand combinó esos instrumentos.


El bajo secuenciado —hipnótico, casi matemático— sostiene toda la arquitectura de la canción. Sobre él flotan esas famosas *“strings” sintéticas*, uno de los timbres más reconocibles de los primeros sintetizadores polifónicos. No intentaban imitar a una orquesta real: eran otra cosa, un nuevo tipo de cuerda, hecha de electricidad.


Y luego está la voz.


Procesada, distante, casi robótica.


Como si el cantante ya estuviera viviendo dentro de la pantalla.


Una canción sobre el futuro


El título no era casual.


Living on Video hablaba, en 1983, de algo que hoy nos parece cotidiano: vivir dentro de la imagen, dentro de los medios, dentro de las pantallas.


En aquel momento MTV apenas estaba naciendo. El videoclip comenzaba a redefinir la relación entre música y visualidad. Languirand lo intuyó antes de que se volviera evidente.


La canción no solo sonaba futurista.


*Pensaba el futuro.*


“Give me light, give me action…”


La frase parece un manifiesto tecnológico.


De los clubes al ADN del pop


El impacto fue inmediato. La canción conquistó discotecas en Europa, América Latina y Japón. Se convirtió en uno de los himnos del *electro-pop* y del *Hi-NRG*, géneros que dominarían las pistas de baile durante buena parte de la década.


Pero su influencia fue más profunda de lo que suele reconocerse.


Ese tipo de texturas electrónicas —las secuencias, los bajos sintéticos, las capas de pads— terminaron filtrándose en el rock y el pop mainstream. Incluso bandas aparentemente lejanas al dance comenzaron a experimentar con sintetizadores.


En pocos años escucharíamos esos colores electrónicos en producciones de artistas tan distintos como *Van Halen, **Depeche Mode* o *New Order*.


Los sintetizadores ya no eran una curiosidad.


Eran el nuevo idioma.


El secreto de su permanencia


Hay canciones que funcionan solo en la pista de baile. Cuando se apaga la moda, desaparecen.


Living on Video no.


¿Por qué?


Creo que la respuesta está en su arquitectura sonora.


La pieza tiene algo casi *minimalista*: un motivo rítmico claro, una progresión sencilla, un bajo obsesivo que avanza como una máquina perfecta. Es música construida con una lógica casi matemática —algo que, curiosamente, conecta con la tradición electrónica alemana.


Pero sobre esa estructura fría aparece una emoción inesperada: la fascinación humana por la tecnología.



Ese momento histórico en que las máquinas dejaron de ser herramientas… para convertirse en compañeros creativos.


La nostalgia del futuro


Escuchar hoy Living on Video produce una sensación curiosa.


No es nostalgia del pasado.


Es nostalgia del *futuro que imaginaban los ochenta*.


Un futuro lleno de neones, pantallas, sintetizadores brillantes y optimismo tecnológico.


Y quizá por eso sigue funcionando. Porque cada generación redescubre en ella esa promesa: que la música puede reinventarse cada vez que aparece una nueva máquina.


O mejor dicho…


cada vez que alguien se atreve a preguntarle a una máquina qué música quiere hacer.


Y a escuchar la respuesta.

domingo, 5 de abril de 2026

Cuando Paul Simon se convirtió en “Al”: la historia improbable de un clásico



Por Aldo Rodríguez


A veces las canciones nacen de un lugar solemne: una idea musical poderosa, un momento histórico, una emoción profunda. Pero otras veces —y quizá son las más fascinantes— nacen de algo mucho más humano: un pequeño error, una anécdota trivial, una confusión que se queda dando vueltas en la memoria como una broma privada.


Así ocurrió con “You Can Call Me Al”, una de esas piezas que parecen ligeras en la superficie, pero que esconden un curioso retrato del desconcierto humano.


La historia comienza lejos del estudio de grabación. En una reunión social, el gran compositor y director francés Pierre Boulez presentó a Paul Simon y a su esposa con los nombres equivocados: “Al” y “Betty”. Un lapsus. Nada más. Una de esas equivocaciones que normalmente se olvidan en cuestión de minutos.



Pero Simon no era el tipo de artista que deja escapar esas pequeñas rarezas de la vida cotidiana. Algo en aquel error le pareció irresistible, casi poético. Y como suele ocurrir con los buenos compositores, guardó la anécdota en ese cajón secreto donde se acumulan las ideas… hasta que años después encontró su lugar perfecto.


Ese lugar fue el álbum Graceland, publicado en 1986, una obra que cambió la forma en que el pop occidental dialogaba con las músicas africanas. En ese disco lleno de ritmos vibrantes y exploraciones sonoras aparece una canción distinta, juguetona, casi traviesa: You Can Call Me Al.


Detrás de su energía contagiosa se esconde algo muy humano: la voz de un hombre de mediana edad que se pregunta, con una mezcla de ironía y desconcierto, en qué momento su vida se volvió tan extraña.



Why am I soft in the middle when the rest of my life is so hard?


No es una tragedia existencial. Es más bien una sonrisa melancólica frente al espejo del tiempo.


La canción ya tenía todos los ingredientes para destacar: un ritmo africano irresistible, un bajo memorable —con ese famoso solo invertido que los músicos siguen comentando— y una letra que mezcla humor con una ligera sensación de extravío. Pero lo que terminó de convertirla en un fenómeno mundial fue su video musical.


En él aparece el actor Chevy Chase haciendo un playback exuberante mientras Simon permanece casi en silencio a su lado, como si observara con cierta incredulidad el espectáculo de su propia canción. El contraste es hilarante. Y cuando MTV comenzó a transmitirlo sin descanso, el resultado fue inevitable: el tema se volvió un éxito global.


Lo curioso es que, detrás de ese éxito, sigue latiendo la misma chispa que lo originó: un simple malentendido en una fiesta.


A veces la música funciona así. Una palabra mal dicha, una broma que nadie planeó, un instante aparentemente trivial… y de pronto aparece una canción que termina acompañando a millones de personas durante décadas.


No está nada mal para una noche en la que alguien confundió dos nombres.


Y, al final, tal vez ahí esté la verdadera magia de la música: en su capacidad de transformar lo cotidiano en algo inolvidable.


jueves, 2 de abril de 2026

*Fronteras de viento y memoria: “On the Border”, el latido oculto de *The Year of the Cat**

 

Por Aldo Rodríguez

Hay canciones que no se presentan como protagonistas, pero terminan habitando nuestra memoria con una persistencia casi secreta. Así me ocurrió con On the Border, una de esas piezas que, desde la primera escucha —cuando apenas tenía diez años— me dejó una sensación enigmática, como si estuviera mirando un mapa antiguo donde las rutas se dibujan con arena y luz. Mientras todos volteaban hacia la perfección indiscutible de The Year of the Cat, esta otra canción se abría paso con un pulso distinto, más narrativo, más cinematográfico.


El disco The Year of the Cat apareció en 1976 y hoy cumple medio siglo. Medio siglo… y aún respira como una obra adelantada a su tiempo. En ese universo sonoro, Al Stewart —hoy ya octogenario— demostró algo que pocos compositores logran: convertir la canción popular en una crónica histórica envuelta en poesía.


Desde los primeros compases, On the Border construye un paisaje. Ese ostinato de bajo incisivo no es un simple recurso rítmico; es una carretera que avanza sin detenerse. Sobre él se posa una guitarra acústica que inmediatamente nos traslada a la península ibérica, como si el aire trajera polvo del sur y ecos de historias antiguas. Hay una intención casi geográfica en la música: el oyente no sólo escucha, viaja.



Un relato entre sombras políticas y paisajes abiertos


La letra narra un desplazamiento físico, sí, pero también un tránsito interior. El protagonista parece cruzar territorios donde la frontera no es únicamente un límite geográfico, sino una zona cargada de tensión histórica. La canción evoca España en un momento aún marcado por los ecos del pasado reciente, mientras soplan los vientos del norte de África como símbolo de lo incierto, de lo extranjero que siempre ha estado ahí, al otro lado del mar.


No se trata de una postal turística. Stewart dibuja un escenario donde conviven espionaje, secretos y un leve aroma de peligro. Hay referencias veladas a contextos políticos, a movimientos clandestinos, a personajes que observan desde la distancia. Y sin embargo, la canción nunca se vuelve pesada; mantiene esa elegancia narrativa que caracteriza al compositor escocés. Es como si camináramos por una ciudad fronteriza al atardecer, sabiendo que cada esquina guarda una historia que no termina de revelarse.


Lo fascinante es que la música sostiene ese misterio. La melodía, hecha a la medida de la voz de Stewart, avanza con una cadencia casi hipnótica. No hay excesos vocales, no hay dramatismo forzado. Todo ocurre en una especie de susurro viajero, como quien cuenta una confidencia mientras observa el horizonte desde la ventanilla de un tren.



Un lenguaje musical entre continentes


Algo que siempre me ha intrigado de esta pieza es cómo logra fusionar elementos aparentemente lejanos. La base rítmica tiene una energía cercana al rock setentero, pero la guitarra acústica introduce un color mediterráneo que nos remite a las tradiciones ibéricas. Y, en el fondo, hay una sensación de cruce cultural constante: Europa, África, la modernidad urbana y la memoria histórica entrelazadas en tres o cuatro minutos de música.


En ese sentido, On the Border es un ejemplo perfecto de cómo el pop de los años setenta podía ser profundamente literario sin perder accesibilidad. Stewart no sólo canta; narra como un novelista que decide utilizar acordes en lugar de capítulos. ¿No es acaso esa una de las mayores virtudes del disco? Cada canción parece una escena distinta de una película imaginaria.



El arte de contar sin decirlo todo


Lo verdaderamente hermoso de esta obra es su ambigüedad. La letra sugiere más de lo que explica. Hay personajes que pasan, miradas que se cruzan, referencias a rutas y a secretos, pero nunca se ofrece una conclusión definitiva. Esa falta de cierre es, paradójicamente, lo que la vuelve eterna. Como oyentes, completamos el relato con nuestras propias imágenes.


Recuerdo que, siendo niño, no comprendía del todo el trasfondo político ni las alusiones históricas. Sólo percibía el viaje, el viento, la sensación de estar al borde de algo desconocido. Con el paso de los años entendí que esa era precisamente la fuerza de la canción: hablaba de fronteras reales y simbólicas al mismo tiempo. Fronteras entre culturas, entre épocas, entre certezas.



Medio siglo después


Hoy, a cincuenta años de su aparición, On the Border sigue siendo un “garbanzo de libra” dentro de un álbum ya de por sí extraordinario. Tal vez no alcanzó la fama universal de la canción que da título al disco, pero posee una profundidad narrativa que la convierte en una joya silenciosa.


Al Stewart logró aquí una síntesis rara: la elegancia del cantautor británico, la sensibilidad histórica y un imaginario geográfico que trasciende cualquier moda. Escucharla hoy es volver a ese instante donde la música popular se atrevía a dialogar con la literatura, con la política y con la memoria personal del oyente.


Y quizá esa sea la razón por la que, cada vez que regresa ese ostinato inicial, siento que vuelvo a tener diez años. Vuelvo a ese momento en que una canción puede abrir una puerta invisible y decirnos, sin palabras grandilocuentes, que el mundo es más amplio de lo que imaginamos… y que las verdaderas fronteras, al final, siempre están dentro de nosotros.

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