lunes, 28 de septiembre de 2026

Cuando el bajo aprendió a hablar Rapper’s Delight y la música que nace de otra música




Por Aldo Rodríguez


La música nunca nace de la nada. Lo he escrito antes y cada vez estoy más convencido de ello. El compositor escucha, recuerda, transforma. A veces conscientemente; otras, quizá, porque una música se le ha quedado adherida en algún rincón de la memoria y termina apareciendo años después convertida en otra cosa.


Ha sucedido siempre.


Bach admiró profundamente a Vivaldi y estudió su música con una atención que hoy llamaríamos casi obsesiva. Transcribió conciertos italianos, trabajó sobre ellos, aprendió de su arquitectura y de aquella extraordinaria manera de administrar la energía musical. También hizo suyo, mediante la transcripción, el célebre concierto para oboe de Benedetto  Marcello. Y nadie pensaría por ello que Bach dejó de ser Bach. Al contrario: estudiar al otro fue una de las maneras mediante las cuales terminó de construirse a sí mismo.


La historia de la música está llena de estos encuentros. Una obra toca a otra. Una melodía reaparece. Una progresión armónica viaja durante siglos. Un ritmo cambia de continente, de instrumento, de contexto. Lo que en una época llamamos transcripción, paráfrasis, variación o cita, en otra puede llamarse sample. Cambia la tecnología; el impulso humano permanece.


Y pocas piezas permiten escuchar ese fenómeno con tanta claridad como Rapper’s Delight, de The Sugarhill Gang.


Hay algo casi desconcertante en escucharla hoy. Han pasado 47 años desde su aparición, en 1979, y conserva una frescura extraordinaria. Basta que comience ese bajo para que ocurra algo. Ni siquiera hace falta conocer el título. Tampoco entender inglés. El cuerpo reconoce antes que la memoria.


Y entonces llegan las palabras.


Rapper’s Delight podría traducirse, sin demasiadas complicaciones, como La delicia del rapero. Y eso es, en buena medida, lo que encontramos ahí: el placer de rapear. El gozo de decir palabras sobre un pulso, de encadenar rimas, presumir habilidades, inventar personajes, exagerar, bromear y mantener viva la atención de quienes escuchan.


No estamos todavía ante el rap oscuro, violento o socialmente desgarrado que aparecería en algunas vertientes posteriores del género. Aquí hay fiesta. Hay humor. Hay jactancia. Hay personajes que hablan de sí mismos, de mujeres, comida, dinero, fiestas, situaciones absurdas y de su capacidad para mantener al público bailando. Es casi una conversación gigantesca sostenida por el ritmo.


Y eso me parece profundamente humano.


Porque mucho antes del hip-hop el ser humano ya hacía algo semejante.


En México basta escuchar a un buen versador dentro del son jarocho o del son huasteco. Alguien propone una copla y otro responde; se improvisa, se juega con las palabras, se mide la inteligencia del contrincante y, mientras tanto, la música continúa. Podemos ir mucho más atrás: trovadores, juglares, tradiciones orales antiquísimas. La palabra improvisada sobre estructuras musicales no pertenece a una época ni a una cultura. Nos acompaña desde hace siglos.


Incluso la llamada música académica encontró sus propias maneras de situarse en esa frontera extraña entre hablar y cantar. Schönberg convirtió el Sprechgesang y la Sprechstimme en recursos fundamentales de su lenguaje; Alban Berg los incorporaría también a su universo expresivo. Evidentemente no estoy diciendo que Rapper’s Delight proceda de Schönberg —sería absurdo—, sino algo mucho más interesante: la voz humana lleva siglos buscando territorios intermedios entre el habla, el ritmo y el canto.



El rap encontró el suyo en la calle.


Pero Rapper’s Delight tiene además otra historia, y quizá sea ésta la que terminó modificando para siempre nuestra manera de entender la creación musical.


Ese bajo maravilloso que sostiene prácticamente toda la pieza no nació ahí.


Venía de Good Times, de Chic.


1979 fue, en ese sentido, un año extraordinario. Nile Rodgers y Bernard Edwards estaban en uno de los momentos más brillantes de su carrera. Chic había conseguido construir un sonido inmediatamente reconocible: elegante, preciso, aparentemente sencillo y, sin embargo, extraordinariamente sofisticado. La guitarra de Rodgers podía funcionar casi como un instrumento de percusión mientras el bajo de Bernard Edwards hacía algo mucho más complejo que acompañar: construía el discurso.


El bajo de Good Times es uno de esos motivos que parecen haber existido siempre. Cuando uno lo escucha cuesta imaginar que alguna vez hubo un mundo en el que todavía no estaba ahí.


Y ese mismo año apareció Rapper’s Delight.


La historia, sin embargo, es menos limpia de lo que durante años se contó. No existió inicialmente una autorización de Rodgers y Edwards. La productora Sylvia Robinson —una figura fundamental para comprender aquellos primeros años del hip-hop grabado— reunió a Wonder Mike, Master Gee y Big Bank Hank y llevó al estudio una idea que todavía resultaba extraña: registrar en un disco aquello que los MC hacían en las fiestas.


Para construir la base musical se recurrió al universo sonoro de Good Times. No se trató simplemente de colocar el disco de Chic y dejarlo girando una y otra vez: músicos de estudio recrearon aquel groove para que sobre él pudieran rapear los integrantes de The Sugarhill Gang.


Nile Rodgers escuchó posteriormente la grabación en un club y reconoció, naturalmente, aquello que estaba sonando.


¿Cómo no iba a reconocerlo?


Siguieron reclamaciones y negociaciones, y finalmente Rodgers y Edwards recibieron el crédito correspondiente como autores. Aquella disputa anticipaba, sin que nadie pudiera saberlo todavía, uno de los grandes debates que acompañarían a la música durante las décadas siguientes: ¿dónde termina la influencia y dónde comienza la apropiación? ¿Cuándo una música tomada de otra se transforma verdaderamente en una obra nueva?



La pregunta sigue abierta.


Porque el hip-hop haría precisamente de esa operación una de sus herramientas fundamentales.


Tomar un fragmento. Repetirlo. Aislarlo de su contexto. Cambiar su función. Colocar sobre él otra voz, otro ritmo, otra historia.


El sample terminaría convirtiéndose en algo mucho más profundo que una técnica de producción. Sería una manera de pensar musicalmente.


Y aquí regreso inevitablemente a Bach.


Las distancias son enormes, por supuesto. No quiero cometer la ingenuidad de decir que Bach hacía sampling en el siglo XVIII. No lo hacía. Pero detrás de ambos procedimientos existe una pregunta estética que me parece fascinante: ¿qué sucede cuando una música entra dentro de otra música?


Bach tomó obras ajenas para estudiarlas, transcribirlas y comprenderlas desde dentro. El hip-hop tomó fragmentos de discos para reorganizar la memoria sonora de una comunidad. Son procedimientos histórica, jurídica y técnicamente distintos, pero ambos nos recuerdan algo elemental: crear también significa escuchar lo que otros hicieron antes.


Rapper’s Delight llevó esa idea a la cultura popular de masas.


Y lo hizo, además, de una manera desmesurada. La versión extensa dura alrededor de catorce minutos y medio. ¡Catorce minutos de palabras sostenidas prácticamente sobre una misma arquitectura rítmica!


Eso debería ser aburridísimo.


No lo es.


Ahí está precisamente una de sus grandes lecciones musicales. Cuando la armonía prácticamente deja de desarrollarse, nuestra percepción se desplaza hacia otros parámetros: el ritmo interno de las palabras, los acentos, las respiraciones, las entradas de cada voz, las pequeñas modificaciones de la base, la articulación, el fraseo. Dejamos de esperar que cambien los acordes y comenzamos a escuchar cómo cambia el tiempo.



Y entonces comprendemos que el rapero también es, a su manera, un percusionista.


Las consonantes golpean. Las vocales prolongan. Las sílabas anticipan o retrasan el pulso. La rima crea expectativas y las resuelve. La voz juega alrededor de una cuadrícula métrica invisible mientras el bajo permanece ahí, obstinado, hipnótico, maravilloso.


Quizá por eso Rapper’s Delight ha envejecido tan bien.


Hay canciones que quedan encerradas en la época que las produjo. Ésta no. Sigue apareciendo en películas, fiestas, anuncios, programas de televisión y, sobre todo, en la memoria colectiva. Yo, al menos, no conozco a mucha gente que pueda escuchar sus primeros segundos sin intentar acompañarlos. Poco importa que no sepa inglés. Llegado cierto momento todos creemos saber rapear aquello.


Y seguramente lo hacemos bastante mal.


Pero lo hacemos.


Eso también significa que una obra ha entrado en la cultura popular: cuando dejamos de preguntarnos quién la compuso y simplemente sentimos que, de alguna manera misteriosa, siempre estuvo ahí.


En 2011, Rapper’s Delight fue incorporada al National Recording Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. El reconocimiento resulta significativo porque confirma algo que durante años pudo parecer exagerado: aquella grabación festiva de 1979 no fue solamente un éxito comercial. Ayudó a demostrar que una cultura que vivía en fiestas, clubes y calles podía entrar en un estudio, convertirse en disco y viajar por el mundo.


No fue la primera grabación de rap. Conviene decirlo. Pero fue la que abrió una puerta gigantesca.


Después de ella ya nada sería exactamente igual.


Vendrían las cajas de ritmos, los samplers, los tornamesas convertidos en instrumentos, las bibliotecas digitales, el loop, la manipulación microscópica del sonido y finalmente una cultura musical en la que prácticamente toda la historia grabada puede convertirse en materia prima para una obra nueva.


Pero en 1979 bastaron unas voces, una idea y un bajo prestado —o, para decirlo con mayor precisión histórica, recreado sin autorización inicial y posteriormente reconocido— para comenzar a cambiar las reglas.


Y qué bajo.


Bernard Edwards quizá nunca imaginó, cuando construyó aquella línea para Good Times, que estaba escribiendo algo que tendría una segunda vida casi inmediata. Una música salió de otra música y después engendró miles más.


Así ha ocurrido siempre.


Quizá por eso me sigue fascinando pensar que la creación musical se parece menos a construir una casa desde cero que a entrar en una ciudad antiquísima. Las calles ya existen. Otros caminaron por ellas antes que nosotros. Hay edificios, ruinas, plazas, voces que llegan desde ventanas abiertas. El compositor —o el rapero— camina, escucha, dobla en alguna esquina y descubre una calle que nadie había visto de esa manera.



Entonces comienza su propia música.


En Rapper’s Delight, aquella calle comenzaba con un bajo.


Y 47 años después, todavía seguimos caminando sobre él.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

EL AMO DE LAS MEZCLAS PERFECTAS

 



Rubén Zazueta, mejor conocido en el mundo de la radio como DJ Rubén, celebra dos décadas al servicio de XENW y veinte años de su programa “Maxi Dance Floor”, una trayectoria marcada por la pasión por la música, las tornamesas y el arte de mezclar.

Hay DJs que ponen música y hay otros que convierten la música en una experiencia. En esta segunda categoría se encuentra Rubén Zazueta, el popular DJ Rubén, quien llega a una fecha significativa dentro de su carrera: dos décadas al servicio de XENW y veinte años de permanencia al aire con su espacio “Maxi Dance Floor”.

Considerado un DJ de la vieja escuela, Rubén pertenece a una generación que aprendió el oficio con paciencia, oído musical y muchas horas detrás de las consolas. Antes de que las herramientas digitales simplificaran buena parte del trabajo de un DJ, mezclar significaba conocer las canciones, identificar sus tiempos, anticipar los cambios y conseguir que una pieza llevara naturalmente a la siguiente.



Su historia dentro de XENW comenzó en una primera etapa que abarcó de 2000 a 2003. Fueron años importantes para consolidar una relación profesional con la radio y, sobre todo, para demostrar su capacidad frente a los controles y su conocimiento de la música.

Posteriormente hizo un paréntesis en su trayectoria para trasladarse a Tijuana, experiencia que representó también una etapa de aprendizaje y crecimiento profesional. Sin embargo, la radio terminaría llamándolo nuevamente.

Tres años después regresó y, esta vez, lo hizo para quedarse. Su incorporación tomó una nueva dimensión al convertirse en productor corporativo, participando en la operación y producción de contenidos tanto para Maxi Radio como para Radio Ley.

Paralelamente, su identidad como DJ continuó creciendo y encontró en “Maxi Dance Floor” el espacio ideal para desarrollar su particular manera de entender la música. Durante dos décadas, el programa se ha distinguido por las mezclas, las secuencias y esa forma de enlazar canciones que permite al auditorio disfrutar de una sesión continua.



El mérito de un DJ no consiste únicamente en seleccionar buenos temas. También está en saber cuándo entrar, cuándo salir y cómo unir una canción con otra sin romper la magia. Es precisamente ahí donde la experiencia de la vieja escuela adquiere un valor especial.

Para Rubén Zazueta, veinte años no representan solamente una cifra: son dos décadas de evolución de la radio, de cambios tecnológicos y de transformaciones en la manera de escuchar música. A pesar de ello, permanece vigente una esencia que no cambia: el gusto por una buena mezcla y el respeto por el público.

Hoy, cuando las plataformas digitales permiten acceder prácticamente a cualquier canción con unos cuantos movimientos en una pantalla, la figura del DJ tradicional conserva un atractivo particular. Es el profesional que conoce la música, entiende al público y sabe construir una atmósfera a través de una sucesión cuidadosamente seleccionada de sonidos.

DJ Rubén ha hecho de esa filosofía una forma de vida. Su historia está ligada a XENW, pero también a una época de la radio en la que el DJ era una figura fundamental para presentar las novedades, descubrir sonidos y mantener viva la pista de baile desde los estudios de una estación.

Veinte años después de aquella primera etapa, Rubén Zazueta continúa detrás de la consola. Y mientras las generaciones cambian, los formatos evolucionan y la tecnología transforma la producción radiofónica, su sello permanece intacto.

Porque para quienes conocen el oficio, una mezcla perfecta no es cuestión de suerte: es experiencia, oído, conocimiento y pasión.

Dos décadas en XENW. Dos décadas de “Maxi Dance Floor”. Y una trayectoria que confirma por qué Rubén Zazueta puede ser llamado, con toda propiedad, “El amo de las mezclas perfectas”.


lunes, 21 de septiembre de 2026

Sumate Sinaloa: cuatro años haciendo de la radio un puente ciudadano

 


Cuatro años de transmisiones representan mucho más que una fecha en el calendario. En el caso de Sumate Sinaloa, significan cuatro años de escuchar, gestionar y buscar respuestas para la ciudadanía a través de la radio.

Transmitido de lunes a viernes a las 12 del mediodía por Vibra 96.9 FM para todo Sinaloa, Sumate Sinaloa llega a este aniversario convertido en un espacio de gestión social que ha encontrado en la comunicación radiofónica una herramienta para acercar a la sociedad con las autoridades.

Al frente del programa se encuentran Luis Alberto Díaz, Karina Zambrano y Cecilia Cota, quienes han asumido la conducción de un proyecto cuya esencia parte de una premisa sencilla, pero de enorme importancia: escuchar las necesidades de la gente y buscar los canales adecuados para que sean atendidas.

La radio, en este caso, deja de ser únicamente un medio para informar y se convierte en un puente entre ciudadanía y gobierno, dando voz a quienes necesitan plantear una problemática, solicitar una gestión o encontrar una respuesta ante alguna situación que afecta su entorno.



Un antecedente que marcó el camino

Sumate Sinaloa tiene como referente al programa Punto de equilibrio, espacio que también apostó por la gestión y por utilizar los micrófonos como una vía de comunicación directa con la sociedad.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Sumate Sinaloa logró construir su propia identidad y superar las expectativas que pudieron haberse generado al momento de iniciar transmisiones.

El resultado ha sido un programa que ha hecho de la constancia una de sus principales características. Cuatro años después, el balance permite hablar de un proyecto consolidado, con una dinámica propia y, sobre todo, con una vocación de servicio que permanece como eje central.

La radio como instrumento de servicio

En una época en la que la comunicación ocurre cada vez más a través de plataformas digitales, la radio mantiene una característica que difícilmente puede sustituirse: la posibilidad de establecer una conversación cercana con la audiencia.

En Sumate Sinaloa, esa cercanía adquiere un sentido especial. Cada planteamiento ciudadano representa una oportunidad para gestionar, preguntar, dar seguimiento y procurar que las situaciones expuestas encuentren una respuesta.

Ahí radica buena parte de la importancia de este espacio: la radio no solamente cuenta lo que sucede, también puede ayudar a generar comunicación entre quienes tienen una necesidad y quienes tienen la posibilidad de atenderla.

Cuatro años de transmisiones son, por ello, cuatro años de trabajo constante detrás de los micrófonos, pero también de historias ciudadanas, gestiones y seguimiento.



Cuatro años y los que faltan

El aniversario de Sumate Sinaloa representa una ocasión para reconocer el trabajo de Luis Alberto Díaz, Karina Zambrano y Cecilia Cota, así como de todas las personas que hacen posible que este proyecto llegue a los hogares sinaloenses a través de Vibra 96.9 FM.

Lo que comenzó tomando como referente a Punto de equilibrio terminó adquiriendo personalidad propia y, contra cualquier expectativa inicial, Sumate Sinaloa ha realizado un trabajo extraordinario durante estos cuatro años.

La celebración, entonces, no solamente mira hacia atrás. También plantea el reto de mantener vigente una fórmula en la que escuchar a la ciudadanía, gestionar sus demandas y buscar respuestas sigue siendo la razón de ser de un programa que encontró en la radio una manera concreta de hacer servicio social.

Cuatro años después, Sumate Sinaloa continúa sumando voces, historias y esfuerzos, demostrando que cuando un micrófono se pone al servicio de la gente, la radio puede convertirse en mucho más que compañía: puede ser un verdadero puente ciudadano.

jueves, 17 de septiembre de 2026

NO VOY A TRABAJAR: EL MEXICANO QUE BAILA PARA ESCAPAR DEL LUNES


*Por Aldo Rodríguez*
Hay canciones que uno escucha y simplemente baila. No hay que buscarles demasiadas explicaciones: entran por el oído, bajan inmediatamente a los pies y terminan apoderándose del cuerpo. Pero hay otras que, además de hacernos bailar, dicen cosas. Y a veces dicen mucho más de lo que aparentan.
No voy a trabajar, del grupo Bermudas, pertenece para mí a esa segunda categoría.
La recuerdo como una de esas piezas contagiosas, sabrosas, construidas para que el cuerpo responda casi antes que la inteligencia. Tiene humor, movimiento, repetición, síncopa, frases populares, elementos de nuestra memoria musical y ese desenfado tan característico de cierta música tropical mexicana. Bermudas, agrupación veracruzana vinculada naturalmente con la cumbia y los ritmos bailables, sabía perfectamente lo que hacía: música para bailar, sí, pero música bien construida.
Y, sin embargo, cada vez que escucho No voy a trabajar pienso inevitablemente en Octavio Paz.
No porque Paz haya tenido algo que ver con la canción, naturalmente, sino porque detrás de su aparente frivolidad encuentro algo de aquel mexicano que el poeta intentó comprender en El laberinto de la soledad. No necesariamente el mexicano real —habrá que subrayarlo desde ahora— sino ese personaje cultural que hemos ido construyendo entre nosotros mismos: ingenioso, contradictorio, festivo, capaz de hacer un chiste en medio de la desgracia y de inventar, cuando hace falta, una explicación prodigiosa para escapar de la obligación.
La canción plantea una semana laboral completa y procede, con una lógica impecablemente absurda, a destruirla.
El lunes no se trabaja porque apenas comienza la semana.
El martes tampoco: ni te cases ni te embarques.
El miércoles se casa la patrona y, naturalmente, hay pachanga.
El jueves aparece el desvelo.
El viernes muere Jesucristo.
El sábado sólo se trabaja medio día y, precisamente por eso, tampoco vale la pena trabajar.
Y el domingo, faltaba más, es día de descanso.
Resultado: hemos conseguido algo extraordinario. Una semana laboral sin trabajo.
La genialidad está en que cada día posee su propia justificación. No estamos ante la simple declaración de un holgazán. Estamos ante algo mucho más elaborado: la construcción narrativa de la excusa.
Y eso me parece profundamente mexicano.
Aclaro: no estoy diciendo que el mexicano sea flojo. Sería una generalización absurda, injusta y hasta históricamente falsa. México es también un país de jornadas interminables, campesinos que comienzan antes del amanecer, obreros, comerciantes, médicos, maestros, músicos, albañiles, mujeres y hombres que trabajan seis días por semana y a veces siete. Basta salir temprano a cualquier ciudad mexicana para comprobarlo.
Estoy hablando de otra cosa.
De un personaje.
De un arquetipo popular.


De esa figura que ha aparecido durante décadas en chistes, películas, caricaturas y canciones: el individuo que despliega una creatividad verdaderamente barroca cuando necesita justificar por qué hoy tampoco pudo llegar.
Todos conocemos alguna historia.
Yo recuerdo casos que parecen inventados por un guionista de comedia. Una persona faltaba continuamente al trabajo alegando fallecimientos familiares. El problema fue que comenzó a matar abuelos con una frecuencia biológicamente imposible. Moría uno, luego otro, después aparecía misteriosamente otro abuelo y semanas más tarde fallecía uno nuevo. Si uno hacía las cuentas, aquel hombre había terminado el año con una genealogía digna del Antiguo Testamento: dieciséis o dieciocho abuelos muertos.
La excusa había dejado de ser explicación para convertirse en literatura fantástica.
Y ahí aparece Paz.
En El laberinto de la soledad, Octavio Paz intentó aproximarse al mexicano no mediante estadísticas ni clasificaciones sociológicas rígidas, sino observando gestos, palabras, fiestas, silencios, máscaras y contradicciones. Su mexicano es un ser que se protege, se reserva, se encierra; pero que también necesita momentos en los cuales pueda romper esa contención.
Uno de esos momentos es la fiesta.
Y esto resulta fundamental para entender No voy a trabajar.
Porque en la canción el verdadero antagonista no es exactamente el trabajo. Es la obligación.
El calendario representa el tiempo reglamentado: lunes, martes, miércoles, jueves… La sociedad moderna organiza nuestra existencia mediante horarios. Hay una hora para entrar, una hora para salir, días laborables y días de descanso. El reloj ordena el cuerpo.
Pero la fiesta rompe el reloj.
En la fiesta el tiempo cotidiano queda suspendido. Aparece otro tiempo, el tiempo excepcional: se come, se bebe, se canta, se baila, se conversa. Mañana veremos qué hacemos.
Por eso resulta extraordinariamente significativo que el miércoles la patrona se case.
¿Qué importa el trabajo frente a una pachanga?
La fiesta ha vencido al calendario.
Y aquí Bermudas hace, desde la música popular y quizá sin ninguna pretensión filosófica, algo que dialoga sorprendentemente con Paz: convierte la semana laboral en una sucesión de pequeñas ceremonias de evasión.
Pero todavía hay algo más.
En determinado momento aparece una melodía que muchos mexicanos conocemos desde niños:
Acitrón de un fandango…
Y entonces la canción abre otra puerta.
Acitrón de un fandango pertenece a esa antiquísima memoria oral mexicana donde las palabras no necesitan significar racionalmente para poseer sentido. Sango, sabaré, triqui-triqui-tran: las sílabas se convierten en percusión. La palabra deja por un momento de explicar y comienza a sonar.
Eso me fascina como músico.
Porque ahí el lenguaje recupera algo anterior al discurso: el ritmo.
Antes de preguntar qué significa “triqui-triqui-tran”, el cuerpo ya entendió.
Y quizá esa sea una de las claves de toda la pieza.
No voy a trabajar comienza siendo una canción sobre la evasión laboral y termina revelándose como una celebración del cuerpo. Hay que bailar tocadito, suavecito, de brinquito, hacia atrás, de ladito, solo o acompañadito . La cadera debe moverse. Hay que dar la vuelta.
El cuerpo sustituye al escritorio.
El baile derrota al reloj.
La calle le gana durante unos minutos a la oficina.


Y nuevamente estamos cerca de Paz: el individuo contenido por las obligaciones cotidianas encuentra en la fiesta una forma momentánea de liberación.
Hay además un componente de mestizaje cultural particularmente hermoso. Acitrón de un fandango pertenece a la tradición infantil mexicana y algunas investigaciones han señalado en sus vocablos y sonoridades posibles huellas africanas que llegaron y se transformaron durante siglos en territorio novohispano. No debería sorprendernos. Veracruz ha sido precisamente uno de los grandes laboratorios culturales de México: Europa, África y América encontrándose, chocando y finalmente produciendo algo que ya no pertenece completamente a ninguno de esos mundos porque pertenece a los tres.
Eso también somos.
Un país donde una antiquísima ronda infantil puede terminar incrustada en una cumbia popular y nadie necesita explicar la genealogía para reconocerla.
La memoria cultural funciona así.
A veces no está en los libros.
Está en los pies.
Hay otra cuestión que me parece importante. Durante mucho tiempo, cierta caricatura extranjera representó al mexicano dormitando bajo un enorme sombrero, recargado en un cactus o esperando eternamente que algo ocurriera. Hollywood y la animación estadounidense explotaron hasta el cansancio esa imagen: el mexicano indolente, lento, dormido, despreocupado.
Naturalmente es un estereotipo.
Pero los estereotipos rara vez sobreviven durante tanto tiempo si no encuentran algún elemento —real, imaginado o exagerado— del cual alimentarse. Lo interesante es que nosotros mismos hemos jugado con esa caricatura. Nos hemos apropiado de ella, la hemos exagerado y nos hemos reído de nosotros mismos.
Y eso cambia las cosas.
Porque No voy a trabajar no parece una canción escrita para insultar al mexicano.
Al contrario.
El mexicano se está contando un chiste sobre sí mismo.
Y ahí radica buena parte de su inteligencia.
Reírse de uno mismo requiere una distancia que no siempre poseemos. El humor popular mexicano ha sabido hacerlo extraordinariamente bien: se ríe del pobre y del rico, del borracho, del marido, de la suegra, del político, del sacerdote, del patrón, del trabajador y hasta de la muerte. No porque necesariamente desprecie esas realidades, sino porque la risa permite domesticarlas.


Tal vez por eso bailamos nuestros problemas.
No los resolvemos bailando, desde luego. Pero durante tres o cuatro minutos dejan de pesarnos de la misma manera.
El mexicano del que hablaba Paz utiliza máscaras. Y el humor también puede ser una máscara.
Decimos “no voy a trabajar” mientras bailamos.
Nos reímos.
Movemos la cadera.
Inventamos una razón para el lunes y otra para el martes.
El miércoles hay pachanga.
El jueves estamos desvelados.
Y cuando finalmente llega el domingo reclamamos, con absoluta seriedad, nuestro merecidísimo descanso después de una semana en la que, según la canción, no hicimos absolutamente nada.
Es maravilloso.
Pero también, si uno quiere mirar debajo de la superficie, hay una pequeña crítica social escondida en la carcajada.
Porque una sociedad también se construye mediante su relación con el trabajo, la responsabilidad y el tiempo. La picardía puede ser encantadora mientras permanece en el territorio del chiste; deja de serlo cuando se convierte en irresponsabilidad cotidiana. Una cosa es reírnos de la excusa y otra muy distinta convertir la excusa en sistema.
Ahí la canción deja una pregunta flotando.
¿Cuántas veces celebramos como “ingenio mexicano” lo que en realidad es incumplimiento?
No tengo una respuesta sencilla.
Y tampoco quiero moralizar una cumbia.
Sería terrible.
Prefiero escucharla como lo que es: una estupenda pieza bailable que, quizás sin proponérselo, terminó guardando dentro de sí una pequeña radiografía humorística de nosotros mismos.
Porque allí están el calendario y la fiesta, el trabajo y la evasión, el refrán y la pachanga, Jesucristo y el sábado de medio día, la ronda infantil y la cumbia, la memoria africana y la tradición mexicana, el lenguaje convertido en ritmo y, finalmente, el cuerpo reclamando su derecho ancestral a moverse.
Eso es lo maravilloso de la música popular.
A veces creemos que una canción solamente dice:
“No voy a trabajar”.
Y resulta que detrás de esa frase aparentemente inocente aparece un país entero mirándose al espejo.
Un espejo deformante, naturalmente.
Un espejo de feria.
Pero espejo al fin.
Quizá Octavio Paz entró al laberinto buscando comprender nuestra soledad.
Bermudas, muchos años después y desde otro territorio completamente distinto, encontró una de las salidas.
Estaba en la pista de baile.
Y mientras seguimos discutiendo quiénes somos, el mexicano de la canción ya tomó su decisión:
hoy tampoco va a trabajar.
Tiene algo mucho más urgente que hacer.
Bailar.

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