jueves, 14 de mayo de 2026

Arquitectura de lo vivido



Por Aldo Rodríguez

Hay días —no muchos, pero sí los necesarios— en los que uno se detiene y se escucha por dentro. Hoy es uno de ellos. No porque el calendario lo imponga, sino porque algo en el pulso íntimo lo pide: una pausa, una mirada larga, una respiración que no sea automática sino consciente. Cumplo años… y lo digo sin peso, casi como quien abre una ventana.


Soy feliz. Y no lo digo desde la ingenuidad ni desde la comodidad del olvido, sino desde la conciencia de todo lo que ha sido. Soy feliz con lo que tengo, sí, pero también —y quizá más profundamente— con lo que tuve y con lo que viví. Incluso con aquello que en su momento dolió, incomodó o desordenó. Porque al final, uno entiende —a veces tarde, pero entiende— que cada decisión, cada error, cada desvío, tenía que ocurrir. Como si la vida fuera una partitura donde incluso las disonancias están escritas con una precisión secreta.


Crecí en un hogar donde la cultura no era adorno, era alimento cotidiano. La música sonaba con naturalidad, los libros estaban ahí como cómplices silenciosos, la pintura y la historia eran conversaciones posibles en cualquier momento. No faltó nada esencial. Y eso —lo sé ahora con claridad— no es poca cosa. Es, en muchos sentidos, el punto de partida de todo.


Tuve —tengo— una hermana. Compañera de juegos, de travesuras, de pequeñas conspiraciones infantiles. Y con el tiempo, la vida hizo lo suyo. Hoy, además de hermanos, compartimos algo mucho más profundo: la confianza, la memoria y el cariño de quienes han recorrido juntos prácticamente toda una vida.


La vida me dio también dos hijos. Dos jóvenes que hoy observo con una mezcla de asombro y gratitud. Inteligentes, sensibles, talentosos… cada uno con su propia voz, con su propio horizonte ya delineándose. Verlos avanzar hacia su vida profesional no es solo motivo de orgullo, es una forma de reconciliación con el tiempo. En ellos, algo de uno continúa, pero también algo de uno se transforma.


Y en esa historia, hay una presencia que merece nombrarse con claridad y respeto: la mujer que es madre de mis hijos. Compartimos años fundamentales, momentos luminosos y también tiempos complejos, como ocurre en toda vida verdadera. Pero más allá de todo, ahí ha estado, formando parte esencial de esta historia familiar que también me define. Y eso, con los años, uno aprende a valorarlo desde un lugar sereno y honesto.



Y, sin embargo, este año —en esta etapa de mi vida— hay una sombra que no puedo ni quiero eludir. La última vez que la vi, que platiqué con ella, fue el 14 de febrero. Fue la última vez que hablé con mi mamá, porque unas horas después, gran parte de su mente comenzó a desprenderse de lo que había sido. Pienso en ella y la veo como era: una mujer ávida lectora, de conversación luminosa, de una belleza que en su juventud dejó huella, la eterna reina de los periodistas en Culiacán, la voz que al mediodía daba las noticias en la radio, en aquella amplitud modulada de principios de los años sesenta. Recuerdo también esa encrucijada que le ofreció la vida: “no te cases, te conseguimos una diputación”… y ella eligió el camino más silencioso y más profundo, el de formar una familia. Hoy, lo que duele —y duele hondo— es asistir a la lenta desaparición de su memoria. Ver cómo ya no es ella. Ser testigo de lo que el Alzheimer hace a un ser humano es una experiencia que marca, que desgarra en silencio. Nos ha marcado a todos: a mi hermana, a mí, a la familia entera. Y en medio de esa pérdida que aún respira, queda el eco de lo que fue… intacto, resistiendo en nosotros.


He viajado. Mucho. Y cada viaje ha sido, en realidad, un espejo distinto. He probado sabores que parecían imposibles y he encontrado placer en lo más sencillo. Porque al final, el gozo no está en la complejidad sino en la disposición.


La música… ¿qué decir? Ha sido el hilo invisible que une cada etapa de mi vida. Podría trazar mi historia personal a través de sonidos: Johann Sebastian Bach como arquitectura perfecta; Gustav Mahler como abismo y redención; Miles Davis como intuición pura; João Gilberto como susurro; Brian Eno como atmósfera suspendida. Cada uno ha sido, en su momento, una forma de entender el mundo… o de sobrevivirlo.


Y sí, me siento contento. Profundamente contento. No desde la euforia pasajera, sino desde una serenidad que se ha ido construyendo con los años. Una vida llena de música, una vida llena de arte, de conocimiento. El aprendizaje diario —el bueno y el malo— es el que verdaderamente esculpe. Todo suma. Todo deja huella. Todo, incluso lo que duele, termina por formar.


Recuerdo la primera vez que llegué a París. No fue un descubrimiento… fue un reconocimiento. Sabía cada nombre, cada rincón, cada trazo de sus calles como si ya los hubiera recorrido antes. Era como volver a un barrio antiguo, pero no de la infancia vivida, sino de otras memorias, de otros tiempos. Algo en mí ya estaba ahí antes de llegar.


He sido maestro. Y eso, con los años, se vuelve una de las mayores recompensas. Ver a quienes fueron alumnos convertirse en colegas, en interlocutores, en amigos… es una forma muy concreta de trascendencia. Enseñar no es transferir conocimiento, es abrir posibilidades. Y cuando esas posibilidades florecen, algo dentro de uno también lo hace.


He tenido pocos amigos. Pero los necesarios. Los que permanecen sin necesidad de presencia constante. Los que entienden el silencio y celebran el reencuentro sin reproches. Abel, Joel, Felipe, Miguel, Benjamin … nombres que no necesitan explicación porque ya son parte del tejido mismo de la vida.


La radio me dio otra dimensión: la posibilidad de hablarle a muchos sin dejar de ser uno. De compartir, de provocar curiosidad, de tender puentes invisibles. Miles de personas del otro lado… y, sin embargo, la sensación de cercanía.


No todo es armonía, por supuesto. También hay momentos en los que uno mira alrededor y no puede evitar cierta tristeza. Ver cómo el país se desmorona por momentos, cómo se despedaza en sus propias tensiones. Pero incluso ahí, la experiencia enseña algo: la rueda sigue girando. Siempre. Los que hoy están encumbrados, mañana pueden estar aplastados por esa misma fuerza que los elevó. Es un axioma antiguo, casi brutal en su claridad… y sin embargo, profundamente cierto. Lo he visto antes. Lo seguiremos viendo.


No me siento viejo. Y lo digo con una sonrisa casi cómplice. Siento, más bien, que estoy en la mitad del camino. Como si todo lo vivido hubiera sido preparación para lo que viene. Llego a este “sexto piso” con una energía intacta, con proyectos que me entusiasman, que me seducen, que me exigen. Y eso —esa capacidad de seguir deseando, de seguir creando— es quizá el verdadero indicador de vida.


Claro que hay cosas por mejorar. Siempre las habrá. Los defectos no desaparecen, aprenden a disfrazarse, a ocultarse, a dialogar con uno. Hay estructuras internas que parecen inamovibles… pero incluso en eso hay margen. No para borrarlas, sino para entenderlas.


Y al final, inevitablemente, aparece el origen. Los ancestros. Esa cadena invisible de historias, de luchas, de momentos extremos, de decisiones que no nos pertenecen pero nos constituyen. A ellos —a todos ellos— mi gratitud profunda. Porque sin ese recorrido previo, yo no estaría aquí. Somos, en gran medida, la consecuencia de aquello que no vivimos directamente.


Hoy, en este punto exacto del tiempo, no me queda más que agradecer. A la vida, sí. Al arquitecto —como cada quien quiera nombrarlo— también. Pero sobre todo, agradecer el hecho mismo de haber sido, de estar siendo, y de seguir en construcción.


Porque al final —y esto lo digo casi en voz baja— la vida no es otra cosa que eso: una obra en proceso, siempre inacabada… y, por fortuna, siempre abierta.

domingo, 3 de mayo de 2026

Elisa Pérez Garmendia regresa a la radio con TM Noticias vespertina





Después de una destacada trayectoria de casi tres décadas en medios de comunicación, Elisa Pérez Garmendia regresa a la radio para conducir TM Noticias, emisión vespertina, en el 89.5 FM Romántica. La periodista estará al aire de lunes a viernes, de 1 a 2 p.m., ofreciendo a su audiencia información confiable y de actualidad.

Elisa inició su carrera profesional en el programa DÍGALO junto a Jorge Contreras y, poco después, José Ángel Arellanes la invitó a participar en NUESTRAS NOTICIAS, transmitido por el 95.3 FM, marcando así uno de sus primeros pasos en el periodismo radiofónico antes de incursionar en la televisión. Posteriormente se incorporó a TVP, entonces Canal 3, donde consolidó su experiencia en medios visuales.

Su trayectoria no se limita al periodismo, pues también se desempeñó como directora de comunicación social durante la administración del gobernador Mario López Valdés, fue presidenta del gremio de mujeres comunicadoras y ha desarrollado una destacada faceta empresarial, gestionando con éxito una cafetería, un restaurante y, más recientemente, una panadería propia.

Más recientemente, Elisa Pérez Garmendia ocupó un cargo relevante en TV Azteca Culiacán, donde dejó huella por su profesionalismo y compromiso con la información. Ahora, regresa a la radio para acercarse nuevamente a la audiencia con su estilo claro y directo, consolidando su posición como una de las voces más reconocidas del periodismo sinaloense.


Con este regreso, TM Noticias suma un nuevo capítulo a su historia, incorporando la experiencia, la credibilidad y la visión emprendedora de Elisa Pérez Garmendia, quien promete mantener a los oyentes informados de manera puntual y confiable.

sábado, 2 de mayo de 2026

El hombre detrás de la risa: Dudley Moore, el piano como verdad



Por Aldo Rodríguez


Hay artistas que uno cree conocer… hasta que, de pronto, una grieta en la imagen pública deja escapar otra luz. Y entonces todo cambia.


Un 19 de abril de 1935 nace en Inglaterra Dudley Moore. Para el gran público, su nombre quedó ligado —casi sellado— a esa figura entrañable del hombre desbordado, encantadoramente torpe, ligeramente ebrio, que parecía caminar siempre al borde del descontrol emocional. Su nominación al Óscar por Arthur (1981) consolidó esa imagen: el millonario seductor, frágil, irresistiblemente humano. Antes, 10 ya lo había colocado en el mapa como un comediante fino, de timing impecable.


Pero quedarse ahí… sería no haberlo escuchado.


Porque Moore —y esto no es una hipérbole— era, antes que nada, músico.


Formado en la música clásica, con estudios serios en piano y composición, encontró en el jazz una especie de territorio íntimo, una zona donde podía respirar sin guion. Ahí no había personaje. No había gag. No había mirada cómplice a la cámara. Solo sonido. Y qué sonido.


Escuchar sus grabaciones es asistir a una conversación honesta: un fraseo elegante, con una técnica sólida que nunca presume, y una musicalidad que entiende el silencio como parte del discurso. Hay en su manera de tocar algo que recuerda a los grandes pianistas británicos de tradición clásica… pero filtrados por la libertad del jazz. Una especie de equilibrio improbable, y por eso mismo fascinante.



Yo recuerdo la primera vez que lo escuché —no en pantalla, sino en disco— y confieso que hubo un instante de desconcierto. ¿Es el mismo hombre? ¿El mismo rostro que titubea con una copa en la mano? Sí. Pero aquí no titubea. Aquí piensa, construye, respira.


Y luego está ese otro momento revelador: verlo compartir espacio con figuras como Georg Solti (a quien muchos recuerdan en la televisión británica como “Serguei Sholty”), en una de esas joyas documentales donde Moore se sienta al piano no como invitado, sino como igual. Interpretando, con una seriedad que desarma, la compleja escritura de Béla Bartók, en esa obra casi arquitectónica que es Música para cuerdas, percusión y celesta. Ahí no hay rastro del comediante. Solo queda el músico. El músico verdadero.


Y es ahí donde uno entiende algo esencial: la comedia, en su caso, no era superficialidad… era precisión. Era ritmo. Era escucha. Virtudes profundamente musicales.


La vida, sin embargo, no siempre respeta a quienes saben escuchar.


En 1997 se le detecta una perforación en el corazón. Dos años más tarde, el diagnóstico es devastador: Parálisis supranuclear progresiva, una enfermedad neurodegenerativa implacable que poco a poco le arrebata el control del cuerpo, de la voz, del gesto. Imaginar a un músico —a un pianista— enfrentando ese deterioro es, francamente, doloroso. Hay algo profundamente injusto en ese silenciamiento.



Muere el 27 de marzo de 2002.


Y sin embargo… no se va del todo.


Quedan las películas, sí. Queda la risa, que nunca estorba. Pero quedan, sobre todo, esos discos de jazz que son, para quien quiera escucharlos de verdad, una puerta hacia otra dimensión del artista. Una más honesta, más vulnerable, más profunda.


A veces me pregunto —y no es una pregunta retórica— qué habría pasado si el mundo lo hubiera reconocido primero como músico. Si su piano hubiera sido la carta de presentación y no el secreto mejor guardado. Tal vez nada habría cambiado. O tal vez sí. Tal vez lo habríamos escuchado con otra atención, con otro respeto.



Pero también es cierto que hay trayectorias que necesitan ese desvío, ese disfraz, para llegar a donde realmente importan.


Dudley Moore fue un gran actor. Nadie lo discute.


Pero en el fondo —y aquí lo digo sin titubeo— fue un músico que actuaba.


Y eso, en un mundo que a veces confunde el ruido con el arte, es una forma muy rara de verda

jueves, 30 de abril de 2026

Hablemos Francamente: la nueva voz informativa que conecta con Sinaloa

 

Con una propuesta fresca, directa y en sintonía con la realidad actual, Hablemos Francamente se abre paso como uno de los espacios informativos más prometedores de la radio sinaloense. A pesar de su reciente llegada al aire, el programa ya comienza a captar la atención de una audiencia que busca información clara, ágil y con un enfoque cercano.

Bajo la conducción de Héctor Frank, influencer y comunicador con sólida presencia en redes sociales, este espacio transmite de lunes a viernes a las 3:30 de la tarde por Radio Fórmula Culiacán (88.7 FM), posicionándose como una nueva alternativa para mantenerse al día con los temas más relevantes.

El estilo de Héctor Frank es, sin duda, uno de los principales atractivos del programa: directo, auténtico y con una conexión natural con la audiencia. Su experiencia en el entorno digital —que incluye un canal de YouTube activo incluso antes de su paso por TVP— le ha permitido desarrollar una narrativa moderna que combina inmediatez con cercanía. Su etapa en televisión, donde colaboró presentando el pronóstico del tiempo, complementa una trayectoria que hoy se consolida en la radio.

Hablemos Francamente no es solo un noticiero; es un espacio dinámico donde convergen la información, el análisis y la participación social. A través de entrevistas con figuras destacadas y la difusión de anuncios comunitarios —como eventos y actividades en Sinaloa—, el programa se convierte en una plataforma útil tanto para la audiencia como para la comunidad.

Aunque tiene poco tiempo al aire, su crecimiento ha sido constante, impulsado por un formato accesible y por la credibilidad de su conductor. La apuesta es clara: ofrecer contenido relevante, sin rodeos, y con un compromiso genuino con la información.

Con esta combinación de frescura, experiencia y cercanía, Hablemos Francamente perfila su camino para consolidarse como un referente en la radio regional, demostrando que las nuevas propuestas también pueden marcar la diferencia desde sus primeros pasos.






martes, 28 de abril de 2026

La Plebona celebra su primer año al aire: un año de música, análisis y conexión con su audiencia

 


La estación La Plebona acaba de cumplir su primer año al aire, consolidándose como un espacio diverso y cercano para los oyentes que buscan entretenimiento, información y debate. Desde su inicio, la emisora ha destacado por combinar la tradición musical mexicana con un enfoque fresco en contenidos de actualidad.

El equipo detrás de La Plebona está formado por Gilberto Olivarría, Mónica Prado, Olegario Quintero e Ivanjov Valenzuela, quienes han logrado construir una química única que se refleja al aire. Cada integrante aporta su estilo y experiencia, generando un balance entre la calidez del entretenimiento y la seriedad del análisis informativo.



La estación ofrece una programación variada que incluye música regional mexicana, manteniendo viva la tradición y conectando con la identidad cultural de su audiencia. Además, destaca la “mesa picante”, un espacio donde los conductores y sus invitados discuten temas de actualidad con un toque crítico y provocador, generando conversaciones dinámicas y sinceras.

El compromiso de La Plebona con la información se refuerza con un programa de análisis político, que ofrece a los oyentes contexto y perspectivas sobre los acontecimientos nacionales e internacionales, sin perder la claridad ni la rigurosidad. Complementando esta labor, la estación mantiene despachos informativos cada hora en la hora, asegurando que su audiencia esté siempre al tanto de los hechos más relevantes.



Ubicada en el cuadrante 100.9 FM, La Plebona también llega a oyentes digitales a través de iHeart Radio y dispositivos como Alexa, ampliando su alcance y permitiendo que su programación se escuche en cualquier lugar y momento.

A un año de su lanzamiento, La Plebona no solo celebra su permanencia en el aire, sino también la consolidación de un espacio que combina entretenimiento, cultura e información, demostrando que la radio sigue siendo un medio capaz de adaptarse a los tiempos y de crear comunidad con sus oyentes.

domingo, 26 de abril de 2026

Chernóbil: la memoria que arde en silencio

Por Aldo Rodríguez


Dedicatoria: A los músicos ucranianos de la Orquesta Sinfónica de las Artes, que en medio del desarraigo encontraron en estas tierras un nuevo horizonte para seguir haciendo música.

Con respeto y admiración, por recordarnos que incluso tras la devastación, el arte sigue siendo una forma de volver a casa.

Hay acontecimientos que no terminan cuando se apagan las sirenas. Permanecen —como una vibración baja, casi imperceptible— en la conciencia del mundo. El desastre de Chernobyl es uno de ellos. No fue solamente una explosión en un reactor; fue una fractura en la idea misma de progreso. Una grieta que, cuarenta años después, sigue abierta.


Porque, ¿qué es lo que realmente ocurrió aquella madrugada de abril de 1986? Más allá de los datos técnicos —el reactor RBMK, la prueba fallida, la liberación de material radiactivo—, lo que se desplomó fue una narrativa: la de la ciencia como promesa incuestionable de futuro. Y aquí conviene ser precisos, casi quirúrgicos: no fue la ciencia la que falló, sino su uso, su gestión, su subordinación a estructuras políticas que confundieron control con conocimiento.



He pensado muchas veces en esto —quizá más de las que debería—: ¿en qué momento la inteligencia humana, capaz de descifrar el núcleo del átomo, pierde la capacidad de anticipar sus propias consecuencias?


Chernóbil no es solo un accidente; es una pedagogía brutal.


La dimensión humana de la tragedia suele diluirse entre cifras. Pero basta detenerse un instante —uno solo— en la ciudad de Pripyat para entenderlo todo. Una ciudad diseñada para el futuro, congelada en el instante exacto de su abandono. Juguetes en el suelo. Ruedas de la fortuna que nunca giraron. Habitaciones que aún parecen esperar el regreso de quienes salieron con lo puesto, creyendo que volverían en unos días.


No volvieron.


Y en ese no retorno hay algo profundamente contemporáneo. Porque Chernóbil anticipó el siglo XXI: un mundo donde el riesgo ya no es visible, donde la amenaza no tiene forma, ni olor, ni sonido. La radiación —ese enemigo silencioso— nos obligó a enfrentar una idea inquietante: no todo peligro se puede percibir con los sentidos.


La modernidad, de pronto, se volvió abstracta.



Desde la perspectiva artística —y aquí es donde la reflexión adquiere otra resonancia—, Chernóbil ha generado un corpus de obras que no buscan representar el desastre, sino pensarlo. Óperas como All the Truths We Cannot See de Uljas Pulkkis o la perturbadora Chornobyldorf de Roman Grygoriv e Illia Razumeiko no reconstruyen la tragedia: la transfiguran.


Y eso es fundamental.


Porque el arte no documenta; el arte revela. Nos obliga a mirar donde preferiríamos no hacerlo. Nos coloca frente a la pregunta incómoda: ¿qué queda después del desastre? ¿La memoria… o el olvido?


En la música, el silencio nunca es ausencia. Es tensión. Es espera. Es posibilidad. Chernóbil, en ese sentido, es un gran silencio histórico: un espacio donde lo que no se dice pesa tanto como lo que se enuncia.


Y sin embargo, hay momentos en los que la representación se acerca peligrosamente a la verdad. Pienso, inevitablemente, en la serie Chernobyl de HBO. No es un documento —ninguna obra lo es del todo—, pero hay en ella una voluntad casi obsesiva por reconstruir, por escuchar, por darle forma dramática a los testimonios que durante años circularon como ecos fragmentados.


Es, quizá, una de las aproximaciones más honestas a lo ocurrido.



Y luego está la música.


La partitura de Hildur Guðnadóttir —una de las voces más singulares de nuestro tiempo— no ilustra; no acompaña; no subraya. Se infiltra. Está construida a partir de sonidos industriales, grabaciones de la propia central nuclear, texturas que parecen emerger de las entrañas de la materia. No hay melodía en el sentido tradicional. Hay atmósfera. Hay presión. Hay algo que respira… y no debería.


(La primera vez que la escuché, lo confieso, sentí más incomodidad que admiración. Y eso —precisamente eso— es lo que la hace necesaria.)


La serie y su música no buscan tranquilizar al espectador. Todo lo contrario: lo colocan frente a una verdad incómoda. Que el desastre no fue un accidente aislado, sino la consecuencia de una cadena de decisiones humanas. Decisiones evitables.


Hay otro punto que me parece crucial —y aquí me permito una ligera digresión—: la relación entre ciencia y ética. Vivimos en una época donde la tecnología avanza a una velocidad vertiginosa. Inteligencia artificial, ingeniería genética, exploración espacial… el horizonte es fascinante. Pero también lo es —y esto hay que decirlo sin rodeos— profundamente peligroso si no está acompañado de una conciencia crítica.


Chernóbil nos enseñó que el conocimiento sin responsabilidad es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, devastador.


Y sin embargo, seguimos adelante.


Como si la memoria fuera opcional.


No lo es.


Recordar Chernóbil no es un acto conmemorativo; es un acto de resistencia. Es negarse a aceptar que las tragedias se archivan, que los errores se repiten sin consecuencias, que el tiempo diluye la responsabilidad. Recordar es, en última instancia, una forma de inteligencia.


Una inteligencia distinta. Más lenta. Más incómoda.


Más humana.


A cuarenta años de distancia, la pregunta no es qué ocurrió en Chernóbil. Eso lo sabemos —o creemos saberlo—. La verdadera pregunta es otra, más difícil, más punzante:


¿Qué hemos hecho con esa memoria?


(La respuesta, me temo, aún está en construcción.)

viernes, 24 de abril de 2026

“Ovejas Negras”: la irreverencia que enciende la noche en Maxiradio


En un horario donde la mayoría de las voces del cuadrante se despiden, Ovejas Negras hace exactamente lo contrario: abre micrófonos. De lunes a viernes a las 10 de la noche, el programa conducido por José Antonio Quiroz se convierte en compañía ideal para quienes prefieren desvelarse con buena radio, humor y una dosis de irreverencia bien ejecutada.

Con 25 años de experiencia, Quiroz —mejor conocido por muchos como “Pepe Toño”— ha sabido construir un estilo propio a lo largo de su paso por grupos como Promomedios y Radiorama. Hoy, en Maxiradio 103.3, ese estilo encuentra su mejor expresión: ácido, sagaz y sin filtros, pero siempre con un objetivo claro—divertir.

La esencia de Ovejas Negras está precisamente ahí: en el entretenimiento directo y sin complicaciones. El programa combina chistes, comentarios cargados de ironía y una selección musical que mantiene la identidad del 103.3, logrando un equilibrio que engancha desde el primer momento. No se trata solo de hablar, sino de crear un ambiente donde el oyente se sienta acompañado en esas horas en que la ciudad baja el ritmo, pero la radio sigue viva.

Mientras otros espacios concluyen su transmisión al caer la noche, Pepe Toño apuesta por lo contrario: encender la conversación, provocar la risa y mantener la energía. Esa decisión no es menor; implica entender a una audiencia nocturna que busca algo más que música continua, que agradece la cercanía de una voz auténtica al otro lado del micrófono.

Lejos de fórmulas rígidas, Ovejas Negras se permite la libertad de ser distinto. Su tono irreverente no es gratuito, sino parte de una propuesta que privilegia la espontaneidad y la conexión genuina con el público. En ese terreno, Quiroz se mueve con soltura, demostrando que la experiencia no está peleada con la frescura.

Así, cada noche, el programa reafirma que la radio sigue siendo un espacio íntimo y poderoso, especialmente cuando encuentra conductores capaces de romper esquemas y acompañar, con humor e inteligencia, a quienes aún creen en el placer de escuchar.

Arquitectura de lo vivido

Por Aldo Rodríguez Hay días —no muchos, pero sí los necesarios— en los que uno se detiene y se escucha por dentro. Hoy es uno de ellos. No p...