jueves, 22 de octubre de 2026

POP MUZIK: CUANDO LA MÚSICA DESCUBRIÓ QUE EL MUNDO ENTERO ERA SU ESCENARIO




Por Aldo Rodríguez


Hay canciones que anuncian el futuro sin proponérselo. Otras, en cambio, parecen detener el tiempo para mostrarnos el instante preciso en que una época comienza a transformarse. Son piezas que escuchamos durante años, que bailamos, tarareamos y asociamos con determinados momentos de nuestra vida, sin sospechar que detrás de aquellos tres o cuatro minutos de aparente entretenimiento se esconde una pequeña radiografía de la historia.


En 1979 aparecieron dos canciones que, vistas desde la distancia, resultan extraordinariamente reveladoras. Una fue Video Killed the Radio Star, de The Buggles, una especie de elegía anticipada por la radio y por una manera de relacionarnos con la música. La otra fue Pop Muzik, de un proyecto británico llamado simplemente M, encabezado por Robin Scott.


La primera terminó convirtiéndose en una especie de profecía cultural. La segunda, mucho menos solemne, celebraba un fenómeno que ya estaba ocurriendo frente a nuestros oídos: la música popular comenzaba a desdibujar sus fronteras, a mezclarse sin demasiados prejuicios y a encontrar en la tecnología una nueva manera de expresarse.


Y lo curioso es que ambas canciones nacieron prácticamente al mismo tiempo.


Recuerdo perfectamente cuando escuché Pop Muzik por primera vez. Yo cursaba la secundaria y aquella música me fascinó desde el principio. Tenía un ritmo contagioso, una sonoridad extraña, una voz casi hablada y un sentido del humor que la distinguía de buena parte de lo que sonaba entonces en la radio. Había algo deliberadamente irreverente en su construcción. No parecía tomarse demasiado en serio, aunque, como descubriríamos después, escondía ideas bastante más interesantes de lo que sugería su apariencia.


Era imposible permanecer indiferente a aquel estribillo que mencionaba cuatro ciudades y después lanzaba su declaración universal\:


New York, London, Paris, Munich…



Nueva York, Londres, París, Múnich. Cuatro ciudades convertidas en coordenadas de un mismo universo sonoro. La música estaba en todas partes y todo el mundo hablaba de ella.


Pero ¿de qué música?


Durante buena parte de los años sesenta y setenta, el panorama de la música comercial había estado marcado por identidades relativamente reconocibles. Estaba el rock, con todas sus ramificaciones; el rhythm and blues, el soul, la música disco, el sonido Motown, la sofisticación orquestal del sonido de Filadelfia, el funk y las distintas expresiones de una industria que comenzaba a comprender el enorme poder económico y cultural de la juventud.


Por supuesto, la expresión pop music no había nacido en 1979. Su historia se remontaba varias décadas atrás y ya se utilizaba ampliamente desde los años cincuenta y sesenta. Sin embargo, hacia finales de los setenta estaba adquiriendo una dimensión distinta. Dejaba de ser solamente una denominación genérica de música popular para convertirse, cada vez más, en una identidad estética capaz de absorber estilos, tecnologías y comportamientos culturales.


Ahí es donde aparece Robin Scott.


Scott no era precisamente un improvisado. Había transitado por distintos ambientes musicales británicos, desde el folk hasta las experiencias vinculadas con el punk y la nueva ola. Conocía la industria, sus contradicciones y sus posibilidades. También tenía suficiente curiosidad como para comprender que los sintetizadores y las nuevas técnicas de producción estaban modificando radicalmente el lenguaje musical.


Su proyecto M, más que una agrupación convencional, fue una plataforma creativa construida alrededor de su personalidad y de distintos colaboradores. Y Pop Muzik resultó ser una de esas raras composiciones donde una idea aparentemente sencilla consigue capturar el espíritu de una época.


La canción es, musicalmente, un pequeño laboratorio.


Tiene la pulsación de la música disco, pero no es exactamente disco. Posee la economía rítmica y cierta insolencia del punk, aunque carece de su agresividad. Utiliza sintetizadores y procedimientos electrónicos propios de lo que muy pronto reconoceríamos como synth-pop, pero conserva una ligereza casi caricaturesca. Su línea vocal oscila entre el canto, el recitado y las inflexiones de un locutor radiofónico.



Todo parece ensamblado con una sonrisa.


Y, sin embargo, funciona admirablemente.


Lo interesante es que Scott comprendió algo que muchos puristas musicales tardarían bastante en aceptar: la música popular no necesitaba defender fronteras estilísticas para sobrevivir. Podía apropiarse de cualquier recurso, combinar elementos aparentemente incompatibles y construir una identidad a partir de esa mezcla.


En cierto sentido, Pop Muzik es una canción acerca de la propia música pop. Una obra que se observa a sí misma mientras se desarrolla.


Eso, desde una perspectiva semiótica, resulta fascinante.


El videoclip refuerza precisamente esa lectura. Robin Scott aparece convertido en una especie de disc-jockey, rodeado de discos, aparatos y elementos propios de una cabina radiofónica. Manipula los tocadiscos, atiende el teléfono, gesticula frente a la cámara y parece dirigir una transmisión imaginaria destinada al mundo entero.


No se trata únicamente de ilustrar la canción. La cabina se convierte en una representación simbólica de la industria musical: el lugar donde los discos llegan, se seleccionan, se transmiten y finalmente entran en la vida de millones de personas.


El locutor ya no es solamente alguien que presenta canciones. Es un intermediario cultural, un personaje que administra sonidos, modas, deseos y comportamientos colectivos.


Y hay una paradoja deliciosa. Mientras The Buggles imaginaban un mundo donde la imagen terminaría desplazando el protagonismo de la radio, Robin Scott convertía al locutor radiofónico en protagonista de un videoclip.


Uno anunciaba la transformación de los medios. El otro utilizaba esos mismos medios para celebrar la expansión de la música popular.


Dos miradas diferentes sobre una revolución compartida.


No obstante, Pop Muzik guarda otra historia que para mí tiene un significado especialmente entrañable, porque está relacionada con algo que las nuevas generaciones difícilmente podrán experimentar: la relación física, casi ritual, que teníamos con los discos de vinilo.


Yo tuve aquel disco.


Y recuerdo que poseía una particularidad absolutamente desconcertante.


En aquellos años estábamos acostumbrados a que los discos tuvieran dos caras: lado A y lado B. Era una convención sencilla, prácticamente inalterable. Pero aquel ejemplar de Pop Muzik proponía un pequeño juego con esa lógica.


La edición británica de doce pulgadas incorporaba dos surcos independientes entrelazados en una misma cara. Dependiendo del surco en el que cayera la aguja, escuchábamos Pop Muzik o una composición titulada M Factor\. La cara opuesta contenía una versión extendida de la canción principal y recibía, con bastante humor, la denominación Seaside, un juego de palabras que sugería una tercera cara, una especie de lado C.


Aquello me pareció extraordinario.


Imaginen colocar cuidadosamente la aguja sobre un disco y descubrir que el resultado podía cambiar según el surco que encontrara. No había un mecanismo electrónico, una programación digital ni un algoritmo que decidiera por nosotros. Todo sucedía mediante un procedimiento puramente mecánico, aprovechando las posibilidades físicas de la superficie del vinilo.


Era una manera ingeniosa de convertir el acto de escuchar en un acontecimiento parcialmente imprevisible.


Desde luego, también exigía cierta paciencia. Cualquier imperfección, suciedad o descuido con la aguja podía producir saltos no deseados. Pero precisamente esa fragilidad formaba parte de la experiencia.


Nunca volví a tener un disco semejante.


Y ahora, al recordarlo, encuentro una correspondencia particularmente hermosa entre aquella curiosidad técnica y el contenido de la canción: una música que hablaba de romper convenciones aparecía grabada en un objeto que también se permitía romperlas.


No era una gran revolución tecnológica, desde luego, pero sí una pequeña travesura de ingeniería fonográfica.


Algo que hoy, cuando escuchamos música mediante plataformas digitales, resulta casi inimaginable.



Pop Muzik llegó al primer lugar de las listas estadounidenses en noviembre de 1979 y alcanzó el segundo puesto en el Reino Unido. Su éxito fue internacional y convirtió a M en uno de los nombres más reconocibles de aquel momento.


Paradójicamente, también lo colocó dentro de una categoría bastante peculiar de la industria discográfica: los llamados one-hit wonders, artistas identificados fundamentalmente con un único gran éxito.


Aunque Robin Scott continuó produciendo música y consiguió otras entradas en las listas británicas, ninguna alcanzó la dimensión internacional de aquella grabación.


Pero siempre he pensado que esa clasificación puede resultar un tanto injusta.


¿Realmente importa cuántos éxitos comerciales consigue un artista si una sola de sus canciones logra atravesar generaciones?


Hay compositores con catálogos inmensos cuyas obras prácticamente han desaparecido de la memoria colectiva, mientras otros permanecen vivos gracias a tres minutos de música.


Y no es poca cosa.


En 1997 ocurrió algo que me produjo una satisfacción especial. U2, una agrupación que había construido buena parte de su identidad alrededor del rock, decidió utilizar una versión remezclada de Pop Muzik como música introductoria de su monumental gira PopMart\.


La elección era extraordinariamente pertinente.


Aquella gira exploraba, mediante enormes pantallas, referencias publicitarias, símbolos del consumo y una escenografía deliberadamente excesiva, las contradicciones de la cultura popular contemporánea.


El espectáculo se convertía en supermercado, la imagen en mercancía y la música en parte de una inmensa maquinaria audiovisual.


Y antes de que U2 apareciera frente a miles de espectadores, sonaba aquella canción de 1979 que proclamaba la omnipresencia de la música pop.


Casi veinte años después, Pop Muzik encontraba un contexto completamente nuevo.


Ya no era solamente una celebración del fenómeno musical. Ahora podía escucharse también como un comentario irónico sobre una cultura que había convertido prácticamente cualquier experiencia humana en espectáculo.


Me pareció un guiño inteligente, una manera de reconocer que aquella composición aparentemente simpática y despreocupada había comprendido, mucho antes que otras, ciertos mecanismos del entretenimiento contemporáneo.


Y aquí volvemos al principio.


Durante décadas hemos hablado de Video Killed the Radio Star como una canción profética. Su asociación con el nacimiento de MTV terminó por convertirla en uno de los grandes símbolos de la transformación audiovisual de la música.


Pero Pop Muzik merece una lectura igualmente interesante, aunque desde otra perspectiva.


No anunció la desaparición de un medio ni la sustitución de una tecnología por otra. Su intuición fue distinta: reconoció que la música popular estaba dejando de pertenecer exclusivamente a géneros, territorios y tradiciones claramente delimitados.


La música comenzaba a circular como un lenguaje global.


Hoy esa idea nos parece perfectamente natural. Escuchamos en una misma plataforma a Bach, Kraftwerk, Miles Davis, Rosalía, The Beatles o un compositor de música electrónica experimental. Los algoritmos colocan géneros y épocas en una misma secuencia, mientras las fronteras entre lo culto, lo popular, lo comercial y lo experimental se vuelven cada vez más permeables.


Desde luego, esas categorías no han desaparecido. Continúan existiendo diferencias estéticas, históricas y sociales profundas. Pero los hábitos de escucha han cambiado radicalmente.


Y Pop Muzik, con su aparente frivolidad, participó de ese proceso.


Hay algo más que me sigue pareciendo admirable: Robin Scott no necesitó recurrir a un discurso solemne para expresar una idea culturalmente significativa. Lo hizo mediante el humor, el ritmo, la repetición y una producción musical que parecía disfrutar de sus propias contradicciones.


Porque la inteligencia artística no siempre se presenta vestida de gravedad.


A veces aparece detrás de unos lentes oscuros, frente a un par de tocadiscos, contestando llamadas imaginarias mientras una línea de bajo nos invita a bailar.


Han transcurrido cuarenta y siete años desde la aparición de aquella canción. El vinilo cedió terreno al disco compacto, después llegaron los archivos digitales, las descargas y finalmente las plataformas de transmisión. La radio sobrevivió, aunque tuvo que aprender a convivir con pantallas, redes sociales, podcasts y tecnologías que parecían impensables en 1979.


Incluso la inteligencia artificial ha comenzado a intervenir en los procesos de creación, interpretación y producción musical.


Pero hay algo que permanece.


El placer de escuchar.


Quizá por eso sigo recordando aquel disco de mi adolescencia, sus surcos entrelazados, su extraña manera de jugar con la aguja del tocadiscos y aquella música que parecía anunciar una fiesta interminable.


Lo que entonces me fascinó por su ritmo y su originalidad, hoy me interesa también por lo que representa dentro de la historia del sonido y de nuestra relación con él.


Porque algunas canciones envejecen junto con la época que las produjo. Otras, en cambio, adquieren significados nuevos conforme el mundo cambia.


Pop Muzik pertenece a estas últimas.


Y si algo nos recuerda, casi medio siglo después, es que la música popular no es únicamente una colección de estilos o una clasificación de la industria discográfica. Es también una forma de comunicación, un territorio de encuentros, una memoria colectiva que se transforma sin cesar.


Aquel muchacho de secundaria que colocaba cuidadosamente la aguja sobre un vinilo jamás imaginó que, tantos años después, seguiría encontrando nuevas preguntas dentro de aquella canción.


Tal vez ahí radique una de las virtudes más extraordinarias de la música: *podemos escuchar la misma obra durante toda la vida y, sin embargo, nunca escuchar exactamente lo mismo.*


La canción permanece.


Quienes cambiamos somos nosotros.


Y mientras existan nuevas maneras de escuchar, de crear y de compartir sonidos, aquella declaración de Robin Scott seguirá teniendo sentido.


Nueva York, Londres, París, Múnich…


El mundo entero sigue hablando de música.


Y, afortunadamente, todavía sigue escuchándola.

lunes, 19 de octubre de 2026

El Pretexto: los grandes temas encuentran su espacio en Radio UAS

 

Bajo la conducción de Lulu Palazuelos, este podcast forma parte de la nueva programación de una emisora cultural que apuesta por los nuevos formatos sin renunciar a su vocación de informar, analizar y generar reflexión.

La radio evoluciona, se transforma y encuentra nuevas maneras de acercarse a sus audiencias. En ese proceso de renovación se inscribe El Pretexto, un podcast que llega a la programación de Radio UAS con una propuesta que invita a conversar sobre los grandes temas, aquellos que despiertan el interés público, generan debate y merecen un espacio para el análisis.

Bajo la conducción de Lulu Palazuelos, El Pretexto se presenta como una alternativa para quienes buscan contenidos que vayan más allá del entretenimiento inmediato. La intención es abrir un espacio para la palabra, el intercambio de ideas y la reflexión, aprovechando las posibilidades que ofrecen los formatos digitales para acercar los temas de actualidad a públicos diversos.

La cita es todos los sábados a las 6 de la tarde por Radio UAS, pero las posibilidades de escuchar y seguir el programa no terminan con la transmisión radiofónica. Su presencia en plataformas como YouTube y Spotify amplía su alcance y permite que los contenidos encuentren nuevas audiencias, particularmente entre quienes han incorporado los podcasts a sus hábitos cotidianos de consumo informativo.

Esta combinación de radio tradicional y plataformas digitales representa una apuesta por la convergencia de medios. Hoy, las audiencias no necesariamente se sujetan a un horario ni a un receptor convencional: buscan contenidos desde sus teléfonos celulares, computadoras y otros dispositivos, de acuerdo con sus preferencias y disponibilidad.

En este escenario, Radio UAS demuestra que una emisora cultural puede conservar su esencia y, al mismo tiempo, explorar nuevas formas de comunicación. La incorporación de El Pretexto a su programación constituye una muestra de esa búsqueda por diversificar contenidos, renovar propuestas y mantener vigente el diálogo con la sociedad.

El lanzamiento de esta propuesta adquiere un significado especial porque Radio UAS acaba de cumplir 56 años de transmisiones. Más de cinco décadas de historia respaldan la trayectoria de una estación que ha contribuido a la difusión cultural, educativa e informativa, y que ahora enfrenta el reto de seguir siendo relevante en un panorama mediático marcado por la transformación tecnológica.

Cumplir 56 años no significa vivir de la nostalgia ni permanecer anclados en las fórmulas del pasado. Por el contrario, también representa la oportunidad de demostrar que la experiencia acumulada puede convertirse en una plataforma para la innovación. La radio universitaria tiene ante sí el desafío de conservar su identidad y aprovechar los recursos digitales para fortalecer su presencia entre las nuevas generaciones.



En ese sentido, El Pretexto es más que un nombre dentro de una parrilla de programación: representa una invitación a escuchar, cuestionar y reflexionar sobre los asuntos que forman parte de nuestra realidad. Un espacio donde los grandes temas encuentran una oportunidad para ser abordados desde la conversación y el intercambio de ideas.

Radio UAS sigue escribiendo su historia. A 56 años de haber iniciado sus transmisiones, la emisora cultural de la Universidad Autónoma de Sinaloa confirma que la radio no desaparece ante los cambios tecnológicos; se reinventa, se multiplica y encuentra nuevos caminos para llegar a sus públicos.

Y ahora, con Lulu Palazuelos al frente de El Pretexto, los sábados a las 6 de la tarde tienen una nueva invitación para quienes consideran que siempre hay un tema que vale la pena escuchar, discutir y comprender.

viernes, 16 de octubre de 2026

José Baldomero Galindo Ortega: una vida entre la radio, el servicio público y la superación personal

 


La radio sinaloense pierde a una de sus voces, un hombre que también encontró en las conferencias y los libros una manera de compartir experiencias y motivar a los demás.

El pasado 9 de octubre falleció José Baldomero Galindo Ortega, quien durante muchos años formó parte de la historia de la radiodifusión a través de XECQ, emisora en la que desarrolló una etapa importante de su trayectoria profesional.

Su partida deja el recuerdo de un hombre que supo transitar por distintos ámbitos de la vida laboral, desde la locución hasta el servicio público, para finalmente encontrar en la superación personal una forma de continuar comunicándose con la gente.

La radio fue una de las facetas más significativas de su vida. Como locutor de XECQ, José Baldomero Galindo Ortega participó en una actividad que durante décadas ha sido fundamental para mantener informada, entretenida y acompañada a la sociedad. La radio no solamente es un medio de comunicación: también es un espacio de convivencia cotidiana en el que las voces de sus locutores llegan a formar parte de la memoria colectiva de sus audiencias.

Paralelamente a su actividad radiofónica, trabajó en la Comisión Federal de Electricidad, institución en la que también desempeñó una etapa de su vida laboral. Esta combinación de actividades habla de una trayectoria que no se limitó a un solo campo profesional, sino que se extendió a diferentes responsabilidades.

José Baldomero pertenecía a una familia vinculada con la comunicación, pues fue hermano del también locutor Juan José Galindo Ortega. Ambos compartieron el vínculo familiar y su relación con el mundo de la radio, un oficio que exige disciplina, preparación y una permanente conexión con el público.

Sin embargo, su historia no terminó con los micrófonos ni con su paso por el servicio público. En los últimos años de su vida encontró una nueva vocación: impartir conferencias y escribir libros dedicados a la superación personal.

A través de estas actividades, orientó sus esfuerzos a compartir reflexiones, experiencias y mensajes encaminados al crecimiento individual. La palabra, que durante tantos años había sido su principal herramienta de trabajo frente al micrófono, adquirió una nueva dimensión al convertirse en instrumento para motivar e inspirar a otras personas.

Su incursión en la escritura y las conferencias representó una manera distinta de ejercer la comunicación. Ya no se trataba únicamente de dirigirse a una audiencia desde una cabina radiofónica, sino de transmitir ideas y enseñanzas que pudieran acompañar a los lectores y asistentes en su desarrollo personal.

La trayectoria de José Baldomero Galindo Ortega recuerda que las vocaciones pueden transformarse con el paso del tiempo sin perder su esencia. En su caso, la comunicación estuvo presente en distintas etapas de su vida: primero, mediante la locución; después, desde su experiencia laboral, y finalmente, a través de los libros y las conferencias.

Hoy, tras su fallecimiento, permanece el recuerdo de su paso por XECQ, su trabajo en la Comisión Federal de Electricidad y su dedicación a la divulgación de mensajes de superación personal.

Con su partida se cierra un capítulo de su historia, pero queda el testimonio de una vida dedicada al trabajo y a la comunicación, así como el legado de sus escritos y de las ideas que compartió con quienes encontraron en sus palabras una fuente de reflexión.

Descanse en paz José Baldomero Galindo Ortega, locutor, trabajador y escritor que hizo de la palabra una compañera constante de su camino.

sábado, 10 de octubre de 2026

¡En La Bella se cantó el playball! Llega Vibra Baseball con Chepe Zazueta y Rocío Contreras

 

El béisbol es mucho más que un deporte: es pasión, tradición, estadísticas, historias inolvidables y emociones que se viven entrada tras entrada. Y para llevar toda esa intensidad a los aficionados, llega Vibra Baseball, un espacio radiofónico que promete convertirse en una cita obligada para quienes disfrutan del rey de los deportes.

Conducido por José “Chepe” Zazueta y Rocío Contreras, el programa reúne dos cualidades que pueden marcar la diferencia frente al micrófono: la experiencia y el conocimiento beisbolero de Chepe, combinados con el entusiasmo, el vigor y la frescura de Rocío, una mancuerna que aportará sabor, ritmo y dinamismo a las tardes de béisbol.

La propuesta es clara: ofrecer a los radioescuchas un recorrido por la actualidad del diamante, con comentarios, estadísticas, análisis y el seguimiento de la jornada beisbolera, poniendo especial atención en la Liga Mexicana del Pacífico, una de las competencias más esperadas por la afición del noroeste del país. Sus equipos, sus jugadores y las emociones de cada temporada forman parte de una tradición profundamente arraigada en Sinaloa y en los estados vecinos.

En este contexto, Vibra Baseball se perfila como una alternativa para mantenerse al tanto de lo que sucede en el circuito invernal, conocer los números de los protagonistas, analizar el desempeño de las novenas y comentar las noticias que marcan el rumbo de la competencia. Todo ello en un formato pensado para mantener al aficionado informado y compartir la emoción que despierta cada encuentro.

La experiencia de Chepe Zazueta representa un ingrediente importante para conducir las conversaciones, interpretar los números y poner en contexto las actuaciones de los equipos y sus protagonistas. Por su parte, Rocío Contreras llega con la energía necesaria para imprimirle agilidad a la emisión, conectar con la audiencia y contribuir a que cada tarde tenga el ambiente propio de una auténtica fiesta beisbolera.

La combinación de ambas personalidades promete una transmisión amena, en la que la información deportiva encuentre su complemento en la conversación, el análisis y la pasión que caracteriza a los seguidores del béisbol.

Vibra Baseball se transmite de lunes a viernes, a las cuatro de la tarde, por La Bella 104.9 FM, llevando hasta los hogares y espacios de trabajo la información necesaria para seguir de cerca la temporada. Será una oportunidad para conocer resultados, revisar estadísticas, escuchar opiniones y mantenerse al tanto de lo que sucede en los diamantes, con especial interés en la actividad de la Liga Mexicana del Pacífico.

En una región donde el béisbol forma parte de la identidad y las tradiciones de su gente, contar con espacios radiofónicos dedicados a este deporte significa mantener viva una afición que se hereda de generación en generación. Porque detrás de cada batazo, cada jugada defensiva y cada carrera anotada existe una historia que merece ser contada.

Con Chepe Zazueta y Rocío Contreras al frente, Vibra Baseball busca que la audiencia no solamente escuche los acontecimientos, sino que también sienta la emoción de cada jornada y participe de la conversación deportiva.

La invitación está hecha para todos los amantes del diamante: de lunes a viernes, a las cuatro de la tarde, la cita es por La Bella 104.9 FM.

¡Que se escuche la emoción, que hablen las estadísticas y que ruede la pelota!

¡En La Bella se cantó el playball!

jueves, 8 de octubre de 2026

La radio que encontramos encendida




Por Aldo Rodríguez


Radio Universidad Autónoma de Sinaloa cumple 55 años. Yo llevo cuarenta aquí.


Llegué en 1986, cuando era muy joven y la emisora tenía apenas quince años. Aunque mi relación con ella había comenzado antes. Cuando regresé de la Ciudad de México a Culiacán, Radio UAS era para mí una ventana. Encendía el receptor y podía viajar: músicas que difícilmente encontraba en la radio comercial, programas de otras partes del mundo, conciertos, jazz, música clásica, ideas, conversaciones. Era una radio que abría puertas.


Y quizá por eso terminé entrando por una de ellas.


Llegué como colaborador y después me incorporé formalmente como productor. Sin darme cuenta fui pasando de visitante a habitante de esta casa sonora.


Cuarenta años alcanzan para ver muchas cosas.


Me tocó vivir la transformación tecnológica de la radio y participar activamente, aunque lo diga con modestia, en algunos de esos cambios. Vi llegar el compact disc, el DAT, el MiniDisc, la computadora, Internet y la página de la emisora. Vi desaparecer tecnologías que alguna vez parecieron eternas. Vi cómo aquello que requería cintas, máquinas y horas de trabajo comenzó a caber en una pantalla. Y vi a nuestra señal dejar de viajar solamente por el aire para recorrer el mundo a través de Internet.


Cambió la cinta. Cambió el disco. Cambió la consola. Cambió la computadora.


Pero alguien siguió sentándose frente a un micrófono.


Y alguien, en algún lugar, siguió escuchando.


Tal vez ahí reside el misterio de la radio: no está realmente en los aparatos, sino en ese vínculo invisible entre una voz y alguien que no podemos ver.


Durante estos cuarenta años también he visto pasar directores, productores, locutores, operadores, técnicos, trabajadores, estudiantes, artistas. Algunos hicieron aquí buena parte de su vida. Muchos ya no están con nosotros y las generaciones que hoy llegan quizá ni siquiera conocen sus nombres.


Pero hay que recordarlos.


Una institución que olvida a quienes la construyeron comienza a perder conciencia de sí misma. Porque una radio también está llena de fantasmas.


No fantasmas tristes.


Voces que permanecen.


Están en una cinta olvidada, una fotografía, una identificación grabada hace décadas, el ruido de fondo de una vieja transmisión. A veces pienso que cuando el estudio queda vacío y se apagan las luces todas esas voces continúan ahí, esperando.


Pero cuarenta años también permiten conocer el otro rostro de una institución.


He visto a personas que amaron profundamente la radio, que entendieron su responsabilidad cultural y universitaria. Y he visto exactamente lo contrario.


Sería hipócrita callarlo.


He visto a quienes confunden una radio cultural universitaria con un coto de poder. A quienes prostituyen el medio convirtiendo el micrófono en moneda política y la programación en instrumento de intereses personales. He visto programas vacíos, sin contenido, sin inteligencia y sin verdadera vocación universitaria; transmisiones creadas para satisfacer conveniencias circunstanciales y que son olvidadas casi en el mismo instante en que termina la emisión.



También he visto personas empeñadas en hacerse indispensables no para la radio, sino para el poder.


Porque existe una enorme diferencia entre servir a una institución y servirse de ella.


Una radio universitaria no puede convertirse en oficina de propaganda, refugio de aduladores, vehículo de consignas ni moneda de cambio. Una universidad existe para que las ideas respiren, y su radio debería ser precisamente uno de los lugares donde respiren con mayor libertad.


Pero cuatro décadas aquí también me han enseñado algo: la radio siempre termina siendo más grande que quienes intentan apropiarse de ella.


Los funcionarios pasan. Los cargos terminan. Las administraciones cambian. Las consignas envejecen. Los pequeños cotos de poder desaparecen.


A estas alturas del siglo XXI, y con 55 años de historia a cuestas, Radio UAS tiene ya la madurez suficiente para sacudirse de una vez por todas ese tipo de programas. La Universidad cuenta con medios oficiales para comunicar su vida institucional y cumplir esa función necesaria; la radio cultural tiene otra misión. No necesitamos más espacios de consigna, de complacencia o de poder personal. Necesitamos recuperar la inteligencia, la imaginación y la vocación cultural que justifican nuestra existencia. A veces, para poder avanzar, también hay que saber qué lastres dejar atrás.



El micrófono permanece.


Por eso nunca he confundido los errores de quienes circunstancialmente han pasado por Radio UAS con Radio UAS misma. La radio es mucho más: sus trabajadores, sus productores, técnicos, locutores, colaboradores, estudiantes y oyentes. Sus archivos. Sus silencios. Sus muertos. Sus fantasmas.


Y también su futuro.


Cumplir 55 años debería obligarnos no solamente a recordar, sino a preguntarnos qué radio queremos para los próximos años. Quizá sea tiempo de hacer un reset. No para borrar la memoria, sino precisamente para recuperarla.


Después de cuarenta años he comprendido que ninguno de nosotros es dueño de esta radio. Somos apenas sus habitantes temporales.


Otros estuvieron antes.


Nosotros estamos ahora.


Otros vendrán después.


La encontramos encendida. Nos corresponde cuidarla y algún día tendremos que entregarla: no arrodillada, no intelectualmente empobrecida, no convertida en instrumento de nadie.


Viva. Curiosa. Incómoda cuando tenga que ser incómoda. Universitaria. Cultural. Libre.


Algún día nosotros también seremos los fantasmas de esta radio. Nuestros nombres quizá dejarán de significar algo y nuestros programas dormirán en algún archivo, esperando que alguien vuelva a escucharlos.


Y está bien.


Nosotros pasaremos. Los nombres pasarán. Los cargos y las pequeñas ambiciones pasarán.



Pero ojalá la radio siga aquí.


Encendida.


Respirando.


Esperando la siguiente voz.


Yo he tenido el enorme privilegio de acompañarla durante cuarenta de sus 55 años. Quiero verla llegar a los sesenta, a los setenta, a los cien.


Y después, que otros sigan contando.


Larga vida a Radio Universidad Autónoma de Sinaloa.

Love Me Do: antes de que el mundo cambiara




Por Aldo Rodríguez


Nunca he sido beatlemano.


Lo digo desde el principio porque tampoco tendría sentido fingir a estas alturas. Los Beatles han entrado en mi vida de una manera bastante dosificada. Durante muchos años, incluso, les saqué la vuelta. Había canciones que me gustaban, por supuesto, algunas mucho, pero nunca sentí esa especie de veneración casi religiosa que provoca el grupo entre ciertos melómanos.


Que The White Album es una obra maestra absoluta. Que I Am the Walrus es poco menos que una revelación de otro planeta. Que aquí comenzó esto, que allá inventaron aquello… Bueno. Yo escuchaba algunas de esas cosas y pensaba: ¿de verdad?


Pero los años hacen cosas curiosas con el oído.


Uno cambia. La música que escuchábamos a los veinte no necesariamente significa lo mismo cuando tenemos cuarenta, sesenta o más. La experiencia va colocando las cosas en otros estantes de nuestra biblioteca interior. Y con los Beatles me ocurrió precisamente eso: con el paso del tiempo fui modificando mi posición.


No hasta convertirme en devoto. Eso no.


Pero sí hasta comprender su enorme importancia.


Porque una cosa es que algo nos guste y otra, completamente distinta, entender lo que significó históricamente. A veces confundimos ambas cosas. Podemos reconocer la importancia de Wagner sin escucharlo todas las mañanas. Podemos comprender a Schoenberg sin salir silbando una serie dodecafónica por la calle. Y podemos reconocer que los Beatles modificaron profundamente la cultura musical del siglo XX sin necesidad de colocar una fotografía de John, Paul, George y Ringo sobre un altar.


Dentro del grupo mis afinidades también son bastante claras.


Siempre me ha interesado mucho más Paul McCartney. Hay en él una inteligencia musical extraordinaria: melodía, armonía, intuición formal, producción, instrumentación, oído para construir una canción y, algo que me parece todavía más importante, una capacidad camaleónica para atravesar décadas sin quedarse convertido en una pieza de museo.


En 2026 tiene 84 años.


Y sigue siendo Paul McCartney.


Eso ya es bastante decir.



George Harrison me parece otra figura fascinante. Su crecimiento dentro del grupo es extraordinario y algunas de sus canciones terminaron ocupando un lugar fundamental en el repertorio de los Beatles. Y Ringo Starr —a quien durante muchos años algunos trataron injustamente como si fuera simplemente “el baterista simpático”— posee algo que ningún conservatorio puede enseñar fácilmente: personalidad rítmica. Uno escucha determinados patrones suyos y sabe quién está tocando.


Sobre John Lennon mis sentimientos son más reservados. Nunca he compartido completamente la mitología construida alrededor de su figura, ni su discurso político, ni la idealización posterior de algunas de sus canciones. Reconozco, naturalmente, su importancia enorme en la primera arquitectura de los Beatles y en la sociedad creativa Lennon-McCartney. Pero mis afinidades musicales están en otro sitio.


Y eso está bien.


La historia de la música también se escucha desde nuestras propias contradicciones.


Hay, sin embargo, una canción frente a la cual siempre regreso con una curiosidad especial.


Love Me Do.


El 5 de octubre de 1962 apareció en el Reino Unido el primer sencillo de los Beatles.


Imaginen por un momento aquel disco.


Todavía no existía Sgt. Pepper. No existía Revolver. No existía Abbey Road. No estaban las barbas, el cabello largo, la psicodelia, los experimentos de estudio, la India, los collages sonoros, las cintas manipuladas ni esa extraordinaria transformación estética que terminaría convirtiendo a cuatro muchachos de Liverpool en uno de los grandes símbolos culturales de la segunda mitad del siglo XX.



Estaba simplemente:


Love, love me do…


Una armónica.


Un bajo.


Una guitarra.


Una batería.


Dos voces.


Y poco más.


Quizá precisamente por eso me gusta tanto.


Porque en Love Me Do todavía se escucha la década anterior respirando detrás de ellos. Está el rock and roll de los cincuenta, está el rhythm and blues, está esa sencillez casi artesanal de las canciones que podían tocarse en un club sin demasiados artificios.


Pero algo comienza a moverse.


Uno puede escucharlo.


La canción es aparentemente sencilla, incluso ingenua, pero las voces ya no funcionan simplemente como una melodía acompañada. Hay una forma particular de distribuirlas, de hacerlas dialogar, de construir identidad mediante pequeñas diferencias tímbricas. La armónica funciona casi como una firma sonora. Y la estructura, dentro de su economía, posee una eficacia extraordinaria.


Nada sobra.


Eso también es composición.


A veces creemos que la complejidad musical depende de cuántas notas escribimos. No necesariamente. Hay obras enormemente sofisticadas construidas con muy pocos elementos.



Bach sabía eso perfectamente.


También Monk.


Y, a su manera, los Beatles comenzaron a descubrirlo.


Lo verdaderamente extraordinario ocurre cuando colocamos Love Me Do junto a lo que aquellos mismos músicos estaban haciendo apenas seis o siete años después.


La distancia parece de décadas.


Ese es uno de los fenómenos que más me impresionan de los Beatles.


En menos de diez años cambiaron prácticamente todo: la manera de componer, de grabar, de presentarse, de vestirse, de entender el álbum y, finalmente, de concebir el estudio de grabación.


Pasaron del muchacho perfectamente peinado, afeitado y vestido con traje a la explosión visual de finales de los sesenta. De canciones que podían tocarse prácticamente en cualquier escenario a músicas que, en aquel momento, resultaban imposibles de reproducir en vivo con los mismos recursos.


Y ahí ocurre algo decisivo.


El estudio deja de ser simplemente el lugar donde se registra una interpretación.


Se convierte en instrumento.


Eso me parece fundamental.


El micrófono ya no solamente captura. La cinta puede transformarse. Los sonidos pueden superponerse, alterarse, invertirse, filtrarse. La distancia entre composición, interpretación, grabación y producción comienza a borrarse.


Décadas después esa manera de pensar será completamente natural para grupos como Pink Floyd, Queen y tantos otros, o para productores e ingenieros que entenderían que una consola, una cinta o un procesador también podían formar parte del pensamiento musical.


Hoy lo damos por sentado.



Abrimos Logic, Pro Tools o cualquier plataforma digital y podemos transformar un sonido hasta hacerlo irreconocible. Podemos moverlo, estirarlo, invertirlo, espacializarlo, duplicarlo.


Pero hubo un tiempo en que descubrir esas posibilidades tenía algo de alquimia.


Los Beatles estuvieron allí.


También modificaron otra cosa: la escala física del fenómeno musical.


Cuando comenzaron a llenar estadios, la tecnología de amplificación disponible sencillamente no estaba preparada para aquello. Los sistemas de sonido tenían que competir con decenas de miles de personas gritando. Muchas veces los propios músicos apenas podían escucharse.


Parece increíble visto desde nuestros conciertos actuales, con enormes arreglos lineales de altavoces, consolas digitales, monitores personales, sistemas de medición acústica y potencias impresionantes.


Pero alguien tuvo que enfrentarse primero al problema.


La Beatlemanía no inventó por sí sola toda esa tecnología, naturalmente, pero hizo brutalmente evidente que la música popular había cambiado de escala.


Ya no bastaba un teatro.


Ahora había que sonorizar una multitud.


Y finalmente está aquella imagen extraordinaria.


Cuatro músicos sobre el techo de un edificio en Londres.


Después de todo el ruido, toda la fama, las giras, los discos, los pleitos, los experimentos, el flower power, los excesos, las búsquedas espirituales y los egos inevitables, regresan de alguna manera al principio.



A tocar.


Nada más.


En la azotea de Apple Corps, mientras Londres continúa abajo con su rutina, los Beatles ofrecen la que sería su última presentación pública en vivo.


Hay algo bellísimo en esa escena.


Casi podría ser el final de una película.


Y entonces pienso nuevamente en aquel 5 de octubre de 1962.


En Love Me Do.


Han pasado 64 años.


Una canción pequeña.


Dos minutos y poco más.


Una armónica que aparece casi sin pedir permiso.


Unos muchachos que todavía no saben exactamente lo que está a punto de ocurrir.


Eso es quizá lo que más me interesa de escucharla ahora.


No escuchamos solamente una canción.


Escuchamos el instante anterior a una explosión.


Porque después vendrían los estudios, los experimentos, las discusiones, la India, las orquestas, las cintas, los sintetizadores, los grandes álbumes y finalmente la separación.


Pero todavía no.


En Love Me Do todo eso duerme.


Está ahí, en potencia, escondido entre cuatro acordes, unas voces jóvenes y una armónica.


Y aunque nunca haya sido beatlemano —y probablemente nunca lo sea—, hay cosas que la historia obliga a reconocer.


Aquel pequeño disco publicado el 5 de octubre de 1962 abrió una puerta.


Y después de que los Beatles cruzaron por ella, la música popular ya no volvió a sonar exactamente igual.

lunes, 5 de octubre de 2026

Radio Sinaloa: 20 años de cultura, información y buena música. Dos décadas de acompañar a los sinaloenses a través de sus micrófonos

 




Hace 20 años comenzó una historia que se ha convertido en parte de la vida radiofónica de Sinaloa. Fue durante la administración del gobernador Jesús Aguilar Padilla cuando Radio Sinaloa salió por primera vez al aire, inicialmente a través del 94.5 de FM, con una propuesta orientada a ofrecer cultura, información y buena música a los radioescuchas.

Con el paso del tiempo, la señal fue ampliando su cobertura hasta llegar a distintos puntos del estado, consolidando un espacio radiofónico que ha tenido como una de sus principales características el acercamiento con la sociedad sinaloense y la difusión de contenidos de interés público.

A lo largo de estas dos décadas, por sus micrófonos han desfilado numerosas voces que dejaron su huella en la historia de la estación. Entre ellas se encuentran Zelma Pérez, Jennifer Cristerna, Juan Pablo Pérez Díaz, Daniel Beltrán y Guadalupe Valenzuela, entre muchos otros comunicadores que participaron en diferentes etapas de esta radiodifusora.

Cada generación de locutores ha aportado su particular manera de hacer radio, construyendo una identidad que se ha mantenido a través de los años. La música, la información, la cultura y el entretenimiento han formado parte de una programación que busca mantener el vínculo cotidiano con su audiencia.





Hoy, Radio Sinaloa continúa escribiendo su historia con voces que ya todos conocen. Kirey Amano, Tania del Río, Georgina Martínez, Silvia Lorena, Teodoso Navidad y Victoria Sánchez, entre otros integrantes de su equipo, son quienes actualmente acompañan al público desde sus micrófonos.

Veinte años después de aquella primera transmisión, Radio Sinaloa representa también el testimonio de una época de la radio sinaloense. Han cambiado las tecnologías, las formas de escuchar y los hábitos de las audiencias, pero permanece la esencia de la radio: una voz que entra a los hogares, informa, entretiene, acerca a la comunidad y hace compañía.

Dos décadas al aire son dos décadas de historias, voces, canciones y encuentros con la audiencia. Radio Sinaloa llega así a sus primeros 20 años con la mirada puesta en el futuro, pero con el reconocimiento a quienes, desde sus micrófonos, han contribuido a construir su historia.

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