Por Aldo Rodríguez
Hay canciones que anuncian el futuro sin proponérselo. Otras, en cambio, parecen detener el tiempo para mostrarnos el instante preciso en que una época comienza a transformarse. Son piezas que escuchamos durante años, que bailamos, tarareamos y asociamos con determinados momentos de nuestra vida, sin sospechar que detrás de aquellos tres o cuatro minutos de aparente entretenimiento se esconde una pequeña radiografía de la historia.
En 1979 aparecieron dos canciones que, vistas desde la distancia, resultan extraordinariamente reveladoras. Una fue Video Killed the Radio Star, de The Buggles, una especie de elegía anticipada por la radio y por una manera de relacionarnos con la música. La otra fue Pop Muzik, de un proyecto británico llamado simplemente M, encabezado por Robin Scott.
La primera terminó convirtiéndose en una especie de profecía cultural. La segunda, mucho menos solemne, celebraba un fenómeno que ya estaba ocurriendo frente a nuestros oídos: la música popular comenzaba a desdibujar sus fronteras, a mezclarse sin demasiados prejuicios y a encontrar en la tecnología una nueva manera de expresarse.
Y lo curioso es que ambas canciones nacieron prácticamente al mismo tiempo.
Recuerdo perfectamente cuando escuché Pop Muzik por primera vez. Yo cursaba la secundaria y aquella música me fascinó desde el principio. Tenía un ritmo contagioso, una sonoridad extraña, una voz casi hablada y un sentido del humor que la distinguía de buena parte de lo que sonaba entonces en la radio. Había algo deliberadamente irreverente en su construcción. No parecía tomarse demasiado en serio, aunque, como descubriríamos después, escondía ideas bastante más interesantes de lo que sugería su apariencia.
Era imposible permanecer indiferente a aquel estribillo que mencionaba cuatro ciudades y después lanzaba su declaración universal\:
New York, London, Paris, Munich…
Nueva York, Londres, París, Múnich. Cuatro ciudades convertidas en coordenadas de un mismo universo sonoro. La música estaba en todas partes y todo el mundo hablaba de ella.
Pero ¿de qué música?
Durante buena parte de los años sesenta y setenta, el panorama de la música comercial había estado marcado por identidades relativamente reconocibles. Estaba el rock, con todas sus ramificaciones; el rhythm and blues, el soul, la música disco, el sonido Motown, la sofisticación orquestal del sonido de Filadelfia, el funk y las distintas expresiones de una industria que comenzaba a comprender el enorme poder económico y cultural de la juventud.
Por supuesto, la expresión pop music no había nacido en 1979. Su historia se remontaba varias décadas atrás y ya se utilizaba ampliamente desde los años cincuenta y sesenta. Sin embargo, hacia finales de los setenta estaba adquiriendo una dimensión distinta. Dejaba de ser solamente una denominación genérica de música popular para convertirse, cada vez más, en una identidad estética capaz de absorber estilos, tecnologías y comportamientos culturales.
Ahí es donde aparece Robin Scott.
Scott no era precisamente un improvisado. Había transitado por distintos ambientes musicales británicos, desde el folk hasta las experiencias vinculadas con el punk y la nueva ola. Conocía la industria, sus contradicciones y sus posibilidades. También tenía suficiente curiosidad como para comprender que los sintetizadores y las nuevas técnicas de producción estaban modificando radicalmente el lenguaje musical.
Su proyecto M, más que una agrupación convencional, fue una plataforma creativa construida alrededor de su personalidad y de distintos colaboradores. Y Pop Muzik resultó ser una de esas raras composiciones donde una idea aparentemente sencilla consigue capturar el espíritu de una época.
La canción es, musicalmente, un pequeño laboratorio.
Tiene la pulsación de la música disco, pero no es exactamente disco. Posee la economía rítmica y cierta insolencia del punk, aunque carece de su agresividad. Utiliza sintetizadores y procedimientos electrónicos propios de lo que muy pronto reconoceríamos como synth-pop, pero conserva una ligereza casi caricaturesca. Su línea vocal oscila entre el canto, el recitado y las inflexiones de un locutor radiofónico.
Todo parece ensamblado con una sonrisa.
Y, sin embargo, funciona admirablemente.
Lo interesante es que Scott comprendió algo que muchos puristas musicales tardarían bastante en aceptar: la música popular no necesitaba defender fronteras estilísticas para sobrevivir. Podía apropiarse de cualquier recurso, combinar elementos aparentemente incompatibles y construir una identidad a partir de esa mezcla.
En cierto sentido, Pop Muzik es una canción acerca de la propia música pop. Una obra que se observa a sí misma mientras se desarrolla.
Eso, desde una perspectiva semiótica, resulta fascinante.
El videoclip refuerza precisamente esa lectura. Robin Scott aparece convertido en una especie de disc-jockey, rodeado de discos, aparatos y elementos propios de una cabina radiofónica. Manipula los tocadiscos, atiende el teléfono, gesticula frente a la cámara y parece dirigir una transmisión imaginaria destinada al mundo entero.
No se trata únicamente de ilustrar la canción. La cabina se convierte en una representación simbólica de la industria musical: el lugar donde los discos llegan, se seleccionan, se transmiten y finalmente entran en la vida de millones de personas.
El locutor ya no es solamente alguien que presenta canciones. Es un intermediario cultural, un personaje que administra sonidos, modas, deseos y comportamientos colectivos.
Y hay una paradoja deliciosa. Mientras The Buggles imaginaban un mundo donde la imagen terminaría desplazando el protagonismo de la radio, Robin Scott convertía al locutor radiofónico en protagonista de un videoclip.
Uno anunciaba la transformación de los medios. El otro utilizaba esos mismos medios para celebrar la expansión de la música popular.
Dos miradas diferentes sobre una revolución compartida.
No obstante, Pop Muzik guarda otra historia que para mí tiene un significado especialmente entrañable, porque está relacionada con algo que las nuevas generaciones difícilmente podrán experimentar: la relación física, casi ritual, que teníamos con los discos de vinilo.
Yo tuve aquel disco.
Y recuerdo que poseía una particularidad absolutamente desconcertante.
En aquellos años estábamos acostumbrados a que los discos tuvieran dos caras: lado A y lado B. Era una convención sencilla, prácticamente inalterable. Pero aquel ejemplar de Pop Muzik proponía un pequeño juego con esa lógica.
La edición británica de doce pulgadas incorporaba dos surcos independientes entrelazados en una misma cara. Dependiendo del surco en el que cayera la aguja, escuchábamos Pop Muzik o una composición titulada M Factor\. La cara opuesta contenía una versión extendida de la canción principal y recibía, con bastante humor, la denominación Seaside, un juego de palabras que sugería una tercera cara, una especie de lado C.
Aquello me pareció extraordinario.
Imaginen colocar cuidadosamente la aguja sobre un disco y descubrir que el resultado podía cambiar según el surco que encontrara. No había un mecanismo electrónico, una programación digital ni un algoritmo que decidiera por nosotros. Todo sucedía mediante un procedimiento puramente mecánico, aprovechando las posibilidades físicas de la superficie del vinilo.
Era una manera ingeniosa de convertir el acto de escuchar en un acontecimiento parcialmente imprevisible.
Desde luego, también exigía cierta paciencia. Cualquier imperfección, suciedad o descuido con la aguja podía producir saltos no deseados. Pero precisamente esa fragilidad formaba parte de la experiencia.
Nunca volví a tener un disco semejante.
Y ahora, al recordarlo, encuentro una correspondencia particularmente hermosa entre aquella curiosidad técnica y el contenido de la canción: una música que hablaba de romper convenciones aparecía grabada en un objeto que también se permitía romperlas.
No era una gran revolución tecnológica, desde luego, pero sí una pequeña travesura de ingeniería fonográfica.
Algo que hoy, cuando escuchamos música mediante plataformas digitales, resulta casi inimaginable.
Pop Muzik llegó al primer lugar de las listas estadounidenses en noviembre de 1979 y alcanzó el segundo puesto en el Reino Unido. Su éxito fue internacional y convirtió a M en uno de los nombres más reconocibles de aquel momento.
Paradójicamente, también lo colocó dentro de una categoría bastante peculiar de la industria discográfica: los llamados one-hit wonders, artistas identificados fundamentalmente con un único gran éxito.
Aunque Robin Scott continuó produciendo música y consiguió otras entradas en las listas británicas, ninguna alcanzó la dimensión internacional de aquella grabación.
Pero siempre he pensado que esa clasificación puede resultar un tanto injusta.
¿Realmente importa cuántos éxitos comerciales consigue un artista si una sola de sus canciones logra atravesar generaciones?
Hay compositores con catálogos inmensos cuyas obras prácticamente han desaparecido de la memoria colectiva, mientras otros permanecen vivos gracias a tres minutos de música.
Y no es poca cosa.
En 1997 ocurrió algo que me produjo una satisfacción especial. U2, una agrupación que había construido buena parte de su identidad alrededor del rock, decidió utilizar una versión remezclada de Pop Muzik como música introductoria de su monumental gira PopMart\.
La elección era extraordinariamente pertinente.
Aquella gira exploraba, mediante enormes pantallas, referencias publicitarias, símbolos del consumo y una escenografía deliberadamente excesiva, las contradicciones de la cultura popular contemporánea.
El espectáculo se convertía en supermercado, la imagen en mercancía y la música en parte de una inmensa maquinaria audiovisual.
Y antes de que U2 apareciera frente a miles de espectadores, sonaba aquella canción de 1979 que proclamaba la omnipresencia de la música pop.
Casi veinte años después, Pop Muzik encontraba un contexto completamente nuevo.
Ya no era solamente una celebración del fenómeno musical. Ahora podía escucharse también como un comentario irónico sobre una cultura que había convertido prácticamente cualquier experiencia humana en espectáculo.
Me pareció un guiño inteligente, una manera de reconocer que aquella composición aparentemente simpática y despreocupada había comprendido, mucho antes que otras, ciertos mecanismos del entretenimiento contemporáneo.
Y aquí volvemos al principio.
Durante décadas hemos hablado de Video Killed the Radio Star como una canción profética. Su asociación con el nacimiento de MTV terminó por convertirla en uno de los grandes símbolos de la transformación audiovisual de la música.
Pero Pop Muzik merece una lectura igualmente interesante, aunque desde otra perspectiva.
No anunció la desaparición de un medio ni la sustitución de una tecnología por otra. Su intuición fue distinta: reconoció que la música popular estaba dejando de pertenecer exclusivamente a géneros, territorios y tradiciones claramente delimitados.
La música comenzaba a circular como un lenguaje global.
Hoy esa idea nos parece perfectamente natural. Escuchamos en una misma plataforma a Bach, Kraftwerk, Miles Davis, Rosalía, The Beatles o un compositor de música electrónica experimental. Los algoritmos colocan géneros y épocas en una misma secuencia, mientras las fronteras entre lo culto, lo popular, lo comercial y lo experimental se vuelven cada vez más permeables.
Desde luego, esas categorías no han desaparecido. Continúan existiendo diferencias estéticas, históricas y sociales profundas. Pero los hábitos de escucha han cambiado radicalmente.
Y Pop Muzik, con su aparente frivolidad, participó de ese proceso.
Hay algo más que me sigue pareciendo admirable: Robin Scott no necesitó recurrir a un discurso solemne para expresar una idea culturalmente significativa. Lo hizo mediante el humor, el ritmo, la repetición y una producción musical que parecía disfrutar de sus propias contradicciones.
Porque la inteligencia artística no siempre se presenta vestida de gravedad.
A veces aparece detrás de unos lentes oscuros, frente a un par de tocadiscos, contestando llamadas imaginarias mientras una línea de bajo nos invita a bailar.
Han transcurrido cuarenta y siete años desde la aparición de aquella canción. El vinilo cedió terreno al disco compacto, después llegaron los archivos digitales, las descargas y finalmente las plataformas de transmisión. La radio sobrevivió, aunque tuvo que aprender a convivir con pantallas, redes sociales, podcasts y tecnologías que parecían impensables en 1979.
Incluso la inteligencia artificial ha comenzado a intervenir en los procesos de creación, interpretación y producción musical.
Pero hay algo que permanece.
El placer de escuchar.
Quizá por eso sigo recordando aquel disco de mi adolescencia, sus surcos entrelazados, su extraña manera de jugar con la aguja del tocadiscos y aquella música que parecía anunciar una fiesta interminable.
Lo que entonces me fascinó por su ritmo y su originalidad, hoy me interesa también por lo que representa dentro de la historia del sonido y de nuestra relación con él.
Porque algunas canciones envejecen junto con la época que las produjo. Otras, en cambio, adquieren significados nuevos conforme el mundo cambia.
Pop Muzik pertenece a estas últimas.
Y si algo nos recuerda, casi medio siglo después, es que la música popular no es únicamente una colección de estilos o una clasificación de la industria discográfica. Es también una forma de comunicación, un territorio de encuentros, una memoria colectiva que se transforma sin cesar.
Aquel muchacho de secundaria que colocaba cuidadosamente la aguja sobre un vinilo jamás imaginó que, tantos años después, seguiría encontrando nuevas preguntas dentro de aquella canción.
Tal vez ahí radique una de las virtudes más extraordinarias de la música: *podemos escuchar la misma obra durante toda la vida y, sin embargo, nunca escuchar exactamente lo mismo.*
La canción permanece.
Quienes cambiamos somos nosotros.
Y mientras existan nuevas maneras de escuchar, de crear y de compartir sonidos, aquella declaración de Robin Scott seguirá teniendo sentido.
Nueva York, Londres, París, Múnich…
El mundo entero sigue hablando de música.
Y, afortunadamente, todavía sigue escuchándola.

















