jueves, 11 de junio de 2026

Margarito José regresa a la radio con “Margarito Music” por La Plakosa 95.3 FM




Después de varios años alejado de los micrófonos radiofónicos, el reconocido comunicador Margarito José vuelve a la radio sinaloense con el programa “Margarito Music”, que se transmite de lunes a viernes de 3:00 a 4:00 de la tarde a través de La Plakosa 95.3 FM, una de las estaciones preferidas por los seguidores de la música regional mexicana.

El regreso de Margarito José representa una noticia significativa para quienes siguieron su trayectoria en la radio local, particularmente durante su etapa en XEBL, donde logró consolidar un estilo fresco, cercano y dinámico que le permitió conectar con miles de radioescuchas.

Originario del estado de Oaxaca, Margarito José encontró en Sinaloa una tierra fértil para desarrollar su carrera en los medios de comunicación. Su pasión por la música y el entretenimiento lo convirtió en una figura reconocida dentro del ámbito radiofónico, destacándose por su carisma y amplio conocimiento del género regional mexicano.

Tras retirarse temporalmente de la radio, decidió emprender una nueva faceta como creador de contenido digital. A través de su canal de YouTube y sus redes sociales, construyó una sólida comunidad de seguidores, realizando entrevistas con importantes exponentes de la música regional mexicana y generando contenidos que le permitieron ampliar su presencia más allá de los medios tradicionales.



Gracias a este trabajo constante, Margarito José se ha convertido en una de las personalidades más populares de las redes sociales vinculadas al regional mexicano, ganándose el reconocimiento del público y de numerosos artistas del género.

Ahora, con “Margarito Music”, el comunicador regresa a sus orígenes radiofónicos para compartir con la audiencia información del espectáculo, entrevistas, novedades musicales y la mejor selección de éxitos del regional mexicano.

La combinación de su experiencia en la radio y su proyección en plataformas digitales promete ofrecer una propuesta atractiva para los radioescuchas que sintonizan La Plakosa 95.3 FM cada tarde.

Con este retorno a las cabinas, Margarito José inicia una nueva etapa profesional, demostrando que la pasión por la comunicación y la música sigue siendo el motor de una carrera que continúa evolucionando y conquistando nuevas audiencias.

De esta manera, de lunes a viernes, de 3:00 a 4:00 p.m., los seguidores del comunicador tienen una cita con “Margarito Music”, un espacio que marca el esperado regreso de una voz ampliamente conocida por el público sinaloense.

Dos años informando con profesionalismo: Fórmula Noticias celebra aniversario con Juan Pablo Pérez Díaz



El periodismo sinaloense tiene motivos para celebrar. Este mes se cumplen dos años de transmisiones de Fórmula Noticias, espacio informativo encabezado por el comunicador sinaloense Juan Pablo Pérez Díaz, quien se ha consolidado como una de las voces más reconocidas y confiables de la información en el estado.

Con una trayectoria construida a base de constancia, profesionalismo y cercanía con la audiencia, Juan Pablo Pérez Díaz ha logrado posicionar a Fórmula Noticias como una referencia para quienes buscan estar informados sobre los acontecimientos más relevantes de Sinaloa y del país.

Su carrera en los medios de comunicación comenzó en la radio, participando en el programa A las 6 con la Banda, transmitido por Radio Sinaloa, experiencia que le permitió desarrollar las habilidades que más tarde lo llevarían a consolidarse en la televisión y el periodismo informativo.

A lo largo de su trayectoria, el comunicador formó parte de importantes empresas de comunicación, desempeñándose en espacios informativos de TV Azteca y Televisa Sinaloa, donde destacó por su capacidad para analizar la noticia y transmitirla con claridad y responsabilidad.

En 2023 se integró a Grupo Fórmula, iniciando una nueva etapa profesional en la radio. Su desempeño y aceptación entre el público le permitieron dar el salto a la televisión, donde desde hace dos años conduce Fórmula Noticias, proyecto que ha fortalecido la presencia informativa de la cadena en la entidad.



Durante este segundo aniversario, colegas, entrevistados y televidentes reconocen el trabajo realizado por Juan Pablo Pérez Díaz, quien ha mantenido el compromiso de ofrecer información oportuna, objetiva y de interés social, convirtiéndose en un referente del periodismo regional.

Más allá de los micrófonos y las cámaras, su historia representa la de un profesional que ha sabido adaptarse a los cambios de la comunicación moderna sin perder la esencia del periodismo: informar con veracidad y servir a la sociedad.

A dos años de distancia de aquel primer programa, Fórmula Noticias continúa creciendo y fortaleciendo su vínculo con la audiencia sinaloense, mientras Juan Pablo Pérez Díaz reafirma día con día su lugar entre los comunicadores más destacados de la entidad.

Felicidades a Juan Pablo Pérez Díaz y a todo el equipo de Fórmula Noticias por estos dos años de trabajo informativo, una labor que contribuye al fortalecimiento de la comunicación y la vida pública de Sinaloa.

viernes, 5 de junio de 2026

Cuando la música deja de unir Mundial 2026, propaganda y el uso político del sonido




Por Aldo Rodríguez


Hay músicas que nacen para acompañar una celebración colectiva.


Un himno olímpico, una canción mundialista, una fanfarria ceremonial: todos esos repertorios comparten una vocación antigua y profundamente humana. Convocar. Reunir. Encender una emoción común. Hacer sentir que, por encima de fronteras, ideologías o credos, durante unos minutos existe un territorio compartido donde millones de personas pueden respirar el mismo pulso.


La música posee ese poder.


Lo ha tenido siempre.


Desde los cantos tribales hasta los himnos nacionales; desde los corales religiosos hasta las canciones que acompañaron revoluciones enteras.


Puede consolar.


Puede elevar.


Puede reunir.


Y sí: también puede manipular.


La historia está llena de ejemplos.



Los grandes aparatos ideológicos del siglo XX comprendieron muy bien que pocas herramientas penetran tan rápido la conciencia como una melodía sencilla repetida una y otra vez. La música puede sembrar identidad, pero también obediencia. Puede construir comunidad… o fracturarla. Puede volverse memoria viva o convertirse en consigna.


Por eso nunca es ingenuo observar cómo y cuándo se usa.


Y por eso resulta inevitable detenerse ante la reciente presentación de una canción vinculada al Mundial de fútbol de 2026: La niña futbolista, cantada por Julieta Venegas


No por escándalo pasajero.


No por la polémica inmediata de redes.


Sino porque detrás del gesto hay algo más profundo: una visión del símbolo público que merece discutirse.


Porque un Mundial de fútbol —y particularmente uno que tendrá a México como sede— representa uno de los momentos de mayor exposición internacional del país en décadas.


Es vitrina cultural.


Es diplomacia simbólica.


Es identidad nacional proyectada hacia millones de personas.



Y precisamente por eso sorprende que, en lugar de apostar por una obra pensada desde la celebración común, desde la hospitalidad o desde la potencia compartida del deporte, se haya elegido una pieza recontextualizada bajo un discurso ideológico que desplaza el eje de aquello que el evento representa.


Y ahí aparece el problema de fondo.


No porque el tema de las mujeres en el deporte no sea importante.


Lo es.


Y profundamente.


El fútbol femenil merece atención real, inversión real, espacios reales y respeto sostenido.


Eso no admite discusión.


Pero una cosa es impulsar causas legítimas con inteligencia y coherencia.


Y otra muy distinta es insertar símbolos en contextos donde el efecto termina siendo contradictorio, artificial o abiertamente divisivo.


Ahí es donde la música deja de funcionar como puente y empieza a sentirse como instrumento de agenda.


Y el oído colectivo percibe eso de inmediato.


No hace falta teoría política para detectarlo.


La gente lo siente.


Sucede en segundos.


Una canción mundialista suele instalarse porque activa algo emocionalmente compartido.


Conviene precisar algo importante, porque el debate se simplifica demasiado rápido.



Nadie está cuestionando el lugar del futbol femenil ni la necesidad de fortalecerlo. Al contrario. El crecimiento del futbol de mujeres en los últimos años merece reconocimiento serio, inversión y una narrativa propia construida con dignidad y visión de largo plazo. Y justamente por eso resulta todavía más desconcertante esta decisión.


El Mundial de 2026 que se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá es un Mundial varonil.


Ese es el evento concreto.


Ese es el contexto simbólico y deportivo al que responde.


El siguiente gran escaparate de la FIFA para el futbol de mujeres llegará después, en Brasil, con su propio escenario y con toda la legitimidad para construir una identidad sonora y cultural acorde a ese momento.


Precisamente ahí está la contradicción.


No se fortalecen las causas legítimas mezclándolas artificialmente fuera de contexto.


No se construye una narrativa sólida desplazando símbolos de un espacio a otro como si fueran intercambiables.


Y mucho menos cuando la pieza presentada —más allá de su intención declarada— termina sintiéndose forzada, desangelada y desconectada del espíritu de una Copa del Mundo masculina.


La música en estos casos importa.


Importa muchísimo.


Porque un himno deportivo no es un comunicado oficial, de división social ni un manifiesto de campaña.


Es una señal emocional.


Es memoria futura.


Es el pulso de una celebración que millones de personas escucharán y asociarán durante años con una experiencia colectiva.


Y cuando esa señal nace sin fuerza propia, sin entusiasmo auténtico y sin verdadera conexión con el momento histórico que pretende representar, ocurre algo inevitable: la canción se vacía de sentido.


Se vuelve ruido institucional.


Un recurso de ocasión.


Un gesto diseñado más para producir lectura política inmediata que para perdurar en la memoria cultural del país.


Y ahí está quizá la mayor fragilidad de todo esto.


México necesitaba una canción capaz de celebrar, convocar y representar.


Lo que recibió fue una pieza reciclada, desplazada de contexto y presentada con una solemnidad que no resiste demasiado análisis.


Y eso, más que entusiasmo, deja una sensación incómoda: la de estar frente a un símbolo construido no para unir a una afición ni para celebrar al país, sino para intentar conducir emocionalmente una conversación pública que ya venía polarizada desde antes.


Pensemos en Ricky Martin y “La Copa de la Vida” en 1998.


O en Shakira con “Waka Waka” en 2010.


O incluso en canciones que, sin ser obras maestras, lograron generar una sensación de entusiasmo inmediato.


Había ritmo.


Había energía.


Había celebración.


Había una invitación clara a sumarse.


La música decía: “aquí cabemos todos”.


Ese es el secreto.


Y no es menor.


Porque el deporte de alto nivel ya trae consigo suficiente tensión: rivalidades, nacionalismos, pasiones colectivas, frustraciones, triunfos y derrotas.


La música que lo acompaña normalmente busca equilibrar eso con un lenguaje de unidad.


Cuando ocurre lo contrario y la pieza se percibe como vehículo ideológico o como declaración política disfrazada de celebración cultural, el resultado es distinto.


No convoca.


No entusiasma.


No trasciende.


Divide.


Y al dividir pierde su centro.


Ahí aparece otro punto importante.


México atraviesa temas urgentes y dolorosos.


Violencia.


Desapariciones.


Crisis institucionales.


Fatiga social.


Heridas abiertas que exigen atención profunda y seriedad histórica.


Y frente a eso, el uso propagandístico del símbolo musical puede sentirse especialmente desconectado de la realidad.


Porque el arte público no existe en el vacío.


La ciudadanía escucha con el contexto encima.


Escucha desde la calle.


Desde la preocupación cotidiana.


Desde la memoria.


Desde la experiencia concreta.


Y cuando la distancia entre el símbolo y la realidad se vuelve demasiado grande, aparece una sensación inevitable: artificio.


Eso no es nuevo.


La historia cultural está llena de proyectos oficiales que quisieron fabricar emoción desde arriba.


Algunos lo lograron.


Muchísimos fracasaron.


Y suelen fracasar por lo mismo: confunden propaganda con resonancia auténtica.


La propaganda ordena.


La resonancia nace.


La propaganda insiste.


La música verdadera permanece.


La propaganda necesita repetirse para imponerse.


La canción auténtica vive sola en la memoria de la gente.


Y esa diferencia es enorme.


Un Mundial merece una música que represente hospitalidad, diversidad, energía, celebración y orgullo cultural.


Algo que haga sentir a México como lo que también es: una nación profundamente musical, compleja, poderosa, creativa y capaz de conmover al mundo con enorme dignidad.


No hacía falta ideologizarlo.


No hacía falta convertirlo en mensaje programático.


No hacía falta polarizar donde el deporte podía servir como encuentro.


Porque precisamente ahí está el valor simbólico del fútbol.


Durante unas semanas el planeta mira el mismo balón.


Y aunque cada país sueñe con ganar, todos comparten la misma fiesta.


La música debería acompañar eso.


No fracturarlo.


No convertirlo en herramienta coyuntural.


No utilizarlo como vehículo de alineación política.


México merece símbolos culturales más inteligentes.


Más amplios.


Más generosos.


Más finos.


Porque el poder del sonido es enorme.


Y quienes ejercen poder lo saben.


A veces con inteligencia admirable.


A veces con una torpeza difícil de ocultar.


La responsabilidad, al final, siempre vuelve a nosotros.


Escuchar críticamente.


Pensar antes de repetir.


Reconocer cuándo una canción nace del impulso artístico verdadero… y cuándo pretende conducir emociones hacia una dirección previamente diseñada.


La música seguirá teniendo poder.


Eso nunca cambiará.


La pregunta es si ese poder será usado para abrir un espacio común… o para seguir empujando la fragmentación que ya bastante pesa sobre la vida pública.


Y quizá ahí esté el punto esencial.


En tiempos donde todo parece empujarnos hacia trincheras opuestas, tal vez lo verdaderamente revolucionario no sea imponer otra consigna.


Tal vez sea recordar que hay músicas que todavía pueden reunirnos.


Y defenderlas.


Porque cuando la música deja de unir y empieza a utilizarse como herramienta de confrontación, pierde su misterio más valioso.


Deja de cantar con la gente.


Y empieza, simplemente, a sonar desde el poder.

jueves, 28 de mayo de 2026

Rosebud y las ruinas del poder 85 años de Citizen Kane : la película que cambió para siempre el lenguaje del cine



Por Aldo Rodríguez


Hay películas que entretienen. Hay películas que envejecen dignamente. Y hay otras —muy pocas— que parecen venir del futuro. Obras que no pertenecen del todo a la época en que fueron creadas porque, de alguna forma extraña, entendieron antes que nadie hacia dónde iba el arte. Citizen Kane es una de ellas.


Este año se cumplen 85 años de aquella detonación cinematográfica concebida por un jovencísimo Orson Welles, quien no solamente dirigió la película: también la escribió, la produjo, la actuó y prácticamente la soñó entera. Y eso sigue siendo impresionante incluso hoy. Más todavía si pensamos que Hollywood, en aquel momento, era un sistema cerrado, rígido, dominado por estudios que controlaban absolutamente todo. Y de pronto apareció este muchacho de teatro y radio diciendo: “Voy a hacer cine como nadie lo ha hecho”.


Y lo hizo.


Antes de eso, Welles ya había provocado uno de los momentos más extraordinarios de la historia de los medios de comunicación con aquella adaptación radiofónica de The War of the Worlds en 1938. Una transmisión dramatizada que sembró pánico en Estados Unidos porque miles de personas creyeron estar escuchando reportes reales de una invasión extraterrestre. Hoy puede sonar exagerado, incluso ingenuo, pero aquello reveló algo profundamente importante: el sonido bien utilizado puede alterar la percepción de la realidad.


Y eso, para quienes hemos vivido la radio desde dentro, resulta fascinante.


Las interrupciones falsas de noticias, las voces agitadas, los silencios, la sensación de inmediatez… Welles entendió antes que muchos que el medio no era solamente un vehículo: era una experiencia emocional. La radio podía construir mundos invisibles. Podía hacerte creer. Podía manipularte. Podía conmoverte. Y todo ese conocimiento del ritmo, del espacio sonoro y de la dramaturgia auditiva terminó filtrándose después en Citizen Kane.



Porque sí: esta película también se escucha de una manera distinta.


Pero hablar de Citizen Kane solamente como una “gran película” es quedarse corto. La realidad es que redefinió el lenguaje cinematográfico moderno. Muchísimas cosas que hoy damos por normales nacieron o se consolidaron ahí. La narrativa fragmentada, los saltos temporales, los relatos desde múltiples puntos de vista, la profundidad de campo extrema, los encuadres imposibles, los techos visibles en escena, los juegos de sombras, el uso expresivo del silencio, las transiciones psicológicas… Todo eso explotó ahí como un laboratorio artístico descomunal.


Y pensar que fue filmada en 1941.


Visualmente sigue siendo una obra abrumadora. La fotografía de Gregg Toland continúa viéndose moderna. Hay planos que parecen concebidos décadas después. La cámara se desliza, se hunde, observa desde abajo, desde rincones oscuros, desde perspectivas casi oníricas. Hay secuencias enteras donde el espacio parece respirar junto con los personajes. Y eso no era habitual. El cine todavía estaba aprendiendo a hablar… y Welles ya estaba escribiendo poesía visual.


La historia, por otra parte, sigue siendo devastadora.


Charles Foster Kane inicia como un hombre ambicioso, brillante, seductor. Un personaje que asciende desde abajo hasta convertirse en un titán mediático capaz de influir sobre la política, la opinión pública y la percepción de la realidad. Lo que él dice pesa. Lo que publica se convierte en verdad. Y claro, la inspiración en William Randolph Hearst era demasiado evidente como para pasar desapercibida. De hecho, Hearst intentó destruir la película. Prohibirla. Desaparecerla. Y eso, curiosamente, terminó alimentando aún más su leyenda.



Pero el verdadero corazón de la película no está en la política ni en los periódicos. Está en la soledad.


Porque Citizen Kane no es realmente la historia de un magnate. Es la historia de una pérdida.


Una pérdida tan profunda que necesita resumirse en una sola palabra: Rosebud.


Y ahí ocurre algo extraordinario. Durante toda la película perseguimos el significado de esa palabra como si fuera un misterio detectivesco. Queremos saber qué representa. Qué secreto oculta. Y al final descubrimos que no se trataba de poder, ni de dinero, ni de gloria, ni siquiera de amor adulto. Era algo muchísimo más pequeño… y muchísimo más inmenso.


La infancia.


La inocencia.


El último instante de felicidad verdadera antes de que el mundo lo devorara.


Ese trineo perdido entre la nieve termina siendo más importante que todos los palacios de Xanadú, más importante que los periódicos, las campañas políticas o las esculturas acumuladas como trofeos vacíos. Porque Welles entendió algo terrible y profundamente humano: muchas veces pasamos la vida entera tratando de regresar a un momento que ya no existe.


Y eso sigue doliendo 85 años después.


Por eso esta película debe verse. Debe estudiarse. Debe conservarse. Incluso coleccionarse. No como una reliquia elitista de cinéfilos intelectuales, sino como una obra viva que todavía tiene cosas que decirle al presente.


Las nuevas generaciones necesitan encontrarse con películas así porque hoy vivimos rodeados de velocidad, algoritmos y consumo inmediato. Todo dura segundos. Todo debe explicarse rápido. Todo parece diseñado para olvidarse mañana. Citizen Kane, en cambio, exige mirar. Exige escuchar. Exige paciencia. Y recompensa al espectador con capas y capas de significado.


Cada revisión revela algo nuevo.


Un gesto.


Una sombra.


Una frase aparentemente menor.


Una composición visual escondida en el fondo.


Una ironía.


Una herida.


Yo la he visto decenas de veces y siempre termino descubriendo otra película dentro de la película. Esa es la marca de las obras verdaderamente grandes: nunca terminan de agotarse.


Y quizá ahí radica su verdadera perfección.


No en que sea impecable técnicamente —que lo es—, sino en que sigue viva. Sigue respirando. Sigue interrogándonos sobre el poder, la memoria, la ambición y la fragilidad humana.


Pocas películas pueden hacer eso.


Muy pocas

jueves, 21 de mayo de 2026

RECORDANDO A JORGE WALTERIO MEDINA PALAZUELOS

 

Cada 20 de mayo, la memoria del periodismo sinaloense vuelve inevitablemente hacia la figura de Jorge Walterio Medina Palazuelos, universitario distinguido, comunicador agudo y una de las voces más reconocidas del análisis político en la radio local. Su trayectoria dejó huella entre colegas, estudiantes y radioescuchas que durante décadas siguieron con atención sus comentarios y reflexiones sobre la vida pública de Sinaloa y México.

Dueño de una amplia cultura política y de un estilo directo para interpretar la realidad, Jorge Walterio Medina construyó una carrera sólida dentro del periodismo. Su paso por diversos espacios radiofónicos le permitió convertirse en una referencia obligada del análisis y la opinión, gracias a su capacidad para contextualizar los acontecimientos y debatir con argumentos firmes, siempre desde una perspectiva crítica y comprometida.

Sin embargo, uno de los capítulos más recordados de su trayectoria fue su participación en el programa Los Columnistas, espacio donde compartió micrófonos con Miguel Alberto Ortiz Mata y Leonel Solís. Ahí encontró uno de sus mayores momentos de lucimiento profesional, convirtiéndose en una voz imprescindible para entender el acontecer político y social del estado. El programa se distinguía por el debate inteligente, el análisis profundo y la pluralidad de ideas, elementos que Medina Palazuelos enriquecía con experiencia, oficio periodístico y gran conocimiento de la realidad sinaloense.



Además de su trabajo en medios, fue reconocido como un universitario distinguido, estrechamente ligado a la vida académica y cultural. Su presencia en los espacios informativos de la radio universitaria fortaleció el vínculo entre el periodismo y la reflexión pública, dejando una escuela para nuevas generaciones de comunicadores.

La pandemia de Covid-19 apagó su voz el 11 de julio de 2020, causando una profunda conmoción en el gremio periodístico de Sinaloa. Su partida representó una gran pérdida para la comunicación y el análisis político regional, donde durante años se ganó el respeto del público y de sus compañeros de profesión.

Hoy, en el aniversario de su nacimiento, colegas, amigos y radioescuchas continúan recordando a Jorge Walterio Medina Palazuelos como un periodista apasionado, un analista brillante y una voz que ayudó a interpretar la realidad política de su tiempo. Su legado permanece vivo en la radio, en el periodismo sinaloense y en la memoria de quienes lo escucharon frente a un micrófono.

martes, 19 de mayo de 2026

“VAS A VER”, la radio que abre los ojos del corazón

 


En la radio hay programas que entretienen, otros que informan y algunos más que dejan una huella profunda en la conciencia colectiva. Ese es precisamente el caso de “VAS A VER”, una propuesta radiofónica que se transmite todos los sábados a las 10 de la mañana por La Plakosa 95.3 FM, y que hoy celebra con orgullo su primer año de transmisiones, consolidándose como una voz poderosa para las personas con discapacidad visual.

La idea nace gracias a la visión y sensibilidad del señor Manuel Zarco, quien apostó por crear un espacio donde las personas débiles visuales e invidentes pudieran expresarse libremente, compartir experiencias de vida y, sobre todo, generar conciencia en la sociedad sobre la importancia del respeto, la empatía y la inclusión.

“VAS A VER” no es solamente un programa de radio. Es una plataforma humana y social que busca derribar prejuicios y demostrar que las limitaciones físicas no impiden desarrollar talento, inteligencia, sensibilidad y capacidad de comunicación. Cada emisión representa una oportunidad para escuchar historias reales de esfuerzo, superación y dignidad.

Bajo la producción de Angélica Rodríguez en sus inicios, y actualmente de Josefita León, el programa ha consolidado una identidad profundamente humana y emotiva. Ambas han contribuido a convertir este espacio en una auténtica ventana para mirar con los ojos del alma hacia el mundo de las sombras de quienes solamente pueden ver con los ojos del corazón.

A lo largo de este primer año al aire, “VAS A VER” ha logrado conectar con una audiencia sensible y solidaria, llevando mensajes de reflexión, esperanza y conciencia social. El programa ha servido también como un puente entre la comunidad de personas con discapacidad visual y la ciudadanía, promoviendo una cultura de inclusión y respeto.


Uno de los principales objetivos del programa es sensibilizar a la sociedad sobre el trato hacia las personas invidentes. A través de entrevistas, comentarios, reflexiones y testimonios, los conductores hacen un llamado a construir una comunidad más accesible y comprensiva. Desde el respeto en los espacios públicos hasta la inclusión laboral y educativa, el mensaje es claro: las personas con discapacidad visual merecen igualdad de oportunidades y un trato digno.

La autenticidad del proyecto radica en que son precisamente las personas débiles visuales quienes toman el micrófono para hablar desde su propia experiencia. Eso convierte a “VAS A VER” en un ejercicio de comunicación honesto y profundamente humano, donde la empatía nace de escuchar directamente a quienes enfrentan diariamente obstáculos que muchas veces pasan desapercibidos para el resto de la sociedad.


Además de informar y sensibilizar, el programa también inspira. Cada sábado, la audiencia descubre historias de vida que reflejan valentía, perseverancia y amor por la vida. El espacio demuestra que la discapacidad no define a las personas, sino la actitud con la que enfrentan los desafíos cotidianos.

En tiempos donde la radio continúa siendo una herramienta cercana y poderosa, “VAS A VER” confirma que los medios de comunicación pueden convertirse en agentes de cambio social. La propuesta impulsada por Manuel Zarco representa una invitación permanente a mirar más allá de las apariencias y a entender que la verdadera inclusión comienza con el respeto y la conciencia colectiva.

Porque a veces, para aprender a ver realmente, basta con escuchar.

viernes, 15 de mayo de 2026

Bajo el signo de Caín: cuando Miguel Bosé decidió hacer un disco inmortal


Por Aldo Rodríguez

Hay discos que uno escucha. Y hay discos que, sin pedir permiso, terminan instalándose en algún rincón íntimo de la memoria. Discos que regresan años después como ciertos olores, ciertas calles o ciertas conversaciones que creíamos olvidadas. Bajo el signo de Caín, de Miguel Bosé, pertenece a esa categoría extraña: la de los álbumes que sobreviven a su época porque fueron construidos con inteligencia, riesgo y una visión artística mucho más profunda de lo que el mercado quiso admitir.


Yo conocí a Bosé a finales de secundaria, principios de preparatoria. Y, para ser honesto, su música me parecía completamente descartable. Un cantante español más, apareciendo en programas musicales que ni siquiera veía. Canciones ligeras, hechas para consumirse rápido y desaparecer igual de rápido. En aquel entonces yo estaba escuchando otras cosas; mi cabeza iba hacia otros territorios sonoros. Bosé simplemente no entraba en el mapa.


Pero algo ocurrió.


A mediados de preparatoria apareció Bandido y, particularmente, “Amante bandido”. Después vinieron “Nena”, “Partisano” y otras piezas donde ya se intuía que había algo distinto ocurriendo detrás de aquella imagen excesivamente televisiva. Había búsquedas armónicas interesantes, instrumentaciones poco habituales para el pop latino de los años ochenta y, sobre todo, una intención estética clara. No eran canciones hechas únicamente para vender. Había discurso. Había construcción.


Luego apareció XXX —o 3X como muchos lo conocimos— con canciones como “Como un lobo”, quizá una de las baladas más elegantes del pop iberoamericano, y “La gran ciudad”, que retrataba la soledad urbana con una melancolía casi cinematográfica.



Y después… el gran salto.

1993.


Bajo el signo de Caín.


Para mí, su obra maestra.


Un disco que este año cumple treinta y tres años y que, curiosamente, sigue sonando contemporáneo. Como si hubiera sido grabado ayer en algún estudio de Londres, Berlín o Reikiavik. Y eso no ocurre por casualidad. Ocurre porque Bosé tuvo el enorme acierto de rodearse de músicos y productores extraordinarios como Ross Cullum, Sandy McLelland y Andy Ross, quienes le dieron a esta producción un carácter profundamente europeo, sofisticado y atemporal.


El disco posee algo poco frecuente en el pop hispano: identidad sonora.


Desde los primeros compases se escucha un universo perfectamente diseñado. Gaitas procesadas, percusiones étnicas, guitarras con afinaciones abiertas, texturas ambientales, violonchelos que dialogan con la voz como si fueran una segunda conciencia emocional. Hay canciones donde los arreglos parecen respirar. Todo está colocado con una precisión casi arquitectónica.



Y eso me parece fascinante.


Porque detrás del cantante popular existía un hombre extremadamente culto. Yo tuve la fortuna de comprobarlo personalmente cuando vino a Culiacán a presentar 3X. Un amigo mío lo trajo a la ciudad y, después del concierto, terminamos llevándolo a comer mariscos a Altata, cuando Altata todavía era un pequeño pueblo pesquero y no el sitio turístico en que terminó convirtiéndose. Recuerdo perfectamente aquella conversación larguísima. Hablamos de minimalismo, de Schoenberg, de ballet, de música contemporánea. Y de pronto entendías todo.


Entendías por qué su música tenía ciertas referencias culturales que no eran comunes en el pop latino.


Bosé creció rodeado de figuras gigantescas del arte y la cultura europea. En su casa convivían nombres como Luis Buñuel, Pablo Casals, Salvador Dalí y hasta Picasso orbitaba ese universo intelectual y artístico donde Miguel se formó. Eso deja marcas. Eso termina filtrándose inevitablemente en la obra.


Y en Bajo el signo de Caín esa influencia se siente constantemente.


El álbum, además, fue un proyecto ambicioso desde su concepción. Fue lanzado simultáneamente en español, inglés, francés e italiano. No era simplemente traducir canciones; era construir un producto verdaderamente internacional. Las mismas pistas musicales adquirían matices distintos según el idioma. Algunas piezas en italiano resultan particularmente bellas por la musicalidad natural de la lengua.


“Si tú no vuelves” —quizá una de las canciones más hermosas que Bosé ha interpretado— adquiere otra textura emocional en Se tu non torni. La voz parece deslizarse de otra manera sobre la armonía. Y eso demuestra algo fundamental: las grandes canciones sobreviven incluso al cambio de idioma.


“Nada particular”, dedicada a los refugiados de Bosnia-Herzegovina en plena guerra balcánica, posee una carga humanista poco habitual para el pop comercial de aquellos años. Mientras el mundo consumía canciones ligeras, Bosé hablaba de desplazamiento, dolor y desarraigo. Y lo hacía sin panfleto. Con elegancia.


Luego está “Sara”.


Esa canción siempre me golpeó de forma muy personal. Porque a principios de preparatoria tuve una compañera llamada Sara cuyo sueño era convertirse en corresponsal de guerra. Murió intentando abrirse camino en ese mundo. Así que cuando escuché aquella letra sobre una muchacha que persigue ferozmente el deseo de ser alguien y termina consumida por ese mismo impulso, inevitablemente la canción se quedó conmigo.


Así funciona la música cuando verdaderamente importa: deja de ser entretenimiento y se convierte en espejo.


A Bosé se le ha comparado muchas veces con David Bowie por su capacidad camaleónica de reinventarse, por esa ambigüedad andrógina ochentera y por su voluntad constante de cambiar de piel artística. Y claro, Bowie pertenece a otra dimensión cultural y musical; es una figura global absolutamente monumental. Pero dentro del ámbito hispano, Bosé sí logró algo parecido: romper la comodidad del pop convencional y empujarlo hacia terrenos más sofisticados.


No siempre le salió bien, desde luego. Tiene discos desiguales, canciones excesivamente comerciales y momentos francamente olvidables. Pero también posee esos “garbanzos de libra” —como decimos en México— donde todo se alinea y aparece una obra distinta.



Bajo el signo de Caín es uno de esos momentos.


Un disco elegante, oscuro por instantes, cosmopolita, introspectivo y profundamente europeo en sensibilidad. Un álbum que nunca buscó sonar mexicano, español o latinoamericano exclusivamente. Quiso sonar universal.


Y quizá por eso sigue vivo.


Hoy Bosé vive, en gran medida, de las canciones que compuso hace treinta o cuarenta años. Pero también es cierto que muy pocos artistas populares logran construir un puñado de canciones capaces de atravesar generaciones. Él sí lo hizo.


Por eso vale la pena regresar a este disco. Escucharlo sin prejuicios. Hacer a un lado la etiqueta de “artista comercial”. Porque detrás de esa imagen mediática existió —al menos durante ciertos años— un creador profundamente inquieto, culto y musicalmente mucho más arriesgado de lo que muchos quisieron reconocer.


Y si pueden escucharlo en sus distintas versiones idiomáticas, mejor todavía.


Ahí descubrirán algo muy extraño y muy hermoso: un disco que cambia de idioma… pero no pierde el alma.

Margarito José regresa a la radio con “Margarito Music” por La Plakosa 95.3 FM

Después de varios años alejado de los micrófonos radiofónicos, el reconocido comunicador Margarito José vuelve a la radio sinaloense con el ...