domingo, 26 de abril de 2026

Chernóbil: la memoria que arde en silencio

Por Aldo Rodríguez


Dedicatoria: A los músicos ucranianos de la Orquesta Sinfónica de las Artes, que en medio del desarraigo encontraron en estas tierras un nuevo horizonte para seguir haciendo música.

Con respeto y admiración, por recordarnos que incluso tras la devastación, el arte sigue siendo una forma de volver a casa.

Hay acontecimientos que no terminan cuando se apagan las sirenas. Permanecen —como una vibración baja, casi imperceptible— en la conciencia del mundo. El desastre de Chernobyl es uno de ellos. No fue solamente una explosión en un reactor; fue una fractura en la idea misma de progreso. Una grieta que, cuarenta años después, sigue abierta.


Porque, ¿qué es lo que realmente ocurrió aquella madrugada de abril de 1986? Más allá de los datos técnicos —el reactor RBMK, la prueba fallida, la liberación de material radiactivo—, lo que se desplomó fue una narrativa: la de la ciencia como promesa incuestionable de futuro. Y aquí conviene ser precisos, casi quirúrgicos: no fue la ciencia la que falló, sino su uso, su gestión, su subordinación a estructuras políticas que confundieron control con conocimiento.



He pensado muchas veces en esto —quizá más de las que debería—: ¿en qué momento la inteligencia humana, capaz de descifrar el núcleo del átomo, pierde la capacidad de anticipar sus propias consecuencias?


Chernóbil no es solo un accidente; es una pedagogía brutal.


La dimensión humana de la tragedia suele diluirse entre cifras. Pero basta detenerse un instante —uno solo— en la ciudad de Pripyat para entenderlo todo. Una ciudad diseñada para el futuro, congelada en el instante exacto de su abandono. Juguetes en el suelo. Ruedas de la fortuna que nunca giraron. Habitaciones que aún parecen esperar el regreso de quienes salieron con lo puesto, creyendo que volverían en unos días.


No volvieron.


Y en ese no retorno hay algo profundamente contemporáneo. Porque Chernóbil anticipó el siglo XXI: un mundo donde el riesgo ya no es visible, donde la amenaza no tiene forma, ni olor, ni sonido. La radiación —ese enemigo silencioso— nos obligó a enfrentar una idea inquietante: no todo peligro se puede percibir con los sentidos.


La modernidad, de pronto, se volvió abstracta.



Desde la perspectiva artística —y aquí es donde la reflexión adquiere otra resonancia—, Chernóbil ha generado un corpus de obras que no buscan representar el desastre, sino pensarlo. Óperas como All the Truths We Cannot See de Uljas Pulkkis o la perturbadora Chornobyldorf de Roman Grygoriv e Illia Razumeiko no reconstruyen la tragedia: la transfiguran.


Y eso es fundamental.


Porque el arte no documenta; el arte revela. Nos obliga a mirar donde preferiríamos no hacerlo. Nos coloca frente a la pregunta incómoda: ¿qué queda después del desastre? ¿La memoria… o el olvido?


En la música, el silencio nunca es ausencia. Es tensión. Es espera. Es posibilidad. Chernóbil, en ese sentido, es un gran silencio histórico: un espacio donde lo que no se dice pesa tanto como lo que se enuncia.


Y sin embargo, hay momentos en los que la representación se acerca peligrosamente a la verdad. Pienso, inevitablemente, en la serie Chernobyl de HBO. No es un documento —ninguna obra lo es del todo—, pero hay en ella una voluntad casi obsesiva por reconstruir, por escuchar, por darle forma dramática a los testimonios que durante años circularon como ecos fragmentados.


Es, quizá, una de las aproximaciones más honestas a lo ocurrido.



Y luego está la música.


La partitura de Hildur Guðnadóttir —una de las voces más singulares de nuestro tiempo— no ilustra; no acompaña; no subraya. Se infiltra. Está construida a partir de sonidos industriales, grabaciones de la propia central nuclear, texturas que parecen emerger de las entrañas de la materia. No hay melodía en el sentido tradicional. Hay atmósfera. Hay presión. Hay algo que respira… y no debería.


(La primera vez que la escuché, lo confieso, sentí más incomodidad que admiración. Y eso —precisamente eso— es lo que la hace necesaria.)


La serie y su música no buscan tranquilizar al espectador. Todo lo contrario: lo colocan frente a una verdad incómoda. Que el desastre no fue un accidente aislado, sino la consecuencia de una cadena de decisiones humanas. Decisiones evitables.


Hay otro punto que me parece crucial —y aquí me permito una ligera digresión—: la relación entre ciencia y ética. Vivimos en una época donde la tecnología avanza a una velocidad vertiginosa. Inteligencia artificial, ingeniería genética, exploración espacial… el horizonte es fascinante. Pero también lo es —y esto hay que decirlo sin rodeos— profundamente peligroso si no está acompañado de una conciencia crítica.


Chernóbil nos enseñó que el conocimiento sin responsabilidad es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, devastador.


Y sin embargo, seguimos adelante.


Como si la memoria fuera opcional.


No lo es.


Recordar Chernóbil no es un acto conmemorativo; es un acto de resistencia. Es negarse a aceptar que las tragedias se archivan, que los errores se repiten sin consecuencias, que el tiempo diluye la responsabilidad. Recordar es, en última instancia, una forma de inteligencia.


Una inteligencia distinta. Más lenta. Más incómoda.


Más humana.


A cuarenta años de distancia, la pregunta no es qué ocurrió en Chernóbil. Eso lo sabemos —o creemos saberlo—. La verdadera pregunta es otra, más difícil, más punzante:


¿Qué hemos hecho con esa memoria?


(La respuesta, me temo, aún está en construcción.)

viernes, 24 de abril de 2026

“Ovejas Negras”: la irreverencia que enciende la noche en Maxiradio


En un horario donde la mayoría de las voces del cuadrante se despiden, Ovejas Negras hace exactamente lo contrario: abre micrófonos. De lunes a viernes a las 10 de la noche, el programa conducido por José Antonio Quiroz se convierte en compañía ideal para quienes prefieren desvelarse con buena radio, humor y una dosis de irreverencia bien ejecutada.

Con 25 años de experiencia, Quiroz —mejor conocido por muchos como “Pepe Toño”— ha sabido construir un estilo propio a lo largo de su paso por grupos como Promomedios y Radiorama. Hoy, en Maxiradio 103.3, ese estilo encuentra su mejor expresión: ácido, sagaz y sin filtros, pero siempre con un objetivo claro—divertir.

La esencia de Ovejas Negras está precisamente ahí: en el entretenimiento directo y sin complicaciones. El programa combina chistes, comentarios cargados de ironía y una selección musical que mantiene la identidad del 103.3, logrando un equilibrio que engancha desde el primer momento. No se trata solo de hablar, sino de crear un ambiente donde el oyente se sienta acompañado en esas horas en que la ciudad baja el ritmo, pero la radio sigue viva.

Mientras otros espacios concluyen su transmisión al caer la noche, Pepe Toño apuesta por lo contrario: encender la conversación, provocar la risa y mantener la energía. Esa decisión no es menor; implica entender a una audiencia nocturna que busca algo más que música continua, que agradece la cercanía de una voz auténtica al otro lado del micrófono.

Lejos de fórmulas rígidas, Ovejas Negras se permite la libertad de ser distinto. Su tono irreverente no es gratuito, sino parte de una propuesta que privilegia la espontaneidad y la conexión genuina con el público. En ese terreno, Quiroz se mueve con soltura, demostrando que la experiencia no está peleada con la frescura.

Así, cada noche, el programa reafirma que la radio sigue siendo un espacio íntimo y poderoso, especialmente cuando encuentra conductores capaces de romper esquemas y acompañar, con humor e inteligencia, a quienes aún creen en el placer de escuchar.

“Platicast a Gusto”: conversaciones que conectan con la realidad




En un entorno mediático donde la inmediatez suele imponerse sobre la profundidad, el proyecto “Platicast a Gusto” emerge como una apuesta por el diálogo pausado, reflexivo y con sustancia. Se trata del podcast impulsado por la comunicadora María Luisa Guerrero, figura consolidada de la radio sinaloense, actualmente al aire en La Bella 104.9 FM.

Con una trayectoria que abarca más de dos décadas en los micrófonos, Guerrero ha sido testigo de la transformación del medio radiofónico. Su paso por Grupo ACIR entre 1999 y 2021 marcó una etapa formativa y de consolidación profesional, que concluyó con la reconfiguración del panorama radiofónico local tras la adquisición de su estación por parte de Grupo Vibra. Este cambio no solo redefinió estructuras empresariales, sino que abrió nuevas oportunidades para la innovación en contenidos.

Actualmente, Guerrero forma parte del equipo de locutores de La Bella 104.9 FM, emisora de corte juvenil y enfoque contemporáneo que combina entretenimiento, información y cercanía con la audiencia. Dentro de este ecosistema, su programa al aire se distingue por integrar entrevistas, espectáculos y temas de interés cotidiano, una línea editorial que se extiende y profundiza en su propuesta digital.



Un espacio para las ideas

“Platicast a Gusto” se construye a partir de conversaciones con especialistas en diversas áreas: salud, desarrollo personal, cultura, sociedad y actualidad. Lejos del formato rígido, el podcast privilegia el intercambio natural de ideas, permitiendo que cada episodio se convierta en una experiencia cercana y enriquecedora.

El tenor del proyecto responde a una necesidad clara: generar contenido que no solo informe, sino que invite a la reflexión. En tiempos de sobreinformación, la propuesta de Guerrero se distingue por apostar a la calidad del diálogo y la selección de voces expertas, capaces de contextualizar los llamados “grandes temas” desde una perspectiva accesible.

Además, “Platicast a Gusto” está disponible en plataformas digitales como YouTube y Spotify, lo que amplía su alcance y permite a la audiencia consumir los contenidos en el momento que prefiera, adaptándose a los nuevos hábitos de escucha.



De la radio tradicional al entorno digital

La evolución de María Luisa Guerrero hacia el formato podcast no es fortuita. Responde a una tendencia global en la que los creadores de contenido migran o complementan su presencia en plataformas digitales, buscando audiencias más segmentadas y dinámicas.

En este sentido, “Platicast a Gusto” funciona como una extensión natural de su trabajo en cabina, pero con mayor libertad temática y narrativa. Mientras la radio mantiene su esencia de inmediatez y compañía, el podcast ofrece profundidad, permanencia y consumo bajo demanda.



Una voz vigente

En una industria que enfrenta el desafío de mantenerse relevante frente a las plataformas digitales, proyectos como “Platicast a Gusto” evidencian que la clave está en la adaptación. La experiencia acumulada de Guerrero, sumada a su capacidad para conectar con la audiencia, la posicionan como una comunicadora vigente, capaz de transitar entre lo tradicional y lo contemporáneo.

Así, este podcast no solo representa una nueva etapa en su carrera, sino también un ejemplo de cómo la radio —lejos de desaparecer— se reinventa, encuentra nuevos formatos y sigue siendo un espacio fundamental para contar, conversar y entender el mundo.

jueves, 23 de abril de 2026

Coty Burgueño: la música que se queda encendida


Por Aldo Rodríguez

Hay músicos que no se van del todo. Se repliegan en el aire, en los recuerdos, en esas frecuencias invisibles que uno sigue escuchando aunque el silencio diga lo contrario. Hoy, 22 de abril, se ha ido Coty Burgueño, a los 84 años. Y con él, pareciera que se apaga una lámpara antigua, de esas que no solo iluminaban, sino que daban calor.


Coty pertenecía a una estirpe que ya casi no existe: la de los músicos bohemios. Los que hacían del escenario un territorio vivo, impredecible, profundamente humano. Los que podían sostener una noche entera en un bar o en un hotel, con el público rendido, no por espectáculo vacío, sino por una presencia que se imponía sin esfuerzo. Él sabía mover sus teclados, sí, pero más aún, sabía mover el tiempo. Lo estiraba, lo comprimía, lo hacía respirar.


Lo conocí en 1993, en un contexto que, visto hoy, tiene algo de ritual. Una campaña para la imagen del estado de Sinaloa. Cine, voces, música… y una necesidad muy concreta: sonidos, texturas, atmósferas que no estaban en ningún catálogo. Fue entonces cuando alguien, con esa sabiduría práctica que da la experiencia, me dijo: “Ve con el Coty”.


Recuerdo perfectamente su espacio en la colonia Guadalupe, por la calle Ciudades Hermanas. No era solo un estudio: era un pequeño universo sonoro. Ahí estaba su Yamaha DX7, pero no cualquiera. Aquel instrumento llevaba una expansión Gray Matter —Materia Gris— que lo convertía en algo más que un sintetizador: era una máquina de posibilidades. Dieciséis canales de secuenciador, capas de sonido que en aquellos años parecían casi ciencia ficción. El famoso DX7 II FD… la joya de la corona.


Yo llegué con partitura en mano —como buen obsesivo del orden—, pero él operaba desde otro lugar. Más intuitivo. Más directo.

“Dime qué quieres”, me dijo.


Entonces hice lo único que podía hacer: sentarme y tocar. Una figura rítmica de dos contra tres. Tres notas en la mano derecha, dos en la izquierda. Un pequeño pulso, casi un latido desfasado, la secuencia armónica,la melodía…. Él lo entendió de inmediato.

“Ah, quieres esto…”


Y ahí ocurrió algo que siempre me ha fascinado: cuando dos músicos, desde lenguajes distintos, se encuentran en un punto exacto. Sin traducción. Sin esfuerzo. Solo música.


El resultado fue impecable. No solo resolvimos la necesidad técnica; construimos algo con cuerpo, con intención. Una música que, incluso hoy, puedo recordar como si aún estuviera flotando en aquel cuarto.


Después vinieron las conversaciones, las veladas, esa amistad que nace sin pretensiones. Con el tiempo, como pasa tantas veces, la vida nos fue llevando por caminos paralelos. Supe de él a la distancia, por amigos comunes, por esas historias que se cuentan en desayunos de jueves, como si el tiempo se negara a romper del todo los vínculos.


Y ahora, de pronto, la noticia.


Hay una tristeza particular cuando se van figuras como Coty . No es solo la pérdida de una persona; es la desaparición de un modo de estar en el mundo. De entender la música como oficio, como vida, como conversación interminable con la noche.


Me queda, entre muchas cosas, un gesto suyo que conservo casi como un amuleto: aquel módulo Emu Orquestal en rack que me vendió, porque ya no lo necesitaba. Lo tengo hasta hoy. Funciona perfecto. Suena con una nobleza que pocas máquinas modernas conservan. Cada vez que lo enciendo, hay algo de él que vuelve a encenderse también. Como si la memoria tuviera voltaje.


Quizá de eso se trata todo esto.


De entender que la música no termina cuando el músico se va. Se transforma. Se dispersa. Se queda en quienes lo escucharon, en quienes trabajaron con él, en quienes compartieron una noche, una conversación, una nota.


Coty Burgueño no se ha ido del todo. Está en ese acorde suspendido que no termina de resolverse. En ese ritmo que parece tropezar… y de pronto encuentra su centro. En la intuición que reconoce, sin palabras, lo que otro quiso decir.


Descanse en paz.

O mejor dicho —como diría la música—: que siga sonando.

martes, 21 de abril de 2026

Rutas con Historia: El Rescate de la Memoria Urbana de Culiacán a Través del Canal de Jorge Contreras


Por: Redacción.

CULIACÁN, SINALOA.— Lo que comenzó como una caminata entre amigos para celebrar un aniversario, se ha transformado en un referente de identidad y nostalgia en Culiacán. El comunicador social y cronista urbano Jorge Contreras consolida el éxito de su iniciativa "Rutas con Historia", un programa de recorridos temáticos que redescubre el patrimonio arquitectónico y las leyendas de la capital sinaloense.

De las Caminatas al Turibús: Un Crecimiento Orgánico

El antecedente de este fenómeno se remonta a noviembre de 2025, cuando un centenar de seguidores se dieron cita en la Plazuela Rosales. En aquella ruta a pie, los asistentes tuvieron acceso exclusivo a tesoros ocultos de la ciudad: desde casonas de dos siglos con mobiliario de época, hasta habitaciones con muros de cantera labrada a cincel hace 300 años sobre la antigua calle de La Tercena (hoy Antonio Rosales).

Dada la respuesta de la audiencia, el proyecto evolucionó hacia un formato de tour guiado. El pasado 15 de marzo y 19 de abril se realizaron los primeros recorridos en Turibús, con una crónica en vivo donde la experiencia de 46 años de Contreras en comunicación y mercadotecnia dota de vida a cada esquina icónica.

Autonomía y Experiencia Gastronómica

Un punto clave del éxito ha sido la personalización del servicio. Gracias a la apertura de Rosefy Turismo, el Canal de Jorge Contreras ha tenido la libertad total para delinear su propia ruta, garantizando un recorrido exclusivo y diferente a cualquier tour convencional.



Entre las dos ediciones recientes, 60 seguidores disfrutaron de una jornada que incluyó:

* Crónica guiada por el director del canal.

* Desayuno regional en el restaurante "La Casa de Isa".

* Playera temática y acceso al Turibús.

Los participantes describieron la jornada como una experiencia "emotiva y especial", destacando el valor de conocer la historia de voz de un especialista.

Cierre de Etapa: Se Anuncia "Rutas con Historia 3.0"

Jorge Contreras anunció que esta primera fase llegará a su clímax el próximo domingo 17 de mayo con el lanzamiento de la Ruta 3.0. Esta edición promete una nueva ruta diseñada por el canal y una nueva playera conmemorativa.

Además, se adelantó que el proyecto pronto trascenderá los límites de Culiacán, llevando la crónica histórica a nuevos horizontes fuera de la capital.



¿Cómo participar?

Los interesados en asegurar su lugar para la ruta del 17 de mayo pueden solicitar información y realizar su registro enviando un mensaje directo (inbox) a través de la página oficial de Facebook: El Canal de Jorge Contreras.

La respiración del mármol: Javier Solís y el arte de decir cantando


Por Aldo Rodríguez


Hay voces que se imponen. Otras, en cambio, se insinúan… y se quedan.

La de Javier Solís pertenece a esta segunda estirpe: no necesitaba levantar la voz para dominar el espacio. Bastaba una línea, apenas un hilo de aire sostenido con elegancia, para que todo alrededor se reorganizara en función de su timbre.


Nacido en la Ciudad de México, en un entorno ajeno —al menos en apariencia— a los grandes salones musicales, su historia tiene algo de relato inevitable. Comerciante, panadero, carnicero —la anécdota fluctúa como suelen hacerlo las historias verdaderas—, pero siempre con esa condición latente: la voz esperando ser descubierta. Y lo fue.


Murió joven. Treinta y cuatro años. Un 18 de abril de 1966.

Sesenta años después, seguimos escuchando no solo lo que cantó… sino cómo lo cantó.


Porque si algo distingue a Javier Solís —más allá de la nostalgia o del mito— es una inteligencia vocal fuera de lo común. Y aquí conviene detenernos, sin prisa, casi como quien vuelve a oír un bolero al anochecer.



El llamado bolero ranchero —esa grieta estilística entre la tradición vernácula y la sofisticación urbana— encontró en él no solo un intérprete, sino un arquitecto. Mientras figuras como Pedro Infante ya habían trazado un camino emocional poderoso, y Jorge Negrete consolidaba una estética más heroica, Javier Solís eligió otro territorio: el de la intimidad sonora.


Su técnica respiratoria era, en términos estrictos, ejemplar. Dominaba el apoyo diafragmático con una naturalidad que rara vez se encuentra en cantantes formados académicamente. ¿El resultado? Frases largas, sostenidas sin esfuerzo aparente, donde el aire no se agotaba: se administraba. Se dosificaba como un secreto.


Y luego, el milagro del piano.

Ese territorio peligroso donde la voz puede quebrarse, perder cuerpo, volverse frágil. Javier lo habitaba con una seguridad desconcertante. Sus pianissimi no eran débiles: eran íntimos. Había en ellos una compresión controlada del aire, una colocación alta y estable que le permitía conservar la riqueza armónica del sonido incluso en niveles mínimos de intensidad.


¿Y el fraseo? Ah, el fraseo…

Ahí es donde uno empieza a sospechar que Javier Solís no solo cantaba: pensaba en música. Cada sílaba tenía dirección, cada palabra un peso específico. No había rigidez métrica; al contrario, jugaba con el tiempo, adelantando o retrasando entradas como lo haría un jazzista. Y en ese punto no es casual que sintiera afinidad —y admiración mutua— con figuras como Frank Sinatra, maestro absoluto del fraseo flexible.


Su emisión era limpia, sin asperezas, con un vibrato natural —ni demasiado amplio ni artificialmente contenido— que aparecía como consecuencia, no como recurso. Esto es importante: el vibrato en Javier no era ornamento, era respiración audible.


Y luego está la dicción.

Clara. Impecable. Pero no rígida.

Cada palabra era entendible sin sacrificar musicalidad, algo que parece sencillo… hasta que uno intenta hacerlo.



Lo fascinante es que su voz no estaba confinada a un género. El bolero ranchero fue su territorio natural, sí, pero no su límite. Podía transitar por el pasodoble, por la canción de Agustín Lara, incluso por repertorio de corte internacional, sin perder identidad. Eso es raro. Muy raro. Es señal de una voz construida no desde el estilo, sino desde la esencia.


Y quizá ahí radica el misterio.


Porque hay cantantes que interpretan canciones… y hay otros que las habitan. Javier Solís pertenecía a estos últimos. Cuando cantaba, no parecía estar “ejecutando” una pieza, sino recordándola. Como si la música ya estuviera dentro de él desde antes.


A veces me pregunto —y aquí me permito una pequeña digresión personal— qué significa realmente heredar una voz. No en el sentido biológico, sino en ese otro, más sutil: el de la memoria afectiva.


Yo nací el 14 de mayo de 1966.

Un mes después de su muerte.


Y me llamo Javier. Aldo Javier.


No es un dato menor. Es una línea invisible que conecta generaciones, un gesto íntimo de mi padre —para quien Javier Solís era más que un cantante— convertido en nombre propio. En identidad.


Tal vez por eso, cada vez que lo escucho, no lo hago como quien revisa un archivo histórico. Lo escucho como quien regresa a casa.


Porque en su voz hay algo más que técnica, más que estilo, más que perfección:

hay una manera de estar en el mundo.


Y esa… esa no se enseña.

Se reconoce.

viernes, 17 de abril de 2026

UNA GOTA DE VERDAD QUE UN OCEANO DE MENTIRAS

 


La radio es como la materia: no se crea ni se destruye, se transforma. Y MAXIRADIO, fiel a su naturaleza, ofrece a su público algo extraordinario. Un programa donde se analizarán los hechos con lupa y sin pelos en la lengua. Quien encabeza este esfuerzo, es un periodista que recién cumplió 26 años de ejercicio periodístico. Antes daba las noticias, ahora analizará las noticias. De eso grata VERUS.

 


Edgar Paul Villegas encabeza este esfuerzo de comunicación, donde se opondrán en la mesa los grandes temas. Con invitados de alto nivel y voces expertas, este periodista mostrará sin filtros la realidad de las cosas, con su sello característico. Porque las noticias deben de analizarse desde todos los ángulos. VERUS es una palestra donde se hace crítica sin concesiones, donde la adulación y las loas baratas no tienen cabida. Porque el periodismo debe ejercerse con dignidad.

 


En VERUS, vale más una gota de verdad que un océano de mentiras. Escuchen este programa de lunes a viernes a las 8 A.M por el 103.3 FM. Edgar Paul Villegas los estará esperando para conversar sobre los grandes temas. La verdad nos hará libres. A todo esto ¿qué es la verdad?

Chernóbil: la memoria que arde en silencio

Por Aldo Rodríguez Dedicatoria: A los músicos ucranianos de la Orquesta Sinfónica de las Artes, que en medio del desarraigo encontraron en e...