jueves, 17 de septiembre de 2026

NO VOY A TRABAJAR: EL MEXICANO QUE BAILA PARA ESCAPAR DEL LUNES


*Por Aldo Rodríguez*
Hay canciones que uno escucha y simplemente baila. No hay que buscarles demasiadas explicaciones: entran por el oído, bajan inmediatamente a los pies y terminan apoderándose del cuerpo. Pero hay otras que, además de hacernos bailar, dicen cosas. Y a veces dicen mucho más de lo que aparentan.
No voy a trabajar, del grupo Bermudas, pertenece para mí a esa segunda categoría.
La recuerdo como una de esas piezas contagiosas, sabrosas, construidas para que el cuerpo responda casi antes que la inteligencia. Tiene humor, movimiento, repetición, síncopa, frases populares, elementos de nuestra memoria musical y ese desenfado tan característico de cierta música tropical mexicana. Bermudas, agrupación veracruzana vinculada naturalmente con la cumbia y los ritmos bailables, sabía perfectamente lo que hacía: música para bailar, sí, pero música bien construida.
Y, sin embargo, cada vez que escucho No voy a trabajar pienso inevitablemente en Octavio Paz.
No porque Paz haya tenido algo que ver con la canción, naturalmente, sino porque detrás de su aparente frivolidad encuentro algo de aquel mexicano que el poeta intentó comprender en El laberinto de la soledad. No necesariamente el mexicano real —habrá que subrayarlo desde ahora— sino ese personaje cultural que hemos ido construyendo entre nosotros mismos: ingenioso, contradictorio, festivo, capaz de hacer un chiste en medio de la desgracia y de inventar, cuando hace falta, una explicación prodigiosa para escapar de la obligación.
La canción plantea una semana laboral completa y procede, con una lógica impecablemente absurda, a destruirla.
El lunes no se trabaja porque apenas comienza la semana.
El martes tampoco: ni te cases ni te embarques.
El miércoles se casa la patrona y, naturalmente, hay pachanga.
El jueves aparece el desvelo.
El viernes muere Jesucristo.
El sábado sólo se trabaja medio día y, precisamente por eso, tampoco vale la pena trabajar.
Y el domingo, faltaba más, es día de descanso.
Resultado: hemos conseguido algo extraordinario. Una semana laboral sin trabajo.
La genialidad está en que cada día posee su propia justificación. No estamos ante la simple declaración de un holgazán. Estamos ante algo mucho más elaborado: la construcción narrativa de la excusa.
Y eso me parece profundamente mexicano.
Aclaro: no estoy diciendo que el mexicano sea flojo. Sería una generalización absurda, injusta y hasta históricamente falsa. México es también un país de jornadas interminables, campesinos que comienzan antes del amanecer, obreros, comerciantes, médicos, maestros, músicos, albañiles, mujeres y hombres que trabajan seis días por semana y a veces siete. Basta salir temprano a cualquier ciudad mexicana para comprobarlo.
Estoy hablando de otra cosa.
De un personaje.
De un arquetipo popular.


De esa figura que ha aparecido durante décadas en chistes, películas, caricaturas y canciones: el individuo que despliega una creatividad verdaderamente barroca cuando necesita justificar por qué hoy tampoco pudo llegar.
Todos conocemos alguna historia.
Yo recuerdo casos que parecen inventados por un guionista de comedia. Una persona faltaba continuamente al trabajo alegando fallecimientos familiares. El problema fue que comenzó a matar abuelos con una frecuencia biológicamente imposible. Moría uno, luego otro, después aparecía misteriosamente otro abuelo y semanas más tarde fallecía uno nuevo. Si uno hacía las cuentas, aquel hombre había terminado el año con una genealogía digna del Antiguo Testamento: dieciséis o dieciocho abuelos muertos.
La excusa había dejado de ser explicación para convertirse en literatura fantástica.
Y ahí aparece Paz.
En El laberinto de la soledad, Octavio Paz intentó aproximarse al mexicano no mediante estadísticas ni clasificaciones sociológicas rígidas, sino observando gestos, palabras, fiestas, silencios, máscaras y contradicciones. Su mexicano es un ser que se protege, se reserva, se encierra; pero que también necesita momentos en los cuales pueda romper esa contención.
Uno de esos momentos es la fiesta.
Y esto resulta fundamental para entender No voy a trabajar.
Porque en la canción el verdadero antagonista no es exactamente el trabajo. Es la obligación.
El calendario representa el tiempo reglamentado: lunes, martes, miércoles, jueves… La sociedad moderna organiza nuestra existencia mediante horarios. Hay una hora para entrar, una hora para salir, días laborables y días de descanso. El reloj ordena el cuerpo.
Pero la fiesta rompe el reloj.
En la fiesta el tiempo cotidiano queda suspendido. Aparece otro tiempo, el tiempo excepcional: se come, se bebe, se canta, se baila, se conversa. Mañana veremos qué hacemos.
Por eso resulta extraordinariamente significativo que el miércoles la patrona se case.
¿Qué importa el trabajo frente a una pachanga?
La fiesta ha vencido al calendario.
Y aquí Bermudas hace, desde la música popular y quizá sin ninguna pretensión filosófica, algo que dialoga sorprendentemente con Paz: convierte la semana laboral en una sucesión de pequeñas ceremonias de evasión.
Pero todavía hay algo más.
En determinado momento aparece una melodía que muchos mexicanos conocemos desde niños:
Acitrón de un fandango…
Y entonces la canción abre otra puerta.
Acitrón de un fandango pertenece a esa antiquísima memoria oral mexicana donde las palabras no necesitan significar racionalmente para poseer sentido. Sango, sabaré, triqui-triqui-tran: las sílabas se convierten en percusión. La palabra deja por un momento de explicar y comienza a sonar.
Eso me fascina como músico.
Porque ahí el lenguaje recupera algo anterior al discurso: el ritmo.
Antes de preguntar qué significa “triqui-triqui-tran”, el cuerpo ya entendió.
Y quizá esa sea una de las claves de toda la pieza.
No voy a trabajar comienza siendo una canción sobre la evasión laboral y termina revelándose como una celebración del cuerpo. Hay que bailar tocadito, suavecito, de brinquito, hacia atrás, de ladito, solo o acompañadito . La cadera debe moverse. Hay que dar la vuelta.
El cuerpo sustituye al escritorio.
El baile derrota al reloj.
La calle le gana durante unos minutos a la oficina.


Y nuevamente estamos cerca de Paz: el individuo contenido por las obligaciones cotidianas encuentra en la fiesta una forma momentánea de liberación.
Hay además un componente de mestizaje cultural particularmente hermoso. Acitrón de un fandango pertenece a la tradición infantil mexicana y algunas investigaciones han señalado en sus vocablos y sonoridades posibles huellas africanas que llegaron y se transformaron durante siglos en territorio novohispano. No debería sorprendernos. Veracruz ha sido precisamente uno de los grandes laboratorios culturales de México: Europa, África y América encontrándose, chocando y finalmente produciendo algo que ya no pertenece completamente a ninguno de esos mundos porque pertenece a los tres.
Eso también somos.
Un país donde una antiquísima ronda infantil puede terminar incrustada en una cumbia popular y nadie necesita explicar la genealogía para reconocerla.
La memoria cultural funciona así.
A veces no está en los libros.
Está en los pies.
Hay otra cuestión que me parece importante. Durante mucho tiempo, cierta caricatura extranjera representó al mexicano dormitando bajo un enorme sombrero, recargado en un cactus o esperando eternamente que algo ocurriera. Hollywood y la animación estadounidense explotaron hasta el cansancio esa imagen: el mexicano indolente, lento, dormido, despreocupado.
Naturalmente es un estereotipo.
Pero los estereotipos rara vez sobreviven durante tanto tiempo si no encuentran algún elemento —real, imaginado o exagerado— del cual alimentarse. Lo interesante es que nosotros mismos hemos jugado con esa caricatura. Nos hemos apropiado de ella, la hemos exagerado y nos hemos reído de nosotros mismos.
Y eso cambia las cosas.
Porque No voy a trabajar no parece una canción escrita para insultar al mexicano.
Al contrario.
El mexicano se está contando un chiste sobre sí mismo.
Y ahí radica buena parte de su inteligencia.
Reírse de uno mismo requiere una distancia que no siempre poseemos. El humor popular mexicano ha sabido hacerlo extraordinariamente bien: se ríe del pobre y del rico, del borracho, del marido, de la suegra, del político, del sacerdote, del patrón, del trabajador y hasta de la muerte. No porque necesariamente desprecie esas realidades, sino porque la risa permite domesticarlas.


Tal vez por eso bailamos nuestros problemas.
No los resolvemos bailando, desde luego. Pero durante tres o cuatro minutos dejan de pesarnos de la misma manera.
El mexicano del que hablaba Paz utiliza máscaras. Y el humor también puede ser una máscara.
Decimos “no voy a trabajar” mientras bailamos.
Nos reímos.
Movemos la cadera.
Inventamos una razón para el lunes y otra para el martes.
El miércoles hay pachanga.
El jueves estamos desvelados.
Y cuando finalmente llega el domingo reclamamos, con absoluta seriedad, nuestro merecidísimo descanso después de una semana en la que, según la canción, no hicimos absolutamente nada.
Es maravilloso.
Pero también, si uno quiere mirar debajo de la superficie, hay una pequeña crítica social escondida en la carcajada.
Porque una sociedad también se construye mediante su relación con el trabajo, la responsabilidad y el tiempo. La picardía puede ser encantadora mientras permanece en el territorio del chiste; deja de serlo cuando se convierte en irresponsabilidad cotidiana. Una cosa es reírnos de la excusa y otra muy distinta convertir la excusa en sistema.
Ahí la canción deja una pregunta flotando.
¿Cuántas veces celebramos como “ingenio mexicano” lo que en realidad es incumplimiento?
No tengo una respuesta sencilla.
Y tampoco quiero moralizar una cumbia.
Sería terrible.
Prefiero escucharla como lo que es: una estupenda pieza bailable que, quizás sin proponérselo, terminó guardando dentro de sí una pequeña radiografía humorística de nosotros mismos.
Porque allí están el calendario y la fiesta, el trabajo y la evasión, el refrán y la pachanga, Jesucristo y el sábado de medio día, la ronda infantil y la cumbia, la memoria africana y la tradición mexicana, el lenguaje convertido en ritmo y, finalmente, el cuerpo reclamando su derecho ancestral a moverse.
Eso es lo maravilloso de la música popular.
A veces creemos que una canción solamente dice:
“No voy a trabajar”.
Y resulta que detrás de esa frase aparentemente inocente aparece un país entero mirándose al espejo.
Un espejo deformante, naturalmente.
Un espejo de feria.
Pero espejo al fin.
Quizá Octavio Paz entró al laberinto buscando comprender nuestra soledad.
Bermudas, muchos años después y desde otro territorio completamente distinto, encontró una de las salidas.
Estaba en la pista de baile.
Y mientras seguimos discutiendo quiénes somos, el mexicano de la canción ya tomó su decisión:
hoy tampoco va a trabajar.
Tiene algo mucho más urgente que hacer.
Bailar.

domingo, 6 de septiembre de 2026

SE ME REVENTÓ EL BARZÓN: CUANDO MÉXICO RAPEABA ANTES DEL RAP




Por Aldo Rodríguez


Hay canciones que envejecen. Hay otras que simplemente se quedan a vivir entre nosotros.


El Barzón pertenece a estas últimas.


Tiene polvo. Tiene tierra. Huele a milpa, a cuero, a sudor, a cigarro de hoja. Tiene palabras que muchos mexicanos jóvenes probablemente ya no comprenden: telera, timón, coyunda, troje, yunta, barzón. Y, sin embargo, basta escuchar sus primeros versos para que algo profundamente reconocible aparezca:


Esas tierras del rincón…


Y comienza a caminar la historia.


No solamente la canción.


México.


El Barzón tiene, hasta donde podemos establecerlo, alrededor de 106 años. Una tradición documental sitúa su composición hacia 1920 y atribuye la obra a Miguel Muñiz Dávila. Durante mucho tiempo —y yo mismo lo había supuesto— resulta fácil asociar su autoría con Luis Pérez Meza porque su interpretación quedó prácticamente soldada a la canción. Pero Pérez Meza no fue su compositor: fue el gran intérprete y arreglista que la convirtió en parte de la memoria sonora mexicana.


Y qué intérprete.


A mí me cuesta separar El Barzón de aquella voz nasal, abierta, campesina, sin pulimento innecesario de Luis Pérez Meza. No hay que embellecer demasiado una canción que habla de tierra. Sería como ponerle mármol a un surco.


Pérez Meza entendió eso perfectamente.


Pero hay algo en El Barzón que desde hace tiempo me llama particularmente la atención y que va más allá de su carácter agrarista o de su condición de corrido campesino.


Su manera de decir.


Porque El Barzón no se canta completamente.


Se cuenta.


Se declama.


Se empuja.


Hay momentos en que la melodía parece hacerse a un lado para dejar pasar a la palabra. El texto cabalga sobre el pulso y la voz comienza a comportarse como instrumento rítmico.


¿Nos resulta familiar?


Naturalmente.


Hoy lo llamaríamos flow.



No estoy diciendo, por supuesto, que El Barzón sea un rap mexicano de 1920. Sería históricamente absurdo. El rap como género pertenece a otra historia, a otro territorio y a una genealogía cultural muy específica que cristalizaría en el Bronx de Nueva York durante la década de 1970.


Pero una cosa es el nacimiento de un género y otra muy distinta el nacimiento de los procedimientos que ese género utiliza.


Hablar rítmicamente sobre música es muchísimo más antiguo que el rap.


Y ahí El Barzón se vuelve fascinante.


Su texto se mueve en buena parte alrededor del octosílabo, ese metro naturalísimo de la lengua española que encontramos en romances, coplas y corridos. Ocho sílabas parecen acomodarse extraordinariamente bien a nuestra respiración. No hay que empujarlas demasiado. Caminan solas.


Y cuando esos versos se concatenan sobre un pulso regular sucede algo curioso: la palabra comienza a generar percusión.


La consonante golpea.


La vocal prolonga.


La rima organiza.


El acento sincopa.


Eso es exactamente lo que un buen rapero sabe hacer.


Por eso uno puede tomar ciertos fragmentos de El Barzón, colocarlos mentalmente sobre una base contemporánea y descubrir, con cierta sorpresa, que funcionan. No porque Miguel Muñiz hubiera anticipado el hip hop, sino porque tanto el corrido narrativo como el rap parten de algo muchísimo más antiguo: la palabra organizada por el ritmo.


Y esto no sucedía solamente en México.


En Estados Unidos encontramos ejemplos extraordinarios dentro de la tradición vocal afroestadounidense. The Jubalaires, un cuarteto de gospel, registró en 1946 una pieza llamada Noah en la que la voz solista desarrolla una narración vertiginosa, rimada y rítmica mientras el conjunto responde. Escuchada hoy, resulta casi desconcertante. Uno podría colocar debajo una batería de hip hop y apenas habría que modificar el fraseo.


Y todavía hay antecedentes anteriores: el Golden Gate Quartet había grabado una versión de Noah en 1939 con procedimientos semejantes.


No eran raperos.


Como tampoco lo era Miguel Muñiz.


Como tampoco lo es El Barzón.



Pero la historia de la música pocas veces funciona mediante invenciones surgidas de la nada. Los géneros nuevos suelen construir su casa con ladrillos antiquísimos.


El rap hizo de la palabra rítmica una de las grandes expresiones musicales de nuestro tiempo, pero la humanidad llevaba siglos hablando musicalmente.


El pregonero.


El sacerdote.


El griot africano.


El corridista.


El juglar.


El vendedor callejero.


El poeta.


Todos sabían algo que después volveríamos a descubrir: una frase posee ritmo antes incluso de poseer melodía.


En México tenemos otro ejemplo formidable, aunque muchísimo posterior: Chilanga Banda, de Jaime López. Allí el idioma mismo se vuelve percusión. Las palabras chocan, se contraen, inventan una Ciudad de México lingüística en la que entender el significado completo casi deja de ser necesario. Primero aparece el ritmo. Después viene el sentido.


El Barzón trabaja de otra manera, pero comparte esa extraordinaria conciencia de la prosodia.


Y todo ello está al servicio de una historia terrible.


Porque detrás de su gracia narrativa hay explotación.


El campesino termina la cosecha y aparece el patrón.


Hace cuentas.


Suma.


Resta.


Cobra.


La renta de los bueyes.


Lo que se tomó de la tienda.


Una cosa.


Otra.


Y otra.


El resultado siempre es el mismo: después de trabajar la tierra durante meses, el campesino continúa debiendo.


Es una maquinaria económica perfecta.


Perfecta para el patrón.


La tienda de la hacienda se convierte en instrumento de deuda perpetua. El trabajador produce, pero aquello que produce apenas alcanza para pagar lo que supuestamente debe. Y como nunca termina de pagar, tiene que volver a trabajar.


El círculo se cierra.


La deuda produce trabajo.


El trabajo produce deuda.


Y otra vez.


Y otra vez.



¿No es extraordinario que una canción popular sea capaz de explicar un sistema económico completo sin necesidad de utilizar una sola palabra académica?


Eso también es inteligencia musical.


Eso también es literatura.


Después aparece uno de los personajes más interesantes de la canción: la mujer.


El campesino llega a casa derrotado. El patrón se ha llevado prácticamente todo.


Y ella entiende inmediatamente lo que está ocurriendo.


No necesita estudiar economía política.


Le basta mirar los pantalones rotos, la falta de comida, los niños.


Ella dice, esencialmente: basta.


Deja de trabajar para ese hombre.


Métete con los agraristas.


Ve con el comité.


Pide tierra.


Otros ya lo hicieron.


Aquí aparece claramente el México posrevolucionario.


La Revolución todavía está caliente.


No es una fotografía sepia.


Es presente.


La reforma agraria comienza a entrar en el imaginario campesino no como teoría constitucional, sino como posibilidad concreta:


tener tierra propia.


Y entonces la canción cambia.


El hombre que al principio trabaja para otro termina sembrando su propia parcela.


Ese cambio es fundamental porque transforma completamente el sentido del estribillo.


Al principio:


se rompe el barzón y la yunta sigue andando.


Parece resignación.


Hay que continuar.


No importa cuánto duela.


No importa cuánto debamos.


No importa cuánto nos quiten.


Seguimos.


Pero hacia el final de la canción esa misma frase comienza a significar otra cosa.


Ya no es resignación.


Es resistencia.


Y ahí está, para mí, una de las genialidades de El Barzón.


Una misma imagen cambia de significado conforme cambia el personaje.


El barzón, por cierto, es una tira de cuero crudo que une el yugo con el timón del arado. El yugo es el que mantiene unidos a los animales; el barzón transmite esa fuerza hacia el instrumento que abre la tierra.


Por eso la metáfora resulta incluso más hermosa de lo que parece.


Se rompe la transmisión.


Algo falla entre la fuerza y la tierra.


La maquinaria debería detenerse.


Pero no.


La yunta sigue andando.


¿Cuántas veces hemos vivido exactamente eso?


Se rompe algo.


Una relación.


Un proyecto.


Un trabajo.


Una certeza.


Una economía.


Una época.


Y seguimos andando.


Quizá por eso El Barzón sobrevivió a las circunstancias políticas que le dieron origen. Porque dejó de hablar solamente del campesino endeudado frente al hacendado.


Terminó hablando de nosotros.


Hay otra interpretación que siempre me ha parecido formidable: la de Ignacio López Tarso.


López Tarso no necesitaba cantar.


Tenía algo quizá todavía más apropiado para esta obra: sabía decir.


Su extraordinaria tradición como declamador de corridos le permitía convertir El Barzón prácticamente en teatro. Cada personaje aparece. El campesino, el patrón, la mujer. Las inflexiones cambian. Los silencios se vuelven dramaturgia.


Su versión confirma precisamente lo que me interesa de esta pieza: El Barzón puede sobrevivir incluso cuando la melodía se reduce porque su arquitectura rítmica está dentro del lenguaje.


No cualquiera puede hacerlo.


Hay canciones habladas que parecen fáciles hasta que uno intenta decirlas.


Entonces descubrimos que existe una métrica invisible.


Hay que caer exactamente en cierto lugar.


Respirar antes de determinada palabra.


Acelerar una frase.


Retener otra.


Dejar que la consonante haga el golpe.


Eso es fraseo.


Un cantante lo sabe.


Un actor lo sabe.


Un rapero también.


Pero sigo regresando a Luis Pérez Meza.


Tal vez porque allí escucho tierra.


Su voz no intenta convertirse en personaje campesino.


Lo es sonoramente.


Tiene esa nasalidad de buena parte del canto ranchero antiguo, esa emisión franca, casi áspera, anterior a la obsesión contemporánea por pulir digitalmente cada imperfección.


Y El Barzón necesita imperfecciones.


Necesita polvo.


Necesita que casi podamos escuchar el cuero tensándose.


Existen muchas versiones —Amparo Ochoa realizó también una interpretación memorable— y cada generación parece descubrir nuevamente la canción. No me extraña. Las obras verdaderamente populares poseen esa cualidad: pueden cambiar de intérprete sin perder identidad.



Pero hay algo todavía más profundo.


Estamos frente a una canción compuesta hace aproximadamente un siglo que contiene simultáneamente poesía popular, crónica social, memoria agraria, humor, denuncia económica, teatro oral y una manera de organizar rítmicamente la palabra que, escuchada desde nuestro presente, inevitablemente nos hace pensar en procedimientos que después asociaríamos al rap.


No significa que México inventara el rap.


No necesitamos semejante exageración para reconocer la importancia de la pieza.


Significa algo mucho más interesante:


que el ritmo hablado no pertenece a ninguna época.


Aparece cuando una comunidad necesita contar algo y la melodía ya no basta.


Entonces las palabras comienzan a golpear.


Una detrás de otra.


Como azadón contra tierra.


Como pezuña sobre camino.


Como sílaba contra pulso.


Y quizá ahí esté lo más incómodo de El Barzón: que después de más de un siglo seguimos entendiéndolo demasiado bien. Cambiaron las haciendas, desaparecieron las tiendas de raya y ya casi nadie sabe cómo se coloca un barzón, pero ciertos mecanismos del poder poseen una extraordinaria capacidad para cambiar de ropa sin cambiar de costumbres. México atraviesa tiempos de inseguridad, precariedad, incertidumbre y una peligrosa normalización de la mentira como instrumento del discurso público; mientras tanto, la pobreza continúa siendo administrada demasiadas veces no para desaparecerla, sino para convertirla en dependencia. El viejo hacendado necesitaba al peón endeudado porque un hombre que nunca termina de pagar tampoco termina de ser libre. Hoy las deudas pueden llamarse de otra manera y las coyundas pueden ser invisibles, pero la advertencia permanece. Por eso El Barzón no debería escucharse únicamente como una canción de resistencia —“se me reventó el barzón y sigue la yunta andando”—, porque seguir andando, por sí solo, no basta. También hay que mirar quién conduce la yunta, hacia dónde abre el surco y para quién será finalmente la cosecha. Mañana será otro día, sí. Habrá que levantarse, sacudirse el polvo y continuar. Pero llega un momento en que la dignidad exige algo más que resistir: exige abrir los ojos, reconocer el camino y decidir hacia dónde queremos llevar nuestros propios pasos. Porque quizá la verdadera enseñanza de aquella vieja canción no sea aprender a soportar eternamente que se reviente el barzón, sino comprender que algún día habrá que dejar de arar la tierra de otros.


Y quizá por eso, más de cien años después, aquella frase sigue teniendo una fuerza extraordinaria.


Se rompió el barzón.


Se rompió el instrumento.


Se rompió el sistema.


Se rompió incluso la obediencia.


Pero la historia no se detuvo.


Siguió la yunta andando. 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

CERO Y VAN TRES. El Show de Zarvany celebra tres años al aire combinando música, información y entretenimiento

 

Tres años pueden parecer poco tiempo en el universo de la radio, pero detrás de cada emisión existen cientos de horas de micrófono abierto, historias compartidas, canciones, información y, sobre todo, la compañía de una audiencia que ha hecho suyo un espacio radiofónico. El Show de Zarvany está de fiesta: cumple tres años de transmisiones y lo hace consolidándose como una propuesta que apuesta por la cercanía y el entretenimiento.

Al frente del programa se encuentra Zarvany Yañez, quien durante este recorrido ha construido una manera muy particular de comunicarse con sus radioescuchas. Su voz y estilo son también resultado de una trayectoria que le ha permitido adquirir experiencia en los medios de comunicación, tanto al trabajar en otro grupo radiofónico como en la televisión, experiencias que han contribuido a forjar su personalidad frente al micrófono y su capacidad para desenvolverse ante las cámaras.

Esa experiencia acumulada se refleja en El Show de Zarvany, donde la conducción combina naturalidad, información y entretenimiento. Zarvany conoce los códigos de la radio y la televisión y los lleva a un espacio en el que la comunicación con la audiencia ocupa un lugar fundamental.


La cita es a las 2 de la tarde, horario en el que comienza un recorrido que combina tres ingredientes fundamentales de la radio: música, información y entretenimiento. Una fórmula que permite que cada emisión tenga su propia personalidad, pero que mantiene intacto el objetivo principal: acompañar al público y ofrecerle un momento agradable en medio de las actividades del día.

Durante estos tres años, El Show de Zarvany ha logrado convertirse en un punto de encuentro entre el micrófono y la audiencia. Porque hacer radio no consiste únicamente en hablar frente a un micrófono o colocar canciones al aire; significa establecer una conversación permanente con quienes están del otro lado del receptor, conocer sus gustos, compartir sus inquietudes y formar parte de sus rutinas.

La música ocupa, por supuesto, un lugar esencial dentro del programa, pero no está sola. La información aporta actualidad y contexto, mientras que el entretenimiento se encarga de darle ese toque relajado y ameno que caracteriza al espacio. Todo ello bajo la conducción de Zarvany Yañez, quien ha hecho de la espontaneidad y la comunicación directa herramientas para mantener el vínculo con su público.

Tres años también representan una oportunidad para mirar hacia atrás y reconocer el camino recorrido. Cada programa transmitido forma parte de una historia que se escribe diariamente y que tiene como protagonistas tanto a quien conduce como a quienes escuchan.

Cero y van tres. Tres años de historias, música, información, ocurrencias, entretenimiento y muchas horas compartidas a través de la radio. Tres años en los que El Show de Zarvany ha demostrado que, en una época dominada por las plataformas digitales y las nuevas formas de consumo de contenidos, la radio conserva algo que difícilmente puede sustituirse: la capacidad de acompañar, de conversar y de hacer sentir al escucha que alguien está ahí, del otro lado del micrófono.

Y mientras llega el momento de soplar las tres velitas, la invitación permanece abierta: de lunes a viernes, a las 2 de la tarde, la frecuencia 96.9 FM tiene una cita con su audiencia.

Porque después de tres años, la historia apenas comienza.

¡Cero y van tres! ¡Larga vida a El Show de Zarvany!

jueves, 27 de agosto de 2026

Una canción con muchas vidas : Noventa años de un viaje sonoro



Por Aldo Rodríguez


Hay canciones que pertenecen a una época. Nacen, cumplen su cometido, acompañan algunos amores, algunas fiestas, quizá algún desencanto, y después se quedan ahí, detenidas en una fotografía sonora del tiempo. Pero existen otras —muy pocas— que parecen negarse a envejecer. Cambian de idioma, de país, de intérprete, de ritmo; se visten de tango, de vals, de canción francesa, de bolero, de cumbia, de flamenco o de electrónica. Desaparecen durante algunos años y, cuando creemos que pertenecen definitivamente al pasado, regresan.


A veces regresan de la manera más insospechada: en una película, en TikTok, en unos Juegos Olímpicos.


Eso ha ocurrido con Que nadie sepa mi sufrir, una canción que en 2026 cumple noventa años y cuya historia es, en realidad, una pequeña demostración del extraño poder de supervivencia de la música.


Fue escrita en 1936 por dos argentinos: Ángel Cabral, autor de la música, y Enrique Dizeo, responsable de la letra. Y aquí comienza el primer misterio. Porque sabemos quiénes la escribieron, pero no sabemos exactamente cómo sonó aquella primera canción.


La tradición señala a Hugo del Carril como su primer intérprete, pero no conservamos una grabación que nos permita escuchar ese momento inaugural. Es curioso: una de las melodías más reconocibles del siglo XX tiene, en cierto sentido, un nacimiento sin fotografía. Conocemos a sus padres, conocemos el año, conocemos la partitura, pero su primera voz se ha perdido.


Y quizá eso la hace todavía más fascinante.


Porque desde muy temprano la canción comenzó a cambiar de piel.


Aunque sus autores eran argentinos, Que nadie sepa mi sufrir fue concebida como un vals de aire peruano. Ese dato es importante porque desde su nacimiento la obra lleva dentro una cierta condición mestiza: no parece interesarle demasiado la frontera. Es argentina y mira hacia Perú; después viajará a Francia; más tarde recorrerá América Latina, Europa y finalmente ese territorio sin geografía que llamamos internet.


La primera grabación importante que ha llegado hasta nosotros es la de Alberto Castillo, de 1953. Y allí la canción ya no es exactamente aquella criatura de 1936. Castillo la acelera, la acerca al temperamento del tango, introduce ese fraseo porteño inconfundible, y el piano y el acordeón le dan otra musculatura.


Entonces ocurre uno de esos encuentros que modifican silenciosamente la historia de una canción.


Édith Piaf escucha a Alberto Castillo en Buenos Aires.


Imaginemos por un instante la escena. Piaf, una de las grandes voces de Francia, escucha una melodía sudamericana escrita casi veinte años antes. No necesita comprenderla como la comprendería un argentino o un peruano. La música ya ha hecho su trabajo. Algo en aquella melodía atraviesa el idioma.


Piaf se la lleva consigo.


Y en París la canción vuelve a nacer.


Se convierte en La Foule.



Pero Piaf no hizo una simple traducción de Que nadie sepa mi sufrir. Hizo algo mucho más interesante: la transformó dramáticamente. La letra francesa cuenta otra historia. Ya no estamos exactamente frente al hombre herido que intenta ocultar su sufrimiento por orgullo:


Amor de mis amores,

si dejaste de quererme,

no hay cuidado…


Ahora estamos dentro de una multitud.


Una mujer es empujada por la gente durante una fiesta. La multitud la arroja inesperadamente hacia un hombre. Se miran. Se encuentran. Se enamoran casi en un instante. Pero esa misma multitud que los reunió continúa avanzando y termina separándolos.


La foule.


La multitud.


Qué imagen tan extraordinaria: aquello que te entrega el amor es exactamente aquello que después te lo arrebata.


Y la música participa del drama. Piaf comienza casi suspendiendo el tiempo y después el vals se acelera. El pulso empieza a empujar. Uno siente físicamente esa masa humana moviéndose, arrastrando los cuerpos, juntándolos, separándolos. La canción deja de ser únicamente una melodía acompañada: se convierte casi en una pequeña escena teatral.


Entonces sucede algo todavía más curioso. La Foule alcanza tal dimensión internacional que millones de personas terminan creyendo que la canción es francesa.


Una canción argentina, concebida como vals peruano, termina convertida en emblema de Édith Piaf.


Maravilloso.


Pero el viaje apenas comenzaba.



Durante las décadas siguientes, Que nadie sepa mi sufrir empezó a multiplicarse. La cantaron Los Tres Reyes, María Dolores Pradera, Raphael, Julio Jaramillo, Julio Iglesias, Los Lobos, José Feliciano, Plácido Domingo, los Gipsy Kings y muchos otros. Incluso músicos provenientes de universos aparentemente alejados de esta tradición, como Wynton Marsalis, se han acercado a ella.


Y cada versión descubre una canción distinta.


Eso me parece particularmente interesante porque nos obliga a preguntarnos algo: ¿dónde vive realmente una canción?


¿En la partitura?


¿En la primera grabación?


¿En la letra?


¿En la memoria de quienes la escucharon?


¿O en todas sus transformaciones?


La versión de Julio Jaramillo, por ejemplo, devuelve la pieza hacia una sensibilidad más íntima, cercana al vals latinoamericano. Las guitarras respiran de otra manera y la melodía parece confesarse al oído. En cambio, cuando la Sonora Dinamita se apropia de ella, ocurre una metamorfosis casi insolente: el sufrimiento amoroso entra en la cumbia y termina convertido en celebración colectiva.


Uno puede estar cantando que le rompieron el corazón mientras baila.


Y eso, aunque parezca una contradicción, es profundamente latinoamericano.


Después llegaron otras voces, otros arreglos, otros países, otros idiomas. Italiano, holandés, sueco, finlandés, noruego, hebreo… La canción comenzó a comportarse como esos relatos antiquísimos que atraviesan culturas y van modificándose cada vez que alguien vuelve a contarlos.


Hasta que llegamos al siglo XXI.


En 2022, el compositor y productor Richard Carter tomó la grabación asociada a Piaf y construyó Le Monde, utilizada en la película Talk to Me. Ya no necesitó conservar la canción completa. Le bastaron fragmentos, memoria, textura. El viejo vals entró entonces en el lenguaje del sample, de la manipulación electrónica y del hip hop.



Pensemos en la distancia.


Un vals.


Alberto Castillo.


Después París.


Piaf.


El acordeón.


La orquesta.


Décadas de boleros, tríos, cantantes populares, flamenco, jazz, cumbia.


Y finalmente una computadora.


Pero la melodía continúa ahí.


Reconocible.


Casi intacta en su identidad profunda.


Las redes sociales hicieron el resto. Una generación que quizá jamás había comprado un disco de Édith Piaf comenzó a utilizar aquella música en videos de unos cuantos segundos. TikTok produjo algo que los historiadores de la música todavía tendremos que estudiar con mucho cuidado: el algoritmo se ha convertido también en una máquina de resurrección musical.


Una canción puede dormir cuarenta años y despertar una mañana frente a millones de adolescentes.


Y después vino París.


Durante los Juegos Olímpicos de 2024, la música de Piaf volvió a ocupar un lugar privilegiado dentro del imaginario francés. Su repertorio apareció nuevamente asociado a París, a sus calles, a esa Francia construida también mediante canciones. Y con ello regresó La Foule, impulsada además por las redes sociales y por una nueva generación que comenzó a descubrirla como si acabara de ser escrita.


Pero no.


Detrás de esa canción viral hay noventa años de historia.


Y allí está, creo, lo verdaderamente extraordinario.


Porque Que nadie sepa mi sufrir demuestra que una canción no necesariamente es un objeto terminado. Puede ser un organismo vivo. Puede viajar. Puede contaminarse —en el mejor sentido de la palabra—, aprender otros idiomas, adoptar otros ritmos, perder instrumentos, ganar orquestas, convertirse en cumbia, entrar al jazz y terminar convertida en materia prima para la electrónica.


La música posee esa maravillosa condición camaleónica.


Una pintura de 1936 seguirá siendo físicamente la misma pintura. Podemos cambiar su marco o colocarla en otro museo, pero la obra permanece allí. La música, en cambio, necesita volver a ocurrir.


Y cada vez que ocurre, cambia.


Quizá ésa sea una de sus mayores grandezas.


No conservamos la voz original de 1936. Ese primer sonido se perdió. Pero, paradójicamente, la canción sobrevivió precisamente porque otros se atrevieron a modificarla. Castillo no la dejó intacta. Piaf tampoco. Jaramillo tampoco. La Sonora Dinamita mucho menos. Richard Carter tomó de ella lo que necesitaba para construir otra cosa.


Y, sin embargo, seguimos reconociéndola.


Hay algo allí que permanece.


Una pequeña secuencia melódica capaz de sobrevivir al cambio de idioma, de instrumentación, de tecnología y hasta de función social. Lo que alguna vez pudo escucharse en una radio de bulbos terminó sonando desde un teléfono celular; lo que perteneció al disco de 78 revoluciones terminó convertido en sample digital.


Noventa años después, millones de personas continúan escuchando aquella melodía.


Muchos creen escuchar a Piaf.


Otros recuerdan a Julio Jaramillo.


Alguien pensará en Alberto Castillo.


Otros bailarán la cumbia sin preguntarse quién demonios fue Ángel Cabral.


Y probablemente eso tampoco importe demasiado.


Porque hay un momento en la vida de ciertas canciones en que dejan de pertenecer completamente a sus autores y comienzan a pertenecer a la memoria colectiva.


Entonces viajan solas.


Cambian de pasaporte.


Cambian de ropa.


Cambian de siglo.


Y siguen caminando.


Que nadie sepa mi sufrir, La Foule, Le Monde…


Tres nombres para una melodía que ha atravesado valses, tangos, boleros, chanson française, cumbias, guitarras, acordeones, orquestas, películas, algoritmos y redes sociales.


Tal vez dentro de cincuenta años alguien vuelva a encontrarla y haga con ella algo que hoy ni siquiera podemos imaginar.


Y volverá a parecernos nueva.


Ese es el poder de la música.


Puede cambiarlo prácticamente todo para seguir siendo, misteriosamente, ella misma.

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