sábado, 11 de abril de 2026

Víctor Alcocer: la voz que aún resuena en la memoria



En una época en la que la radio era compañía fiel en los hogares y la televisión comenzaba a conquistar miradas, surgieron voces que no solo narraban historias… las habitaban. Una de ellas fue la de Víctor Alcocer, un talento yucateco cuya presencia sonora marcó a generaciones enteras sin necesidad de aparecer frente a cámaras.

Hablar de Alcocer es evocar ese timbre inconfundible que, con elegancia y carácter, daba vida a personajes entrañables del doblaje clásico en México. Su voz, firme pero cercana, tenía la capacidad de convertir cualquier diálogo en una experiencia memorable. En aquellos años dorados del doblaje —cuando México se consolidaba como referente en toda América Latina—, su trabajo se volvió parte del paisaje emocional de la audiencia.

Aunque tuvo participaciones en el cine y en la televisión, destacó más en el campo del doblaje, poniendo voz a personajes memorables. Sus interpretaciones más recordadas son las del Oficial Matute en Don Gato y su Pandilla, donde su voz imprimía autoridad con un toque entrañable, y la del detective Theo Kojak en Kojak, a quien dotó de una personalidad fuerte, sobria y perfectamente matizada para el público latino.



Muchos lo recuerdan sin saber su nombre. Esa es la magia —y también la paradoja— del doblaje: artistas que viven en la memoria colectiva, aunque sus rostros permanezcan en segundo plano. Víctor Alcocer fue uno de esos casos. Su voz acompañó tardes de caricaturas, películas familiares y programas que hoy evocan una nostalgia casi tangible.

Pero su historia no se limita al doblaje. Alcocer también fue locutor, un hombre de micrófono en toda la extensión de la palabra. De esos que entendían el poder de la pausa, la intención detrás de cada frase, el arte de comunicar más allá de lo evidente. En cabina, su voz no solo informaba o entretenía: conectaba.

Originario de Yucatán, llevó consigo ese sello distintivo del sureste mexicano: calidez, cadencia y una identidad profundamente arraigada. Su carrera se desarrolló en una etapa donde la disciplina, el rigor y la pasión eran esenciales para destacar en un medio altamente competitivo.



El 2 de octubre de 1984, Víctor Alcocer dejó de existir, pero su voz —esa que tantas historias contó— no se apagó con su partida. Por el contrario, encontró una forma distinta de permanecer: en la memoria auditiva de quienes crecieron escuchándolo, en cada retransmisión, en cada evocación.

Hoy, en tiempos donde las voces digitales y la inmediatez dominan, recordar a Víctor Alcocer es hacer una pausa necesaria. Es volver a una era donde cada palabra tenía peso, donde las voces se entrenaban con paciencia y donde el talento encontraba su lugar a base de constancia.

Su legado permanece vivo en cada repetición, en cada archivo rescatado, en cada recuerdo que alguien comparte al reconocer aquella voz que parecía hablarle directamente al corazón.

Porque hay voces que se escuchan…
y otras, como la de Víctor Alcocer, que simplemente se quedan para siempre.

RECRODANDO A GILBERTO CASTRO

 

                                           

                                                   Foto cortesía de Miguel Alonso Rivera

La comunicación en Sinaloa pierde hoy a una de sus figuras más emblemáticas. El fallecimiento de Gilberto Castro Arenas deja un vacío difícil de llenar en el ámbito periodístico y televisivo, donde su presencia, estilo y compromiso con la información marcaron a generaciones enteras.

Oriundo de Rosamorada, Castro Arenas llevó siempre consigo el orgullo de sus raíces sinaloenses, mismas que influyeron en su cercanía con la gente y en su sensibilidad para abordar los temas de interés social.

Con una trayectoria sólida y respetada, se distinguió por su profesionalismo, su capacidad analítica y su cercanía con la audiencia. No fue solamente un comunicador: fue un referente de credibilidad en tiempos donde la información exige cada vez mayor responsabilidad. Su trabajo trascendió los micrófonos y las cámaras, convirtiéndose en un punto de encuentro entre la noticia y la sociedad.

Uno de los capítulos más significativos de su carrera fue su paso por Canal 3, hoy conocido como TVP, donde laboró durante aproximadamente 25 años. En esa pantalla consolidó su estilo, formó audiencias y dejó una huella imborrable en la televisión regional.

Asimismo, durante muchos años se desempeñó como corresponsal de Televisa, desde donde proyectó la realidad sinaloense a nivel nacional, consolidándose como una voz confiable y respetada más allá del ámbito local.

Durante décadas, su presencia en medios fue sinónimo de confianza. Su estilo directo, sin artificios, pero profundamente humano, le permitió conectar con públicos diversos. Supo informar, pero también interpretar la realidad, contextualizar los hechos y dar voz a quienes pocas veces la tenían.

Colegas y televidentes coinciden en que su legado va más allá de sus programas. Fue formador de nuevas generaciones, mentor de jóvenes periodistas y ejemplo constante de ética profesional. En un entorno mediático en constante transformación, Gilberto Castro Arenas se mantuvo fiel a los principios fundamentales del periodismo: veracidad, equilibrio y responsabilidad social.

La noticia de su fallecimiento fue dada a conocer por el periodista Miguel Alonso Rivera, colega y amigo personal del comunicador, lo que generó una inmediata reacción de pesar en el gremio y entre la audiencia que durante años siguió su trayectoria.

Su partida ha provocado múltiples muestras de reconocimiento, donde se le recuerda no solo como un gran comunicador, sino como un ser humano íntegro, generoso y apasionado por su labor.

Hoy, su voz se apaga, pero su legado permanece. En cada historia bien contada, en cada espacio informativo ejercido con responsabilidad, y en cada periodista comprometido con la verdad, habrá siempre un eco de lo que representó Gilberto Castro Arenas.

Descanse en paz.

*Living on Video: cuando el sintetizador aprendió a bailar*



**Por Aldo Rodríguez**


Hay piezas que pertenecen a su época.

Y hay otras —muy pocas— que terminan definiéndola.


Living on Video, de *Trans-X, pertenece a esta segunda categoría. Publicada originalmente en **1983* por el productor y músico canadiense *Pascal Languirand*, la canción acaba de cruzar el umbral de las cuatro décadas y media de vida. Y sin embargo —curioso misterio del sonido— sigue respirando como si hubiera sido compuesta ayer.


Hay algo en su ADN sonoro que no envejece.

Tal vez porque nació justo en el punto exacto donde la tecnología, la imaginación y la pista de baile se encontraron.


Y cuando eso ocurre… el tiempo se vuelve elástico.


El eco de las máquinas


Para entender Living on Video hay que regresar mentalmente a principios de los años ochenta.


El mundo musical estaba atravesando una transformación profunda. Los sintetizadores —que en los setenta aún eran herramientas costosas y casi esotéricas— empezaban a colonizar el territorio del pop. En Alemania, *Kraftwerk* había abierto la puerta con una estética radicalmente nueva: música construida desde circuitos, secuencias y pulsos mecánicos.


En 1981 publicaron *Computer World, un disco que parecía anunciar el siglo XXI antes de que llegara. Allí aparecía una pequeña joya minimalista llamada **Pocket Calculator*: una melodía juguetona, electrónica, casi infantil, que sugería algo revolucionario.


Que la máquina también podía cantar.


Pascal Languirand escuchó ese universo… y decidió llevarlo a otro lugar.


Un laboratorio electrónico



Living on Video nació en Montreal, en una escena electrónica todavía emergente. Languirand no buscaba simplemente hacer música bailable. Su intuición iba más lejos: crear una pieza donde la tecnología fuera protagonista, casi un personaje.


Para ello utilizó algunos de los sintetizadores emblemáticos de la época:


* *Roland Jupiter-8*

* *Roland TB-303*

* *Roland TR-808*


Hoy estos nombres son casi mitológicos dentro de la historia de la música electrónica. Pero en aquel momento eran simplemente herramientas nuevas, experimentales, todavía sin un lenguaje completamente definido.



Lo fascinante es cómo Languirand combinó esos instrumentos.


El bajo secuenciado —hipnótico, casi matemático— sostiene toda la arquitectura de la canción. Sobre él flotan esas famosas *“strings” sintéticas*, uno de los timbres más reconocibles de los primeros sintetizadores polifónicos. No intentaban imitar a una orquesta real: eran otra cosa, un nuevo tipo de cuerda, hecha de electricidad.


Y luego está la voz.


Procesada, distante, casi robótica.


Como si el cantante ya estuviera viviendo dentro de la pantalla.


Una canción sobre el futuro


El título no era casual.


Living on Video hablaba, en 1983, de algo que hoy nos parece cotidiano: vivir dentro de la imagen, dentro de los medios, dentro de las pantallas.


En aquel momento MTV apenas estaba naciendo. El videoclip comenzaba a redefinir la relación entre música y visualidad. Languirand lo intuyó antes de que se volviera evidente.


La canción no solo sonaba futurista.


*Pensaba el futuro.*


“Give me light, give me action…”


La frase parece un manifiesto tecnológico.


De los clubes al ADN del pop


El impacto fue inmediato. La canción conquistó discotecas en Europa, América Latina y Japón. Se convirtió en uno de los himnos del *electro-pop* y del *Hi-NRG*, géneros que dominarían las pistas de baile durante buena parte de la década.


Pero su influencia fue más profunda de lo que suele reconocerse.


Ese tipo de texturas electrónicas —las secuencias, los bajos sintéticos, las capas de pads— terminaron filtrándose en el rock y el pop mainstream. Incluso bandas aparentemente lejanas al dance comenzaron a experimentar con sintetizadores.


En pocos años escucharíamos esos colores electrónicos en producciones de artistas tan distintos como *Van Halen, **Depeche Mode* o *New Order*.


Los sintetizadores ya no eran una curiosidad.


Eran el nuevo idioma.


El secreto de su permanencia


Hay canciones que funcionan solo en la pista de baile. Cuando se apaga la moda, desaparecen.


Living on Video no.


¿Por qué?


Creo que la respuesta está en su arquitectura sonora.


La pieza tiene algo casi *minimalista*: un motivo rítmico claro, una progresión sencilla, un bajo obsesivo que avanza como una máquina perfecta. Es música construida con una lógica casi matemática —algo que, curiosamente, conecta con la tradición electrónica alemana.


Pero sobre esa estructura fría aparece una emoción inesperada: la fascinación humana por la tecnología.



Ese momento histórico en que las máquinas dejaron de ser herramientas… para convertirse en compañeros creativos.


La nostalgia del futuro


Escuchar hoy Living on Video produce una sensación curiosa.


No es nostalgia del pasado.


Es nostalgia del *futuro que imaginaban los ochenta*.


Un futuro lleno de neones, pantallas, sintetizadores brillantes y optimismo tecnológico.


Y quizá por eso sigue funcionando. Porque cada generación redescubre en ella esa promesa: que la música puede reinventarse cada vez que aparece una nueva máquina.


O mejor dicho…


cada vez que alguien se atreve a preguntarle a una máquina qué música quiere hacer.


Y a escuchar la respuesta.

domingo, 5 de abril de 2026

Cuando Paul Simon se convirtió en “Al”: la historia improbable de un clásico



Por Aldo Rodríguez


A veces las canciones nacen de un lugar solemne: una idea musical poderosa, un momento histórico, una emoción profunda. Pero otras veces —y quizá son las más fascinantes— nacen de algo mucho más humano: un pequeño error, una anécdota trivial, una confusión que se queda dando vueltas en la memoria como una broma privada.


Así ocurrió con “You Can Call Me Al”, una de esas piezas que parecen ligeras en la superficie, pero que esconden un curioso retrato del desconcierto humano.


La historia comienza lejos del estudio de grabación. En una reunión social, el gran compositor y director francés Pierre Boulez presentó a Paul Simon y a su esposa con los nombres equivocados: “Al” y “Betty”. Un lapsus. Nada más. Una de esas equivocaciones que normalmente se olvidan en cuestión de minutos.



Pero Simon no era el tipo de artista que deja escapar esas pequeñas rarezas de la vida cotidiana. Algo en aquel error le pareció irresistible, casi poético. Y como suele ocurrir con los buenos compositores, guardó la anécdota en ese cajón secreto donde se acumulan las ideas… hasta que años después encontró su lugar perfecto.


Ese lugar fue el álbum Graceland, publicado en 1986, una obra que cambió la forma en que el pop occidental dialogaba con las músicas africanas. En ese disco lleno de ritmos vibrantes y exploraciones sonoras aparece una canción distinta, juguetona, casi traviesa: You Can Call Me Al.


Detrás de su energía contagiosa se esconde algo muy humano: la voz de un hombre de mediana edad que se pregunta, con una mezcla de ironía y desconcierto, en qué momento su vida se volvió tan extraña.



Why am I soft in the middle when the rest of my life is so hard?


No es una tragedia existencial. Es más bien una sonrisa melancólica frente al espejo del tiempo.


La canción ya tenía todos los ingredientes para destacar: un ritmo africano irresistible, un bajo memorable —con ese famoso solo invertido que los músicos siguen comentando— y una letra que mezcla humor con una ligera sensación de extravío. Pero lo que terminó de convertirla en un fenómeno mundial fue su video musical.


En él aparece el actor Chevy Chase haciendo un playback exuberante mientras Simon permanece casi en silencio a su lado, como si observara con cierta incredulidad el espectáculo de su propia canción. El contraste es hilarante. Y cuando MTV comenzó a transmitirlo sin descanso, el resultado fue inevitable: el tema se volvió un éxito global.


Lo curioso es que, detrás de ese éxito, sigue latiendo la misma chispa que lo originó: un simple malentendido en una fiesta.


A veces la música funciona así. Una palabra mal dicha, una broma que nadie planeó, un instante aparentemente trivial… y de pronto aparece una canción que termina acompañando a millones de personas durante décadas.


No está nada mal para una noche en la que alguien confundió dos nombres.


Y, al final, tal vez ahí esté la verdadera magia de la música: en su capacidad de transformar lo cotidiano en algo inolvidable.


jueves, 2 de abril de 2026

*Fronteras de viento y memoria: “On the Border”, el latido oculto de *The Year of the Cat**

 

Por Aldo Rodríguez

Hay canciones que no se presentan como protagonistas, pero terminan habitando nuestra memoria con una persistencia casi secreta. Así me ocurrió con On the Border, una de esas piezas que, desde la primera escucha —cuando apenas tenía diez años— me dejó una sensación enigmática, como si estuviera mirando un mapa antiguo donde las rutas se dibujan con arena y luz. Mientras todos volteaban hacia la perfección indiscutible de The Year of the Cat, esta otra canción se abría paso con un pulso distinto, más narrativo, más cinematográfico.


El disco The Year of the Cat apareció en 1976 y hoy cumple medio siglo. Medio siglo… y aún respira como una obra adelantada a su tiempo. En ese universo sonoro, Al Stewart —hoy ya octogenario— demostró algo que pocos compositores logran: convertir la canción popular en una crónica histórica envuelta en poesía.


Desde los primeros compases, On the Border construye un paisaje. Ese ostinato de bajo incisivo no es un simple recurso rítmico; es una carretera que avanza sin detenerse. Sobre él se posa una guitarra acústica que inmediatamente nos traslada a la península ibérica, como si el aire trajera polvo del sur y ecos de historias antiguas. Hay una intención casi geográfica en la música: el oyente no sólo escucha, viaja.



Un relato entre sombras políticas y paisajes abiertos


La letra narra un desplazamiento físico, sí, pero también un tránsito interior. El protagonista parece cruzar territorios donde la frontera no es únicamente un límite geográfico, sino una zona cargada de tensión histórica. La canción evoca España en un momento aún marcado por los ecos del pasado reciente, mientras soplan los vientos del norte de África como símbolo de lo incierto, de lo extranjero que siempre ha estado ahí, al otro lado del mar.


No se trata de una postal turística. Stewart dibuja un escenario donde conviven espionaje, secretos y un leve aroma de peligro. Hay referencias veladas a contextos políticos, a movimientos clandestinos, a personajes que observan desde la distancia. Y sin embargo, la canción nunca se vuelve pesada; mantiene esa elegancia narrativa que caracteriza al compositor escocés. Es como si camináramos por una ciudad fronteriza al atardecer, sabiendo que cada esquina guarda una historia que no termina de revelarse.


Lo fascinante es que la música sostiene ese misterio. La melodía, hecha a la medida de la voz de Stewart, avanza con una cadencia casi hipnótica. No hay excesos vocales, no hay dramatismo forzado. Todo ocurre en una especie de susurro viajero, como quien cuenta una confidencia mientras observa el horizonte desde la ventanilla de un tren.



Un lenguaje musical entre continentes


Algo que siempre me ha intrigado de esta pieza es cómo logra fusionar elementos aparentemente lejanos. La base rítmica tiene una energía cercana al rock setentero, pero la guitarra acústica introduce un color mediterráneo que nos remite a las tradiciones ibéricas. Y, en el fondo, hay una sensación de cruce cultural constante: Europa, África, la modernidad urbana y la memoria histórica entrelazadas en tres o cuatro minutos de música.


En ese sentido, On the Border es un ejemplo perfecto de cómo el pop de los años setenta podía ser profundamente literario sin perder accesibilidad. Stewart no sólo canta; narra como un novelista que decide utilizar acordes en lugar de capítulos. ¿No es acaso esa una de las mayores virtudes del disco? Cada canción parece una escena distinta de una película imaginaria.



El arte de contar sin decirlo todo


Lo verdaderamente hermoso de esta obra es su ambigüedad. La letra sugiere más de lo que explica. Hay personajes que pasan, miradas que se cruzan, referencias a rutas y a secretos, pero nunca se ofrece una conclusión definitiva. Esa falta de cierre es, paradójicamente, lo que la vuelve eterna. Como oyentes, completamos el relato con nuestras propias imágenes.


Recuerdo que, siendo niño, no comprendía del todo el trasfondo político ni las alusiones históricas. Sólo percibía el viaje, el viento, la sensación de estar al borde de algo desconocido. Con el paso de los años entendí que esa era precisamente la fuerza de la canción: hablaba de fronteras reales y simbólicas al mismo tiempo. Fronteras entre culturas, entre épocas, entre certezas.



Medio siglo después


Hoy, a cincuenta años de su aparición, On the Border sigue siendo un “garbanzo de libra” dentro de un álbum ya de por sí extraordinario. Tal vez no alcanzó la fama universal de la canción que da título al disco, pero posee una profundidad narrativa que la convierte en una joya silenciosa.


Al Stewart logró aquí una síntesis rara: la elegancia del cantautor británico, la sensibilidad histórica y un imaginario geográfico que trasciende cualquier moda. Escucharla hoy es volver a ese instante donde la música popular se atrevía a dialogar con la literatura, con la política y con la memoria personal del oyente.


Y quizá esa sea la razón por la que, cada vez que regresa ese ostinato inicial, siento que vuelvo a tener diez años. Vuelvo a ese momento en que una canción puede abrir una puerta invisible y decirnos, sin palabras grandilocuentes, que el mundo es más amplio de lo que imaginamos… y que las verdaderas fronteras, al final, siempre están dentro de nosotros.

martes, 31 de marzo de 2026

*El ojo que escucha: *Eye in the Sky y la alquimia sonora de Alan Parsons**


Por Aldo Rodríguez

Hay discos que no solo se escuchan: se habitan. Eye in the Sky pertenece a esa rara estirpe de obras que parecen mirar de regreso al oyente, como si cada pista fuera un espejo simbólico donde el sonido y la conciencia se cruzan en silencio. Cuando pienso en Alan Parsons, inevitablemente recuerdo esa figura casi invisible pero decisiva dentro de la historia de la música popular: el ingeniero que estuvo ahí, en los últimos ecos de los Beatles en Apple, el artesano detrás de la arquitectura sonora de The Dark Side of the Moon, y más tarde el visionario que convirtió su propio proyecto —The Alan Parsons Project— en un laboratorio sonoro que marcó a varias generaciones.


Hablar de Parsons es hablar de precisión técnica y, al mismo tiempo, de una sensibilidad profundamente narrativa. No es casual que su carrera comience desde la ingeniería de audio; su oído se formó entre consolas, cintas magnéticas y decisiones microscópicas que terminaban definiendo la emoción de un álbum entero. Quizá por eso sus discos posteriores no suenan a “banda” en el sentido tradicional, sino a experiencias cuidadosamente diseñadas, casi como instalaciones sonoras antes de que ese término se volviera común. Parsons entendió algo que muchos olvidan: la tecnología no sustituye la intención artística; la revela.


Dentro de esa trayectoria, Eye in the Sky emerge como un punto de equilibrio entre lo accesible y lo enigmático. Publicado a principios de los años ochenta —una década que ya respiraba sintetizadores y un pop cada vez más pulido—, el álbum se mueve entre la sofisticación progresiva heredada de los setenta y una sensibilidad melódica que permitió que canciones como “Eye in the Sky” trascendieran el nicho del rock conceptual para instalarse en la memoria colectiva. Y sin embargo, bajo esa superficie amable, hay un discurso simbólico constante.


La portada misma —el ojo de Ra— no es un simple adorno exótico. Funciona como una declaración estética: la idea de la vigilancia, de la conciencia expandida, de una mirada que todo lo observa. ¿Es espiritualidad? ¿Es psicología? ¿Es una metáfora del propio acto de escuchar? Tal vez las tres cosas a la vez. Parsons y Eric Woolfson —sí, esa voz inconfundible que asociamos con momentos clave del proyecto— construyeron un universo donde cada canción parece dialogar con una noción de introspección. “Don’t Answer Me”, “Games People Play” o “Time” no son únicamente piezas pop bien producidas; son pequeñas cápsulas narrativas sobre la fragilidad humana, el tiempo que se disuelve y las máscaras sociales que adoptamos.


Siempre me ha intrigado cómo este disco logra transmitir una sensación casi ritual sin recurrir a discursos abiertamente metafísicos. Hay un misticismo discreto, sugerido más por la atmósfera que por las letras explícitas. La introducción instrumental “Sirius”, por ejemplo, se siente como un portal sonoro: una antesala ceremonial que prepara el oído para entrar en otro estado. Y ahí está la paradoja que define a Parsons: un creador profundamente tecnológico que, sin embargo, construye experiencias sonoras con resonancias espirituales.


Quizá por eso Eye in the Sky sigue vivo más de cuarenta años después. No se trata solo de nostalgia; se trata de una estética que anticipó muchas cosas. Hoy hablamos de sonido inmersivo, de producción conceptual, de discos que funcionan como narrativas completas… pero Parsons ya exploraba ese territorio cuando la industria todavía pensaba en términos de sencillos radiales. Escuchar este álbum ahora es descubrir cómo el estudio de grabación se convirtió en un instrumento filosófico, un espacio donde la ingeniería y la intuición dialogan sin jerarquías.

Alan Parsons, ya octogenario y aún activo, representa una generación que entendió que el progreso tecnológico no debía romper con la sensibilidad humana, sino ampliarla. Tal vez ahí radica la verdadera fuerza de Eye in the Sky: no pretende dar respuestas definitivas, sino abrir preguntas. ¿Quién observa a quién? ¿Somos oyentes pasivos o participantes de un ritual sonoro? ¿Cuántos mensajes permanecen ocultos hasta que decidimos escucharlos de verdad?


Vuelvo al disco y siempre encuentro algo distinto. A veces una textura escondida, a veces un silencio cuidadosamente colocado, a veces la sensación de que el sonido mismo nos está mirando. Y entonces recuerdo que hay obras que no envejecen porque nunca pertenecieron del todo a su tiempo. Eye in the Sky es una de ellas: un ojo abierto en medio del ruido del mundo, recordándonos que escuchar también puede ser una forma de contemplar.


https://youtu.be/56hqrlQxMMI?si=Jq5_UEr6pLvZ5rbg


https://youtu.be/56hqrlQxMMI?si=Jq5_UEr6pLvZ5rbg

viernes, 6 de marzo de 2026

LA NUEVA CARA DE ROMÁNTICA




 En estos tiempos convulsos donde la inteligencia artificial amenaza con deshumanizar la radio, una frecuencia aprendió nuevamente las reglas del juego. Había que renovarse o morir. Dejaron de lado la bohemia para dar paso a la diversión, a un concepto de nostalgia más divertido e innovador, donde tres generaciones podrán recordar con alegría los días felices del ayer. Adiós rolitas de Camilo Sesto. Hola rolitas de Fandango. Porque una emisora nostálgica no tiene porque ser aburrida. Echense este trompo al' uña. 






ROMÁNTICA 89.5 cambia de piel, y tiene por perfil temático los 90, los 2000, y un poquito de los 80. El pasado reciente hecho música. el ensutiasmo de Jonathan Manjarrez, la fescura de Pamela González, la jovialidad de Lorena Romo, y la buena vibra de Javier Ochoa, nos harán pasar momentos de nostalgia y emoción al remontarnos a aquellos tiempos de nuestra juventud. Animación dinámica, buena música, promiciones y sorpresas. Eso es lo que tiene para ti ROMÁNTICA 89.5 FM. Tu lugar de éxitos. 







Conozcamos la nueva cara de ROMÁNTICA, que es más vivaz y chispeante. Sintoniza el 89.5 FM y harás junto con Jonathan, Pamela, Lorena y Javier, un viaje fabuloso por los mejores años de tu vida. Cassettes, pases para un baile, los típicos tenis Converse, fotos y recuerdos. En eso se traduce el lugar de tus éxitos. ¿Dónde más? ROMÁNTICA 89.5 FM. Hoy, coimo ayer y como siempre, ustedes tienen la última palabra. 


Víctor Alcocer: la voz que aún resuena en la memoria

En una época en la que la radio era compañía fiel en los hogares y la televisión comenzaba a conquistar miradas, surgieron voces que no solo...