martes, 14 de julio de 2026

Cuando el absurdo tomó la palabra Ahí está el detalle a 86 años de su estreno


Por Aldo Rodríguez


Este año se cumplen 86 años del estreno de una película que, a mi juicio, no solamente es la más importante en la filmografía de Cantinflas, sino una de las grandes comedias del cine mexicano: Ahí está el detalle.


Tengo un especial afecto por otras películas suyas. Si tuviera que elegir una segunda, probablemente me quedaría con Un día con el diablo, esa deliciosa sátira en la que Cantinflas atraviesa la lógica militar, política y hasta infernal con la naturalidad de quien entra por equivocación a una casa ajena y, después de unos minutos, termina dando órdenes.


Pero Ahí está el detalle ocupa otro lugar.


Es una frontera.


Antes y después de ella.


Y hay una razón personal por la que siempre he sentido una especial fascinación por el nacimiento de este personaje.


Mi papá me contaba que había visto actuar a Cantinflas en la década de los treinta.


Aquella historia me parecía extraordinaria.


Había visto al Cantinflas anterior a Cantinflas.


Lo recordaba con el rostro pintado, actuando junto a Manuel Medel, cuando ambos formaban una de las parejas cómicas más populares de las carpas y los teatros de revista.


Cantinflas y Medel.


Dos nombres que durante aquellos años pertenecieron a un mundo que prácticamente ha desaparecido.


Siempre me ha fascinado imaginar aquel México.


Las carpas.


Los teatros populares.


Los músicos tocando antes de comenzar la función.


El ruido de la gente.


Los vendedores.


Los actores esperando detrás del escenario.


Y un público implacable.


Porque las carpas eran una escuela brutal.


Ahí no existía la posibilidad de refugiarse detrás del prestigio, de la crítica o de una campaña publicitaria. El público decidía inmediatamente.


O se reía.


O no se reía.


Y si no se reía, el actor tenía un problema.


De ese laboratorio popular nació Cantinflas.


No nació de una teoría.


No nació de una escuela de actuación.


Nació observando.


Escuchando.


Probando palabras, gestos, silencios.


Equivocándose.


Aprendiendo a medir la respiración del público.


Porque los grandes personajes rara vez aparecen terminados. Se van construyendo lentamente. Un gesto aquí, una manera de caminar allá, una pausa inesperada, una palabra colocada en el lugar equivocado, el pantalón que comienza a caerse, la cuerda convertida en cinturón, el bigote que desaparece hasta quedar reducido a dos pequeños trazos en las comisuras de los labios.



Mi padre había alcanzado a verlo durante ese proceso.


Muchos años después comprendí la importancia de aquel recuerdo.


Había sido testigo, sin saberlo, de un personaje en construcción.


En Ahí está el detalle, ese proceso ha terminado.


Cantinflas finalmente está completo.


Ya no necesita pintura en el rostro.


Ha nacido el vago urbano, el pelado de la Ciudad de México, el hombre situado en los márgenes de una sociedad cuyas reglas conoce perfectamente aunque aparente ignorarlas.


Porque Cantinflas no es un tonto.


Ése sería uno de los mayores errores al interpretar al personaje.


Por el contrario.


Posee una extraordinaria inteligencia para sobrevivir.


Comprende las jerarquías sociales.


Detecta inmediatamente la debilidad del poderoso.


Sabe cuándo hablar.


Cuándo escapar.


Cuándo fingir que no comprende.


Y, sobre todo, sabe utilizar el lenguaje como escudo, como laberinto y, cuando es necesario, como arma.


La historia de Ahí está el detalle es aparentemente sencilla.


Y digo aparentemente porque detrás de su maquinaria cómica existe una construcción dramática admirable.


Un perro llamado Bobby.


Un hombre llamado Bobby.


Un asesinato.


Una confusión de identidades.


Una casa respetable invadida por un extraño.


Un marido celoso.


Una esposa atrapada entre las apariencias.


Una criada pícara que conoce mucho más de lo que debería.


Un delincuente oportunista.


Y Cantinflas.


Sobre todo, Cantinflas.


Desde el momento en que entra en aquella casa fingiendo ser quien no es, la realidad comienza lentamente a descomponerse.


Cada personaje interpreta los acontecimientos desde su propia conveniencia, desde sus prejuicios, sus temores y sus deseos.


Nadie escucha verdaderamente a nadie.


Y ahí comienza la comedia.


Siempre he pensado que en la arquitectura de Ahí está el detalle puede percibirse la sombra de Molière.


No porque la película adapte alguna de sus obras ni porque pretenda trasladar directamente al dramaturgo francés al México de los años cuarenta.


La relación es más profunda.


Está en el mecanismo teatral de la comedia.


El marido celoso.


La esposa que intenta controlar una situación cada vez más absurda.


Los criados que saben más que sus patrones.


El intruso que altera el orden doméstico.


El delincuente aprovechador.


Las identidades equivocadas.


Los secretos.


Las puertas que se abren en el momento menos oportuno.


Y, finalmente, la acumulación de equívocos hasta llegar a una situación donde la realidad parece imposible de reconstruir.


Molière comprendió algo fundamental: la comedia no necesita inventar mundos fantásticos.


Basta con introducir una pequeña anomalía dentro del orden cotidiano y permitir que los personajes, tratando de resolverla, empeoren las cosas.


Eso ocurre exactamente en Ahí está el detalle.


La película comienza como una comedia doméstica y termina convertida en una formidable maquinaria del absurdo.



Y qué reparto.


La belleza luminosa de Sofía Álvarez, cuya presencia pertenece a esa época del cine mexicano en que los rostros parecían haber sido creados para la fotografía en blanco y negro.


Sara García, impecable como siempre. Una actriz capaz de transformar una mirada, una pausa o una simple inflexión de la voz en parte esencial de la escena.


Joaquín Pardavé, extraordinario actor, compositor y director de orquesta, uno de esos artistas completos que produjo el cine mexicano de aquellos años.


Su interpretación del marido celoso es fundamental.


Pardavé representa el orden.


La propiedad.


La respetabilidad.


La autoridad doméstica.


Y Cantinflas entra en su casa.


Con eso basta.


Porque Cantinflas posee una cualidad que pocos personajes cómicos han tenido: donde aparece, las estructuras comienzan a tambalearse.


Pero todo conduce a la escena del juicio.


Una de las escenas más extraordinarias de la historia de la comedia cinematográfica mexicana.


Hasta ese momento hemos visto al personaje mentir, improvisar, escapar, seducir, confundir y sobrevivir.


Sin embargo, frente al tribunal ocurre algo diferente.


Cantinflas descubre el poder absoluto de la palabra.


O, mejor dicho, descubre el poder de hablar sin permitir que el lenguaje llegue a ninguna parte.


Las frases comienzan correctamente, pero nunca terminan donde deberían.


Una idea conduce a otra.


Después regresa.


Se contradice.


Abre un paréntesis.


Olvida cerrarlo.


Cambia de tema.


Y finalmente desemboca en una conclusión que parece lógica aunque nadie, absolutamente nadie, podría explicar cómo llegó hasta allí.


Es maravilloso.


Y también profundamente inteligente.


Porque mientras el tribunal intenta comprenderlo, Cantinflas controla la situación.


Quien domina el lenguaje domina momentáneamente la realidad.


Décadas después, la lengua española reconocería el verbo cantinflear: hablar de manera disparatada e incongruente, sin decir nada con sustancia.


Pero en aquella escena de 1940 estaba ocurriendo algo mucho más importante.


Estaba naciendo una forma de expresión.


Cantinflas había convertido la confusión verbal en arte.


No era solamente un recurso cómico.


Era una manera de enfrentarse al poder.


Frente al juez.


Frente a los abogados.


Frente a las instituciones.


Frente a quienes poseen el privilegio de decidir qué es verdadero y qué es falso.


Aparece un hombre sin educación formal, vestido con pantalones demasiado grandes y una cuerda como cinturón, capaz de paralizar todo el sistema simplemente hablando.


¿No hay algo profundamente subversivo en ello?


Creo que sí.



Cantinflas representa al hombre que no posee nada, pero que ha aprendido a sobrevivir mediante la inteligencia, la observación y el lenguaje.


Por eso el personaje fue comprendido inmediatamente por millones de espectadores.


Era mexicano.


Profundamente mexicano.


Pero también universal.


Charles Chaplin había creado al vagabundo.


Cantinflas creó al pelado.


Dos hombres situados en los márgenes de la sociedad.


Dos personajes que observan el mundo de los poderosos desde abajo.


Pero existe una diferencia fundamental.


Charlot enfrenta al mundo mediante el gesto, la ternura y el movimiento.


Cantinflas lo enfrenta mediante la palabra.


Una palabra que se multiplica.


Que se contradice.


Que se escapa.


Que nadie puede atrapar.


Ahí está el detalle pertenece además a una tradición narrativa que seguimos reconociendo en la comedia mexicana, en el teatro popular y hasta en nuestras telenovelas.


Durante casi toda la historia, los personajes acumulan secretos, confusiones, parentescos desconocidos, identidades falsas y malentendidos aparentemente imposibles de resolver.


Y entonces, en los últimos minutos, todo encuentra su lugar.


A veces de manera lógica.


A veces milagrosamente.


Y otras —hay que decirlo— porque el tiempo se terminó y alguien tiene que poner los créditos.


Pero el mecanismo funciona.


Funciona desde Molière.


Funcionó en las comedias de enredos del teatro europeo.


Funcionó en nuestras carpas.


Funcionó en el cine mexicano.


Y continúa funcionando porque responde a algo profundamente humano: nos encanta observar cómo el mundo se desordena, siempre y cuando alguien, al final, vuelva a colocar los muebles en su sitio.


Han pasado 86 años desde el estreno de Ahí está el detalle.


Y hay algo que me resulta profundamente conmovedor.


Mi padre vio al personaje antes de que estuviera terminado.


Yo conocí al personaje cuando ya pertenecía a la historia.


Entre aquellas funciones de los años treinta que él recordaba y la película que sigo viendo tantos años después existe un hilo invisible.


La memoria.


Tal vez por eso el cine es tan importante.


Porque conserva cosas que ya no existen.


Voces.


Rostros.


Ciudades.


Maneras de caminar.


Formas de hablar.


Mi padre ya no puede contarme nuevamente aquella historia.


Pero cada vez que veo a Cantinflas aparecer en la pantalla, con los pantalones caídos, la cuerda alrededor de la cintura y aquella manera inconfundible de comenzar una frase sin saber dónde va a terminar, recuerdo que alguna vez mi padre vio al hombre que estaba construyendo ese personaje.


Y eso cambia mi manera de mirar la película.


Ahí está el detalle continúa siendo divertida.


Pero, sobre todo, continúa siendo inteligente.


Y eso es mucho más difícil.


Podemos verla como una extraordinaria comedia de enredos.


Como uno de los grandes momentos del cine mexicano.


Como el nacimiento definitivo de uno de los personajes más importantes de nuestra cultura popular.


Yo prefiero verla como las tres cosas.


Porque después de Ahí está el detalle, Cantinflas ya no necesitó buscar a su personaje.


Lo había encontrado.


El pantalón.


La cuerda.


El bigote.


La manera de caminar.


La irreverencia.


Y, finalmente, la palabra.


Una palabra capaz de enfrentarse al poder, desmontar la lógica y convertir el absurdo en una forma de inteligencia.


Después vendrían muchas películas.


Algunas extraordinarias.


Otras no tanto.


Vendría Hollywood.


El reconocimiento internacional.


Los discursos.


Los homenajes.


La lengua española terminaría aceptando en el diccionario el verbo nacido de su manera de hablar.


Pero todo eso pertenece a otra historia.


Porque en 1940, frente a una cámara, Mario Moreno dejó de buscar a Cantinflas.


Y Cantinflas, finalmente, apareció.


Ahí está el detalle.

lunes, 13 de julio de 2026

LA RADIO ENTRA A UNA NUEVA ERA CON CIRTONÍA



Durante décadas, la radio ha sabido adaptarse a los cambios tecnológicos. Sobrevivió a la llegada de la televisión, encontró un nuevo espacio en internet y ahora da un paso más hacia el futuro con CIRTONÍA, una aplicación que promete revolucionar la forma en que las audiencias escuchan, interactúan y se relacionan con este medio de comunicación.

Más que una simple aplicación para sintonizar estaciones, CIRTONÍA se presenta como un ecosistema inteligente donde oyentes, locutores, anunciantes y directivos trabajan de manera sincronizada mediante el aprovechamiento de la información generada en tiempo real.

Uno de sus principales atractivos es su algoritmo de personalización, capaz de conocer los gustos del usuario para recomendar contenidos de acuerdo con sus intereses. Quien disfrute del béisbol recibirá sugerencias relacionadas con ese deporte; quien prefiera noticias o música pop encontrará esos contenidos con mayor facilidad. A ello se suma la geolocalización y los hábitos de escucha, permitiendo que la experiencia sea cada vez más cercana a las preferencias de cada persona.

La interacción también cambia por completo. Con CIRTONÍA, el locutor deja de hablarle a un público invisible para conocer, en tiempo real, quién lo está escuchando y cuáles son sus comentarios. La comunicación deja de ser unidireccional y se convierte en una conversación inmediata entre cabina y audiencia.



Pero la innovación no termina ahí. La plataforma incorpora herramientas de inteligencia gerencial basadas en Big Data, lo que permite a los responsables de las estaciones conocer con precisión el comportamiento de sus audiencias y tomar decisiones estratégicas sustentadas en datos reales, dejando atrás las suposiciones.

En el terreno comercial, CIRTONÍA apuesta por una publicidad mucho más eficiente. Gracias a la información que genera cada usuario, los anunciantes pueden dirigir sus campañas hacia públicos específicos, incrementando el retorno de inversión y garantizando una publicidad de mayor precisión.

El funcionamiento de la plataforma puede resumirse en un círculo virtuoso: el oyente escucha y genera datos; el locutor responde a esa información desde LiveStudio; el anunciante aprovecha la atención generada mediante Business; y el gerente analiza los resultados y las ganancias desde Studio. Cada actor aporta y, al mismo tiempo, se beneficia del sistema.

Pensando en la comodidad del usuario, la aplicación permitirá guardar programas o segmentos de audio para escucharlos posteriormente, además de incorporar un despertador y un temporizador para dormir, ambos configurables con el programa de radio favorito del usuario. Así, la radio podrá ser la primera voz que acompañe el inicio del día o la última antes de descansar.

Otro aspecto sobresaliente es su capacidad de interoperabilidad. CIRTONÍA podrá conectarse con servicios externos mediante APIs para ofrecer funciones adicionales como rutas de transporte urbano, servicios de asistencia y enlaces con redes sociales, ampliando considerablemente las posibilidades de interacción.



Con herramientas de inteligencia artificial, análisis de datos, personalización de contenidos e interacción en tiempo real, CIRTONÍA demuestra que la radio no solo sigue vigente, sino que también está preparada para competir en un entorno donde la experiencia del usuario es el principal valor.

Lejos de representar el futuro, esta plataforma confirma que la transformación digital de la radio ya comenzó y que la cercanía con la audiencia será, más que nunca, la clave para su crecimiento. La radio no cambia su esencia: simplemente aprende a escuchar mejor a quienes siempre le han dado vida, sus oyentes.

miércoles, 8 de julio de 2026

Bailando con Huevos: la radio demuestra que su esencia sigue más viva que nunca

 

En una época en la que las plataformas digitales, los algoritmos y la inteligencia artificial forman parte del panorama cotidiano de la comunicación, la radio continúa demostrando que conserva un valor insustituible: la cercanía humana. Esa esencia es precisamente la que rescata Bailando con Huevos, una propuesta que apuesta por el entretenimiento, la espontaneidad y el contacto directo con su audiencia.

Transmitido por La Plakosa 95.3 FM los martes, jueves y sábados a las 11:00 de la mañana, el programa se ha convertido en un espacio donde la música, el buen humor y la interacción con el público recuerdan por qué la radio sigue siendo un medio vigente.

Al frente de esta emisión se encuentra Guillermo Contreras, un locutor dinámico, divertido y con una amplia vocación por la comunicación. Heredero de una sólida tradición radiofónica, es hijo del legendario locutor Olegario Contreras, de quien recibió el amor por el micrófono y el compromiso de mantener viva la esencia de un medio que ha acompañado a generaciones enteras.

Más allá de la selección musical o de las secciones que conforman la emisión, Bailando con Huevos reivindica el papel del locutor como el alma de la radio. Es su voz, su personalidad, su capacidad de improvisar, informar, entretener y acompañar al radioescucha lo que convierte cada transmisión en una experiencia única e irrepetible.

La tecnología puede facilitar procesos y ofrecer nuevas herramientas para la producción, pero difícilmente podrá sustituir la sensibilidad, la empatía y el criterio de un profesional frente al micrófono. El locutor conoce a su audiencia, interpreta su estado de ánimo y establece una conexión que va mucho más allá de la simple reproducción de música.

Programas como Bailando con Huevos son prueba de que el verdadero espíritu de la radio permanece intacto: un medio cercano, cálido y capaz de acompañar a las personas en cualquier momento del día. La radio no solo informa o entretiene; también crea comunidad y fortalece el vínculo entre quienes hablan desde la cabina y quienes escuchan al otro lado del receptor.

Mientras existan voces con pasión por comunicar y oyentes dispuestos a compartir ese momento cotidiano, la radio seguirá teniendo un lugar privilegiado en la vida de millones de personas. Y comunicadores como Guillermo Contreras, respaldados por un legado familiar y por su propio estilo, confirman que el locutor sigue siendo el corazón de la radio y que jamás será reemplazado.


martes, 7 de julio de 2026

La Bestia Grupera celebra nueve años de llevar la esencia del regional mexicano al 102.5 FM

 


Nueve años de transmitir la música que forma parte de la identidad del noroeste de México son motivo de celebración para La Bestia Grupera 102.5 FM, una emisora que se ha consolidado como una de las principales opciones para los aficionados al regional mexicano en la capital sinaloense.

Desde su nacimiento, XHWS-FM, conocida comercialmente como La Bestia Grupera, ha construido una programación enfocada en los grandes exponentes del género, combinando los éxitos del momento con aquellas canciones que han marcado la historia de la música de banda, norteña, ranchera, sierreña y otros estilos representativos del regional mexicano.

La frecuencia 102.5 FM posee una historia importante dentro de la radiodifusión sinaloense. Durante varios años formó parte de Grupo ACIR, etapa en la que albergó distintos conceptos radiofónicos dirigidos a diversos segmentos del público. Posteriormente pasó a integrarse a Radiorama, continuando con una evolución constante hasta dar paso al formato que hoy identifica a miles de radioescuchas bajo el nombre de La Bestia Grupera.



Actualmente, la estación forma parte de Grupo RSN, empresa que ha fortalecido su presencia en el estado mediante una oferta radiofónica diversa y cercana a las preferencias de la audiencia sinaloense.

Uno de los pilares del éxito de La Bestia Grupera ha sido su equipo de locutores, integrado por voces ampliamente reconocidas por el público. Xóchitl Barajas, Jorge Quintero, Alejandro Montiel, Gilberto Payán y Pepe Santillán conforman una plantilla que ha sabido establecer una conexión cotidiana con los radioescuchas, acompañándolos con información, entretenimiento y la mejor selección musical.

Más allá de programar canciones, la emisora se ha convertido en un espacio donde convergen las tradiciones, la cultura popular y el orgullo por la música regional mexicana. Su presencia en eventos, promociones y transmisiones especiales ha fortalecido el vínculo con una audiencia que encuentra en el 102.5 FM un punto de encuentro con sus artistas favoritos.

En una época donde las plataformas digitales ofrecen innumerables opciones para escuchar música, La Bestia Grupera ha demostrado que la radio continúa siendo un medio vigente gracias a la cercanía de sus conductores, la inmediatez de su programación y la capacidad de acompañar a las personas durante su jornada diaria.



Al arribar a su noveno aniversario, La Bestia Grupera 102.5 FM reafirma su compromiso de seguir siendo una de las voces más representativas del regional mexicano en Sinaloa, manteniendo viva una frecuencia con una rica historia dentro de la radiodifusión local y proyectando el legado de XHWS-FM hacia las nuevas generaciones de radioescuchas.

Nueve años respaldan a una estación que ha encontrado en la música, la identidad regional y la cercanía con su audiencia las claves para consolidarse como una auténtica referencia del cuadrante sinaloense.

domingo, 5 de julio de 2026

Tony Bennett: la memoria que nunca dejó de cantar (A tres años de su partida)



Por Aldo Rodríguez


Hay voces que parecen hechas para una época. Otras, en cambio, terminan perteneciendo al tiempo entero.


La de Tony Bennett es una de ellas.


Se cumplen tres años de la muerte de uno de los intérpretes más entrañables de la música estadounidense y, curiosamente, da la impresión de que nunca se fue. Basta escuchar unos cuantos compases para reconocer ese timbre cálido, esa emisión impecable, ese fraseo elegante que parecía deslizarse sobre la orquesta como un velero sobre un lago en calma. No hacía falta que pronunciara más de dos palabras. Sabíamos inmediatamente quién estaba cantando.


Eso solamente ocurre con los grandes.


Tony Bennett fue, en muchos sentidos, el puente perfecto entre el jazz vocal y la canción popular norteamericana. Nunca perteneció exclusivamente a uno u otro mundo. Habitó ambos con absoluta naturalidad. Su repertorio podía conmover a un amante del jazz más exigente y, al mismo tiempo, emocionar a quien simplemente buscaba una gran canción interpretada con honestidad.


Nació como Anthony Dominick Benedetto, hijo de inmigrantes italianos. Quizá por eso había en él algo profundamente mediterráneo: la calidez, el gusto por la conversación, la cercanía con el público, una elegancia que nunca resultó ostentosa. Era un caballero en un escenario donde cada vez quedaban menos caballeros.


No necesitaba exagerar.


Nunca cantó para demostrar cuánto podía hacer con la voz.


Cantaba para servir a la canción.


Y esa diferencia es enorme.


Mientras muchos intérpretes convierten cada frase en una exhibición técnica, Bennett comprendía que la verdadera dificultad consiste en parecer sencillo. En hacer que todo fluya con naturalidad. Esa es una lección que los grandes músicos entienden muy bien: cuando la técnica desaparece a los ojos del oyente, entonces comienza el arte.


Su fraseo tenía una flexibilidad extraordinaria. Llegaba ligeramente antes o después del pulso, respiraba con la orquesta y dejaba que cada palabra encontrara su propio peso emocional. No era casualidad que músicos de jazz lo respetaran profundamente. Escucharlo era descubrir a un cantante que entendía el swing desde dentro y no como un simple recurso estilístico.


Por eso podía compartir escenario con generaciones completamente distintas.


Nunca dejó de aprender.


Nunca dejó de escuchar.


Y quizá por eso los jóvenes también terminaron admirándolo.



Hay una anécdota que siempre me ha parecido reveladora. A finales de los años ochenta, cuando la industria musical parecía haber olvidado a los grandes crooners, fue el propio Bennett quien tomó una decisión inesperada: comenzó a presentarse en universidades y festivales frecuentados por jóvenes. Mientras otros artistas buscaban adaptarse desesperadamente a las modas, él hizo exactamente lo contrario.


Cantó como siempre había cantado.


Con traje.


Con una gran orquesta.


Sin efectos.


Sin concesiones.


Lo sorprendente fue que aquellos jóvenes terminaron descubriendo la belleza de una interpretación auténtica. Poco después apareció en programas de televisión, colaboró con artistas de todos los géneros y, de manera casi milagrosa, volvió a convertirse en una figura central de la música popular.


Era la prueba de que la elegancia nunca pasa de moda.


Quizá otro rasgo que explica el enorme cariño que despertaba era su generosidad. Rara vez rechazaba una colaboración. Cantó con músicos de distintas generaciones y estilos porque entendía que la música es un diálogo, no una competencia. Compartió grabaciones con pianistas de jazz, cantantes pop, intérpretes latinos, músicos clásicos y nuevas figuras que podrían haber sido sus nietos.


Nunca actuó como una leyenda inalcanzable.


Se comportaba como un colega.


Como alguien que seguía disfrutando profundamente hacer música.


Y luego llegó uno de los episodios más conmovedores de toda la historia reciente de la música.



Cuando fue diagnosticado con Alzheimer’s disease, poco a poco comenzó a perder recuerdos fundamentales de su propia vida. Sin embargo, ocurrió algo que la neurociencia lleva décadas estudiando y que la música confirma una y otra vez: la memoria musical suele permanecer cuando muchas otras memorias comienzan a desaparecer.


Las imágenes de sus últimos conciertos junto a Lady Gaga son profundamente conmovedoras.


En algunos momentos parecía no reconocer plenamente dónde estaba.


Pero comenzaba la música…


Y aparecía Tony Bennett.


Las canciones seguían viviendo en un lugar al que la enfermedad no había logrado llegar.


La respiración.


Las inflexiones.


Los silencios.


La afinación.


El fraseo.


Todo seguía allí.


Como si la música hubiera construido una habitación secreta dentro del cerebro, inaccesible incluso para el olvido.


Cada vez que veo esas imágenes pienso que pocas artes poseen ese poder. La música no solamente nos acompaña durante la vida; también parece quedarse cuando casi todo lo demás empieza a desaparecer. Quizá por eso cantar es una de las últimas formas de recordar.


Escuchar a Tony Bennett también significa recorrer buena parte de la historia de la canción estadounidense. Obras como I Left My Heart in San Francisco, The Good Life, The Best Is Yet to Come, The Shadow of Your Smile o sus inolvidables álbumes junto a Bill Evans representan auténticas clases magistrales de interpretación vocal. Ahí no hay artificios. Solo una voz, una historia y una comprensión absoluta del significado de cada palabra.


Y es precisamente eso lo que distingue a los grandes crooners.


Frank Sinatra poseía una teatralidad irrepetible.


Mel Tormé tenía una precisión rítmica extraordinaria.


Tony Bennett aportó una calidez profundamente humana. Escucharlo era sentir que alguien nos hablaba directamente al oído, sin prisa, sin exageraciones, como un viejo amigo que conoce el valor del silencio.


Vivimos tiempos en los que la velocidad parece haber sustituido a la profundidad. Todo ocurre deprisa. Las canciones duran cada vez menos. Las voces se corrigen digitalmente. El impacto inmediato suele imponerse sobre la permanencia.



Por eso regresar a Tony Bennett resulta casi un acto de resistencia cultural.


Nos recuerda que una gran interpretación puede sostenerse únicamente con la verdad de una voz.


Nada más.


A veces me preguntan por qué sigo insistiendo en escuchar a estos gigantes del siglo pasado. La respuesta siempre es la misma: porque ellos nos enseñan que cantar no consiste únicamente en emitir sonidos afinados. Consiste en comprender el alma de una canción y entregarla intacta al oyente.


Tony Bennett hizo exactamente eso durante más de siete décadas.


Y mientras exista alguien que vuelva a colocar uno de sus discos, mientras una nueva generación descubra esa voz inconfundible, mientras un joven escuche por primera vez I Left My Heart in San Francisco y comprenda que la elegancia también puede sonar, Tony Bennett seguirá haciendo lo que mejor supo hacer.


Seguirá cantando.


Porque algunas voces no pertenecen a una época.


Pertenecen, sencillamente, a la memoria del mundo.

viernes, 3 de julio de 2026

Andrea Dorantes: una pausa al periodismo para seguir creciendo en las aulas

 

En el periodismo pocas despedidas son definitivas. La mayoría representan una pausa para emprender nuevos desafíos, y ese es el caso de Andrea Dorantes, quien ha decidido poner un alto a su actividad reporteril para iniciar una nueva etapa académica con el propósito de cursar una maestría.

Su salida de los micrófonos y de la cobertura diaria deja un espacio importante entre quienes siguieron su trabajo en los medios de comunicación sinaloenses, donde destacó por ejercer un periodismo serio, responsable y comprometido con la información.

Hasta hace unas semanas, Andrea Dorantes formó parte del equipo de Fórmula Culiacán, donde se desempeñó como reportera cubriendo la agenda informativa del estado. Antes de integrarse a esa casa radiofónica, desarrolló una destacada labor en Nuestras Noticias, el servicio informativo de Radiorama, consolidándose como una periodista de campo acostumbrada a narrar los acontecimientos con profesionalismo.

Su inquietud por el análisis y la opinión también la llevó a colaborar como articulista en un periódico nacional, y como corresponsal en el programa de Carlos Loret de Mola. ampliando así su visión del acontecer nacional y fortaleciendo una faceta distinta a la del reporteo cotidiano.

Egresada de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Occidente, Andrea pertenece a una generación de jóvenes comunicadores que han apostado por la preparación constante como complemento indispensable del ejercicio periodístico.

La decisión de cursar una maestría representa un paso natural para una profesionista convencida de que el aprendizaje no termina con un título universitario. En una época en la que el periodismo enfrenta nuevos retos derivados de la transformación digital, la desinformación y la velocidad con la que circulan los acontecimientos, especializarse constituye una inversión en conocimiento que, sin duda, enriquecerá su futuro profesional.



Quienes compartieron con ella jornadas de cobertura, conferencias de prensa y largas horas de trabajo reconocen en Andrea a una periodista disciplinada, respetuosa de las fuentes y comprometida con ofrecer información verificada.

Aunque por ahora cambia la libreta de apuntes y el micrófono por los libros y las aulas, todo indica que se trata únicamente de un paréntesis. El periodismo suele esperar a quienes lo ejercen con vocación, y la preparación académica que hoy emprende seguramente se convertirá en una herramienta para regresar con una visión aún más amplia y sólida.

Desde este espacio le deseamos el mayor de los éxitos en esta nueva etapa. Porque el conocimiento nunca sobra y porque un mejor periodismo siempre comienza con periodistas dispuestos a seguir aprendiendo.

jueves, 2 de julio de 2026

Demis Roussos entre la gloria, el miedo y la eternidad de una canción



Por Aldo Rodríguez


Hay voces que identificamos al instante. No importa que hayan pasado décadas desde la última vez que las escuchamos. Basta una frase, una nota sostenida, un giro melódico, para que regresen intactas desde algún rincón de la memoria.


La voz de Demis Roussos era una de ellas.


Amplia, cálida, inconfundible, parecía venir de otro tiempo. Tenía algo de canto litúrgico, algo de lamento mediterráneo y algo de celebración popular. Era una voz que podía habitar el rock progresivo, la balada romántica o una canción de inspiración folklórica sin perder jamás su identidad.


Para muchos fue simplemente el cantante de éxitos internacionales. Para otros, sobre todo para quienes descubrimos la historia de la música más allá de los géneros, Demis Roussos fue también una pieza fundamental de una de las aventuras musicales más fascinantes de finales de los años sesenta: Aphrodite’s Child.


Allí comenzó gran parte de la leyenda.



En aquella agrupación griega coincidieron tres jóvenes músicos que soñaban con conquistar Europa: Demis Roussos, Lucas Sideras y un tecladista extraordinario llamado Evángelos Odysseas Papathanassiou, a quien el mundo conocería simplemente como Vangelis.


La historia parece salida de una novela. Procedentes de Grecia, llegaron a París en una época convulsa, creativa y llena de posibilidades. Europa cambiaba. La música cambiaba. El rock buscaba nuevos lenguajes. Y en medio de aquella efervescencia apareció Aphrodite’s Child.


Canciones como Rain and Tears, It’s Five O’Clock o Spring, Summer, Winter and Fall los convirtieron rápidamente en figuras internacionales. Sin embargo, detrás de aquellas melodías accesibles ya se intuía algo más ambicioso. Esa inquietud alcanzaría su punto máximo con 666, uno de los discos más importantes del rock progresivo del siglo XX.


Aquel álbum fue también una despedida.


Después de la separación del grupo, cada uno siguió su propio camino. Vangelis se convertiría en uno de los compositores más influyentes de la música electrónica y cinematográfica. Demis Roussos emprendería una carrera solista que lo transformaría en una celebridad mundial.


Pero la amistad permaneció.


Habían compartido demasiado para perderse completamente. Compartieron juventud, exilio, escenarios, sueños y aquella París que acogió a tantos artistas durante una época irrepetible. Aunque sus trayectorias tomaron rumbos distintos, siguieron unidos por una historia común que comenzó mucho antes de la fama.


Quizá por eso resulta tan conmovedor recordar uno de los episodios más extraños y dolorosos de la vida de Demis Roussos.



En junio de 1985 abordó un vuelo de Trans World Airlines junto a su esposa. Era un viaje más. Nada hacía pensar que terminaría convertido en rehén de una crisis internacional.


Pocos minutos después del despegue, el avión fue secuestrado.


Lo que siguió fue una pesadilla. Violencia, amenazas, muerte y días enteros de incertidumbre en medio de una guerra civil que desgarraba al Líbano. Entre los pasajeros se encontraba uno de los cantantes más famosos del planeta.


Y entonces ocurrió algo que parece imposible.


Mientras permanecía cautivo, llegó su cumpleaños.


Los secuestradores lo reconocieron. Sabían quién era. Le pidieron que cantara. Le llevaron una torta. Le sirvieron té. Durante unas horas, en medio del horror, apareció una escena absurda, casi surrealista: un artista celebrando su cumpleaños rodeado de hombres armados.


La fotografía mental es poderosa.


Un cantante cuya profesión consistía en regalar belleza a través de la música termina utilizándola para sobrevivir.


Porque eso era la música en aquel momento: una forma de seguir siendo humano.


Con los años, Roussos hablaría poco de aquel episodio. Quienes lo conocieron aseguran que el miedo nunca desapareció del todo. Algo quedó roto en aquellos días de cautiverio. Algo que ninguna fama, ningún aplauso y ningún éxito comercial podían reparar completamente.


Y sin embargo continuó cantando.


Tal vez porque los artistas saben que el escenario también puede ser una forma de resistencia.



Cuando escucho hoy algunas de sus grabaciones, pienso menos en la celebridad y más en el ser humano. En ese hombre que sobrevivió al miedo. En ese muchacho griego que llegó a París acompañado por un grupo de amigos y terminó conquistando el mundo. En ese cantante que compartió con Vangelis una de las aventuras musicales más extraordinarias del siglo pasado.


Demis Roussos pertenecía a una generación irrepetible de músicos que entendían la canción como un puente entre culturas. Había nacido en Egipto, era de origen griego, triunfó en Francia, fue amado en América Latina y escuchado en prácticamente todos los rincones del planeta.


Su música no conocía fronteras.


Quizá por eso sigue viva.


Porque detrás de los millones de discos vendidos, de las giras internacionales y de la fama, permanecía algo esencial: una voz profundamente humana.


Una voz que atravesó la gloria, el miedo y el tiempo.


Una voz que sobrevivió al silencio.


Y que todavía hoy, cuando vuelve a sonar, nos recuerda que algunas canciones no envejecen porque en realidad hablan de nosotros mismos.

Cuando el absurdo tomó la palabra Ahí está el detalle a 86 años de su estreno

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