lunes, 17 de agosto de 2026

XANADU: CUANDO EL CINE TODAVÍA SE ATREVÍA A SOÑAR A 46 años de una película imperfecta, luminosa y deliciosamente ingenua




Por Aldo Rodríguez


Hay películas que uno recuerda porque fueron extraordinarias. Otras porque ganaron premios, cambiaron el lenguaje cinematográfico o terminaron convertidas en objetos de estudio.


Y hay otras —quizá las más entrañables— que simplemente se quedaron a vivir dentro de nosotros.


Xanadu pertenece a estas últimas.


Se estrenó en 1980. Hace exactamente 46 años.


Yo la vi entonces, cuando estaba terminando la secundaria, en esa edad extraña y maravillosa en la que todavía no sabemos muy bien qué vamos a hacer con nuestra vida, pero comenzamos a sospechar qué cosas nos acompañarán para siempre. Y recuerdo que Xanadu me gustó. Mucho.


Me sigue gustando.


No voy a cometer el disparate de decir que estamos ante una obra maestra del cine. No lo es. Tampoco ganó Óscares ni pretendió cambiar la historia del séptimo arte. La crítica de su tiempo fue particularmente dura con ella y su recepción comercial estuvo muy lejos de lo esperado.


Pero sucede algo curioso.


Han pasado 46 años y seguimos hablando de Xanadu.


Algo habrá hecho bien.


Una musa en patines


La historia es deliberadamente ingenua.


Sonny Malone, interpretado por Michael Beck, es un joven artista frustrado que trabaja reproduciendo portadas de discos. Un día aparece Kira, interpretada por Olivia Newton-John: hermosa, luminosa, misteriosa, casi imposible.


Y lo es.


Porque Kira no pertenece exactamente a este mundo.


Es una de las nueve musas de la mitología griega, escapada —por decirlo de alguna manera— de un mural para inspirar a los mortales.


Así de sencillo.


Así de absurdo.


Y así de encantador.


Porque Xanadu jamás intenta explicarnos científicamente por qué una musa griega anda en patines por Los Ángeles en 1980. ¿Para qué? La película simplemente nos pide algo que hoy parece cada vez más difícil: que aceptemos la fantasía.


Y entonces aparece Gene Kelly.


Su personaje, Danny McGuire, es un antiguo músico que ha dejado atrás sus sueños. En él habita otro tiempo. El de las grandes orquestas, los salones de baile, Glenn Miller, los smokings, las melodías elegantes y aquella manera de bailar en la que parecía que el cuerpo humano podía vencer momentáneamente a la gravedad.


Kira lo hará recordar.



Y aquí Xanadu encuentra, para mí, su verdadero corazón.


Gene Kelly: el hombre que venía de otro cine


Habían transcurrido 28 años desde Singin’ in the Rain.


El Gene Kelly que aparece en Xanadu ya no es aquel joven atlético que brincaba sobre los charcos mientras Hollywood aprendía a reírse de sí mismo. Es un hombre maduro. Tiene casi 68 años.


Pero comienza la música.


Y Gene Kelly baila.


Y patina.


Y durante unos minutos ocurre algo maravilloso: el tiempo desaparece.


Xanadu sería su última aparición como actor en un largometraje cinematográfico. Hay algo profundamente emotivo en saberlo hoy. Porque aquella película aparentemente frívola terminó convirtiéndose, sin proponérselo, en la despedida cinematográfica de uno de los grandes bailarines del siglo XX.


Y qué manera tan curiosa de despedirse.


No con nostalgia.


No sentado mirando fotografías del pasado.


Sino bailando sobre patines.


La coreografía de la película estuvo encabezada por un joven Kenny Ortega, mucho antes de convertirse en uno de los nombres importantes de la coreografía y el cine musical estadounidense. Trabajar con Kelly significó para él entrar en contacto directo con una tradición que venía de la época dorada de Hollywood.


De alguna manera, en Xanadu se dieron la mano dos generaciones.


Y eso se escucha.


Y se ve.


Cuando Glenn Miller se encontró con el rock


Hay una secuencia que siempre me ha fascinado.


Danny imagina el club que quiere construir desde su propio universo musical: una gran orquesta, metales, swing, bailarines, la atmósfera de los años cuarenta.


Sonny, en cambio, imagina otra cosa.


Rock.


Guitarras.


Luces.


Juventud.


Y la película hace algo delicioso: pone ambos mundos simultáneamente frente a nosotros hasta hacerlos convivir.


La pieza es Dancin’, interpretada por Olivia Newton-John y The Tubes.


De un lado parece emerger el espíritu de las Andrews Sisters y las big bands; del otro, el rock de finales de los setenta. Poco a poco las dos músicas se aproximan hasta terminar formando una sola.


Vista hoy, aquella escena dice mucho más de lo que probablemente pretendía.


Porque la historia de la música funciona precisamente así.


Nada desaparece completamente.



Las épocas se superponen. El swing puede convivir con una guitarra eléctrica; Gene Kelly puede bailar junto a Olivia Newton-John; Hollywood puede encontrarse con la cultura del roller disco.


El pasado no necesariamente muere.


A veces simplemente cambia de ritmo.


Una película que fracasó y una música que triunfó


Y aquí aparece la gran paradoja de Xanadu.


La película fue recibida con enorme dureza.


La banda sonora, en cambio, fue un éxito extraordinario.


Y no es difícil entender por qué.


En realidad estamos frente al encuentro de dos universos musicales.


Por un lado está John Farrar, colaborador esencial en la carrera de Olivia Newton-John, responsable de canciones como Magic, Suddenly, Suspended in Time y Dancin’.


Por el otro aparece Jeff Lynne, fundador, compositor, productor y arquitecto sonoro de Electric Light Orchestra.


Lynne entendió algo que pocos músicos de rock comprendieron con tanta claridad: que los violines, violonchelos, sintetizadores, guitarras eléctricas y armonías vocales podían convivir sin pedir permiso.


ELO había construido precisamente ese sonido.


Un rock sinfónico profundamente británico, heredero de los Beatles pero ya instalado en el universo tecnológico de finales de los setenta.


Y entonces llegaron canciones como I’m Alive, The Fall, Don’t Walk Away, All Over the World y, por supuesto, Xanadu.


Pero está también Magic.


Qué canción.


Tiene algo extraño. No es simplemente una canción pop alegre. Hay en ella una armonía ligeramente oscura, suspendida, casi hipnótica, que contrasta maravillosamente con la voz cristalina de Olivia Newton-John.


Y funcionó.


Magic permaneció cuatro semanas en el número uno del Billboard Hot 100.



Mientras tanto, Xanadu, compuesta por Jeff Lynne e interpretada por Olivia con Electric Light Orchestra, llegó al número uno en el Reino Unido.


La película podía recibir golpes de la crítica.


La música había encontrado su propio camino.


Olivia


Y naturalmente está ella.


Olivia Newton-John.


Venía del enorme fenómeno de Grease, estrenada apenas dos años antes. Su carrera discográfica ya era importante desde mucho antes, pero Sandy la había convertido en una figura reconocible prácticamente en cualquier parte del planeta.


En Xanadu hay algo diferente.


Olivia no necesita construir un personaje particularmente complejo.


Simplemente tiene que aparecer.


Sonreír.


Cantar.


Patinar.


Y la pantalla se ilumina.


Hay artistas que poseen una cualidad difícil de explicar técnicamente. No necesariamente son los actores más profundos ni las voces más portentosas. Es otra cosa.


La cámara los quiere.


Olivia tenía eso.


Una luminosidad natural, una cierta dulzura que nunca parecía completamente fabricada. Y por eso resulta perfecta como Kira. ¿Quién más podía interpretar en 1980 a una musa que abandona el Olimpo para aparecer en Venice Beach sobre unos patines?


Probablemente nadie.


Tal vez necesitamos un poco de ingenuidad


He vuelto a ver Xanadu varias veces a lo largo de mi vida.


Y cada vez sucede algo curioso.


Sé perfectamente lo que voy a encontrar.


Sé que el argumento es ingenuo. Sé que algunas escenas son excesivas. Sé que el vestuario, los efectos ópticos, el neón y ciertos peinados gritan 1980 desde kilómetros de distancia.


No importa.


La disfruto enormemente.


Quizá porque al verla no solamente estoy viendo una película.


Estoy viendo también un pedazo de mi propia vida.



Aquellos años de secundaria. La radio. Los discos. Las canciones que aparecían de pronto y se instalaban durante semanas en nuestra cabeza. Una época en la que para volver a escuchar una canción había que esperar a que sonara nuevamente en la radio o comprar el disco.


Y Xanadu conserva algo de aquel mundo.


Una inocencia.


Hoy vivimos rodeados de películas que necesitan explicarlo todo, universos cinematográficos gigantescos, efectos digitales perfectos y personajes psicológicamente complejos.


Xanadu no quiere nada de eso.


Quiere que durante poco más de hora y media aceptemos que existen las musas.


Que pueden enamorarse.


Que Gene Kelly todavía puede bailar.


Que una discoteca puede convertirse en un palacio.


Y que quizá nuestros sueños —incluso aquellos que abandonamos hace muchos años— todavía están esperando que alguien venga a despertarlos.


El lugar al que siempre podemos regresar


El nombre Xanadu, naturalmente, viene de mucho más atrás: de aquel mítico palacio de Kublai Khan inmortalizado por Samuel Taylor Coleridge. Desde entonces la palabra quedó asociada en la imaginación occidental con un sitio imposible, paradisíaco, construido entre realidad y sueño.


Eso es precisamente la película.


Un lugar que no existe.


Pero al que podemos regresar.


Basta escuchar los primeros compases de Magic.


Basta escuchar la voz de Olivia Newton-John.


Basta ver a Gene Kelly deslizarse nuevamente sobre una pista.


Y durante unos minutos sucede algo que solamente el cine y la música saben hacer realmente bien:


tenemos otra vez quince, dieciséis años.


Han pasado 46 años.


Gene Kelly ya no está.


Olivia Newton-John tampoco.


Pero basta poner Xanadu y allí están los dos.


Ella, joven y luminosa.


Él, casi septuagenario, todavía bailando.


Y quizá por eso sigo regresando a esta película.


No porque sea perfecta.


Sino precisamente porque no necesita serlo.


Hay obras que admiramos con la cabeza.


Hay otras que conservamos en el corazón.


Y unas pocas, muy pocas, tienen la extraña capacidad de abrir una puerta hacia quienes fuimos alguna vez.


Para mí, Xanadu es una de ellas.


Y cada vez que esa puerta se abre, entro.


Aunque sea solamente durante un par de horas.


Aunque para hacerlo tenga que ponerme, metafóricamente hablando, unos patines.


Porque después de todo, ¿qué otra cosa es la música sino nuestra particular manera de regresar a lugares que ya no existen?


Ese lugar, para algunos de nosotros, todavía se llama Xanadu.

BOSTON: CUANDO EL ROCK SE NEGÓ A MORIR A cincuenta años de un disco perfecto




Por Aldo Rodríguez


Había algo en el aire.


La música popular estaba cambiando a una velocidad extraordinaria. El disco comenzaba a apoderarse de las pistas de baile; Europa preparaba esa formidable maquinaria electrónica que muy pronto conoceríamos como eurodisco; los sintetizadores abandonaban lentamente los laboratorios y los territorios de la experimentación para instalarse en la cultura popular. Al mismo tiempo, en Nueva York comenzaba a cocinarse otra revolución: el punk.


Y en medio de todo aquello apareció un disco con una nave espacial en la portada.


Se llamaba simplemente Boston.


La agrupación también.


El 25 de agosto de 1976, Epic Records puso en circulación uno de esos álbumes que parecen llegar perfectamente terminados al mundo. No da la impresión de ser un debut. No hay titubeos, búsquedas ni tanteos. Desde los primeros segundos de More Than a Feeling existe una identidad sonora absolutamente reconocible.


Y medio siglo después continúa ahí.


Quizá por eso recuerdo perfectamente aquella canción.


Yo tenía diez años cuando More Than a Feeling comenzó a escucharse en la radio mexicana. Naturalmente, a esa edad uno no piensa en producción, armonía, tecnología de grabación ni arquitectura sonora. Uno simplemente escucha.


Y algo sucede.



Aquella guitarra acústica inicial, limpia y aparentemente inocente, comenzaba a construir una expectativa. Después aparecían las guitarras eléctricas, enormes, superpuestas, luminosas; y finalmente aquella voz extraordinaria que parecía atravesar todo el espectro sonoro.


La voz era la de Brad Delp.


Una de las grandes voces del rock estadounidense y, curiosamente, quizá no mencionada con la frecuencia que merece cuando se habla de los grandes cantantes de los setenta. Delp poseía algo difícil de enseñar: potencia sin pesadez. Podía subir hacia registros altísimos conservando claridad, afinación y una extraña sensación de facilidad.


Pero detrás de aquella voz existía otro personaje todavía más singular.


Tom Scholz.


Y aquí comienza realmente la historia de Boston.


Scholz no correspondía exactamente al arquetipo del rockstar de los años setenta. Era ingeniero formado en el MIT, trabajó para Polaroid y tenía una relación casi científica con el sonido. Durante años construyó grabaciones junto con Delp, experimentó con guitarras, amplificadores, capas sonoras y procedimientos de estudio mientras las compañías discográficas rechazaban una y otra vez sus demos.


Hasta que finalmente alguien escuchó.


Y entonces ocurrió una de las grandes ironías de la industria musical: buena parte de uno de los discos más exitosos y técnicamente impresionantes de los años setenta no nació en uno de los grandes estudios de Los Ángeles o Nueva York.



Nació, esencialmente, en un sótano.


Scholz convirtió el estudio de grabación en instrumento musical.


Eso es fundamental para comprender Boston.


Porque estamos ante un disco de rock, sí, pero también ante una formidable obra de ingeniería sonora. Las guitarras no simplemente acompañan: están construidas por estratos. Se duplican, se responden, se expanden en el espacio estereofónico y en ocasiones parecen comportarse como una sección orquestal.


Hay algo casi sinfónico en la manera en que Scholz piensa la guitarra eléctrica.


Y quizá ahí se encuentra una de las razones por las que el disco ha envejecido tan bien.


Escuchemos Peace of Mind, Foreplay/Long Time, Rock & Roll Band, Smokin’, Hitch a Ride o Something About You. Hay una coherencia tímbrica sorprendente. Todo pertenece al mismo universo acústico.


No es solamente una colección de canciones exitosas.


Es un sonido.


Y crear un sonido propio es una de las cosas más difíciles que puede conseguir un artista.


Pero inevitablemente volvemos a More Than a Feeling.


Porque ahí está concentrado prácticamente todo.


La canción comienza con intimidad y termina convertida en una arquitectura monumental. Va creciendo ante nuestros oídos. La guitarra acústica establece el territorio; después llegan las eléctricas; entra Delp y, casi sin advertirlo, nos encontramos dentro de uno de los grandes estribillos del rock estadounidense.



Pero hay algo todavía más interesante.


More Than a Feeling habla, precisamente, de lo que hace la música con la memoria.


Una canción aparece y, de pronto, alguien que ya no está regresa.


Un rostro.


Una época.


Una habitación.


Una persona.


Nuestra propia juventud.


Eso es mucho más que un sentimiento.


Y quizá ahí radica el secreto de su permanencia. Porque cincuenta años después la canción ha terminado haciendo con nosotros exactamente aquello de lo que habla.


Yo la escucho y regreso a 1976.


Tengo nuevamente diez años.


La radio está encendida.


No sé quién es Tom Scholz. No sé quién es Brad Delp. No sé absolutamente nada acerca del MIT, de Epic Records, de estudios de grabación ni de guitarras superpuestas.


Solamente sé que esa canción me gusta.


Muchísimo.


Y seguramente millones de personas podrían contar una historia parecida.


More Than a Feeling llegó hasta el número cinco del Billboard Hot 100, mientras que el álbum alcanzó el número tres del Billboard 200 y permaneció allí, entrando y saliendo de nuestras vidas, durante 138 semanas. Con el tiempo ocurrió algo todavía más extraordinario: aquel disco debut terminó certificado con 17 millones de unidades vendidas solamente en Estados Unidos. 


Nada mal para unas canciones construidas en buena medida en el sótano de un ingeniero obstinado.


Y aquí aparece otra cuestión fascinante.


Boston llegó en un momento de transición.


En 1976 convivían mundos que parecían dirigirse hacia lugares diferentes. La música disco avanzaba; la electrónica comenzaba a modificar la producción popular; el punk estaba a punto de dinamitar muchas convenciones del rock, y sin embargo Boston apareció reivindicando algo aparentemente tradicional: guitarras, batería, bajo, órgano y una gran voz.


Pero no estaban mirando hacia atrás.


Todo lo contrario.


Tomaron los instrumentos tradicionales del rock y los sometieron a una concepción tecnológica extraordinariamente moderna.


Ahí está la paradoja.


Boston hizo rock clásico utilizando una mentalidad de ingeniero del futuro.


Por eso esas guitarras poseen ese brillo particular. Por eso los coros parecen gigantescos. Por eso medio siglo después ponemos una buena edición del álbum, subimos el volumen y el sonido conserva una presencia desconcertante.


No parece una reliquia.


Respira.


Y quizá también debamos recordar algo que nuestra época del sencillo, la playlist y el algoritmo nos hace olvidar con demasiada facilidad: Boston pertenece a la cultura del álbum.


Hay que escucharlo completo.


Son apenas ocho piezas y alrededor de treinta y siete minutos. 


Nada sobra.


Desde More Than a Feeling hasta Let Me Take You Home Tonight existe esa maravillosa sensación de estar frente a un objeto terminado. Una obra que posee principio, desarrollo y conclusión.


Incluso su portada se volvió inseparable de aquella identidad: esas enormes naves espaciales con forma de guitarra atravesando el cosmos.


Era una declaración bastante precisa.


La guitarra estaba entrando al futuro.


Tal vez por eso Boston sigue siendo un disco que vale la pena tener físicamente. Sacarlo de la funda. Mirar la portada. Colocarlo en la tornamesa. Escuchar cómo cae la aguja.


Porque hay discos que contienen canciones y hay discos que contienen épocas.


Boston pertenece a los segundos.


Brad Delp murió en 2007, pero basta escuchar nuevamente aquella entrada vocal para que ocurra ese pequeño milagro que solamente permite la música: la muerte queda suspendida durante cuatro minutos y tantos segundos.


La voz vuelve.


Las guitarras vuelven.


1976 vuelve.


Y uno comprende finalmente que Tom Scholz tenía razón al titular aquella canción como lo hizo.


Porque algunas músicas no producen solamente un sentimiento.


Construyen memoria.


Se convierten en coordenadas de nuestra propia existencia.


Y cincuenta años después, cuando vuelve a sonar aquella guitarra acústica y Brad Delp comienza a cantar, yo no escucho solamente uno de los grandes clásicos del rock estadounidense.


Escucho una radio encendida en México.


Escucho 1976.


Y por unos minutos…


vuelvo a tener diez años.

miércoles, 12 de agosto de 2026

*BABA O’RILEY: CUANDO EL ROCK INTENTÓ CONVERTIR EL ALMA EN SONIDO* _A 55 años de una de las grandes obras de The Who_



*Por Aldo Rodríguez*


Hay canciones que pertenecen a una época. Otras consiguen sobrevivirla. Y unas cuantas, muy pocas, parecen haber sido escritas desde algún lugar extraño del tiempo, como si hubieran llegado demasiado pronto y hubiésemos necesitado décadas para comprender lo que realmente estaban haciendo.


Baba O’Riley, de The Who, pertenece a esta última categoría.


Han pasado 55 años desde su aparición en Who’s Next, en 1971, y aquellos primeros segundos continúan resultando desconcertantes. Antes de que aparezca la guitarra, antes de que Roger Daltrey pronuncie una sola palabra, antes incluso de que Keith Moon convierta la batería en una fuerza de la naturaleza, escuchamos algo que, para los oídos actuales, parecería provenir de una computadora.


Un patrón.


Notas que se repiten, se desplazan, se entrecruzan. Una pequeña maquinaria sonora que gira sobre sí misma y, sin embargo, nunca parece estar exactamente en el mismo sitio.


Hoy estamos acostumbrados a los secuenciadores, los arpegiadores, el MIDI, los loops y las computadoras capaces de organizar millones de acontecimientos musicales con precisión microscópica. Pero estamos hablando de 1971.


Y ahí comienza lo extraordinario.


Porque Baba O’Riley no nació solamente como una canción de rock.


Nació de una pregunta mucho más extraña:


¿es posible convertir a un ser humano en música?


El alma como partitura



Pete Townshend llevaba tiempo fascinado por una idea que, vista desde nuestro presente, resulta inquietantemente contemporánea. Imaginaba un sistema capaz de recibir información perteneciente a una persona —datos físicos, biográficos, incluso astrológicos— y transformarla en parámetros musicales.


Altura. Peso. Fecha de nacimiento. Rasgos particulares.


Datos convertidos en sonido.


No era simplemente componer un retrato musical, como tantos compositores habían hecho durante siglos. Townshend imaginaba algo distinto: traducir información humana a estructuras sonoras mediante una máquina.


Hoy podríamos hablar de sonificación de datos, composición algorítmica o parametrización musical. Incluso podríamos imaginar perfectamente un programa escrito en Max/MSP, SuperCollider o Python tomando información biométrica y convirtiéndola en alturas, duraciones, densidades, timbres y procesos electrónicos.


Pero Townshend estaba pensando en ello hace más de medio siglo.


Y esto cambia por completo nuestra manera de escuchar Baba O’Riley.



El hombre cuyos datos espirituales y simbólicos alimentaban aquella imaginación era Meher Baba, maestro espiritual indio nacido en 1894 y convertido en una influencia fundamental para Townshend.


Baba había adoptado el silencio en 1925 y permaneció sin hablar hasta su muerte, en 1969. Se comunicaba mediante gestos y, durante buena parte de ese periodo, con ayuda de un tablero alfabético.


Hay algo profundamente hermoso en la paradoja.


Un hombre que renuncia a la palabra termina convertido, simbólicamente, en música.


Quizá porque donde termina el lenguaje comienza otra clase de conocimiento.


Y Townshend quiso escucharlo.


Baba y Riley


La otra mitad del título pertenece a Terry Riley.


Y aquí la historia se vuelve todavía más interesante.


Riley era ya una de las figuras fundamentales del minimalismo estadounidense. Su célebre In C, estrenada en 1964, había planteado una manera distinta de concebir el tiempo musical: pequeñas células que se repiten, músicos avanzando independientemente a través de ellas, acumulaciones, desplazamientos, coincidencias y transformaciones que no dependen de la narración armónica tradicional.


La música ya no tenía necesariamente que viajar de A hacia B.


Podía habitar un estado.


Podía permanecer.


Respirar.


Transformarse desde dentro.



La influencia de esa concepción resulta perceptible en Baba O’Riley. No porque Townshend esté copiando a Riley, sino porque ha comprendido algo mucho más profundo: la repetición también puede producir movimiento.


Es una de las grandes paradojas del minimalismo.


Algo se repite y, precisamente porque se repite, comenzamos a escuchar sus diferencias.


Nuestro oído cambia.


La figura permanece; nosotros no.


Por eso aquella introducción continúa teniendo una cualidad hipnótica. El patrón parece una superficie mecánica, pero debajo de ella ocurren pequeñas mutaciones perceptivas. Cada nueva entrada modifica nuestra comprensión de lo que acabamos de escuchar.


Hay algo de In C allí, naturalmente. Pero también existe esa fascinación que el minimalismo estadounidense comenzaba a ejercer sobre músicos que venían de mundos aparentemente alejados de la llamada música académica.


Las fronteras empezaban a romperse.


Y el rock estaba escuchando.


El sintetizador que no era sintetizador


Hay además una deliciosa ironía tecnológica.


Uno de los sonidos electrónicos más reconocibles de la historia del rock no nació exactamente de un sintetizador convencional.


Townshend utilizó un órgano Lowrey Berkshire Deluxe TBO-1, aprovechando una función conocida como Marimba Repeat. Al mantener las teclas presionadas, el instrumento generaba articulaciones repetidas que podían producir aquellos patrones vertiginosos.


Escuchado hoy, parece un secuenciador.


Pero el MIDI todavía estaba a más de una década de distancia.


No había una computadora portátil esperando sobre una mesa. No existía Ableton Live. No había plugins capaces de corregir, cuantizar, copiar y desplazar una secuencia con un movimiento del ratón.


Había que encontrar la tecnología dentro de la tecnología disponible.


Eso me parece fascinante.


Los grandes momentos de innovación musical rara vez ocurren cuando alguien utiliza una herramienta exactamente como fue diseñada. Ocurren cuando alguien descubre que un aparato puede hacer algo que quizá ni siquiera sus fabricantes imaginaron.


El instrumento deja entonces de ser herramienta.


Se convierte en territorio.


Y Townshend encontró allí una puerta.


Keith Moon contra la máquina


Después sucede algo todavía más extraordinario.


Entra Keith Moon.


Y aquí chocan dos concepciones del tiempo.


Por un lado está la regularidad obsesiva del patrón electrónico. Una especie de reloj musical implacable.


Por el otro, uno de los bateristas menos “mecánicos” imaginables.


Moon no tocaba la batería como quien administra pulsaciones. Parecía perseguir la música, empujarla, derribarla, volverla a levantar. Sus redobles podían aparecer donde cualquier baterista sensato habría preferido permanecer quieto.


Era exuberante, imprevisible, excesivo.


Profundamente humano.


Y entonces ocurre el milagro: la máquina y el cuerpo conviven.


El patrón electrónico no se detiene para esperarlo. Moon tampoco intenta convertirse en máquina.


Ambos negocian el tiempo.


Ese diálogo es, para mí, una de las razones secretas de la vitalidad de Baba O’Riley. La pieza contiene una tensión que décadas después se volvería cotidiana: el músico humano tocando frente a un tiempo producido tecnológicamente.


Hoy cualquier intérprete que trabaja con electrónica fija conoce ese vértigo. La cinta no espera. El secuenciador no respira. El algoritmo no mira al director.


Si llegaste tarde, llegaste tarde.


En 1971, The Who ya estaba entrando en ese territorio.


El fantasma de Lifehouse


Pero Baba O’Riley era solamente un fragmento de algo muchísimo mayor.


Después del éxito monumental de Tommy, Townshend comenzó a imaginar un proyecto llamado Lifehouse. Decir que era ambicioso resulta insuficiente.


Era una especie de ópera rock, proyecto cinematográfico, experimento multimedia, reflexión filosófica y utopía tecnológica al mismo tiempo.


En su universo narrativo, la humanidad vivía sometida a una existencia artificial, conectada a sistemas que proporcionaban experiencias y entretenimiento mientras el contacto con el mundo real desaparecía progresivamente.


Recordemos nuevamente la fecha.


1971.


Personas aisladas físicamente.


Conectadas mediante una red.


Recibiendo entretenimiento a través de sistemas tecnológicos.


Habitando una realidad cada vez más mediatizada.


¿Nos resulta familiar?


A veces las obras fallidas contienen profecías que las obras terminadas no se atreven a formular.


Lifehouse se volvió prácticamente imposible de realizar. Su arquitectura creció hasta desbordar los límites de la producción, del financiamiento y, probablemente, del propio Townshend. Hubo tensiones, drogas, agotamiento, conflictos con Kit Lambert y una creciente sensación de que aquel gigantesco organismo artístico se estaba volviendo inmanejable.


Incluso llegó a imaginar experiencias colectivas de enormes proporciones, con públicos participando durante periodos prolongados en la creación de acontecimientos musicales.


En el centro permanecía una obsesión:


encontrar una especie de nota universal.


Un punto en el cual las individualidades pudieran reunirse mediante el sonido.


La influencia del pensamiento espiritual sobre la vibración —incluidas ideas asociadas a Inayat Khan— flotaba alrededor del proyecto. Música, tecnología y conciencia dejaban de ser territorios separados.


Eran partes de una misma pregunta.


Lifehouse colapsó.


Pero de sus ruinas apareció algo extraordinario.


Glyn Johns ayudó a reorganizar aquel material no como fragmentos de una gigantesca utopía multimedia, sino como canciones.


Y entonces surgió Who’s Next.


Pocas ruinas han producido edificios semejantes.


Allí quedaron Baba O’Riley, Behind Blue Eyes y Won’t Get Fooled Again, entre otras.


A veces una obra necesita fracasar para que otra pueda existir.


Teenage wasteland


Y entonces aparece la voz de Roger Daltrey.


Después de aquella introducción casi futurista, entra una voz inequívocamente humana:


Out here in the fields…


La canción aterriza.


Del algoritmo al cuerpo.


De la abstracción al paisaje.


Y más adelante aparece una de las frases más famosas de la historia del rock:


Teenage wasteland.


Curiosamente, muchísimas personas terminaron llamando así a la canción.


Pero Baba O’Riley no se titula Teenage Wasteland.


La expresión tiene además una oscuridad que suele perderse cuando miles de personas la cantan eufóricamente en un estadio. Townshend estaba mirando también las consecuencias de aquella gran utopía contracultural de finales de los sesenta: festivales, drogas, jóvenes perdidos, espacios devastados después de las grandes concentraciones.


La generación que había prometido cambiar el mundo también había dejado basura detrás del escenario.


Literal y metafóricamente.


Y esa contradicción atraviesa la canción.


Porque Baba O’Riley puede sonar triunfal, pero no es exactamente una celebración.


Hay algo roto dentro de ella.


Y entonces aparece el violín


Cuando creemos haber entendido la obra ocurre otra transformación.


Entra el violín.


Dave Arbus, de East of Eden, introduce un gesto que modifica nuevamente la naturaleza de la pieza. La música abandona progresivamente el territorio del rock convencional y termina convertida en una especie de danza frenética, casi ritual.


El tiempo se acelera.


El cuerpo toma aquello que comenzó como mecanismo.


Y la pieza que había nacido de patrones repetitivos termina incendiándose.


Es maravilloso observar su arquitectura desde esa perspectiva:


máquina — banda — voz — danza.


O quizá:


dato — cuerpo — comunidad — trance.


El comienzo pertenece a un mecanismo.


El final pertenece nuevamente al ser humano.


Y entre ambos extremos está toda la canción.


Cincuenta y cinco años después


Por eso creo que reducir Baba O’Riley a “una de las grandes canciones del rock” es correcto, pero insuficiente.


Es también un pequeño laboratorio de algunas de las preguntas fundamentales que atravesarían la música durante las siguientes décadas.


¿Qué ocurre cuando el intérprete toca contra una máquina?


¿Puede un dato convertirse en sonido?


¿Puede una estructura repetitiva producir emoción?


¿Dónde termina la composición y comienza el algoritmo?


¿Puede la tecnología contener algo semejante a la identidad de una persona?


Y, quizá la pregunta más inquietante:


¿puede una máquina traducir algo parecido al alma?


Townshend no tenía inteligencia artificial generativa. No tenía redes neuronales. No tenía sensores biométricos sofisticados ni sistemas capaces de analizar millones de datos.


Tenía un órgano Lowrey.


Y una idea.


A veces basta eso.


Porque la verdadera innovación artística nunca comienza en la tecnología. Comienza algunos centímetros antes: en la imaginación de alguien que mira una herramienta disponible y se pregunta qué otra cosa podría hacer con ella.


Han pasado 55 años.


Hoy podemos convertir movimientos corporales en música, imágenes en espectros sonoros, datos astronómicos en frecuencias, actividad cerebral en parámetros de síntesis. Podemos construir sistemas que escuchan al intérprete y responden en tiempo real. Podemos incluso trabajar con inteligencias artificiales capaces de participar en determinados procesos creativos.


Aquella extravagante intuición de Pete Townshend ya no parece tan extravagante.


Y quizá por eso Baba O’Riley ha envejecido de una manera tan extraña.


No suena vieja.


Suena anticipatoria.


Escuchamos sus primeros segundos y seguimos esperando que ocurra algo. El patrón continúa girando como una pequeña máquina construida hace más de medio siglo que nadie se ha atrevido a apagar.


Después entra el piano.


Después la guitarra.


Después Keith Moon.


Después Daltrey.


Después el violín.


Y aquello que comenzó intentando traducir información humana termina haciendo exactamente lo contrario:


nos recuerda que ninguna máquina, por perfecta que sea, puede sustituir completamente el instante en que un cuerpo entra en el sonido.


Quizá ahí esté finalmente el secreto de Baba O’Riley.


Pete Townshend quiso convertir al hombre en música.


Y terminó convirtiendo la máquina en algo profundamente humano.


https://youtu.be/QRTNm6GLJYI?si=VIU86UE0gIxOM46X

CIRT Y CIRTONÍA, UNA ALIANZA QUE BUSCA LLEVAR LA RADIO A LA NUEVA ERA DIGITAL

La radiodifusión mexicana da un paso hacia la transformación digital con un convenio que apuesta por la innovación, la medición de audiencias y nuevas oportunidades de comercialización, sin tocar la independencia editorial de las estaciones.

La radio mexicana continúa adaptándose a los nuevos hábitos de consumo de contenidos y, en ese camino, la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión (CIRT) y Cirtonía formalizaron un convenio que pretende abrir nuevas posibilidades para las radiodifusoras del país.

El acuerdo fue firmado por Roque Mascareño Chávez, director general de Cirtonía, y José Antonio García Herrera, presidente del Consejo Directivo de la CIRT, quienes coincidieron en la necesidad de impulsar herramientas que permitan a la radio mexicana fortalecer su presencia en el entorno digital.

Uno de los puntos más atractivos del convenio es que las estaciones podrán incorporarse a la plataforma de manera libre y voluntaria, sin tener que pagar costos de inscripción, licenciamiento ni activación inicial. Es decir, se busca que la puerta de entrada a esta nueva alternativa tecnológica esté abierta para las radiodifusoras que decidan aprovecharla.



Radio más allá del receptor

La plataforma, desarrollada en México, permitirá retransmitir las señales radiofónicas a través de internet, llevando los contenidos de las estaciones a un público que cada vez consume más medios mediante computadoras, teléfonos inteligentes y otros dispositivos conectados.

Pero el convenio va más allá de simplemente poner la señal en línea. Una de sus principales apuestas es la posibilidad de medir las audiencias en tiempo real, algo fundamental en un escenario donde conocer quién escucha, cuándo lo hace y cómo consume los contenidos se ha convertido en una herramienta estratégica para las empresas de comunicación.

Y aquí aparece otro de los grandes objetivos: abrir nuevas vías de comercialización digital.

La radio tradicional ha tenido que competir con plataformas digitales que cuentan con sofisticados sistemas de medición y segmentación. Por ello, disponer de información de audiencia y nuevas herramientas comerciales puede representar una oportunidad para que las estaciones encuentren nuevas formas de generar ingresos y, al mismo tiempo, fortalezcan su relación con los anunciantes.

La independencia editorial, intocable

En tiempos donde la tecnología puede modificar la manera de distribuir los contenidos, el convenio establece un punto particularmente importante: el pleno respeto a la independencia editorial de cada radiodifusora.

La incorporación a la plataforma no significa, por tanto, ceder la línea editorial ni la identidad de cada estación. Cada radiodifusora conservará su personalidad, sus contenidos y sus criterios informativos y programáticos.

Y eso resulta fundamental, porque si algo distingue a la radio mexicana es precisamente la diversidad de voces, estilos y propuestas que conviven dentro del medio.



Una alianza con la mira puesta en el futuro

La firma entre Cirtonía y la CIRT puede interpretarse como un intento por construir un puente entre la radio de siempre y la radio que exige el nuevo ecosistema digital.

La señal ya no tiene por qué limitarse a las ondas hertzianas. Ahora puede viajar por internet, llegar a nuevos públicos, generar información sobre sus audiencias y convertirse en un producto con mayores posibilidades de comercialización.

El reto, desde luego, estará en que las radiodifusoras aprovechen realmente estas herramientas y las conviertan en contenidos atractivos, audiencias medibles y oportunidades comerciales concretas.

Por lo pronto, Roque Mascareño Chávez y José Antonio García Herrera colocan sus firmas en un acuerdo que apuesta por una radio mexicana más conectada, medible y competitiva.

Porque la radio podrá haber cambiado de plataforma, de receptor y hasta de hábitos de consumo, pero sigue teniendo una asignatura pendiente: no quedarse mirando cómo pasa el futuro, sino subirse a él. 

martes, 11 de agosto de 2026

POR ESO... GRACIAS

 

Hay despedidas que no solamente marcan el final de una etapa profesional, sino que también dejan una huella en la historia de un medio de comunicación. Este viernes 7 de agosto, Luis Cárdenas puso punto final a su ciclo en MVS Radio, después de 16 años de trayectoria dentro de la empresa, dejando detrás una historia construida a fuerza de micrófono, información, análisis y periodismo.

 

Durante todos estos años, Cárdenas se convirtió en una de las voces reconocibles de la radio informativa mexicana. Al frente de La Primera Emisión de MVS Noticias, consolidó un estilo propio para abordar la actualidad, combinando información, entrevistas, análisis y una mirada crítica sobre los acontecimientos nacionales e internacionales. El espacio llegó a ser descrito como un noticiario plural, en el que tenían cabida distintas voces y perspectivas del debate público.

 

Su carrera periodística también estuvo marcada por la cobertura de acontecimientos que trascendieron las fronteras de México. Entre sus trabajos destacaron coberturas como el cónclave papal de 2013, la crisis política y económica de Grecia, los atentados terroristas de Francia en 2015, la anexión de Crimea a Rusia y el intento de golpe de Estado en Turquía en 2016. También dio seguimiento a acontecimientos más recientes, como el huracán Otis, las elecciones de Estados Unidos y el cónclave papal de 2025.

 

A lo largo de su trayectoria, Cárdenas también consiguió reconocimientos que respaldaron la calidad de su trabajo. Entre ellos estuvieron el Premio Pagés Llergo al Mejor Noticiario, el reconocimiento UANL Motor de México, el Premio AMMEC al Mejor Periodista 2023 y el Premio Pagés Llergo a la Mejor Entrevista 2024. Asimismo, su espacio informativo recibió el Premio Internacional ALMA 2023 como mejor noticiero radiofónico matutino.

 

Pero más allá de los premios, quedó la experiencia de haber acompañado durante años a miles de radioescuchas en el inicio de sus jornadas. La Primera Emisión se convirtió en una ventana para conocer lo que ocurría en México y el mundo, con entrevistas a políticos, especialistas, periodistas, deportistas y protagonistas de la actualidad.

 


Su trabajo tampoco se limitó a la radio. Luis Cárdenas participó en otros espacios de análisis, escribió una columna semanal para El Universal y desarrolló proyectos televisivos, demostrando que su ejercicio periodístico había trascendido las fronteras de un solo medio.

 

El viernes 7 de agosto, aquella rutina de tantos años llegó a su fin. La voz que durante largo tiempo acompañó las mañanas desde MVS Radio cerró un capítulo que, independientemente de las circunstancias que llevaron a su salida, ya formaba parte de la historia reciente de la radio informativa mexicana.

 

Porque 16 años no se resumen solamente en una fecha de entrada y otra de salida. Fueron miles de horas al aire, entrevistas, coberturas, noticias de última hora, análisis, opiniones, aciertos, debates y, sobre todo, una relación construida con una audiencia que hizo de aquel espacio parte de su vida cotidiana. Ahora comienza una nueva etapa para Luis Cárdenas. Quedaba atrás MVS Radio, pero no su trayectoria ni el oficio periodístico que había construido durante años. Y ante el final de un ciclo tan largo, solamente quedaba decirlo como corresponde: Por eso... gracias, Luis Cárdenas. Gracias por las mañanas, por las noticias, por las entrevistas, por las coberturas y por haber convertido el ejercicio de informar en una profesión que dejó huella.

 

16 años después, el micrófono se apagó en MVS, pero la voz del periodista seguramente todavía tendrá mucho que contar.

 

viernes, 7 de agosto de 2026

NO HAY QUINTO MALO

 

En tiempos en los que la inmediatez suele imponerse sobre la profundidad, y donde las noticias compiten segundo a segundo por la atención del público, llegar al quinto aniversario no es un asunto menor. Al contrario, representa la consolidación de un proyecto informativo que ha sabido abrirse paso en el competido panorama de los medios de comunicación de Sinaloa.

LUZ NOTICIAS celebra cinco años de mantener informada a la ciudadanía a través de un noticiero de radio multiplataforma, difundido por las estaciones de LUZ NETWORK, conformando una cadena estatal que, día tras día, lleva el acontecer político, económico, social y deportivo a miles de radioescuchas y usuarios de las distintas plataformas digitales. Cinco años que se dicen fácil, pero que detrás esconden jornadas interminables, coberturas bajo cualquier circunstancia y el compromiso permanente de ofrecer información oportuna.

Al frente de este esfuerzo se encuentra José Rodríguez, acompañado por Eduardo Bórquez, Jesús Astorga y un equipo de profesionales de la comunicación que han convertido al noticiero en un referente para quienes buscan estar enterados de lo que ocurre en Sinaloa. La química entre sus conductores, sumada al trabajo de reporteros, productores, operadores, editores y personal técnico, ha permitido que la emisión mantenga una identidad propia y una presencia constante en las distintas plataformas donde hoy se consume la información.

Cinco años también significan haber sorteado momentos difíciles. La cobertura de hechos de alto impacto, fenómenos naturales, procesos electorales y acontecimientos que marcaron la vida pública del estado han puesto a prueba la capacidad periodística del equipo, que ha sabido responder con profesionalismo y rapidez, sin perder de vista la responsabilidad informativa.

Porque hacer noticias no consiste únicamente en abrir un micrófono. Detrás de cada emisión existe una maquinaria perfectamente sincronizada en la que cada integrante aporta su experiencia para que la información llegue con claridad, oportunidad y credibilidad, ya sea por la radio tradicional, las plataformas digitales o las redes sociales que forman parte del ecosistema informativo de LUZ NETWORK.



Como suele ocurrir en cualquier proyecto exitoso, no han faltado las críticas. Unos consideran que el espacio es demasiado serio; otros, que debería ser más incisivo. La realidad es que cuando un medio genera opiniones encontradas, significa que está siendo visto, escuchado y tomado en cuenta. La indiferencia, esa sí sería motivo de preocupación.

Hoy, LUZ NOTICIAS entra a su sexto año con el reto de seguir evolucionando en una industria que cambia constantemente, donde la convergencia entre la radio, las plataformas digitales y las redes sociales obliga a reinventarse todos los días sin perder la esencia del periodismo responsable.

Dicen que no hay quinto malo, y este aniversario parece confirmarlo. Cinco años después, el noticiero no solo permanece al aire; también ha logrado construir credibilidad, presencia y una audiencia fiel que lo acompaña diariamente a través de las frecuencias de LUZ NETWORK y de sus diferentes plataformas de difusión.

Desde este espacio, vaya una felicitación para José Rodríguez, Eduardo Bórquez, Jesús Astorga y todo el equipo humano que hace posible LUZ NOTICIAS. Porque mantenerse vigente durante cinco años ya es un logro; hacerlo informando con profesionalismo, adaptándose a los nuevos tiempos y aprovechando las ventajas de la comunicación multiplataforma, merece reconocerse. Después de todo, el viejo refrán no se equivoca: no hay quinto malo.

martes, 21 de julio de 2026

México de mis recuerdos: el país que el cine se negó a olvidar. A 82 años de una de las grandes joyas ocultas del cine mexicano


Por Aldo Rodríguez


Hay películas que uno admira. Hay otras que simplemente entretienen. Y hay unas cuantas, muy pocas, que nos acompañan toda la vida sin hacer ruido.


México de mis recuerdos pertenece a ese pequeño grupo.


Si alguien me hubiera dicho hace años que terminaría escribiendo un ensayo sobre una película filmada en 1944, probablemente no le habría creído. Sin embargo, aquí estoy. Y la razón es sencilla: algunas obras permanecen escondidas en la memoria durante décadas, esperando el momento preciso para volver a hablarnos.


Conocí esta película siendo niño.


En aquella Ciudad de México donde crecí, el Canal 4 transmitía prácticamente todo el día películas de la llamada Época de Oro del cine mexicano. Había de todo. Obras maestras, melodramas olvidables, comedias improvisadas, musicales entrañables. Como ocurre en cualquier cinematografía, la calidad era desigual.


Pero una tarde apareció México de mis recuerdos.


Y ya nunca se fue.


No creo exagerar al decir que fue una de las primeras películas que despertaron en mí la sensación de que el cine podía ser mucho más que entretenimiento. Podía convertirse en una máquina del tiempo.


En mi casa, además, existía un ingrediente adicional.


La figura de Porfirio Díaz siempre fue tratada con enorme respeto. Mi padre nos enseñó desde muy pequeños que la historia jamás debe reducirse a consignas ni a caricaturas. Nos hablaba de los claroscuros de cualquier gobernante, pero también de la obligación de reconocer los logros cuando éstos existen. Crecí escuchando un retrato muy distinto al que durante décadas ofrecieron los libros oficiales.


Con sus contradicciones —porque ningún personaje histórico escapa a ellas— don Porfirio representó para nosotros uno de los periodos de mayor estabilidad, modernización y crecimiento que ha conocido México.


Quizá por eso la película me atrapó desde el principio.


No pretendía hacer historia académica.


Pretendía algo mucho más difícil: reconstruir una atmósfera.


Y lo consigue de manera admirable.



El espectador entra a un país donde todavía resuenan las zarzuelas, donde el Teatro Principal constituye uno de los centros culturales más importantes de la capital, donde las jóvenes son educadas bajo estrictos códigos sociales, donde la elegancia forma parte de la vida cotidiana y donde todavía parece posible caminar lentamente por una ciudad que aún no conoce el vértigo del siglo XX.


Es el México porfiriano visto desde la nostalgia.


Pero también desde el cariño.


La anécdota es aparentemente sencilla.


Las tías desean que un joven, ya en edad de sentar cabeza, contraiga matrimonio con una muchacha respetable, discreta y bien educada. Sin embargo, el corazón del protagonista tiene otros planes. Lo seduce el mundo del teatro, de las tiples, de las mujeres que viven entre bambalinas, música y aplausos.


Ese conflicto basta para construir una comedia elegante, inteligente y profundamente humana.


Fernando Soler demuestra una vez más por qué pertenece al reducido grupo de los grandes actores que ha dado este país. Nunca necesita exagerar. Nunca busca el efecto fácil. Su sola presencia llena la pantalla con una naturalidad que hoy resulta casi irrepetible.


Y qué decir de la bellísima Sofía Álvarez.


Su presencia reúne algo que pocas actrices consiguen: belleza, sensibilidad y una extraordinaria inteligencia interpretativa. Basta verla unos minutos para comprender por qué fue una de las figuras más queridas del cine nacional.


Pero existe un personaje que terminó conquistando varias generaciones de espectadores.


Susanito Peñafiel y Somellera.


Joaquín Pardavé construye aquí una creación inolvidable. Cada gesto, cada pausa, cada inflexión de la voz parecen surgir con absoluta espontaneidad. Su humor jamás cae en la vulgaridad; nace del ingenio, de la observación y de una comprensión profunda del carácter mexicano.


No es casualidad que continúe siendo uno de los personajes más recordados de nuestra cinematografía.


Hay algo más que vuelve extraordinaria esta película.


Su música.


Escuchar las páginas de Ricardo Castro conviviendo con las zarzuelas de la época convierte al filme en un verdadero documento sonoro. La banda sonora no acompaña la historia: la reconstruye. Cada compás ayuda a levantar un México desaparecido.


Porque esa es quizá la mayor virtud de México de mis recuerdos.


No intenta convencernos de que el pasado fue perfecto.


Simplemente nos permite visitarlo.


Y eso es muy distinto.



Cuando la película llegó a las salas en 1944, apenas habían transcurrido alrededor de tres décadas desde el final del Porfiriato. La Revolución todavía era una herida relativamente reciente. Muchas personas que acudieron al cine habían vivido aquel mundo. Lo recordaban. Lo habían caminado.


Para ellos, la película representaba una evocación.


Para nosotros, ochenta y dos años después, representa algo todavía más valioso.


Es memoria.


Una memoria cinematográfica que conserva edificios desaparecidos, costumbres olvidadas, maneras de hablar, códigos sociales, formas de vestir y hasta un ritmo distinto de entender la vida.


En tiempos donde la historia suele simplificarse para acomodarse a discursos políticos, películas como ésta adquieren un valor inmenso.


Nos recuerdan que ningún país puede construirse negando partes de su pasado.


La historia no está hecha para venerar ni para destruir personajes.


Está hecha para comprenderlos.


Y el cine, cuando alcanza esta altura, se convierte en un aliado extraordinario de esa comprensión.


Resulta curioso que muchas personas conozcan perfectamente los grandes clásicos del cine europeo o norteamericano y jamás hayan visto México de mis recuerdos. Eso debería preocuparnos. Porque la cultura también consiste en reconocer aquello que nosotros mismos hemos sido capaces de crear.


Esta película debería formar parte de la educación sentimental y cultural de cualquier mexicano. No únicamente por su calidad cinematográfica, sino porque nos recuerda que un país también se construye con memoria. Con música. Con teatro. Con arquitectura. Con formas de hablar. Con maneras de vestir. Con personajes que, reales o imaginarios, ayudan a comprender quiénes fuimos.



Y, sin embargo, pareciera que en México ocurre exactamente lo contrario.


Vivimos tiempos en los que la historia deja de estudiarse para convertirse en herramienta política. En lugar de comprender el pasado en toda su complejidad, se simplifica hasta convertirlo en una colección de villanos convenientes. Resulta más fácil culpar a Porfirio Díaz, a Hernán Cortés, a los virreyes o a cualquier personaje distante de los problemas del presente que asumir la responsabilidad de construir un mejor país aquí y ahora.


La historia termina entonces convertida en propaganda.


Pero la historia no sirve para repartir culpas eternas.


Sirve para comprender procesos.


Ninguna nación madura vive peleándose con sus fantasmas. Los estudia, los contextualiza, aprende de ellos y continúa caminando. Francia no explica sus problemas actuales culpando a Napoleón; Italia no responsabiliza a los Médici de sus crisis contemporáneas; España no reduce su historia a una batalla permanente contra los Reyes Católicos. Sólo una sociedad insegura necesita encontrar enemigos en los siglos pasados para justificar las carencias del presente.


Por eso México de mis recuerdos posee un valor que trasciende al cine. Nos devuelve un México porfiriano sin panfleto, sin consignas, sin discursos ideológicos. Lo muestra con sus virtudes, con sus contradicciones y con la elegancia de quien entiende que el arte no está obligado a dictar sentencias, sino a despertar preguntas.


Quizá ésa sea la mayor enseñanza de esta película ochenta y dos años después de su estreno.


La memoria no debe utilizarse como un arma.


Debe ser un puente.


Porque un pueblo que manipula su pasado termina desconfiando de su presente. Y un pueblo que olvida deliberadamente una parte de su historia acaba perdiendo, poco a poco, la capacidad de imaginar su futuro.


Por eso sigo creyendo que México de mis recuerdos no es únicamente una magnífica película de la Época de Oro del cine mexicano.


Es un acto de resistencia cultural.


Una invitación a mirar nuestra historia con inteligencia antes que con prejuicios, con curiosidad antes que con resentimiento y con la serenidad de quien entiende que ningún país puede aspirar a un futuro digno mientras siga discutiendo el pasado con las consignas del presente.

XANADU: CUANDO EL CINE TODAVÍA SE ATREVÍA A SOÑAR A 46 años de una película imperfecta, luminosa y deliciosamente ingenua

Por Aldo Rodríguez Hay películas que uno recuerda porque fueron extraordinarias. Otras porque ganaron premios, cambiaron el lenguaje cinemat...