miércoles, 12 de agosto de 2026

*BABA O’RILEY: CUANDO EL ROCK INTENTÓ CONVERTIR EL ALMA EN SONIDO* _A 55 años de una de las grandes obras de The Who_



*Por Aldo Rodríguez*


Hay canciones que pertenecen a una época. Otras consiguen sobrevivirla. Y unas cuantas, muy pocas, parecen haber sido escritas desde algún lugar extraño del tiempo, como si hubieran llegado demasiado pronto y hubiésemos necesitado décadas para comprender lo que realmente estaban haciendo.


Baba O’Riley, de The Who, pertenece a esta última categoría.


Han pasado 55 años desde su aparición en Who’s Next, en 1971, y aquellos primeros segundos continúan resultando desconcertantes. Antes de que aparezca la guitarra, antes de que Roger Daltrey pronuncie una sola palabra, antes incluso de que Keith Moon convierta la batería en una fuerza de la naturaleza, escuchamos algo que, para los oídos actuales, parecería provenir de una computadora.


Un patrón.


Notas que se repiten, se desplazan, se entrecruzan. Una pequeña maquinaria sonora que gira sobre sí misma y, sin embargo, nunca parece estar exactamente en el mismo sitio.


Hoy estamos acostumbrados a los secuenciadores, los arpegiadores, el MIDI, los loops y las computadoras capaces de organizar millones de acontecimientos musicales con precisión microscópica. Pero estamos hablando de 1971.


Y ahí comienza lo extraordinario.


Porque Baba O’Riley no nació solamente como una canción de rock.


Nació de una pregunta mucho más extraña:


¿es posible convertir a un ser humano en música?


El alma como partitura



Pete Townshend llevaba tiempo fascinado por una idea que, vista desde nuestro presente, resulta inquietantemente contemporánea. Imaginaba un sistema capaz de recibir información perteneciente a una persona —datos físicos, biográficos, incluso astrológicos— y transformarla en parámetros musicales.


Altura. Peso. Fecha de nacimiento. Rasgos particulares.


Datos convertidos en sonido.


No era simplemente componer un retrato musical, como tantos compositores habían hecho durante siglos. Townshend imaginaba algo distinto: traducir información humana a estructuras sonoras mediante una máquina.


Hoy podríamos hablar de sonificación de datos, composición algorítmica o parametrización musical. Incluso podríamos imaginar perfectamente un programa escrito en Max/MSP, SuperCollider o Python tomando información biométrica y convirtiéndola en alturas, duraciones, densidades, timbres y procesos electrónicos.


Pero Townshend estaba pensando en ello hace más de medio siglo.


Y esto cambia por completo nuestra manera de escuchar Baba O’Riley.



El hombre cuyos datos espirituales y simbólicos alimentaban aquella imaginación era Meher Baba, maestro espiritual indio nacido en 1894 y convertido en una influencia fundamental para Townshend.


Baba había adoptado el silencio en 1925 y permaneció sin hablar hasta su muerte, en 1969. Se comunicaba mediante gestos y, durante buena parte de ese periodo, con ayuda de un tablero alfabético.


Hay algo profundamente hermoso en la paradoja.


Un hombre que renuncia a la palabra termina convertido, simbólicamente, en música.


Quizá porque donde termina el lenguaje comienza otra clase de conocimiento.


Y Townshend quiso escucharlo.


Baba y Riley


La otra mitad del título pertenece a Terry Riley.


Y aquí la historia se vuelve todavía más interesante.


Riley era ya una de las figuras fundamentales del minimalismo estadounidense. Su célebre In C, estrenada en 1964, había planteado una manera distinta de concebir el tiempo musical: pequeñas células que se repiten, músicos avanzando independientemente a través de ellas, acumulaciones, desplazamientos, coincidencias y transformaciones que no dependen de la narración armónica tradicional.


La música ya no tenía necesariamente que viajar de A hacia B.


Podía habitar un estado.


Podía permanecer.


Respirar.


Transformarse desde dentro.



La influencia de esa concepción resulta perceptible en Baba O’Riley. No porque Townshend esté copiando a Riley, sino porque ha comprendido algo mucho más profundo: la repetición también puede producir movimiento.


Es una de las grandes paradojas del minimalismo.


Algo se repite y, precisamente porque se repite, comenzamos a escuchar sus diferencias.


Nuestro oído cambia.


La figura permanece; nosotros no.


Por eso aquella introducción continúa teniendo una cualidad hipnótica. El patrón parece una superficie mecánica, pero debajo de ella ocurren pequeñas mutaciones perceptivas. Cada nueva entrada modifica nuestra comprensión de lo que acabamos de escuchar.


Hay algo de In C allí, naturalmente. Pero también existe esa fascinación que el minimalismo estadounidense comenzaba a ejercer sobre músicos que venían de mundos aparentemente alejados de la llamada música académica.


Las fronteras empezaban a romperse.


Y el rock estaba escuchando.


El sintetizador que no era sintetizador


Hay además una deliciosa ironía tecnológica.


Uno de los sonidos electrónicos más reconocibles de la historia del rock no nació exactamente de un sintetizador convencional.


Townshend utilizó un órgano Lowrey Berkshire Deluxe TBO-1, aprovechando una función conocida como Marimba Repeat. Al mantener las teclas presionadas, el instrumento generaba articulaciones repetidas que podían producir aquellos patrones vertiginosos.


Escuchado hoy, parece un secuenciador.


Pero el MIDI todavía estaba a más de una década de distancia.


No había una computadora portátil esperando sobre una mesa. No existía Ableton Live. No había plugins capaces de corregir, cuantizar, copiar y desplazar una secuencia con un movimiento del ratón.


Había que encontrar la tecnología dentro de la tecnología disponible.


Eso me parece fascinante.


Los grandes momentos de innovación musical rara vez ocurren cuando alguien utiliza una herramienta exactamente como fue diseñada. Ocurren cuando alguien descubre que un aparato puede hacer algo que quizá ni siquiera sus fabricantes imaginaron.


El instrumento deja entonces de ser herramienta.


Se convierte en territorio.


Y Townshend encontró allí una puerta.


Keith Moon contra la máquina


Después sucede algo todavía más extraordinario.


Entra Keith Moon.


Y aquí chocan dos concepciones del tiempo.


Por un lado está la regularidad obsesiva del patrón electrónico. Una especie de reloj musical implacable.


Por el otro, uno de los bateristas menos “mecánicos” imaginables.


Moon no tocaba la batería como quien administra pulsaciones. Parecía perseguir la música, empujarla, derribarla, volverla a levantar. Sus redobles podían aparecer donde cualquier baterista sensato habría preferido permanecer quieto.


Era exuberante, imprevisible, excesivo.


Profundamente humano.


Y entonces ocurre el milagro: la máquina y el cuerpo conviven.


El patrón electrónico no se detiene para esperarlo. Moon tampoco intenta convertirse en máquina.


Ambos negocian el tiempo.


Ese diálogo es, para mí, una de las razones secretas de la vitalidad de Baba O’Riley. La pieza contiene una tensión que décadas después se volvería cotidiana: el músico humano tocando frente a un tiempo producido tecnológicamente.


Hoy cualquier intérprete que trabaja con electrónica fija conoce ese vértigo. La cinta no espera. El secuenciador no respira. El algoritmo no mira al director.


Si llegaste tarde, llegaste tarde.


En 1971, The Who ya estaba entrando en ese territorio.


El fantasma de Lifehouse


Pero Baba O’Riley era solamente un fragmento de algo muchísimo mayor.


Después del éxito monumental de Tommy, Townshend comenzó a imaginar un proyecto llamado Lifehouse. Decir que era ambicioso resulta insuficiente.


Era una especie de ópera rock, proyecto cinematográfico, experimento multimedia, reflexión filosófica y utopía tecnológica al mismo tiempo.


En su universo narrativo, la humanidad vivía sometida a una existencia artificial, conectada a sistemas que proporcionaban experiencias y entretenimiento mientras el contacto con el mundo real desaparecía progresivamente.


Recordemos nuevamente la fecha.


1971.


Personas aisladas físicamente.


Conectadas mediante una red.


Recibiendo entretenimiento a través de sistemas tecnológicos.


Habitando una realidad cada vez más mediatizada.


¿Nos resulta familiar?


A veces las obras fallidas contienen profecías que las obras terminadas no se atreven a formular.


Lifehouse se volvió prácticamente imposible de realizar. Su arquitectura creció hasta desbordar los límites de la producción, del financiamiento y, probablemente, del propio Townshend. Hubo tensiones, drogas, agotamiento, conflictos con Kit Lambert y una creciente sensación de que aquel gigantesco organismo artístico se estaba volviendo inmanejable.


Incluso llegó a imaginar experiencias colectivas de enormes proporciones, con públicos participando durante periodos prolongados en la creación de acontecimientos musicales.


En el centro permanecía una obsesión:


encontrar una especie de nota universal.


Un punto en el cual las individualidades pudieran reunirse mediante el sonido.


La influencia del pensamiento espiritual sobre la vibración —incluidas ideas asociadas a Inayat Khan— flotaba alrededor del proyecto. Música, tecnología y conciencia dejaban de ser territorios separados.


Eran partes de una misma pregunta.


Lifehouse colapsó.


Pero de sus ruinas apareció algo extraordinario.


Glyn Johns ayudó a reorganizar aquel material no como fragmentos de una gigantesca utopía multimedia, sino como canciones.


Y entonces surgió Who’s Next.


Pocas ruinas han producido edificios semejantes.


Allí quedaron Baba O’Riley, Behind Blue Eyes y Won’t Get Fooled Again, entre otras.


A veces una obra necesita fracasar para que otra pueda existir.


Teenage wasteland


Y entonces aparece la voz de Roger Daltrey.


Después de aquella introducción casi futurista, entra una voz inequívocamente humana:


Out here in the fields…


La canción aterriza.


Del algoritmo al cuerpo.


De la abstracción al paisaje.


Y más adelante aparece una de las frases más famosas de la historia del rock:


Teenage wasteland.


Curiosamente, muchísimas personas terminaron llamando así a la canción.


Pero Baba O’Riley no se titula Teenage Wasteland.


La expresión tiene además una oscuridad que suele perderse cuando miles de personas la cantan eufóricamente en un estadio. Townshend estaba mirando también las consecuencias de aquella gran utopía contracultural de finales de los sesenta: festivales, drogas, jóvenes perdidos, espacios devastados después de las grandes concentraciones.


La generación que había prometido cambiar el mundo también había dejado basura detrás del escenario.


Literal y metafóricamente.


Y esa contradicción atraviesa la canción.


Porque Baba O’Riley puede sonar triunfal, pero no es exactamente una celebración.


Hay algo roto dentro de ella.


Y entonces aparece el violín


Cuando creemos haber entendido la obra ocurre otra transformación.


Entra el violín.


Dave Arbus, de East of Eden, introduce un gesto que modifica nuevamente la naturaleza de la pieza. La música abandona progresivamente el territorio del rock convencional y termina convertida en una especie de danza frenética, casi ritual.


El tiempo se acelera.


El cuerpo toma aquello que comenzó como mecanismo.


Y la pieza que había nacido de patrones repetitivos termina incendiándose.


Es maravilloso observar su arquitectura desde esa perspectiva:


máquina — banda — voz — danza.


O quizá:


dato — cuerpo — comunidad — trance.


El comienzo pertenece a un mecanismo.


El final pertenece nuevamente al ser humano.


Y entre ambos extremos está toda la canción.


Cincuenta y cinco años después


Por eso creo que reducir Baba O’Riley a “una de las grandes canciones del rock” es correcto, pero insuficiente.


Es también un pequeño laboratorio de algunas de las preguntas fundamentales que atravesarían la música durante las siguientes décadas.


¿Qué ocurre cuando el intérprete toca contra una máquina?


¿Puede un dato convertirse en sonido?


¿Puede una estructura repetitiva producir emoción?


¿Dónde termina la composición y comienza el algoritmo?


¿Puede la tecnología contener algo semejante a la identidad de una persona?


Y, quizá la pregunta más inquietante:


¿puede una máquina traducir algo parecido al alma?


Townshend no tenía inteligencia artificial generativa. No tenía redes neuronales. No tenía sensores biométricos sofisticados ni sistemas capaces de analizar millones de datos.


Tenía un órgano Lowrey.


Y una idea.


A veces basta eso.


Porque la verdadera innovación artística nunca comienza en la tecnología. Comienza algunos centímetros antes: en la imaginación de alguien que mira una herramienta disponible y se pregunta qué otra cosa podría hacer con ella.


Han pasado 55 años.


Hoy podemos convertir movimientos corporales en música, imágenes en espectros sonoros, datos astronómicos en frecuencias, actividad cerebral en parámetros de síntesis. Podemos construir sistemas que escuchan al intérprete y responden en tiempo real. Podemos incluso trabajar con inteligencias artificiales capaces de participar en determinados procesos creativos.


Aquella extravagante intuición de Pete Townshend ya no parece tan extravagante.


Y quizá por eso Baba O’Riley ha envejecido de una manera tan extraña.


No suena vieja.


Suena anticipatoria.


Escuchamos sus primeros segundos y seguimos esperando que ocurra algo. El patrón continúa girando como una pequeña máquina construida hace más de medio siglo que nadie se ha atrevido a apagar.


Después entra el piano.


Después la guitarra.


Después Keith Moon.


Después Daltrey.


Después el violín.


Y aquello que comenzó intentando traducir información humana termina haciendo exactamente lo contrario:


nos recuerda que ninguna máquina, por perfecta que sea, puede sustituir completamente el instante en que un cuerpo entra en el sonido.


Quizá ahí esté finalmente el secreto de Baba O’Riley.


Pete Townshend quiso convertir al hombre en música.


Y terminó convirtiendo la máquina en algo profundamente humano.


https://youtu.be/QRTNm6GLJYI?si=VIU86UE0gIxOM46X

CIRT Y CIRTONÍA, UNA ALIANZA QUE BUSCA LLEVAR LA RADIO A LA NUEVA ERA DIGITAL

La radiodifusión mexicana da un paso hacia la transformación digital con un convenio que apuesta por la innovación, la medición de audiencias y nuevas oportunidades de comercialización, sin tocar la independencia editorial de las estaciones.

La radio mexicana continúa adaptándose a los nuevos hábitos de consumo de contenidos y, en ese camino, la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión (CIRT) y Cirtonía formalizaron un convenio que pretende abrir nuevas posibilidades para las radiodifusoras del país.

El acuerdo fue firmado por Roque Mascareño Chávez, director general de Cirtonía, y José Antonio García Herrera, presidente del Consejo Directivo de la CIRT, quienes coincidieron en la necesidad de impulsar herramientas que permitan a la radio mexicana fortalecer su presencia en el entorno digital.

Uno de los puntos más atractivos del convenio es que las estaciones podrán incorporarse a la plataforma de manera libre y voluntaria, sin tener que pagar costos de inscripción, licenciamiento ni activación inicial. Es decir, se busca que la puerta de entrada a esta nueva alternativa tecnológica esté abierta para las radiodifusoras que decidan aprovecharla.



Radio más allá del receptor

La plataforma, desarrollada en México, permitirá retransmitir las señales radiofónicas a través de internet, llevando los contenidos de las estaciones a un público que cada vez consume más medios mediante computadoras, teléfonos inteligentes y otros dispositivos conectados.

Pero el convenio va más allá de simplemente poner la señal en línea. Una de sus principales apuestas es la posibilidad de medir las audiencias en tiempo real, algo fundamental en un escenario donde conocer quién escucha, cuándo lo hace y cómo consume los contenidos se ha convertido en una herramienta estratégica para las empresas de comunicación.

Y aquí aparece otro de los grandes objetivos: abrir nuevas vías de comercialización digital.

La radio tradicional ha tenido que competir con plataformas digitales que cuentan con sofisticados sistemas de medición y segmentación. Por ello, disponer de información de audiencia y nuevas herramientas comerciales puede representar una oportunidad para que las estaciones encuentren nuevas formas de generar ingresos y, al mismo tiempo, fortalezcan su relación con los anunciantes.

La independencia editorial, intocable

En tiempos donde la tecnología puede modificar la manera de distribuir los contenidos, el convenio establece un punto particularmente importante: el pleno respeto a la independencia editorial de cada radiodifusora.

La incorporación a la plataforma no significa, por tanto, ceder la línea editorial ni la identidad de cada estación. Cada radiodifusora conservará su personalidad, sus contenidos y sus criterios informativos y programáticos.

Y eso resulta fundamental, porque si algo distingue a la radio mexicana es precisamente la diversidad de voces, estilos y propuestas que conviven dentro del medio.



Una alianza con la mira puesta en el futuro

La firma entre Cirtonía y la CIRT puede interpretarse como un intento por construir un puente entre la radio de siempre y la radio que exige el nuevo ecosistema digital.

La señal ya no tiene por qué limitarse a las ondas hertzianas. Ahora puede viajar por internet, llegar a nuevos públicos, generar información sobre sus audiencias y convertirse en un producto con mayores posibilidades de comercialización.

El reto, desde luego, estará en que las radiodifusoras aprovechen realmente estas herramientas y las conviertan en contenidos atractivos, audiencias medibles y oportunidades comerciales concretas.

Por lo pronto, Roque Mascareño Chávez y José Antonio García Herrera colocan sus firmas en un acuerdo que apuesta por una radio mexicana más conectada, medible y competitiva.

Porque la radio podrá haber cambiado de plataforma, de receptor y hasta de hábitos de consumo, pero sigue teniendo una asignatura pendiente: no quedarse mirando cómo pasa el futuro, sino subirse a él. 

martes, 11 de agosto de 2026

POR ESO... GRACIAS

 

Hay despedidas que no solamente marcan el final de una etapa profesional, sino que también dejan una huella en la historia de un medio de comunicación. Este viernes 7 de agosto, Luis Cárdenas puso punto final a su ciclo en MVS Radio, después de 16 años de trayectoria dentro de la empresa, dejando detrás una historia construida a fuerza de micrófono, información, análisis y periodismo.

 

Durante todos estos años, Cárdenas se convirtió en una de las voces reconocibles de la radio informativa mexicana. Al frente de La Primera Emisión de MVS Noticias, consolidó un estilo propio para abordar la actualidad, combinando información, entrevistas, análisis y una mirada crítica sobre los acontecimientos nacionales e internacionales. El espacio llegó a ser descrito como un noticiario plural, en el que tenían cabida distintas voces y perspectivas del debate público.

 

Su carrera periodística también estuvo marcada por la cobertura de acontecimientos que trascendieron las fronteras de México. Entre sus trabajos destacaron coberturas como el cónclave papal de 2013, la crisis política y económica de Grecia, los atentados terroristas de Francia en 2015, la anexión de Crimea a Rusia y el intento de golpe de Estado en Turquía en 2016. También dio seguimiento a acontecimientos más recientes, como el huracán Otis, las elecciones de Estados Unidos y el cónclave papal de 2025.

 

A lo largo de su trayectoria, Cárdenas también consiguió reconocimientos que respaldaron la calidad de su trabajo. Entre ellos estuvieron el Premio Pagés Llergo al Mejor Noticiario, el reconocimiento UANL Motor de México, el Premio AMMEC al Mejor Periodista 2023 y el Premio Pagés Llergo a la Mejor Entrevista 2024. Asimismo, su espacio informativo recibió el Premio Internacional ALMA 2023 como mejor noticiero radiofónico matutino.

 

Pero más allá de los premios, quedó la experiencia de haber acompañado durante años a miles de radioescuchas en el inicio de sus jornadas. La Primera Emisión se convirtió en una ventana para conocer lo que ocurría en México y el mundo, con entrevistas a políticos, especialistas, periodistas, deportistas y protagonistas de la actualidad.

 


Su trabajo tampoco se limitó a la radio. Luis Cárdenas participó en otros espacios de análisis, escribió una columna semanal para El Universal y desarrolló proyectos televisivos, demostrando que su ejercicio periodístico había trascendido las fronteras de un solo medio.

 

El viernes 7 de agosto, aquella rutina de tantos años llegó a su fin. La voz que durante largo tiempo acompañó las mañanas desde MVS Radio cerró un capítulo que, independientemente de las circunstancias que llevaron a su salida, ya formaba parte de la historia reciente de la radio informativa mexicana.

 

Porque 16 años no se resumen solamente en una fecha de entrada y otra de salida. Fueron miles de horas al aire, entrevistas, coberturas, noticias de última hora, análisis, opiniones, aciertos, debates y, sobre todo, una relación construida con una audiencia que hizo de aquel espacio parte de su vida cotidiana. Ahora comienza una nueva etapa para Luis Cárdenas. Quedaba atrás MVS Radio, pero no su trayectoria ni el oficio periodístico que había construido durante años. Y ante el final de un ciclo tan largo, solamente quedaba decirlo como corresponde: Por eso... gracias, Luis Cárdenas. Gracias por las mañanas, por las noticias, por las entrevistas, por las coberturas y por haber convertido el ejercicio de informar en una profesión que dejó huella.

 

16 años después, el micrófono se apagó en MVS, pero la voz del periodista seguramente todavía tendrá mucho que contar.

 

viernes, 7 de agosto de 2026

NO HAY QUINTO MALO

 

En tiempos en los que la inmediatez suele imponerse sobre la profundidad, y donde las noticias compiten segundo a segundo por la atención del público, llegar al quinto aniversario no es un asunto menor. Al contrario, representa la consolidación de un proyecto informativo que ha sabido abrirse paso en el competido panorama de los medios de comunicación de Sinaloa.

LUZ NOTICIAS celebra cinco años de mantener informada a la ciudadanía a través de un noticiero de radio multiplataforma, difundido por las estaciones de LUZ NETWORK, conformando una cadena estatal que, día tras día, lleva el acontecer político, económico, social y deportivo a miles de radioescuchas y usuarios de las distintas plataformas digitales. Cinco años que se dicen fácil, pero que detrás esconden jornadas interminables, coberturas bajo cualquier circunstancia y el compromiso permanente de ofrecer información oportuna.

Al frente de este esfuerzo se encuentra José Rodríguez, acompañado por Eduardo Bórquez, Jesús Astorga y un equipo de profesionales de la comunicación que han convertido al noticiero en un referente para quienes buscan estar enterados de lo que ocurre en Sinaloa. La química entre sus conductores, sumada al trabajo de reporteros, productores, operadores, editores y personal técnico, ha permitido que la emisión mantenga una identidad propia y una presencia constante en las distintas plataformas donde hoy se consume la información.

Cinco años también significan haber sorteado momentos difíciles. La cobertura de hechos de alto impacto, fenómenos naturales, procesos electorales y acontecimientos que marcaron la vida pública del estado han puesto a prueba la capacidad periodística del equipo, que ha sabido responder con profesionalismo y rapidez, sin perder de vista la responsabilidad informativa.

Porque hacer noticias no consiste únicamente en abrir un micrófono. Detrás de cada emisión existe una maquinaria perfectamente sincronizada en la que cada integrante aporta su experiencia para que la información llegue con claridad, oportunidad y credibilidad, ya sea por la radio tradicional, las plataformas digitales o las redes sociales que forman parte del ecosistema informativo de LUZ NETWORK.



Como suele ocurrir en cualquier proyecto exitoso, no han faltado las críticas. Unos consideran que el espacio es demasiado serio; otros, que debería ser más incisivo. La realidad es que cuando un medio genera opiniones encontradas, significa que está siendo visto, escuchado y tomado en cuenta. La indiferencia, esa sí sería motivo de preocupación.

Hoy, LUZ NOTICIAS entra a su sexto año con el reto de seguir evolucionando en una industria que cambia constantemente, donde la convergencia entre la radio, las plataformas digitales y las redes sociales obliga a reinventarse todos los días sin perder la esencia del periodismo responsable.

Dicen que no hay quinto malo, y este aniversario parece confirmarlo. Cinco años después, el noticiero no solo permanece al aire; también ha logrado construir credibilidad, presencia y una audiencia fiel que lo acompaña diariamente a través de las frecuencias de LUZ NETWORK y de sus diferentes plataformas de difusión.

Desde este espacio, vaya una felicitación para José Rodríguez, Eduardo Bórquez, Jesús Astorga y todo el equipo humano que hace posible LUZ NOTICIAS. Porque mantenerse vigente durante cinco años ya es un logro; hacerlo informando con profesionalismo, adaptándose a los nuevos tiempos y aprovechando las ventajas de la comunicación multiplataforma, merece reconocerse. Después de todo, el viejo refrán no se equivoca: no hay quinto malo.

martes, 21 de julio de 2026

México de mis recuerdos: el país que el cine se negó a olvidar. A 82 años de una de las grandes joyas ocultas del cine mexicano


Por Aldo Rodríguez


Hay películas que uno admira. Hay otras que simplemente entretienen. Y hay unas cuantas, muy pocas, que nos acompañan toda la vida sin hacer ruido.


México de mis recuerdos pertenece a ese pequeño grupo.


Si alguien me hubiera dicho hace años que terminaría escribiendo un ensayo sobre una película filmada en 1944, probablemente no le habría creído. Sin embargo, aquí estoy. Y la razón es sencilla: algunas obras permanecen escondidas en la memoria durante décadas, esperando el momento preciso para volver a hablarnos.


Conocí esta película siendo niño.


En aquella Ciudad de México donde crecí, el Canal 4 transmitía prácticamente todo el día películas de la llamada Época de Oro del cine mexicano. Había de todo. Obras maestras, melodramas olvidables, comedias improvisadas, musicales entrañables. Como ocurre en cualquier cinematografía, la calidad era desigual.


Pero una tarde apareció México de mis recuerdos.


Y ya nunca se fue.


No creo exagerar al decir que fue una de las primeras películas que despertaron en mí la sensación de que el cine podía ser mucho más que entretenimiento. Podía convertirse en una máquina del tiempo.


En mi casa, además, existía un ingrediente adicional.


La figura de Porfirio Díaz siempre fue tratada con enorme respeto. Mi padre nos enseñó desde muy pequeños que la historia jamás debe reducirse a consignas ni a caricaturas. Nos hablaba de los claroscuros de cualquier gobernante, pero también de la obligación de reconocer los logros cuando éstos existen. Crecí escuchando un retrato muy distinto al que durante décadas ofrecieron los libros oficiales.


Con sus contradicciones —porque ningún personaje histórico escapa a ellas— don Porfirio representó para nosotros uno de los periodos de mayor estabilidad, modernización y crecimiento que ha conocido México.


Quizá por eso la película me atrapó desde el principio.


No pretendía hacer historia académica.


Pretendía algo mucho más difícil: reconstruir una atmósfera.


Y lo consigue de manera admirable.



El espectador entra a un país donde todavía resuenan las zarzuelas, donde el Teatro Principal constituye uno de los centros culturales más importantes de la capital, donde las jóvenes son educadas bajo estrictos códigos sociales, donde la elegancia forma parte de la vida cotidiana y donde todavía parece posible caminar lentamente por una ciudad que aún no conoce el vértigo del siglo XX.


Es el México porfiriano visto desde la nostalgia.


Pero también desde el cariño.


La anécdota es aparentemente sencilla.


Las tías desean que un joven, ya en edad de sentar cabeza, contraiga matrimonio con una muchacha respetable, discreta y bien educada. Sin embargo, el corazón del protagonista tiene otros planes. Lo seduce el mundo del teatro, de las tiples, de las mujeres que viven entre bambalinas, música y aplausos.


Ese conflicto basta para construir una comedia elegante, inteligente y profundamente humana.


Fernando Soler demuestra una vez más por qué pertenece al reducido grupo de los grandes actores que ha dado este país. Nunca necesita exagerar. Nunca busca el efecto fácil. Su sola presencia llena la pantalla con una naturalidad que hoy resulta casi irrepetible.


Y qué decir de la bellísima Sofía Álvarez.


Su presencia reúne algo que pocas actrices consiguen: belleza, sensibilidad y una extraordinaria inteligencia interpretativa. Basta verla unos minutos para comprender por qué fue una de las figuras más queridas del cine nacional.


Pero existe un personaje que terminó conquistando varias generaciones de espectadores.


Susanito Peñafiel y Somellera.


Joaquín Pardavé construye aquí una creación inolvidable. Cada gesto, cada pausa, cada inflexión de la voz parecen surgir con absoluta espontaneidad. Su humor jamás cae en la vulgaridad; nace del ingenio, de la observación y de una comprensión profunda del carácter mexicano.


No es casualidad que continúe siendo uno de los personajes más recordados de nuestra cinematografía.


Hay algo más que vuelve extraordinaria esta película.


Su música.


Escuchar las páginas de Ricardo Castro conviviendo con las zarzuelas de la época convierte al filme en un verdadero documento sonoro. La banda sonora no acompaña la historia: la reconstruye. Cada compás ayuda a levantar un México desaparecido.


Porque esa es quizá la mayor virtud de México de mis recuerdos.


No intenta convencernos de que el pasado fue perfecto.


Simplemente nos permite visitarlo.


Y eso es muy distinto.



Cuando la película llegó a las salas en 1944, apenas habían transcurrido alrededor de tres décadas desde el final del Porfiriato. La Revolución todavía era una herida relativamente reciente. Muchas personas que acudieron al cine habían vivido aquel mundo. Lo recordaban. Lo habían caminado.


Para ellos, la película representaba una evocación.


Para nosotros, ochenta y dos años después, representa algo todavía más valioso.


Es memoria.


Una memoria cinematográfica que conserva edificios desaparecidos, costumbres olvidadas, maneras de hablar, códigos sociales, formas de vestir y hasta un ritmo distinto de entender la vida.


En tiempos donde la historia suele simplificarse para acomodarse a discursos políticos, películas como ésta adquieren un valor inmenso.


Nos recuerdan que ningún país puede construirse negando partes de su pasado.


La historia no está hecha para venerar ni para destruir personajes.


Está hecha para comprenderlos.


Y el cine, cuando alcanza esta altura, se convierte en un aliado extraordinario de esa comprensión.


Resulta curioso que muchas personas conozcan perfectamente los grandes clásicos del cine europeo o norteamericano y jamás hayan visto México de mis recuerdos. Eso debería preocuparnos. Porque la cultura también consiste en reconocer aquello que nosotros mismos hemos sido capaces de crear.


Esta película debería formar parte de la educación sentimental y cultural de cualquier mexicano. No únicamente por su calidad cinematográfica, sino porque nos recuerda que un país también se construye con memoria. Con música. Con teatro. Con arquitectura. Con formas de hablar. Con maneras de vestir. Con personajes que, reales o imaginarios, ayudan a comprender quiénes fuimos.



Y, sin embargo, pareciera que en México ocurre exactamente lo contrario.


Vivimos tiempos en los que la historia deja de estudiarse para convertirse en herramienta política. En lugar de comprender el pasado en toda su complejidad, se simplifica hasta convertirlo en una colección de villanos convenientes. Resulta más fácil culpar a Porfirio Díaz, a Hernán Cortés, a los virreyes o a cualquier personaje distante de los problemas del presente que asumir la responsabilidad de construir un mejor país aquí y ahora.


La historia termina entonces convertida en propaganda.


Pero la historia no sirve para repartir culpas eternas.


Sirve para comprender procesos.


Ninguna nación madura vive peleándose con sus fantasmas. Los estudia, los contextualiza, aprende de ellos y continúa caminando. Francia no explica sus problemas actuales culpando a Napoleón; Italia no responsabiliza a los Médici de sus crisis contemporáneas; España no reduce su historia a una batalla permanente contra los Reyes Católicos. Sólo una sociedad insegura necesita encontrar enemigos en los siglos pasados para justificar las carencias del presente.


Por eso México de mis recuerdos posee un valor que trasciende al cine. Nos devuelve un México porfiriano sin panfleto, sin consignas, sin discursos ideológicos. Lo muestra con sus virtudes, con sus contradicciones y con la elegancia de quien entiende que el arte no está obligado a dictar sentencias, sino a despertar preguntas.


Quizá ésa sea la mayor enseñanza de esta película ochenta y dos años después de su estreno.


La memoria no debe utilizarse como un arma.


Debe ser un puente.


Porque un pueblo que manipula su pasado termina desconfiando de su presente. Y un pueblo que olvida deliberadamente una parte de su historia acaba perdiendo, poco a poco, la capacidad de imaginar su futuro.


Por eso sigo creyendo que México de mis recuerdos no es únicamente una magnífica película de la Época de Oro del cine mexicano.


Es un acto de resistencia cultural.


Una invitación a mirar nuestra historia con inteligencia antes que con prejuicios, con curiosidad antes que con resentimiento y con la serenidad de quien entiende que ningún país puede aspirar a un futuro digno mientras siga discutiendo el pasado con las consignas del presente.

domingo, 19 de julio de 2026

Christine McVie: la voz que convirtió la calma en eternidad




Por Aldo Rodríguez


Hay voces que deslumbran por su potencia. Otras por su virtuosismo. Y hay unas cuantas —muy pocas— que logran algo mucho más difícil: convertirse en un lugar al que uno siempre quiere regresar.


Así era la voz de Christine McVie.


En la historia del rock abundan las personalidades explosivas, los excesos, los escándalos y las leyendas. Sin embargo, detrás de muchas de las canciones más memorables de Fleetwood Mac existía una presencia distinta: serena, elegante, profundamente musical. Christine nunca necesitó levantar la voz para hacerse escuchar. Bastaba con que comenzara a cantar.


Cuando falleció el 30 de noviembre de 2022, a los 79 años, el mundo perdió mucho más que a una cantante. Perdió a una compositora extraordinaria, a una pianista refinada y, quizá sin exagerar, al corazón melódico de una de las bandas más influyentes del siglo XX.


Nacida el 12 de julio de 1943 en el pequeño pueblo inglés de Bouth, Lancashire, Christine Anne Perfect —ese era su apellido de nacimiento— creció en un ambiente donde la música era parte de la vida cotidiana. Estudió arte con la intención de convertirse en profesora, pero el blues terminó seduciéndola para siempre. Antes de incorporarse a Fleetwood Mac ya había obtenido reconocimiento con la banda Chicken Shack, donde su interpretación de I’d Rather Go Blind revelaba una sensibilidad vocal muy poco común.



Paradójicamente, el apellido “Perfect” parecía describir también su manera de entender la música.


La pieza que completó el rompecabezas


Cuando contrajo matrimonio con el bajista John McVie en 1968, poco imaginaba que terminaría formando parte del grupo que llevaría el apellido de ambos integrantes. En 1970 ingresó oficialmente a Fleetwood Mac.


Era todavía una agrupación marcada por el blues británico de Peter Green. Nadie imaginaba la transformación que estaba por venir.


La llegada posterior de Lindsey Buckingham y Stevie Nicks terminaría por redefinir el sonido del grupo. Pero entre aquellas dos personalidades volcánicas existía una figura capaz de mantener el equilibrio.


Christine era el centro de gravedad.


Mientras Stevie Nicks escribía canciones cargadas de símbolos, sueños y misticismo, Christine hablaba de las emociones cotidianas. Mientras Lindsey Buckingham experimentaba obsesivamente con los arreglos y las guitarras, ella construía melodías aparentemente sencillas que, al escucharlas con atención, revelaban una sofisticación armónica admirable.


Ese equilibrio fue uno de los grandes secretos de Fleetwood Mac.


Porque las grandes agrupaciones no sobreviven únicamente gracias al talento individual. Permanecen cuando cada personalidad ocupa un espacio irreemplazable.


Y el de Christine nadie pudo ocuparlo.


Una voz que nunca tuvo prisa


Siempre me ha parecido fascinante que existan cantantes cuya técnica pasa inadvertida porque uno termina concentrándose únicamente en la emoción.


Christine McVie pertenecía a esa rara categoría.


No buscaba demostrar nada.


No recurría a grandes agudos, ni a melismas interminables, ni a exhibiciones vocales. Cantaba exactamente lo que la canción necesitaba. Ni una nota más.


Su voz tenía algo de conversación íntima. Era cálida, cercana, casi confidencial.


Hay intérpretes que parecen cantar para un estadio.


Christine daba la impresión de cantar únicamente para quien la estaba escuchando.


Quizá por eso canciones como Songbird siguen emocionando medio siglo después.


No necesitan efectos.


No necesitan producción espectacular.


Sólo una voz, un piano y una verdad.


Rumours: cuando el dolor se convirtió en obra maestra


Resulta imposible hablar de Christine McVie sin detenerse en Rumours (1977), uno de los discos más vendidos e influyentes de toda la historia de la música popular.


Pocas veces una banda atravesó una crisis personal tan profunda mientras grababa una obra tan luminosa.


Christine y John McVie estaban divorciándose.


Stevie Nicks y Lindsey Buckingham terminaban una relación sentimental igualmente devastadora.


Mick Fleetwood enfrentaba el colapso de su matrimonio.


Y, aun así, aquellos cinco músicos lograron transformar el caos emocional en un álbum prácticamente perfecto.


Cada canción parece un diálogo entre heridas abiertas.


Lo extraordinario es que Christine escribió algunas de las páginas más luminosas del disco.



You Make Loving Fun, inspirada en una nueva relación sentimental, posee una alegría contagiosa que contrasta con la tensión que vivía el grupo.


Don’t Stop, dedicada inicialmente a John McVie, terminaría convirtiéndose en un himno universal sobre la capacidad humana de seguir adelante. Décadas más tarde sería utilizada incluso en campañas políticas, demostrando cómo una canción íntima puede terminar formando parte de la memoria colectiva.


Y, por supuesto, está Songbird.


Una de esas composiciones que parecen haber existido siempre.


Grabada prácticamente en vivo, únicamente con piano y voz, en un auditorio vacío, continúa siendo una de las interpretaciones más conmovedoras de toda la historia del rock.


Cada vez que la escucho pienso que existen canciones incapaces de envejecer.


Songbird pertenece a esa especie.


El piano que nunca buscó protagonismo


Muchas veces olvidamos que Christine era, antes que cantante, una magnífica pianista.


Su forma de acompañar evitaba el exceso.


No competía con las guitarras.


No saturaba los arreglos.


Construía espacios.


Había aprendido del blues, del rhythm and blues y del soul, pero también poseía un refinamiento armónico que permitía a Fleetwood Mac sonar accesible sin perder riqueza musical.


Eso es mucho más difícil de lo que parece.


Las canciones verdaderamente grandes suelen esconder una enorme complejidad bajo una apariencia de absoluta naturalidad.


Christine dominaba ese arte.


La otra gran voz femenina de Fleetwood Mac


La historia suele recordar a Stevie Nicks como el rostro más visible del grupo.


Es comprensible.


Su imagen, su personalidad escénica y su universo poético la convirtieron en un icono cultural.


Pero Fleetwood Mac nunca habría alcanzado ese equilibrio sin Christine McVie.


No competían.


Se complementaban.


Stevie representaba el misterio.


Christine representaba la claridad.


Una escribía desde el símbolo.


La otra desde la experiencia cotidiana.


Juntas construyeron uno de los diálogos femeninos más importantes que haya conocido el rock.



Escuchar discos como Fleetwood Mac (1975), Rumours, Tusk, Mirage o Tango in the Night permite apreciar esa conversación permanente entre dos maneras distintas —y profundamente válidas— de entender la canción.


La elegancia como forma de resistencia


Vivimos tiempos donde muchas veces parece indispensable llamar la atención para existir.


Christine McVie demostró exactamente lo contrario.


Nunca necesitó convertirse en personaje.


Nunca hizo del escándalo una estrategia.


Nunca buscó eclipsar a sus compañeros.


Simplemente escribió grandes canciones.


Y eso terminó siendo suficiente para entrar en la historia.


Hay algo profundamente elegante en quienes permiten que su obra hable por ellos.


Christine pertenecía a esa estirpe.


¿Por dónde comenzar a escucharla?


Si alguien nunca ha descubierto su música, yo sugeriría iniciar por estas composiciones:


* Songbird

* Don’t Stop

* You Make Loving Fun

* Everywhere

* Little Lies

* Over My Head

* Say You Love Me

* Hold Me

* Brown Eyes


Cada una revela una faceta distinta de su enorme talento como compositora e intérprete.


Y después, simplemente dejar correr los álbumes completos.


Fleetwood Mac fue una banda de canciones memorables, no únicamente de sencillos exitosos.


Una presencia que permanece


La música tiene una extraña capacidad para desafiar al tiempo.


Hay artistas cuya desaparición física apenas modifica su presencia.


Siguen apareciendo cada vez que una canción comienza.


Eso ocurre con Christine McVie.


Mientras exista alguien que necesite escuchar una melodía honesta después de un día difícil; mientras un piano pueda acompañar una voz sin artificios; mientras una canción sea capaz de recordarnos que incluso las heridas pueden transformarse en belleza, Christine seguirá sentándose frente a su teclado.


Y volverá a cantar.


Con esa serenidad que parecía decirnos que, al final, la verdadera grandeza nunca necesita hacer ruido.


Sólo necesita permanecer.

jueves, 16 de julio de 2026

La mujer detrás de las canciones que México olvidó María Grever, Cuando vuelva a tu lado y la injusticia de la memoria



*Por Aldo Rodríguez*


Hay canciones que envejecen. Pertenecen a una época, a una generación, a una determinada manera de entender el amor, la nostalgia o el mundo. Cuando desaparecen quienes las escucharon por primera vez, lentamente comienzan también a desaparecer ellas.


Pero existen otras que sobreviven.


Canciones que atraviesan generaciones, idiomas, fronteras y estilos musicales hasta convertirse en algo mucho más profundo que una obra conocida: terminan formando parte de nuestra memoria colectiva.


Cuando vuelva a tu lado pertenece a esa extraña estirpe.


Han pasado más de noventa años desde que María Grever escribió esta canción y, sin embargo, continúa viva. Se canta en español, en inglés, en escenarios de jazz, en conciertos populares, en grabaciones sinfónicas, en restaurantes, películas, bodas y reuniones familiares.


Millones de personas conocen su melodía.


Muchísimas menos conocen el nombre de la mujer que la escribió.


Y ahí comienza el problema.


Porque María Grever no es una compositora olvidada en el sentido convencional de la palabra. Sus canciones siguen escuchándose. Se interpretan, se graban, se transmiten por radio, aparecen en películas y plataformas digitales.


Lo verdaderamente inquietante es otra cosa.


México canta a María Grever sin saber que está cantando a María Grever.


Pocas injusticias pueden ser mayores para un creador.


La obra sobrevivió.


El nombre comenzó a desaparecer.


Cuando vuelva a tu lado fue escrita en 1934. La melodía cruzó muy pronto la frontera lingüística y cultural. Stanley Adams escribió la letra en inglés y la canción comenzó una segunda vida bajo el título What a Diff'rence a Day Made, posteriormente popularizado también como What a Difference a Day Makes.


Veinticinco años después ocurrió algo extraordinario.


Dinah Washington grabó la canción en 1959.


Su interpretación transformó definitivamente la historia de la obra. La voz de Washington, sostenida por el elegante arreglo orquestal de Belford Hendricks, convirtió aquella canción mexicana en uno de los grandes estándares vocales del siglo XX.


La grabación obtuvo el Grammy a la mejor interpretación de rhythm and blues.


Décadas después ingresó al Grammy Hall of Fame.


María Grever había muerto en 1951.


Nunca escuchó aquella interpretación.


Nunca vio hasta dónde llegaría su canción.


Hay algo profundamente conmovedor en ello. Una mujer escribe una melodía en México y, muchos años después de su muerte, esa misma melodía continúa viajando por el mundo, transformándose, adoptando nuevas voces, nuevos arreglos, nuevos idiomas.


Aretha Franklin.


Tony Bennett.


Dean Martin.


Diana Ross.


Chet Baker.


Los Panchos.


Eydie Gormé.


Luis Miguel.


Y tantos otros.


Cada generación parece encontrar nuevamente la canción.


Pero conviene detenernos un momento.



¿Qué tiene Cuando vuelva a tu lado para haber sobrevivido?


Como compositor, siempre me ha interesado esa misteriosa condición de algunas melodías que parecen haber existido antes de ser escritas.


Las escuchamos por primera vez y tenemos la sensación de conocerlas.


No porque sean simples.


Mucho menos porque sean previsibles.


Sino porque poseen una lógica interna extraordinaria. Cada frase conduce inevitablemente hacia la siguiente. La melodía respira, se expande, se repliega y vuelve a levantarse.


Hay equilibrio.


Hay proporción.


Pero también hay algo mucho más difícil de explicar: emoción.


María Grever comprendía perfectamente la arquitectura de la canción.


Sabía que una melodía debe poder sostenerse por sí misma.


Desnuda.


Sin orquestación.


Sin intérprete.


Sin artificios.


Quizá por eso Cuando vuelva a tu lado ha podido atravesar tantos lenguajes musicales. Puede convertirse en bolero, canción romántica, estándar de jazz, arreglo orquestal o interpretación íntima.


La melodía permanece.


Y esa capacidad para sobrevivir a las transformaciones es una de las pruebas más contundentes de la grandeza de una obra musical.


Pero reducir a María Grever a Cuando vuelva a tu lado sería cometer nuevamente una injusticia.


Porque estamos hablando de una de las compositoras más importantes en la historia de la música mexicana.



María Joaquina de la Portilla Torres nació en León, Guanajuato, en 1885. Vivió durante su infancia y juventud entre México y Europa, recibió una sólida formación musical y desarrolló una carrera extraordinaria en una época en que el mundo profesional de la composición, la dirección orquestal, las editoriales musicales y la industria cinematográfica estaba dominado casi exclusivamente por hombres.


Grever logró abrirse camino.


Y lo hizo internacionalmente.


Nueva York fue uno de los centros fundamentales de su actividad profesional. Trabajó en la industria musical estadounidense, escribió para el cine, colaboró con compañías cinematográficas y consiguió algo que muy pocos compositores mexicanos habían alcanzado entonces: establecer una circulación verdaderamente internacional para su música.


Su catálogo comprende centenares de composiciones.


Y aquí aparece otro problema.


La historia terminó encerrándola dentro de una sola categoría: compositora de canciones.


Como si escribir canciones fuera un género menor.


Como si construir una melodía capaz de sobrevivir cien años fuera sencillo.


Pero María Grever poseía una formación musical mucho más amplia. Escribió música para el teatro, el cine y obras vinculadas al ámbito de concierto. Su pensamiento musical no puede comprenderse únicamente desde la historia del bolero o de la canción romántica mexicana.


Necesitamos estudiarla como compositora.


Analizar sus partituras.


Recuperar sus manuscritos.


Editar críticamente su obra.


Interpretar su música menos conocida.


Grabarla.


Llevarla nuevamente a las salas de concierto.


Porque los compositores no sobreviven únicamente mediante homenajes.


Sobreviven cuando su música se interpreta.


Cuando se estudia.


Cuando se publica.


Cuando entra en los conservatorios y universidades.


Cuando las nuevas generaciones pueden abrir una partitura y descubrir que detrás de aquellas canciones que escucharon desde niños existía una creadora con pensamiento, técnica, imaginación y una profunda conciencia del oficio musical.


Pienso, por ejemplo, en Júrame.


Probablemente sea la canción de María Grever más interpretada en México.


No existe prácticamente tenor de ópera que, en algún momento de su carrera, no se haya acercado a ella.


Desde grandes voces internacionales hasta jóvenes estudiantes de canto, Júrame continúa apareciendo en recitales, conciertos y grabaciones.


Y cuando se anuncia la obra, el nombre de María Grever permanece.


Ahí la compositora todavía está presente.


Pero existen otras canciones cuya penetración en la cultura mexicana es tan profunda que han terminado por independizarse de su autora.


Te quiero, dijiste.


Muñequita linda.


Alma mía.


Tipitín.


Cuando vuelva a tu lado.


Forman parte del paisaje sentimental de México.


Las escucharon nuestros abuelos.


Nuestros padres.


Nosotros.


Y probablemente las escucharán nuestros hijos.


Están, de alguna manera, en el ADN musical del mexicano.


Sin embargo, ¿cuántas personas podrían mencionar el nombre de su compositora?


Esa pregunta debería incomodarnos.


Porque la memoria cultural nunca es inocente.


Toda sociedad decide a quién recuerda.


Decide qué nombres coloca en las calles, qué compositores aparecen en los libros de texto, qué obras interpretan las orquestas públicas, qué figuras reciben homenajes nacionales, qué archivos se conservan y cuáles terminan acumulando polvo.


También decide a quién olvida.


Durante décadas construimos una historia de la música mexicana poblada fundamentalmente por hombres.


Manuel M. Ponce.


Carlos Chávez.


Silvestre Revueltas.


José Pablo Moncayo.


Agustín Lara.


Todos ellos fundamentales.


Todos ellos indispensables.


Pero esa historia está incompleta.


María Grever merece ocupar un lugar semejante.


Y no lo digo como una concesión contemporánea ni como resultado de una corrección políticamente conveniente.


Lo digo por su obra.


Por la extraordinaria circulación internacional de sus canciones.


Por su presencia en la industria cinematográfica estadounidense.


Por su capacidad para construir melodías que han sobrevivido durante generaciones.


Por haber desarrollado una carrera profesional extraordinaria en circunstancias históricas profundamente adversas para una mujer compositora.


La comparación con Agustín Lara resulta inevitable.


Ambos escribieron canciones que forman parte de la memoria sentimental de México.


Ambos alcanzaron reconocimiento internacional.


Ambos comprendieron la relación misteriosa entre palabra y melodía.


Pero la memoria mexicana fue mucho más generosa con Lara.


Su nombre permanece en calles, monumentos, homenajes y espacios públicos.


María Grever ha recibido reconocimientos, desde luego.


Pero existe una evidente desproporción entre la dimensión de su obra y el lugar que ocupa en nuestra memoria cultural.


Quizá porque vivió durante muchos años fuera de México.


Quizá porque desarrolló buena parte de su carrera en Estados Unidos.


Quizá porque se movió con naturalidad entre diferentes industrias, idiomas y tradiciones musicales.


Quizá porque era mujer.


Probablemente por todas esas razones.


El tiempo puede ser injusto.


Pero las instituciones también.


Las secretarías de Cultura.


Las universidades.


Las orquestas.


Los conservatorios.


Los investigadores.


Los programadores musicales.


Todos participamos, de una manera u otra, en la construcción de la memoria.


No basta colocar una placa.


No basta organizar un concierto conmemorativo cada diez o veinte años.


No basta pronunciar discursos.


Hay que regresar a la música.


México necesita una recuperación integral de María Grever.


Necesitamos ediciones críticas de sus partituras, investigaciones musicológicas sobre su catálogo completo, grabaciones profesionales de su música de concierto, tesis universitarias, documentales, festivales, conciertos monográficos.


Necesitamos escuchar aquello que todavía no conocemos.


Porque sospecho que detrás de las canciones famosas existe una compositora mucho más grande de la que hemos querido recordar.


Hace más de noventa años María Grever escribió Cuando vuelva a tu lado.


La canción salió de México.


Cruzó la frontera.


Cambió de idioma.


Entró al jazz.


Llegó al cine.


Fue grabada por algunas de las voces más importantes del siglo XX.


Ganó un Grammy.


Ingresó al Grammy Hall of Fame.


Y continúa escuchándose.


Pocas obras mexicanas pueden presumir una historia semejante.


Sin embargo, algo extraño ocurrió durante ese viaje.


La canción se hizo inmortal.


Su autora comenzó a volverse invisible.


Tal vez ha llegado el momento de corregir esa injusticia.


De volver a escuchar sus canciones sabiendo quién las escribió.


De buscar sus partituras.


De interpretar su música olvidada.


De colocar su nombre donde siempre debió estar.


Porque un país que olvida a sus creadores termina olvidando una parte de sí mismo.


Y México tiene una deuda con María Grever.


Una deuda antigua.


Una deuda musical.


Una deuda con una mujer que escribió canciones que todos conocemos, aunque muchos mexicanos todavía no sepan que fueron escritas por ella.


La próxima vez que escuchemos Cuando vuelva a tu lado, quizá deberíamos hacer algo muy sencillo.


Esperar unos segundos antes de cantar.


Y recordar su nombre.


María Grever.


Porque algunas canciones vencen al tiempo.


Ahora nos corresponde impedir que el tiempo siga venciendo a quienes las crearon.

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