miércoles, 23 de septiembre de 2026

EL AMO DE LAS MEZCLAS PERFECTAS

 



Rubén Zazueta, mejor conocido en el mundo de la radio como DJ Rubén, celebra dos décadas al servicio de XENW y veinte años de su programa “Maxi Dance Floor”, una trayectoria marcada por la pasión por la música, las tornamesas y el arte de mezclar.

Hay DJs que ponen música y hay otros que convierten la música en una experiencia. En esta segunda categoría se encuentra Rubén Zazueta, el popular DJ Rubén, quien llega a una fecha significativa dentro de su carrera: dos décadas al servicio de XENW y veinte años de permanencia al aire con su espacio “Maxi Dance Floor”.

Considerado un DJ de la vieja escuela, Rubén pertenece a una generación que aprendió el oficio con paciencia, oído musical y muchas horas detrás de las consolas. Antes de que las herramientas digitales simplificaran buena parte del trabajo de un DJ, mezclar significaba conocer las canciones, identificar sus tiempos, anticipar los cambios y conseguir que una pieza llevara naturalmente a la siguiente.



Su historia dentro de XENW comenzó en una primera etapa que abarcó de 2000 a 2003. Fueron años importantes para consolidar una relación profesional con la radio y, sobre todo, para demostrar su capacidad frente a los controles y su conocimiento de la música.

Posteriormente hizo un paréntesis en su trayectoria para trasladarse a Tijuana, experiencia que representó también una etapa de aprendizaje y crecimiento profesional. Sin embargo, la radio terminaría llamándolo nuevamente.

Tres años después regresó y, esta vez, lo hizo para quedarse. Su incorporación tomó una nueva dimensión al convertirse en productor corporativo, participando en la operación y producción de contenidos tanto para Maxi Radio como para Radio Ley.

Paralelamente, su identidad como DJ continuó creciendo y encontró en “Maxi Dance Floor” el espacio ideal para desarrollar su particular manera de entender la música. Durante dos décadas, el programa se ha distinguido por las mezclas, las secuencias y esa forma de enlazar canciones que permite al auditorio disfrutar de una sesión continua.



El mérito de un DJ no consiste únicamente en seleccionar buenos temas. También está en saber cuándo entrar, cuándo salir y cómo unir una canción con otra sin romper la magia. Es precisamente ahí donde la experiencia de la vieja escuela adquiere un valor especial.

Para Rubén Zazueta, veinte años no representan solamente una cifra: son dos décadas de evolución de la radio, de cambios tecnológicos y de transformaciones en la manera de escuchar música. A pesar de ello, permanece vigente una esencia que no cambia: el gusto por una buena mezcla y el respeto por el público.

Hoy, cuando las plataformas digitales permiten acceder prácticamente a cualquier canción con unos cuantos movimientos en una pantalla, la figura del DJ tradicional conserva un atractivo particular. Es el profesional que conoce la música, entiende al público y sabe construir una atmósfera a través de una sucesión cuidadosamente seleccionada de sonidos.

DJ Rubén ha hecho de esa filosofía una forma de vida. Su historia está ligada a XENW, pero también a una época de la radio en la que el DJ era una figura fundamental para presentar las novedades, descubrir sonidos y mantener viva la pista de baile desde los estudios de una estación.

Veinte años después de aquella primera etapa, Rubén Zazueta continúa detrás de la consola. Y mientras las generaciones cambian, los formatos evolucionan y la tecnología transforma la producción radiofónica, su sello permanece intacto.

Porque para quienes conocen el oficio, una mezcla perfecta no es cuestión de suerte: es experiencia, oído, conocimiento y pasión.

Dos décadas en XENW. Dos décadas de “Maxi Dance Floor”. Y una trayectoria que confirma por qué Rubén Zazueta puede ser llamado, con toda propiedad, “El amo de las mezclas perfectas”.


lunes, 21 de septiembre de 2026

Sumate Sinaloa: cuatro años haciendo de la radio un puente ciudadano

 


Cuatro años de transmisiones representan mucho más que una fecha en el calendario. En el caso de Sumate Sinaloa, significan cuatro años de escuchar, gestionar y buscar respuestas para la ciudadanía a través de la radio.

Transmitido de lunes a viernes a las 12 del mediodía por Vibra 96.9 FM para todo Sinaloa, Sumate Sinaloa llega a este aniversario convertido en un espacio de gestión social que ha encontrado en la comunicación radiofónica una herramienta para acercar a la sociedad con las autoridades.

Al frente del programa se encuentran Luis Alberto Díaz, Karina Zambrano y Cecilia Cota, quienes han asumido la conducción de un proyecto cuya esencia parte de una premisa sencilla, pero de enorme importancia: escuchar las necesidades de la gente y buscar los canales adecuados para que sean atendidas.

La radio, en este caso, deja de ser únicamente un medio para informar y se convierte en un puente entre ciudadanía y gobierno, dando voz a quienes necesitan plantear una problemática, solicitar una gestión o encontrar una respuesta ante alguna situación que afecta su entorno.



Un antecedente que marcó el camino

Sumate Sinaloa tiene como referente al programa Punto de equilibrio, espacio que también apostó por la gestión y por utilizar los micrófonos como una vía de comunicación directa con la sociedad.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Sumate Sinaloa logró construir su propia identidad y superar las expectativas que pudieron haberse generado al momento de iniciar transmisiones.

El resultado ha sido un programa que ha hecho de la constancia una de sus principales características. Cuatro años después, el balance permite hablar de un proyecto consolidado, con una dinámica propia y, sobre todo, con una vocación de servicio que permanece como eje central.

La radio como instrumento de servicio

En una época en la que la comunicación ocurre cada vez más a través de plataformas digitales, la radio mantiene una característica que difícilmente puede sustituirse: la posibilidad de establecer una conversación cercana con la audiencia.

En Sumate Sinaloa, esa cercanía adquiere un sentido especial. Cada planteamiento ciudadano representa una oportunidad para gestionar, preguntar, dar seguimiento y procurar que las situaciones expuestas encuentren una respuesta.

Ahí radica buena parte de la importancia de este espacio: la radio no solamente cuenta lo que sucede, también puede ayudar a generar comunicación entre quienes tienen una necesidad y quienes tienen la posibilidad de atenderla.

Cuatro años de transmisiones son, por ello, cuatro años de trabajo constante detrás de los micrófonos, pero también de historias ciudadanas, gestiones y seguimiento.



Cuatro años y los que faltan

El aniversario de Sumate Sinaloa representa una ocasión para reconocer el trabajo de Luis Alberto Díaz, Karina Zambrano y Cecilia Cota, así como de todas las personas que hacen posible que este proyecto llegue a los hogares sinaloenses a través de Vibra 96.9 FM.

Lo que comenzó tomando como referente a Punto de equilibrio terminó adquiriendo personalidad propia y, contra cualquier expectativa inicial, Sumate Sinaloa ha realizado un trabajo extraordinario durante estos cuatro años.

La celebración, entonces, no solamente mira hacia atrás. También plantea el reto de mantener vigente una fórmula en la que escuchar a la ciudadanía, gestionar sus demandas y buscar respuestas sigue siendo la razón de ser de un programa que encontró en la radio una manera concreta de hacer servicio social.

Cuatro años después, Sumate Sinaloa continúa sumando voces, historias y esfuerzos, demostrando que cuando un micrófono se pone al servicio de la gente, la radio puede convertirse en mucho más que compañía: puede ser un verdadero puente ciudadano.

jueves, 17 de septiembre de 2026

NO VOY A TRABAJAR: EL MEXICANO QUE BAILA PARA ESCAPAR DEL LUNES


*Por Aldo Rodríguez*
Hay canciones que uno escucha y simplemente baila. No hay que buscarles demasiadas explicaciones: entran por el oído, bajan inmediatamente a los pies y terminan apoderándose del cuerpo. Pero hay otras que, además de hacernos bailar, dicen cosas. Y a veces dicen mucho más de lo que aparentan.
No voy a trabajar, del grupo Bermudas, pertenece para mí a esa segunda categoría.
La recuerdo como una de esas piezas contagiosas, sabrosas, construidas para que el cuerpo responda casi antes que la inteligencia. Tiene humor, movimiento, repetición, síncopa, frases populares, elementos de nuestra memoria musical y ese desenfado tan característico de cierta música tropical mexicana. Bermudas, agrupación veracruzana vinculada naturalmente con la cumbia y los ritmos bailables, sabía perfectamente lo que hacía: música para bailar, sí, pero música bien construida.
Y, sin embargo, cada vez que escucho No voy a trabajar pienso inevitablemente en Octavio Paz.
No porque Paz haya tenido algo que ver con la canción, naturalmente, sino porque detrás de su aparente frivolidad encuentro algo de aquel mexicano que el poeta intentó comprender en El laberinto de la soledad. No necesariamente el mexicano real —habrá que subrayarlo desde ahora— sino ese personaje cultural que hemos ido construyendo entre nosotros mismos: ingenioso, contradictorio, festivo, capaz de hacer un chiste en medio de la desgracia y de inventar, cuando hace falta, una explicación prodigiosa para escapar de la obligación.
La canción plantea una semana laboral completa y procede, con una lógica impecablemente absurda, a destruirla.
El lunes no se trabaja porque apenas comienza la semana.
El martes tampoco: ni te cases ni te embarques.
El miércoles se casa la patrona y, naturalmente, hay pachanga.
El jueves aparece el desvelo.
El viernes muere Jesucristo.
El sábado sólo se trabaja medio día y, precisamente por eso, tampoco vale la pena trabajar.
Y el domingo, faltaba más, es día de descanso.
Resultado: hemos conseguido algo extraordinario. Una semana laboral sin trabajo.
La genialidad está en que cada día posee su propia justificación. No estamos ante la simple declaración de un holgazán. Estamos ante algo mucho más elaborado: la construcción narrativa de la excusa.
Y eso me parece profundamente mexicano.
Aclaro: no estoy diciendo que el mexicano sea flojo. Sería una generalización absurda, injusta y hasta históricamente falsa. México es también un país de jornadas interminables, campesinos que comienzan antes del amanecer, obreros, comerciantes, médicos, maestros, músicos, albañiles, mujeres y hombres que trabajan seis días por semana y a veces siete. Basta salir temprano a cualquier ciudad mexicana para comprobarlo.
Estoy hablando de otra cosa.
De un personaje.
De un arquetipo popular.


De esa figura que ha aparecido durante décadas en chistes, películas, caricaturas y canciones: el individuo que despliega una creatividad verdaderamente barroca cuando necesita justificar por qué hoy tampoco pudo llegar.
Todos conocemos alguna historia.
Yo recuerdo casos que parecen inventados por un guionista de comedia. Una persona faltaba continuamente al trabajo alegando fallecimientos familiares. El problema fue que comenzó a matar abuelos con una frecuencia biológicamente imposible. Moría uno, luego otro, después aparecía misteriosamente otro abuelo y semanas más tarde fallecía uno nuevo. Si uno hacía las cuentas, aquel hombre había terminado el año con una genealogía digna del Antiguo Testamento: dieciséis o dieciocho abuelos muertos.
La excusa había dejado de ser explicación para convertirse en literatura fantástica.
Y ahí aparece Paz.
En El laberinto de la soledad, Octavio Paz intentó aproximarse al mexicano no mediante estadísticas ni clasificaciones sociológicas rígidas, sino observando gestos, palabras, fiestas, silencios, máscaras y contradicciones. Su mexicano es un ser que se protege, se reserva, se encierra; pero que también necesita momentos en los cuales pueda romper esa contención.
Uno de esos momentos es la fiesta.
Y esto resulta fundamental para entender No voy a trabajar.
Porque en la canción el verdadero antagonista no es exactamente el trabajo. Es la obligación.
El calendario representa el tiempo reglamentado: lunes, martes, miércoles, jueves… La sociedad moderna organiza nuestra existencia mediante horarios. Hay una hora para entrar, una hora para salir, días laborables y días de descanso. El reloj ordena el cuerpo.
Pero la fiesta rompe el reloj.
En la fiesta el tiempo cotidiano queda suspendido. Aparece otro tiempo, el tiempo excepcional: se come, se bebe, se canta, se baila, se conversa. Mañana veremos qué hacemos.
Por eso resulta extraordinariamente significativo que el miércoles la patrona se case.
¿Qué importa el trabajo frente a una pachanga?
La fiesta ha vencido al calendario.
Y aquí Bermudas hace, desde la música popular y quizá sin ninguna pretensión filosófica, algo que dialoga sorprendentemente con Paz: convierte la semana laboral en una sucesión de pequeñas ceremonias de evasión.
Pero todavía hay algo más.
En determinado momento aparece una melodía que muchos mexicanos conocemos desde niños:
Acitrón de un fandango…
Y entonces la canción abre otra puerta.
Acitrón de un fandango pertenece a esa antiquísima memoria oral mexicana donde las palabras no necesitan significar racionalmente para poseer sentido. Sango, sabaré, triqui-triqui-tran: las sílabas se convierten en percusión. La palabra deja por un momento de explicar y comienza a sonar.
Eso me fascina como músico.
Porque ahí el lenguaje recupera algo anterior al discurso: el ritmo.
Antes de preguntar qué significa “triqui-triqui-tran”, el cuerpo ya entendió.
Y quizá esa sea una de las claves de toda la pieza.
No voy a trabajar comienza siendo una canción sobre la evasión laboral y termina revelándose como una celebración del cuerpo. Hay que bailar tocadito, suavecito, de brinquito, hacia atrás, de ladito, solo o acompañadito . La cadera debe moverse. Hay que dar la vuelta.
El cuerpo sustituye al escritorio.
El baile derrota al reloj.
La calle le gana durante unos minutos a la oficina.


Y nuevamente estamos cerca de Paz: el individuo contenido por las obligaciones cotidianas encuentra en la fiesta una forma momentánea de liberación.
Hay además un componente de mestizaje cultural particularmente hermoso. Acitrón de un fandango pertenece a la tradición infantil mexicana y algunas investigaciones han señalado en sus vocablos y sonoridades posibles huellas africanas que llegaron y se transformaron durante siglos en territorio novohispano. No debería sorprendernos. Veracruz ha sido precisamente uno de los grandes laboratorios culturales de México: Europa, África y América encontrándose, chocando y finalmente produciendo algo que ya no pertenece completamente a ninguno de esos mundos porque pertenece a los tres.
Eso también somos.
Un país donde una antiquísima ronda infantil puede terminar incrustada en una cumbia popular y nadie necesita explicar la genealogía para reconocerla.
La memoria cultural funciona así.
A veces no está en los libros.
Está en los pies.
Hay otra cuestión que me parece importante. Durante mucho tiempo, cierta caricatura extranjera representó al mexicano dormitando bajo un enorme sombrero, recargado en un cactus o esperando eternamente que algo ocurriera. Hollywood y la animación estadounidense explotaron hasta el cansancio esa imagen: el mexicano indolente, lento, dormido, despreocupado.
Naturalmente es un estereotipo.
Pero los estereotipos rara vez sobreviven durante tanto tiempo si no encuentran algún elemento —real, imaginado o exagerado— del cual alimentarse. Lo interesante es que nosotros mismos hemos jugado con esa caricatura. Nos hemos apropiado de ella, la hemos exagerado y nos hemos reído de nosotros mismos.
Y eso cambia las cosas.
Porque No voy a trabajar no parece una canción escrita para insultar al mexicano.
Al contrario.
El mexicano se está contando un chiste sobre sí mismo.
Y ahí radica buena parte de su inteligencia.
Reírse de uno mismo requiere una distancia que no siempre poseemos. El humor popular mexicano ha sabido hacerlo extraordinariamente bien: se ríe del pobre y del rico, del borracho, del marido, de la suegra, del político, del sacerdote, del patrón, del trabajador y hasta de la muerte. No porque necesariamente desprecie esas realidades, sino porque la risa permite domesticarlas.


Tal vez por eso bailamos nuestros problemas.
No los resolvemos bailando, desde luego. Pero durante tres o cuatro minutos dejan de pesarnos de la misma manera.
El mexicano del que hablaba Paz utiliza máscaras. Y el humor también puede ser una máscara.
Decimos “no voy a trabajar” mientras bailamos.
Nos reímos.
Movemos la cadera.
Inventamos una razón para el lunes y otra para el martes.
El miércoles hay pachanga.
El jueves estamos desvelados.
Y cuando finalmente llega el domingo reclamamos, con absoluta seriedad, nuestro merecidísimo descanso después de una semana en la que, según la canción, no hicimos absolutamente nada.
Es maravilloso.
Pero también, si uno quiere mirar debajo de la superficie, hay una pequeña crítica social escondida en la carcajada.
Porque una sociedad también se construye mediante su relación con el trabajo, la responsabilidad y el tiempo. La picardía puede ser encantadora mientras permanece en el territorio del chiste; deja de serlo cuando se convierte en irresponsabilidad cotidiana. Una cosa es reírnos de la excusa y otra muy distinta convertir la excusa en sistema.
Ahí la canción deja una pregunta flotando.
¿Cuántas veces celebramos como “ingenio mexicano” lo que en realidad es incumplimiento?
No tengo una respuesta sencilla.
Y tampoco quiero moralizar una cumbia.
Sería terrible.
Prefiero escucharla como lo que es: una estupenda pieza bailable que, quizás sin proponérselo, terminó guardando dentro de sí una pequeña radiografía humorística de nosotros mismos.
Porque allí están el calendario y la fiesta, el trabajo y la evasión, el refrán y la pachanga, Jesucristo y el sábado de medio día, la ronda infantil y la cumbia, la memoria africana y la tradición mexicana, el lenguaje convertido en ritmo y, finalmente, el cuerpo reclamando su derecho ancestral a moverse.
Eso es lo maravilloso de la música popular.
A veces creemos que una canción solamente dice:
“No voy a trabajar”.
Y resulta que detrás de esa frase aparentemente inocente aparece un país entero mirándose al espejo.
Un espejo deformante, naturalmente.
Un espejo de feria.
Pero espejo al fin.
Quizá Octavio Paz entró al laberinto buscando comprender nuestra soledad.
Bermudas, muchos años después y desde otro territorio completamente distinto, encontró una de las salidas.
Estaba en la pista de baile.
Y mientras seguimos discutiendo quiénes somos, el mexicano de la canción ya tomó su decisión:
hoy tampoco va a trabajar.
Tiene algo mucho más urgente que hacer.
Bailar.

domingo, 6 de septiembre de 2026

SE ME REVENTÓ EL BARZÓN: CUANDO MÉXICO RAPEABA ANTES DEL RAP




Por Aldo Rodríguez


Hay canciones que envejecen. Hay otras que simplemente se quedan a vivir entre nosotros.


El Barzón pertenece a estas últimas.


Tiene polvo. Tiene tierra. Huele a milpa, a cuero, a sudor, a cigarro de hoja. Tiene palabras que muchos mexicanos jóvenes probablemente ya no comprenden: telera, timón, coyunda, troje, yunta, barzón. Y, sin embargo, basta escuchar sus primeros versos para que algo profundamente reconocible aparezca:


Esas tierras del rincón…


Y comienza a caminar la historia.


No solamente la canción.


México.


El Barzón tiene, hasta donde podemos establecerlo, alrededor de 106 años. Una tradición documental sitúa su composición hacia 1920 y atribuye la obra a Miguel Muñiz Dávila. Durante mucho tiempo —y yo mismo lo había supuesto— resulta fácil asociar su autoría con Luis Pérez Meza porque su interpretación quedó prácticamente soldada a la canción. Pero Pérez Meza no fue su compositor: fue el gran intérprete y arreglista que la convirtió en parte de la memoria sonora mexicana.


Y qué intérprete.


A mí me cuesta separar El Barzón de aquella voz nasal, abierta, campesina, sin pulimento innecesario de Luis Pérez Meza. No hay que embellecer demasiado una canción que habla de tierra. Sería como ponerle mármol a un surco.


Pérez Meza entendió eso perfectamente.


Pero hay algo en El Barzón que desde hace tiempo me llama particularmente la atención y que va más allá de su carácter agrarista o de su condición de corrido campesino.


Su manera de decir.


Porque El Barzón no se canta completamente.


Se cuenta.


Se declama.


Se empuja.


Hay momentos en que la melodía parece hacerse a un lado para dejar pasar a la palabra. El texto cabalga sobre el pulso y la voz comienza a comportarse como instrumento rítmico.


¿Nos resulta familiar?


Naturalmente.


Hoy lo llamaríamos flow.



No estoy diciendo, por supuesto, que El Barzón sea un rap mexicano de 1920. Sería históricamente absurdo. El rap como género pertenece a otra historia, a otro territorio y a una genealogía cultural muy específica que cristalizaría en el Bronx de Nueva York durante la década de 1970.


Pero una cosa es el nacimiento de un género y otra muy distinta el nacimiento de los procedimientos que ese género utiliza.


Hablar rítmicamente sobre música es muchísimo más antiguo que el rap.


Y ahí El Barzón se vuelve fascinante.


Su texto se mueve en buena parte alrededor del octosílabo, ese metro naturalísimo de la lengua española que encontramos en romances, coplas y corridos. Ocho sílabas parecen acomodarse extraordinariamente bien a nuestra respiración. No hay que empujarlas demasiado. Caminan solas.


Y cuando esos versos se concatenan sobre un pulso regular sucede algo curioso: la palabra comienza a generar percusión.


La consonante golpea.


La vocal prolonga.


La rima organiza.


El acento sincopa.


Eso es exactamente lo que un buen rapero sabe hacer.


Por eso uno puede tomar ciertos fragmentos de El Barzón, colocarlos mentalmente sobre una base contemporánea y descubrir, con cierta sorpresa, que funcionan. No porque Miguel Muñiz hubiera anticipado el hip hop, sino porque tanto el corrido narrativo como el rap parten de algo muchísimo más antiguo: la palabra organizada por el ritmo.


Y esto no sucedía solamente en México.


En Estados Unidos encontramos ejemplos extraordinarios dentro de la tradición vocal afroestadounidense. The Jubalaires, un cuarteto de gospel, registró en 1946 una pieza llamada Noah en la que la voz solista desarrolla una narración vertiginosa, rimada y rítmica mientras el conjunto responde. Escuchada hoy, resulta casi desconcertante. Uno podría colocar debajo una batería de hip hop y apenas habría que modificar el fraseo.


Y todavía hay antecedentes anteriores: el Golden Gate Quartet había grabado una versión de Noah en 1939 con procedimientos semejantes.


No eran raperos.


Como tampoco lo era Miguel Muñiz.


Como tampoco lo es El Barzón.



Pero la historia de la música pocas veces funciona mediante invenciones surgidas de la nada. Los géneros nuevos suelen construir su casa con ladrillos antiquísimos.


El rap hizo de la palabra rítmica una de las grandes expresiones musicales de nuestro tiempo, pero la humanidad llevaba siglos hablando musicalmente.


El pregonero.


El sacerdote.


El griot africano.


El corridista.


El juglar.


El vendedor callejero.


El poeta.


Todos sabían algo que después volveríamos a descubrir: una frase posee ritmo antes incluso de poseer melodía.


En México tenemos otro ejemplo formidable, aunque muchísimo posterior: Chilanga Banda, de Jaime López. Allí el idioma mismo se vuelve percusión. Las palabras chocan, se contraen, inventan una Ciudad de México lingüística en la que entender el significado completo casi deja de ser necesario. Primero aparece el ritmo. Después viene el sentido.


El Barzón trabaja de otra manera, pero comparte esa extraordinaria conciencia de la prosodia.


Y todo ello está al servicio de una historia terrible.


Porque detrás de su gracia narrativa hay explotación.


El campesino termina la cosecha y aparece el patrón.


Hace cuentas.


Suma.


Resta.


Cobra.


La renta de los bueyes.


Lo que se tomó de la tienda.


Una cosa.


Otra.


Y otra.


El resultado siempre es el mismo: después de trabajar la tierra durante meses, el campesino continúa debiendo.


Es una maquinaria económica perfecta.


Perfecta para el patrón.


La tienda de la hacienda se convierte en instrumento de deuda perpetua. El trabajador produce, pero aquello que produce apenas alcanza para pagar lo que supuestamente debe. Y como nunca termina de pagar, tiene que volver a trabajar.


El círculo se cierra.


La deuda produce trabajo.


El trabajo produce deuda.


Y otra vez.


Y otra vez.



¿No es extraordinario que una canción popular sea capaz de explicar un sistema económico completo sin necesidad de utilizar una sola palabra académica?


Eso también es inteligencia musical.


Eso también es literatura.


Después aparece uno de los personajes más interesantes de la canción: la mujer.


El campesino llega a casa derrotado. El patrón se ha llevado prácticamente todo.


Y ella entiende inmediatamente lo que está ocurriendo.


No necesita estudiar economía política.


Le basta mirar los pantalones rotos, la falta de comida, los niños.


Ella dice, esencialmente: basta.


Deja de trabajar para ese hombre.


Métete con los agraristas.


Ve con el comité.


Pide tierra.


Otros ya lo hicieron.


Aquí aparece claramente el México posrevolucionario.


La Revolución todavía está caliente.


No es una fotografía sepia.


Es presente.


La reforma agraria comienza a entrar en el imaginario campesino no como teoría constitucional, sino como posibilidad concreta:


tener tierra propia.


Y entonces la canción cambia.


El hombre que al principio trabaja para otro termina sembrando su propia parcela.


Ese cambio es fundamental porque transforma completamente el sentido del estribillo.


Al principio:


se rompe el barzón y la yunta sigue andando.


Parece resignación.


Hay que continuar.


No importa cuánto duela.


No importa cuánto debamos.


No importa cuánto nos quiten.


Seguimos.


Pero hacia el final de la canción esa misma frase comienza a significar otra cosa.


Ya no es resignación.


Es resistencia.


Y ahí está, para mí, una de las genialidades de El Barzón.


Una misma imagen cambia de significado conforme cambia el personaje.


El barzón, por cierto, es una tira de cuero crudo que une el yugo con el timón del arado. El yugo es el que mantiene unidos a los animales; el barzón transmite esa fuerza hacia el instrumento que abre la tierra.


Por eso la metáfora resulta incluso más hermosa de lo que parece.


Se rompe la transmisión.


Algo falla entre la fuerza y la tierra.


La maquinaria debería detenerse.


Pero no.


La yunta sigue andando.


¿Cuántas veces hemos vivido exactamente eso?


Se rompe algo.


Una relación.


Un proyecto.


Un trabajo.


Una certeza.


Una economía.


Una época.


Y seguimos andando.


Quizá por eso El Barzón sobrevivió a las circunstancias políticas que le dieron origen. Porque dejó de hablar solamente del campesino endeudado frente al hacendado.


Terminó hablando de nosotros.


Hay otra interpretación que siempre me ha parecido formidable: la de Ignacio López Tarso.


López Tarso no necesitaba cantar.


Tenía algo quizá todavía más apropiado para esta obra: sabía decir.


Su extraordinaria tradición como declamador de corridos le permitía convertir El Barzón prácticamente en teatro. Cada personaje aparece. El campesino, el patrón, la mujer. Las inflexiones cambian. Los silencios se vuelven dramaturgia.


Su versión confirma precisamente lo que me interesa de esta pieza: El Barzón puede sobrevivir incluso cuando la melodía se reduce porque su arquitectura rítmica está dentro del lenguaje.


No cualquiera puede hacerlo.


Hay canciones habladas que parecen fáciles hasta que uno intenta decirlas.


Entonces descubrimos que existe una métrica invisible.


Hay que caer exactamente en cierto lugar.


Respirar antes de determinada palabra.


Acelerar una frase.


Retener otra.


Dejar que la consonante haga el golpe.


Eso es fraseo.


Un cantante lo sabe.


Un actor lo sabe.


Un rapero también.


Pero sigo regresando a Luis Pérez Meza.


Tal vez porque allí escucho tierra.


Su voz no intenta convertirse en personaje campesino.


Lo es sonoramente.


Tiene esa nasalidad de buena parte del canto ranchero antiguo, esa emisión franca, casi áspera, anterior a la obsesión contemporánea por pulir digitalmente cada imperfección.


Y El Barzón necesita imperfecciones.


Necesita polvo.


Necesita que casi podamos escuchar el cuero tensándose.


Existen muchas versiones —Amparo Ochoa realizó también una interpretación memorable— y cada generación parece descubrir nuevamente la canción. No me extraña. Las obras verdaderamente populares poseen esa cualidad: pueden cambiar de intérprete sin perder identidad.



Pero hay algo todavía más profundo.


Estamos frente a una canción compuesta hace aproximadamente un siglo que contiene simultáneamente poesía popular, crónica social, memoria agraria, humor, denuncia económica, teatro oral y una manera de organizar rítmicamente la palabra que, escuchada desde nuestro presente, inevitablemente nos hace pensar en procedimientos que después asociaríamos al rap.


No significa que México inventara el rap.


No necesitamos semejante exageración para reconocer la importancia de la pieza.


Significa algo mucho más interesante:


que el ritmo hablado no pertenece a ninguna época.


Aparece cuando una comunidad necesita contar algo y la melodía ya no basta.


Entonces las palabras comienzan a golpear.


Una detrás de otra.


Como azadón contra tierra.


Como pezuña sobre camino.


Como sílaba contra pulso.


Y quizá ahí esté lo más incómodo de El Barzón: que después de más de un siglo seguimos entendiéndolo demasiado bien. Cambiaron las haciendas, desaparecieron las tiendas de raya y ya casi nadie sabe cómo se coloca un barzón, pero ciertos mecanismos del poder poseen una extraordinaria capacidad para cambiar de ropa sin cambiar de costumbres. México atraviesa tiempos de inseguridad, precariedad, incertidumbre y una peligrosa normalización de la mentira como instrumento del discurso público; mientras tanto, la pobreza continúa siendo administrada demasiadas veces no para desaparecerla, sino para convertirla en dependencia. El viejo hacendado necesitaba al peón endeudado porque un hombre que nunca termina de pagar tampoco termina de ser libre. Hoy las deudas pueden llamarse de otra manera y las coyundas pueden ser invisibles, pero la advertencia permanece. Por eso El Barzón no debería escucharse únicamente como una canción de resistencia —“se me reventó el barzón y sigue la yunta andando”—, porque seguir andando, por sí solo, no basta. También hay que mirar quién conduce la yunta, hacia dónde abre el surco y para quién será finalmente la cosecha. Mañana será otro día, sí. Habrá que levantarse, sacudirse el polvo y continuar. Pero llega un momento en que la dignidad exige algo más que resistir: exige abrir los ojos, reconocer el camino y decidir hacia dónde queremos llevar nuestros propios pasos. Porque quizá la verdadera enseñanza de aquella vieja canción no sea aprender a soportar eternamente que se reviente el barzón, sino comprender que algún día habrá que dejar de arar la tierra de otros.


Y quizá por eso, más de cien años después, aquella frase sigue teniendo una fuerza extraordinaria.


Se rompió el barzón.


Se rompió el instrumento.


Se rompió el sistema.


Se rompió incluso la obediencia.


Pero la historia no se detuvo.


Siguió la yunta andando. 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

CERO Y VAN TRES. El Show de Zarvany celebra tres años al aire combinando música, información y entretenimiento

 

Tres años pueden parecer poco tiempo en el universo de la radio, pero detrás de cada emisión existen cientos de horas de micrófono abierto, historias compartidas, canciones, información y, sobre todo, la compañía de una audiencia que ha hecho suyo un espacio radiofónico. El Show de Zarvany está de fiesta: cumple tres años de transmisiones y lo hace consolidándose como una propuesta que apuesta por la cercanía y el entretenimiento.

Al frente del programa se encuentra Zarvany Yañez, quien durante este recorrido ha construido una manera muy particular de comunicarse con sus radioescuchas. Su voz y estilo son también resultado de una trayectoria que le ha permitido adquirir experiencia en los medios de comunicación, tanto al trabajar en otro grupo radiofónico como en la televisión, experiencias que han contribuido a forjar su personalidad frente al micrófono y su capacidad para desenvolverse ante las cámaras.

Esa experiencia acumulada se refleja en El Show de Zarvany, donde la conducción combina naturalidad, información y entretenimiento. Zarvany conoce los códigos de la radio y la televisión y los lleva a un espacio en el que la comunicación con la audiencia ocupa un lugar fundamental.


La cita es a las 2 de la tarde, horario en el que comienza un recorrido que combina tres ingredientes fundamentales de la radio: música, información y entretenimiento. Una fórmula que permite que cada emisión tenga su propia personalidad, pero que mantiene intacto el objetivo principal: acompañar al público y ofrecerle un momento agradable en medio de las actividades del día.

Durante estos tres años, El Show de Zarvany ha logrado convertirse en un punto de encuentro entre el micrófono y la audiencia. Porque hacer radio no consiste únicamente en hablar frente a un micrófono o colocar canciones al aire; significa establecer una conversación permanente con quienes están del otro lado del receptor, conocer sus gustos, compartir sus inquietudes y formar parte de sus rutinas.

La música ocupa, por supuesto, un lugar esencial dentro del programa, pero no está sola. La información aporta actualidad y contexto, mientras que el entretenimiento se encarga de darle ese toque relajado y ameno que caracteriza al espacio. Todo ello bajo la conducción de Zarvany Yañez, quien ha hecho de la espontaneidad y la comunicación directa herramientas para mantener el vínculo con su público.

Tres años también representan una oportunidad para mirar hacia atrás y reconocer el camino recorrido. Cada programa transmitido forma parte de una historia que se escribe diariamente y que tiene como protagonistas tanto a quien conduce como a quienes escuchan.

Cero y van tres. Tres años de historias, música, información, ocurrencias, entretenimiento y muchas horas compartidas a través de la radio. Tres años en los que El Show de Zarvany ha demostrado que, en una época dominada por las plataformas digitales y las nuevas formas de consumo de contenidos, la radio conserva algo que difícilmente puede sustituirse: la capacidad de acompañar, de conversar y de hacer sentir al escucha que alguien está ahí, del otro lado del micrófono.

Y mientras llega el momento de soplar las tres velitas, la invitación permanece abierta: de lunes a viernes, a las 2 de la tarde, la frecuencia 96.9 FM tiene una cita con su audiencia.

Porque después de tres años, la historia apenas comienza.

¡Cero y van tres! ¡Larga vida a El Show de Zarvany!

EL AMO DE LAS MEZCLAS PERFECTAS

  Rubén Zazueta, mejor conocido en el mundo de la radio como DJ Rubén, celebra dos décadas al servicio de XENW y veinte años de su programa ...