*Por Aldo Rodríguez*
Hay canciones que envejecen. Pertenecen a una época, a una generación, a una determinada manera de entender el amor, la nostalgia o el mundo. Cuando desaparecen quienes las escucharon por primera vez, lentamente comienzan también a desaparecer ellas.
Pero existen otras que sobreviven.
Canciones que atraviesan generaciones, idiomas, fronteras y estilos musicales hasta convertirse en algo mucho más profundo que una obra conocida: terminan formando parte de nuestra memoria colectiva.
Cuando vuelva a tu lado pertenece a esa extraña estirpe.
Han pasado más de noventa años desde que María Grever escribió esta canción y, sin embargo, continúa viva. Se canta en español, en inglés, en escenarios de jazz, en conciertos populares, en grabaciones sinfónicas, en restaurantes, películas, bodas y reuniones familiares.
Millones de personas conocen su melodía.
Muchísimas menos conocen el nombre de la mujer que la escribió.
Y ahí comienza el problema.
Porque María Grever no es una compositora olvidada en el sentido convencional de la palabra. Sus canciones siguen escuchándose. Se interpretan, se graban, se transmiten por radio, aparecen en películas y plataformas digitales.
Lo verdaderamente inquietante es otra cosa.
México canta a María Grever sin saber que está cantando a María Grever.
Pocas injusticias pueden ser mayores para un creador.
La obra sobrevivió.
El nombre comenzó a desaparecer.
Cuando vuelva a tu lado fue escrita en 1934. La melodía cruzó muy pronto la frontera lingüística y cultural. Stanley Adams escribió la letra en inglés y la canción comenzó una segunda vida bajo el título What a Diff'rence a Day Made, posteriormente popularizado también como What a Difference a Day Makes.
Veinticinco años después ocurrió algo extraordinario.
Dinah Washington grabó la canción en 1959.
Su interpretación transformó definitivamente la historia de la obra. La voz de Washington, sostenida por el elegante arreglo orquestal de Belford Hendricks, convirtió aquella canción mexicana en uno de los grandes estándares vocales del siglo XX.
La grabación obtuvo el Grammy a la mejor interpretación de rhythm and blues.
Décadas después ingresó al Grammy Hall of Fame.
María Grever había muerto en 1951.
Nunca escuchó aquella interpretación.
Nunca vio hasta dónde llegaría su canción.
Hay algo profundamente conmovedor en ello. Una mujer escribe una melodía en México y, muchos años después de su muerte, esa misma melodía continúa viajando por el mundo, transformándose, adoptando nuevas voces, nuevos arreglos, nuevos idiomas.
Aretha Franklin.
Tony Bennett.
Dean Martin.
Diana Ross.
Chet Baker.
Los Panchos.
Eydie Gormé.
Luis Miguel.
Y tantos otros.
Cada generación parece encontrar nuevamente la canción.
Pero conviene detenernos un momento.
¿Qué tiene Cuando vuelva a tu lado para haber sobrevivido?
Como compositor, siempre me ha interesado esa misteriosa condición de algunas melodías que parecen haber existido antes de ser escritas.
Las escuchamos por primera vez y tenemos la sensación de conocerlas.
No porque sean simples.
Mucho menos porque sean previsibles.
Sino porque poseen una lógica interna extraordinaria. Cada frase conduce inevitablemente hacia la siguiente. La melodía respira, se expande, se repliega y vuelve a levantarse.
Hay equilibrio.
Hay proporción.
Pero también hay algo mucho más difícil de explicar: emoción.
María Grever comprendía perfectamente la arquitectura de la canción.
Sabía que una melodía debe poder sostenerse por sí misma.
Desnuda.
Sin orquestación.
Sin intérprete.
Sin artificios.
Quizá por eso Cuando vuelva a tu lado ha podido atravesar tantos lenguajes musicales. Puede convertirse en bolero, canción romántica, estándar de jazz, arreglo orquestal o interpretación íntima.
La melodía permanece.
Y esa capacidad para sobrevivir a las transformaciones es una de las pruebas más contundentes de la grandeza de una obra musical.
Pero reducir a María Grever a Cuando vuelva a tu lado sería cometer nuevamente una injusticia.
Porque estamos hablando de una de las compositoras más importantes en la historia de la música mexicana.
María Joaquina de la Portilla Torres nació en León, Guanajuato, en 1885. Vivió durante su infancia y juventud entre México y Europa, recibió una sólida formación musical y desarrolló una carrera extraordinaria en una época en que el mundo profesional de la composición, la dirección orquestal, las editoriales musicales y la industria cinematográfica estaba dominado casi exclusivamente por hombres.
Grever logró abrirse camino.
Y lo hizo internacionalmente.
Nueva York fue uno de los centros fundamentales de su actividad profesional. Trabajó en la industria musical estadounidense, escribió para el cine, colaboró con compañías cinematográficas y consiguió algo que muy pocos compositores mexicanos habían alcanzado entonces: establecer una circulación verdaderamente internacional para su música.
Su catálogo comprende centenares de composiciones.
Y aquí aparece otro problema.
La historia terminó encerrándola dentro de una sola categoría: compositora de canciones.
Como si escribir canciones fuera un género menor.
Como si construir una melodía capaz de sobrevivir cien años fuera sencillo.
Pero María Grever poseía una formación musical mucho más amplia. Escribió música para el teatro, el cine y obras vinculadas al ámbito de concierto. Su pensamiento musical no puede comprenderse únicamente desde la historia del bolero o de la canción romántica mexicana.
Necesitamos estudiarla como compositora.
Analizar sus partituras.
Recuperar sus manuscritos.
Editar críticamente su obra.
Interpretar su música menos conocida.
Grabarla.
Llevarla nuevamente a las salas de concierto.
Porque los compositores no sobreviven únicamente mediante homenajes.
Sobreviven cuando su música se interpreta.
Cuando se estudia.
Cuando se publica.
Cuando entra en los conservatorios y universidades.
Cuando las nuevas generaciones pueden abrir una partitura y descubrir que detrás de aquellas canciones que escucharon desde niños existía una creadora con pensamiento, técnica, imaginación y una profunda conciencia del oficio musical.
Pienso, por ejemplo, en Júrame.
Probablemente sea la canción de María Grever más interpretada en México.
No existe prácticamente tenor de ópera que, en algún momento de su carrera, no se haya acercado a ella.
Desde grandes voces internacionales hasta jóvenes estudiantes de canto, Júrame continúa apareciendo en recitales, conciertos y grabaciones.
Y cuando se anuncia la obra, el nombre de María Grever permanece.
Ahí la compositora todavía está presente.
Pero existen otras canciones cuya penetración en la cultura mexicana es tan profunda que han terminado por independizarse de su autora.
Te quiero, dijiste.
Muñequita linda.
Alma mía.
Tipitín.
Cuando vuelva a tu lado.
Forman parte del paisaje sentimental de México.
Las escucharon nuestros abuelos.
Nuestros padres.
Nosotros.
Y probablemente las escucharán nuestros hijos.
Están, de alguna manera, en el ADN musical del mexicano.
Sin embargo, ¿cuántas personas podrían mencionar el nombre de su compositora?
Esa pregunta debería incomodarnos.
Porque la memoria cultural nunca es inocente.
Toda sociedad decide a quién recuerda.
Decide qué nombres coloca en las calles, qué compositores aparecen en los libros de texto, qué obras interpretan las orquestas públicas, qué figuras reciben homenajes nacionales, qué archivos se conservan y cuáles terminan acumulando polvo.
También decide a quién olvida.
Durante décadas construimos una historia de la música mexicana poblada fundamentalmente por hombres.
Manuel M. Ponce.
Carlos Chávez.
Silvestre Revueltas.
José Pablo Moncayo.
Agustín Lara.
Todos ellos fundamentales.
Todos ellos indispensables.
Pero esa historia está incompleta.
María Grever merece ocupar un lugar semejante.
Y no lo digo como una concesión contemporánea ni como resultado de una corrección políticamente conveniente.
Lo digo por su obra.
Por la extraordinaria circulación internacional de sus canciones.
Por su presencia en la industria cinematográfica estadounidense.
Por su capacidad para construir melodías que han sobrevivido durante generaciones.
Por haber desarrollado una carrera profesional extraordinaria en circunstancias históricas profundamente adversas para una mujer compositora.
La comparación con Agustín Lara resulta inevitable.
Ambos escribieron canciones que forman parte de la memoria sentimental de México.
Ambos alcanzaron reconocimiento internacional.
Ambos comprendieron la relación misteriosa entre palabra y melodía.
Pero la memoria mexicana fue mucho más generosa con Lara.
Su nombre permanece en calles, monumentos, homenajes y espacios públicos.
María Grever ha recibido reconocimientos, desde luego.
Pero existe una evidente desproporción entre la dimensión de su obra y el lugar que ocupa en nuestra memoria cultural.
Quizá porque vivió durante muchos años fuera de México.
Quizá porque desarrolló buena parte de su carrera en Estados Unidos.
Quizá porque se movió con naturalidad entre diferentes industrias, idiomas y tradiciones musicales.
Quizá porque era mujer.
Probablemente por todas esas razones.
El tiempo puede ser injusto.
Pero las instituciones también.
Las secretarías de Cultura.
Las universidades.
Las orquestas.
Los conservatorios.
Los investigadores.
Los programadores musicales.
Todos participamos, de una manera u otra, en la construcción de la memoria.
No basta colocar una placa.
No basta organizar un concierto conmemorativo cada diez o veinte años.
No basta pronunciar discursos.
Hay que regresar a la música.
México necesita una recuperación integral de María Grever.
Necesitamos ediciones críticas de sus partituras, investigaciones musicológicas sobre su catálogo completo, grabaciones profesionales de su música de concierto, tesis universitarias, documentales, festivales, conciertos monográficos.
Necesitamos escuchar aquello que todavía no conocemos.
Porque sospecho que detrás de las canciones famosas existe una compositora mucho más grande de la que hemos querido recordar.
Hace más de noventa años María Grever escribió Cuando vuelva a tu lado.
La canción salió de México.
Cruzó la frontera.
Cambió de idioma.
Entró al jazz.
Llegó al cine.
Fue grabada por algunas de las voces más importantes del siglo XX.
Ganó un Grammy.
Ingresó al Grammy Hall of Fame.
Y continúa escuchándose.
Pocas obras mexicanas pueden presumir una historia semejante.
Sin embargo, algo extraño ocurrió durante ese viaje.
La canción se hizo inmortal.
Su autora comenzó a volverse invisible.
Tal vez ha llegado el momento de corregir esa injusticia.
De volver a escuchar sus canciones sabiendo quién las escribió.
De buscar sus partituras.
De interpretar su música olvidada.
De colocar su nombre donde siempre debió estar.
Porque un país que olvida a sus creadores termina olvidando una parte de sí mismo.
Y México tiene una deuda con María Grever.
Una deuda antigua.
Una deuda musical.
Una deuda con una mujer que escribió canciones que todos conocemos, aunque muchos mexicanos todavía no sepan que fueron escritas por ella.
La próxima vez que escuchemos Cuando vuelva a tu lado, quizá deberíamos hacer algo muy sencillo.
Esperar unos segundos antes de cantar.
Y recordar su nombre.
María Grever.
Porque algunas canciones vencen al tiempo.
Ahora nos corresponde impedir que el tiempo siga venciendo a quienes las crearon.