lunes, 19 de octubre de 2026

El Pretexto: los grandes temas encuentran su espacio en Radio UAS

 

Bajo la conducción de Lulu Palazuelos, este podcast forma parte de la nueva programación de una emisora cultural que apuesta por los nuevos formatos sin renunciar a su vocación de informar, analizar y generar reflexión.

La radio evoluciona, se transforma y encuentra nuevas maneras de acercarse a sus audiencias. En ese proceso de renovación se inscribe El Pretexto, un podcast que llega a la programación de Radio UAS con una propuesta que invita a conversar sobre los grandes temas, aquellos que despiertan el interés público, generan debate y merecen un espacio para el análisis.

Bajo la conducción de Lulu Palazuelos, El Pretexto se presenta como una alternativa para quienes buscan contenidos que vayan más allá del entretenimiento inmediato. La intención es abrir un espacio para la palabra, el intercambio de ideas y la reflexión, aprovechando las posibilidades que ofrecen los formatos digitales para acercar los temas de actualidad a públicos diversos.

La cita es todos los sábados a las 6 de la tarde por Radio UAS, pero las posibilidades de escuchar y seguir el programa no terminan con la transmisión radiofónica. Su presencia en plataformas como YouTube y Spotify amplía su alcance y permite que los contenidos encuentren nuevas audiencias, particularmente entre quienes han incorporado los podcasts a sus hábitos cotidianos de consumo informativo.

Esta combinación de radio tradicional y plataformas digitales representa una apuesta por la convergencia de medios. Hoy, las audiencias no necesariamente se sujetan a un horario ni a un receptor convencional: buscan contenidos desde sus teléfonos celulares, computadoras y otros dispositivos, de acuerdo con sus preferencias y disponibilidad.

En este escenario, Radio UAS demuestra que una emisora cultural puede conservar su esencia y, al mismo tiempo, explorar nuevas formas de comunicación. La incorporación de El Pretexto a su programación constituye una muestra de esa búsqueda por diversificar contenidos, renovar propuestas y mantener vigente el diálogo con la sociedad.

El lanzamiento de esta propuesta adquiere un significado especial porque Radio UAS acaba de cumplir 56 años de transmisiones. Más de cinco décadas de historia respaldan la trayectoria de una estación que ha contribuido a la difusión cultural, educativa e informativa, y que ahora enfrenta el reto de seguir siendo relevante en un panorama mediático marcado por la transformación tecnológica.

Cumplir 56 años no significa vivir de la nostalgia ni permanecer anclados en las fórmulas del pasado. Por el contrario, también representa la oportunidad de demostrar que la experiencia acumulada puede convertirse en una plataforma para la innovación. La radio universitaria tiene ante sí el desafío de conservar su identidad y aprovechar los recursos digitales para fortalecer su presencia entre las nuevas generaciones.



En ese sentido, El Pretexto es más que un nombre dentro de una parrilla de programación: representa una invitación a escuchar, cuestionar y reflexionar sobre los asuntos que forman parte de nuestra realidad. Un espacio donde los grandes temas encuentran una oportunidad para ser abordados desde la conversación y el intercambio de ideas.

Radio UAS sigue escribiendo su historia. A 56 años de haber iniciado sus transmisiones, la emisora cultural de la Universidad Autónoma de Sinaloa confirma que la radio no desaparece ante los cambios tecnológicos; se reinventa, se multiplica y encuentra nuevos caminos para llegar a sus públicos.

Y ahora, con Lulu Palazuelos al frente de El Pretexto, los sábados a las 6 de la tarde tienen una nueva invitación para quienes consideran que siempre hay un tema que vale la pena escuchar, discutir y comprender.

viernes, 16 de octubre de 2026

José Baldomero Galindo Ortega: una vida entre la radio, el servicio público y la superación personal

 


La radio sinaloense pierde a una de sus voces, un hombre que también encontró en las conferencias y los libros una manera de compartir experiencias y motivar a los demás.

El pasado 9 de octubre falleció José Baldomero Galindo Ortega, quien durante muchos años formó parte de la historia de la radiodifusión a través de XECQ, emisora en la que desarrolló una etapa importante de su trayectoria profesional.

Su partida deja el recuerdo de un hombre que supo transitar por distintos ámbitos de la vida laboral, desde la locución hasta el servicio público, para finalmente encontrar en la superación personal una forma de continuar comunicándose con la gente.

La radio fue una de las facetas más significativas de su vida. Como locutor de XECQ, José Baldomero Galindo Ortega participó en una actividad que durante décadas ha sido fundamental para mantener informada, entretenida y acompañada a la sociedad. La radio no solamente es un medio de comunicación: también es un espacio de convivencia cotidiana en el que las voces de sus locutores llegan a formar parte de la memoria colectiva de sus audiencias.

Paralelamente a su actividad radiofónica, trabajó en la Comisión Federal de Electricidad, institución en la que también desempeñó una etapa de su vida laboral. Esta combinación de actividades habla de una trayectoria que no se limitó a un solo campo profesional, sino que se extendió a diferentes responsabilidades.

José Baldomero pertenecía a una familia vinculada con la comunicación, pues fue hermano del también locutor Juan José Galindo Ortega. Ambos compartieron el vínculo familiar y su relación con el mundo de la radio, un oficio que exige disciplina, preparación y una permanente conexión con el público.

Sin embargo, su historia no terminó con los micrófonos ni con su paso por el servicio público. En los últimos años de su vida encontró una nueva vocación: impartir conferencias y escribir libros dedicados a la superación personal.

A través de estas actividades, orientó sus esfuerzos a compartir reflexiones, experiencias y mensajes encaminados al crecimiento individual. La palabra, que durante tantos años había sido su principal herramienta de trabajo frente al micrófono, adquirió una nueva dimensión al convertirse en instrumento para motivar e inspirar a otras personas.

Su incursión en la escritura y las conferencias representó una manera distinta de ejercer la comunicación. Ya no se trataba únicamente de dirigirse a una audiencia desde una cabina radiofónica, sino de transmitir ideas y enseñanzas que pudieran acompañar a los lectores y asistentes en su desarrollo personal.

La trayectoria de José Baldomero Galindo Ortega recuerda que las vocaciones pueden transformarse con el paso del tiempo sin perder su esencia. En su caso, la comunicación estuvo presente en distintas etapas de su vida: primero, mediante la locución; después, desde su experiencia laboral, y finalmente, a través de los libros y las conferencias.

Hoy, tras su fallecimiento, permanece el recuerdo de su paso por XECQ, su trabajo en la Comisión Federal de Electricidad y su dedicación a la divulgación de mensajes de superación personal.

Con su partida se cierra un capítulo de su historia, pero queda el testimonio de una vida dedicada al trabajo y a la comunicación, así como el legado de sus escritos y de las ideas que compartió con quienes encontraron en sus palabras una fuente de reflexión.

Descanse en paz José Baldomero Galindo Ortega, locutor, trabajador y escritor que hizo de la palabra una compañera constante de su camino.

sábado, 10 de octubre de 2026

¡En La Bella se cantó el playball! Llega Vibra Baseball con Chepe Zazueta y Rocío Contreras

 

El béisbol es mucho más que un deporte: es pasión, tradición, estadísticas, historias inolvidables y emociones que se viven entrada tras entrada. Y para llevar toda esa intensidad a los aficionados, llega Vibra Baseball, un espacio radiofónico que promete convertirse en una cita obligada para quienes disfrutan del rey de los deportes.

Conducido por José “Chepe” Zazueta y Rocío Contreras, el programa reúne dos cualidades que pueden marcar la diferencia frente al micrófono: la experiencia y el conocimiento beisbolero de Chepe, combinados con el entusiasmo, el vigor y la frescura de Rocío, una mancuerna que aportará sabor, ritmo y dinamismo a las tardes de béisbol.

La propuesta es clara: ofrecer a los radioescuchas un recorrido por la actualidad del diamante, con comentarios, estadísticas, análisis y el seguimiento de la jornada beisbolera, poniendo especial atención en la Liga Mexicana del Pacífico, una de las competencias más esperadas por la afición del noroeste del país. Sus equipos, sus jugadores y las emociones de cada temporada forman parte de una tradición profundamente arraigada en Sinaloa y en los estados vecinos.

En este contexto, Vibra Baseball se perfila como una alternativa para mantenerse al tanto de lo que sucede en el circuito invernal, conocer los números de los protagonistas, analizar el desempeño de las novenas y comentar las noticias que marcan el rumbo de la competencia. Todo ello en un formato pensado para mantener al aficionado informado y compartir la emoción que despierta cada encuentro.

La experiencia de Chepe Zazueta representa un ingrediente importante para conducir las conversaciones, interpretar los números y poner en contexto las actuaciones de los equipos y sus protagonistas. Por su parte, Rocío Contreras llega con la energía necesaria para imprimirle agilidad a la emisión, conectar con la audiencia y contribuir a que cada tarde tenga el ambiente propio de una auténtica fiesta beisbolera.

La combinación de ambas personalidades promete una transmisión amena, en la que la información deportiva encuentre su complemento en la conversación, el análisis y la pasión que caracteriza a los seguidores del béisbol.

Vibra Baseball se transmite de lunes a viernes, a las cuatro de la tarde, por La Bella 104.9 FM, llevando hasta los hogares y espacios de trabajo la información necesaria para seguir de cerca la temporada. Será una oportunidad para conocer resultados, revisar estadísticas, escuchar opiniones y mantenerse al tanto de lo que sucede en los diamantes, con especial interés en la actividad de la Liga Mexicana del Pacífico.

En una región donde el béisbol forma parte de la identidad y las tradiciones de su gente, contar con espacios radiofónicos dedicados a este deporte significa mantener viva una afición que se hereda de generación en generación. Porque detrás de cada batazo, cada jugada defensiva y cada carrera anotada existe una historia que merece ser contada.

Con Chepe Zazueta y Rocío Contreras al frente, Vibra Baseball busca que la audiencia no solamente escuche los acontecimientos, sino que también sienta la emoción de cada jornada y participe de la conversación deportiva.

La invitación está hecha para todos los amantes del diamante: de lunes a viernes, a las cuatro de la tarde, la cita es por La Bella 104.9 FM.

¡Que se escuche la emoción, que hablen las estadísticas y que ruede la pelota!

¡En La Bella se cantó el playball!

jueves, 8 de octubre de 2026

La radio que encontramos encendida




Por Aldo Rodríguez


Radio Universidad Autónoma de Sinaloa cumple 55 años. Yo llevo cuarenta aquí.


Llegué en 1986, cuando era muy joven y la emisora tenía apenas quince años. Aunque mi relación con ella había comenzado antes. Cuando regresé de la Ciudad de México a Culiacán, Radio UAS era para mí una ventana. Encendía el receptor y podía viajar: músicas que difícilmente encontraba en la radio comercial, programas de otras partes del mundo, conciertos, jazz, música clásica, ideas, conversaciones. Era una radio que abría puertas.


Y quizá por eso terminé entrando por una de ellas.


Llegué como colaborador y después me incorporé formalmente como productor. Sin darme cuenta fui pasando de visitante a habitante de esta casa sonora.


Cuarenta años alcanzan para ver muchas cosas.


Me tocó vivir la transformación tecnológica de la radio y participar activamente, aunque lo diga con modestia, en algunos de esos cambios. Vi llegar el compact disc, el DAT, el MiniDisc, la computadora, Internet y la página de la emisora. Vi desaparecer tecnologías que alguna vez parecieron eternas. Vi cómo aquello que requería cintas, máquinas y horas de trabajo comenzó a caber en una pantalla. Y vi a nuestra señal dejar de viajar solamente por el aire para recorrer el mundo a través de Internet.


Cambió la cinta. Cambió el disco. Cambió la consola. Cambió la computadora.


Pero alguien siguió sentándose frente a un micrófono.


Y alguien, en algún lugar, siguió escuchando.


Tal vez ahí reside el misterio de la radio: no está realmente en los aparatos, sino en ese vínculo invisible entre una voz y alguien que no podemos ver.


Durante estos cuarenta años también he visto pasar directores, productores, locutores, operadores, técnicos, trabajadores, estudiantes, artistas. Algunos hicieron aquí buena parte de su vida. Muchos ya no están con nosotros y las generaciones que hoy llegan quizá ni siquiera conocen sus nombres.


Pero hay que recordarlos.


Una institución que olvida a quienes la construyeron comienza a perder conciencia de sí misma. Porque una radio también está llena de fantasmas.


No fantasmas tristes.


Voces que permanecen.


Están en una cinta olvidada, una fotografía, una identificación grabada hace décadas, el ruido de fondo de una vieja transmisión. A veces pienso que cuando el estudio queda vacío y se apagan las luces todas esas voces continúan ahí, esperando.


Pero cuarenta años también permiten conocer el otro rostro de una institución.


He visto a personas que amaron profundamente la radio, que entendieron su responsabilidad cultural y universitaria. Y he visto exactamente lo contrario.


Sería hipócrita callarlo.


He visto a quienes confunden una radio cultural universitaria con un coto de poder. A quienes prostituyen el medio convirtiendo el micrófono en moneda política y la programación en instrumento de intereses personales. He visto programas vacíos, sin contenido, sin inteligencia y sin verdadera vocación universitaria; transmisiones creadas para satisfacer conveniencias circunstanciales y que son olvidadas casi en el mismo instante en que termina la emisión.



También he visto personas empeñadas en hacerse indispensables no para la radio, sino para el poder.


Porque existe una enorme diferencia entre servir a una institución y servirse de ella.


Una radio universitaria no puede convertirse en oficina de propaganda, refugio de aduladores, vehículo de consignas ni moneda de cambio. Una universidad existe para que las ideas respiren, y su radio debería ser precisamente uno de los lugares donde respiren con mayor libertad.


Pero cuatro décadas aquí también me han enseñado algo: la radio siempre termina siendo más grande que quienes intentan apropiarse de ella.


Los funcionarios pasan. Los cargos terminan. Las administraciones cambian. Las consignas envejecen. Los pequeños cotos de poder desaparecen.


A estas alturas del siglo XXI, y con 55 años de historia a cuestas, Radio UAS tiene ya la madurez suficiente para sacudirse de una vez por todas ese tipo de programas. La Universidad cuenta con medios oficiales para comunicar su vida institucional y cumplir esa función necesaria; la radio cultural tiene otra misión. No necesitamos más espacios de consigna, de complacencia o de poder personal. Necesitamos recuperar la inteligencia, la imaginación y la vocación cultural que justifican nuestra existencia. A veces, para poder avanzar, también hay que saber qué lastres dejar atrás.



El micrófono permanece.


Por eso nunca he confundido los errores de quienes circunstancialmente han pasado por Radio UAS con Radio UAS misma. La radio es mucho más: sus trabajadores, sus productores, técnicos, locutores, colaboradores, estudiantes y oyentes. Sus archivos. Sus silencios. Sus muertos. Sus fantasmas.


Y también su futuro.


Cumplir 55 años debería obligarnos no solamente a recordar, sino a preguntarnos qué radio queremos para los próximos años. Quizá sea tiempo de hacer un reset. No para borrar la memoria, sino precisamente para recuperarla.


Después de cuarenta años he comprendido que ninguno de nosotros es dueño de esta radio. Somos apenas sus habitantes temporales.


Otros estuvieron antes.


Nosotros estamos ahora.


Otros vendrán después.


La encontramos encendida. Nos corresponde cuidarla y algún día tendremos que entregarla: no arrodillada, no intelectualmente empobrecida, no convertida en instrumento de nadie.


Viva. Curiosa. Incómoda cuando tenga que ser incómoda. Universitaria. Cultural. Libre.


Algún día nosotros también seremos los fantasmas de esta radio. Nuestros nombres quizá dejarán de significar algo y nuestros programas dormirán en algún archivo, esperando que alguien vuelva a escucharlos.


Y está bien.


Nosotros pasaremos. Los nombres pasarán. Los cargos y las pequeñas ambiciones pasarán.



Pero ojalá la radio siga aquí.


Encendida.


Respirando.


Esperando la siguiente voz.


Yo he tenido el enorme privilegio de acompañarla durante cuarenta de sus 55 años. Quiero verla llegar a los sesenta, a los setenta, a los cien.


Y después, que otros sigan contando.


Larga vida a Radio Universidad Autónoma de Sinaloa.

Love Me Do: antes de que el mundo cambiara




Por Aldo Rodríguez


Nunca he sido beatlemano.


Lo digo desde el principio porque tampoco tendría sentido fingir a estas alturas. Los Beatles han entrado en mi vida de una manera bastante dosificada. Durante muchos años, incluso, les saqué la vuelta. Había canciones que me gustaban, por supuesto, algunas mucho, pero nunca sentí esa especie de veneración casi religiosa que provoca el grupo entre ciertos melómanos.


Que The White Album es una obra maestra absoluta. Que I Am the Walrus es poco menos que una revelación de otro planeta. Que aquí comenzó esto, que allá inventaron aquello… Bueno. Yo escuchaba algunas de esas cosas y pensaba: ¿de verdad?


Pero los años hacen cosas curiosas con el oído.


Uno cambia. La música que escuchábamos a los veinte no necesariamente significa lo mismo cuando tenemos cuarenta, sesenta o más. La experiencia va colocando las cosas en otros estantes de nuestra biblioteca interior. Y con los Beatles me ocurrió precisamente eso: con el paso del tiempo fui modificando mi posición.


No hasta convertirme en devoto. Eso no.


Pero sí hasta comprender su enorme importancia.


Porque una cosa es que algo nos guste y otra, completamente distinta, entender lo que significó históricamente. A veces confundimos ambas cosas. Podemos reconocer la importancia de Wagner sin escucharlo todas las mañanas. Podemos comprender a Schoenberg sin salir silbando una serie dodecafónica por la calle. Y podemos reconocer que los Beatles modificaron profundamente la cultura musical del siglo XX sin necesidad de colocar una fotografía de John, Paul, George y Ringo sobre un altar.


Dentro del grupo mis afinidades también son bastante claras.


Siempre me ha interesado mucho más Paul McCartney. Hay en él una inteligencia musical extraordinaria: melodía, armonía, intuición formal, producción, instrumentación, oído para construir una canción y, algo que me parece todavía más importante, una capacidad camaleónica para atravesar décadas sin quedarse convertido en una pieza de museo.


En 2026 tiene 84 años.


Y sigue siendo Paul McCartney.


Eso ya es bastante decir.



George Harrison me parece otra figura fascinante. Su crecimiento dentro del grupo es extraordinario y algunas de sus canciones terminaron ocupando un lugar fundamental en el repertorio de los Beatles. Y Ringo Starr —a quien durante muchos años algunos trataron injustamente como si fuera simplemente “el baterista simpático”— posee algo que ningún conservatorio puede enseñar fácilmente: personalidad rítmica. Uno escucha determinados patrones suyos y sabe quién está tocando.


Sobre John Lennon mis sentimientos son más reservados. Nunca he compartido completamente la mitología construida alrededor de su figura, ni su discurso político, ni la idealización posterior de algunas de sus canciones. Reconozco, naturalmente, su importancia enorme en la primera arquitectura de los Beatles y en la sociedad creativa Lennon-McCartney. Pero mis afinidades musicales están en otro sitio.


Y eso está bien.


La historia de la música también se escucha desde nuestras propias contradicciones.


Hay, sin embargo, una canción frente a la cual siempre regreso con una curiosidad especial.


Love Me Do.


El 5 de octubre de 1962 apareció en el Reino Unido el primer sencillo de los Beatles.


Imaginen por un momento aquel disco.


Todavía no existía Sgt. Pepper. No existía Revolver. No existía Abbey Road. No estaban las barbas, el cabello largo, la psicodelia, los experimentos de estudio, la India, los collages sonoros, las cintas manipuladas ni esa extraordinaria transformación estética que terminaría convirtiendo a cuatro muchachos de Liverpool en uno de los grandes símbolos culturales de la segunda mitad del siglo XX.



Estaba simplemente:


Love, love me do…


Una armónica.


Un bajo.


Una guitarra.


Una batería.


Dos voces.


Y poco más.


Quizá precisamente por eso me gusta tanto.


Porque en Love Me Do todavía se escucha la década anterior respirando detrás de ellos. Está el rock and roll de los cincuenta, está el rhythm and blues, está esa sencillez casi artesanal de las canciones que podían tocarse en un club sin demasiados artificios.


Pero algo comienza a moverse.


Uno puede escucharlo.


La canción es aparentemente sencilla, incluso ingenua, pero las voces ya no funcionan simplemente como una melodía acompañada. Hay una forma particular de distribuirlas, de hacerlas dialogar, de construir identidad mediante pequeñas diferencias tímbricas. La armónica funciona casi como una firma sonora. Y la estructura, dentro de su economía, posee una eficacia extraordinaria.


Nada sobra.


Eso también es composición.


A veces creemos que la complejidad musical depende de cuántas notas escribimos. No necesariamente. Hay obras enormemente sofisticadas construidas con muy pocos elementos.



Bach sabía eso perfectamente.


También Monk.


Y, a su manera, los Beatles comenzaron a descubrirlo.


Lo verdaderamente extraordinario ocurre cuando colocamos Love Me Do junto a lo que aquellos mismos músicos estaban haciendo apenas seis o siete años después.


La distancia parece de décadas.


Ese es uno de los fenómenos que más me impresionan de los Beatles.


En menos de diez años cambiaron prácticamente todo: la manera de componer, de grabar, de presentarse, de vestirse, de entender el álbum y, finalmente, de concebir el estudio de grabación.


Pasaron del muchacho perfectamente peinado, afeitado y vestido con traje a la explosión visual de finales de los sesenta. De canciones que podían tocarse prácticamente en cualquier escenario a músicas que, en aquel momento, resultaban imposibles de reproducir en vivo con los mismos recursos.


Y ahí ocurre algo decisivo.


El estudio deja de ser simplemente el lugar donde se registra una interpretación.


Se convierte en instrumento.


Eso me parece fundamental.


El micrófono ya no solamente captura. La cinta puede transformarse. Los sonidos pueden superponerse, alterarse, invertirse, filtrarse. La distancia entre composición, interpretación, grabación y producción comienza a borrarse.


Décadas después esa manera de pensar será completamente natural para grupos como Pink Floyd, Queen y tantos otros, o para productores e ingenieros que entenderían que una consola, una cinta o un procesador también podían formar parte del pensamiento musical.


Hoy lo damos por sentado.



Abrimos Logic, Pro Tools o cualquier plataforma digital y podemos transformar un sonido hasta hacerlo irreconocible. Podemos moverlo, estirarlo, invertirlo, espacializarlo, duplicarlo.


Pero hubo un tiempo en que descubrir esas posibilidades tenía algo de alquimia.


Los Beatles estuvieron allí.


También modificaron otra cosa: la escala física del fenómeno musical.


Cuando comenzaron a llenar estadios, la tecnología de amplificación disponible sencillamente no estaba preparada para aquello. Los sistemas de sonido tenían que competir con decenas de miles de personas gritando. Muchas veces los propios músicos apenas podían escucharse.


Parece increíble visto desde nuestros conciertos actuales, con enormes arreglos lineales de altavoces, consolas digitales, monitores personales, sistemas de medición acústica y potencias impresionantes.


Pero alguien tuvo que enfrentarse primero al problema.


La Beatlemanía no inventó por sí sola toda esa tecnología, naturalmente, pero hizo brutalmente evidente que la música popular había cambiado de escala.


Ya no bastaba un teatro.


Ahora había que sonorizar una multitud.


Y finalmente está aquella imagen extraordinaria.


Cuatro músicos sobre el techo de un edificio en Londres.


Después de todo el ruido, toda la fama, las giras, los discos, los pleitos, los experimentos, el flower power, los excesos, las búsquedas espirituales y los egos inevitables, regresan de alguna manera al principio.



A tocar.


Nada más.


En la azotea de Apple Corps, mientras Londres continúa abajo con su rutina, los Beatles ofrecen la que sería su última presentación pública en vivo.


Hay algo bellísimo en esa escena.


Casi podría ser el final de una película.


Y entonces pienso nuevamente en aquel 5 de octubre de 1962.


En Love Me Do.


Han pasado 64 años.


Una canción pequeña.


Dos minutos y poco más.


Una armónica que aparece casi sin pedir permiso.


Unos muchachos que todavía no saben exactamente lo que está a punto de ocurrir.


Eso es quizá lo que más me interesa de escucharla ahora.


No escuchamos solamente una canción.


Escuchamos el instante anterior a una explosión.


Porque después vendrían los estudios, los experimentos, las discusiones, la India, las orquestas, las cintas, los sintetizadores, los grandes álbumes y finalmente la separación.


Pero todavía no.


En Love Me Do todo eso duerme.


Está ahí, en potencia, escondido entre cuatro acordes, unas voces jóvenes y una armónica.


Y aunque nunca haya sido beatlemano —y probablemente nunca lo sea—, hay cosas que la historia obliga a reconocer.


Aquel pequeño disco publicado el 5 de octubre de 1962 abrió una puerta.


Y después de que los Beatles cruzaron por ella, la música popular ya no volvió a sonar exactamente igual.

lunes, 5 de octubre de 2026

Radio Sinaloa: 20 años de cultura, información y buena música. Dos décadas de acompañar a los sinaloenses a través de sus micrófonos

 




Hace 20 años comenzó una historia que se ha convertido en parte de la vida radiofónica de Sinaloa. Fue durante la administración del gobernador Jesús Aguilar Padilla cuando Radio Sinaloa salió por primera vez al aire, inicialmente a través del 94.5 de FM, con una propuesta orientada a ofrecer cultura, información y buena música a los radioescuchas.

Con el paso del tiempo, la señal fue ampliando su cobertura hasta llegar a distintos puntos del estado, consolidando un espacio radiofónico que ha tenido como una de sus principales características el acercamiento con la sociedad sinaloense y la difusión de contenidos de interés público.

A lo largo de estas dos décadas, por sus micrófonos han desfilado numerosas voces que dejaron su huella en la historia de la estación. Entre ellas se encuentran Zelma Pérez, Jennifer Cristerna, Juan Pablo Pérez Díaz, Daniel Beltrán y Guadalupe Valenzuela, entre muchos otros comunicadores que participaron en diferentes etapas de esta radiodifusora.

Cada generación de locutores ha aportado su particular manera de hacer radio, construyendo una identidad que se ha mantenido a través de los años. La música, la información, la cultura y el entretenimiento han formado parte de una programación que busca mantener el vínculo cotidiano con su audiencia.





Hoy, Radio Sinaloa continúa escribiendo su historia con voces que ya todos conocen. Kirey Amano, Tania del Río, Georgina Martínez, Silvia Lorena, Teodoso Navidad y Victoria Sánchez, entre otros integrantes de su equipo, son quienes actualmente acompañan al público desde sus micrófonos.

Veinte años después de aquella primera transmisión, Radio Sinaloa representa también el testimonio de una época de la radio sinaloense. Han cambiado las tecnologías, las formas de escuchar y los hábitos de las audiencias, pero permanece la esencia de la radio: una voz que entra a los hogares, informa, entretiene, acerca a la comunidad y hace compañía.

Dos décadas al aire son dos décadas de historias, voces, canciones y encuentros con la audiencia. Radio Sinaloa llega así a sus primeros 20 años con la mirada puesta en el futuro, pero con el reconocimiento a quienes, desde sus micrófonos, han contribuido a construir su historia.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Cuando el bajo aprendió a hablar Rapper’s Delight y la música que nace de otra música




Por Aldo Rodríguez


La música nunca nace de la nada. Lo he escrito antes y cada vez estoy más convencido de ello. El compositor escucha, recuerda, transforma. A veces conscientemente; otras, quizá, porque una música se le ha quedado adherida en algún rincón de la memoria y termina apareciendo años después convertida en otra cosa.


Ha sucedido siempre.


Bach admiró profundamente a Vivaldi y estudió su música con una atención que hoy llamaríamos casi obsesiva. Transcribió conciertos italianos, trabajó sobre ellos, aprendió de su arquitectura y de aquella extraordinaria manera de administrar la energía musical. También hizo suyo, mediante la transcripción, el célebre concierto para oboe de Benedetto  Marcello. Y nadie pensaría por ello que Bach dejó de ser Bach. Al contrario: estudiar al otro fue una de las maneras mediante las cuales terminó de construirse a sí mismo.


La historia de la música está llena de estos encuentros. Una obra toca a otra. Una melodía reaparece. Una progresión armónica viaja durante siglos. Un ritmo cambia de continente, de instrumento, de contexto. Lo que en una época llamamos transcripción, paráfrasis, variación o cita, en otra puede llamarse sample. Cambia la tecnología; el impulso humano permanece.


Y pocas piezas permiten escuchar ese fenómeno con tanta claridad como Rapper’s Delight, de The Sugarhill Gang.


Hay algo casi desconcertante en escucharla hoy. Han pasado 47 años desde su aparición, en 1979, y conserva una frescura extraordinaria. Basta que comience ese bajo para que ocurra algo. Ni siquiera hace falta conocer el título. Tampoco entender inglés. El cuerpo reconoce antes que la memoria.


Y entonces llegan las palabras.


Rapper’s Delight podría traducirse, sin demasiadas complicaciones, como La delicia del rapero. Y eso es, en buena medida, lo que encontramos ahí: el placer de rapear. El gozo de decir palabras sobre un pulso, de encadenar rimas, presumir habilidades, inventar personajes, exagerar, bromear y mantener viva la atención de quienes escuchan.


No estamos todavía ante el rap oscuro, violento o socialmente desgarrado que aparecería en algunas vertientes posteriores del género. Aquí hay fiesta. Hay humor. Hay jactancia. Hay personajes que hablan de sí mismos, de mujeres, comida, dinero, fiestas, situaciones absurdas y de su capacidad para mantener al público bailando. Es casi una conversación gigantesca sostenida por el ritmo.


Y eso me parece profundamente humano.


Porque mucho antes del hip-hop el ser humano ya hacía algo semejante.


En México basta escuchar a un buen versador dentro del son jarocho o del son huasteco. Alguien propone una copla y otro responde; se improvisa, se juega con las palabras, se mide la inteligencia del contrincante y, mientras tanto, la música continúa. Podemos ir mucho más atrás: trovadores, juglares, tradiciones orales antiquísimas. La palabra improvisada sobre estructuras musicales no pertenece a una época ni a una cultura. Nos acompaña desde hace siglos.


Incluso la llamada música académica encontró sus propias maneras de situarse en esa frontera extraña entre hablar y cantar. Schönberg convirtió el Sprechgesang y la Sprechstimme en recursos fundamentales de su lenguaje; Alban Berg los incorporaría también a su universo expresivo. Evidentemente no estoy diciendo que Rapper’s Delight proceda de Schönberg —sería absurdo—, sino algo mucho más interesante: la voz humana lleva siglos buscando territorios intermedios entre el habla, el ritmo y el canto.



El rap encontró el suyo en la calle.


Pero Rapper’s Delight tiene además otra historia, y quizá sea ésta la que terminó modificando para siempre nuestra manera de entender la creación musical.


Ese bajo maravilloso que sostiene prácticamente toda la pieza no nació ahí.


Venía de Good Times, de Chic.


1979 fue, en ese sentido, un año extraordinario. Nile Rodgers y Bernard Edwards estaban en uno de los momentos más brillantes de su carrera. Chic había conseguido construir un sonido inmediatamente reconocible: elegante, preciso, aparentemente sencillo y, sin embargo, extraordinariamente sofisticado. La guitarra de Rodgers podía funcionar casi como un instrumento de percusión mientras el bajo de Bernard Edwards hacía algo mucho más complejo que acompañar: construía el discurso.


El bajo de Good Times es uno de esos motivos que parecen haber existido siempre. Cuando uno lo escucha cuesta imaginar que alguna vez hubo un mundo en el que todavía no estaba ahí.


Y ese mismo año apareció Rapper’s Delight.


La historia, sin embargo, es menos limpia de lo que durante años se contó. No existió inicialmente una autorización de Rodgers y Edwards. La productora Sylvia Robinson —una figura fundamental para comprender aquellos primeros años del hip-hop grabado— reunió a Wonder Mike, Master Gee y Big Bank Hank y llevó al estudio una idea que todavía resultaba extraña: registrar en un disco aquello que los MC hacían en las fiestas.


Para construir la base musical se recurrió al universo sonoro de Good Times. No se trató simplemente de colocar el disco de Chic y dejarlo girando una y otra vez: músicos de estudio recrearon aquel groove para que sobre él pudieran rapear los integrantes de The Sugarhill Gang.


Nile Rodgers escuchó posteriormente la grabación en un club y reconoció, naturalmente, aquello que estaba sonando.


¿Cómo no iba a reconocerlo?


Siguieron reclamaciones y negociaciones, y finalmente Rodgers y Edwards recibieron el crédito correspondiente como autores. Aquella disputa anticipaba, sin que nadie pudiera saberlo todavía, uno de los grandes debates que acompañarían a la música durante las décadas siguientes: ¿dónde termina la influencia y dónde comienza la apropiación? ¿Cuándo una música tomada de otra se transforma verdaderamente en una obra nueva?



La pregunta sigue abierta.


Porque el hip-hop haría precisamente de esa operación una de sus herramientas fundamentales.


Tomar un fragmento. Repetirlo. Aislarlo de su contexto. Cambiar su función. Colocar sobre él otra voz, otro ritmo, otra historia.


El sample terminaría convirtiéndose en algo mucho más profundo que una técnica de producción. Sería una manera de pensar musicalmente.


Y aquí regreso inevitablemente a Bach.


Las distancias son enormes, por supuesto. No quiero cometer la ingenuidad de decir que Bach hacía sampling en el siglo XVIII. No lo hacía. Pero detrás de ambos procedimientos existe una pregunta estética que me parece fascinante: ¿qué sucede cuando una música entra dentro de otra música?


Bach tomó obras ajenas para estudiarlas, transcribirlas y comprenderlas desde dentro. El hip-hop tomó fragmentos de discos para reorganizar la memoria sonora de una comunidad. Son procedimientos histórica, jurídica y técnicamente distintos, pero ambos nos recuerdan algo elemental: crear también significa escuchar lo que otros hicieron antes.


Rapper’s Delight llevó esa idea a la cultura popular de masas.


Y lo hizo, además, de una manera desmesurada. La versión extensa dura alrededor de catorce minutos y medio. ¡Catorce minutos de palabras sostenidas prácticamente sobre una misma arquitectura rítmica!


Eso debería ser aburridísimo.


No lo es.


Ahí está precisamente una de sus grandes lecciones musicales. Cuando la armonía prácticamente deja de desarrollarse, nuestra percepción se desplaza hacia otros parámetros: el ritmo interno de las palabras, los acentos, las respiraciones, las entradas de cada voz, las pequeñas modificaciones de la base, la articulación, el fraseo. Dejamos de esperar que cambien los acordes y comenzamos a escuchar cómo cambia el tiempo.



Y entonces comprendemos que el rapero también es, a su manera, un percusionista.


Las consonantes golpean. Las vocales prolongan. Las sílabas anticipan o retrasan el pulso. La rima crea expectativas y las resuelve. La voz juega alrededor de una cuadrícula métrica invisible mientras el bajo permanece ahí, obstinado, hipnótico, maravilloso.


Quizá por eso Rapper’s Delight ha envejecido tan bien.


Hay canciones que quedan encerradas en la época que las produjo. Ésta no. Sigue apareciendo en películas, fiestas, anuncios, programas de televisión y, sobre todo, en la memoria colectiva. Yo, al menos, no conozco a mucha gente que pueda escuchar sus primeros segundos sin intentar acompañarlos. Poco importa que no sepa inglés. Llegado cierto momento todos creemos saber rapear aquello.


Y seguramente lo hacemos bastante mal.


Pero lo hacemos.


Eso también significa que una obra ha entrado en la cultura popular: cuando dejamos de preguntarnos quién la compuso y simplemente sentimos que, de alguna manera misteriosa, siempre estuvo ahí.


En 2011, Rapper’s Delight fue incorporada al National Recording Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. El reconocimiento resulta significativo porque confirma algo que durante años pudo parecer exagerado: aquella grabación festiva de 1979 no fue solamente un éxito comercial. Ayudó a demostrar que una cultura que vivía en fiestas, clubes y calles podía entrar en un estudio, convertirse en disco y viajar por el mundo.


No fue la primera grabación de rap. Conviene decirlo. Pero fue la que abrió una puerta gigantesca.


Después de ella ya nada sería exactamente igual.


Vendrían las cajas de ritmos, los samplers, los tornamesas convertidos en instrumentos, las bibliotecas digitales, el loop, la manipulación microscópica del sonido y finalmente una cultura musical en la que prácticamente toda la historia grabada puede convertirse en materia prima para una obra nueva.


Pero en 1979 bastaron unas voces, una idea y un bajo prestado —o, para decirlo con mayor precisión histórica, recreado sin autorización inicial y posteriormente reconocido— para comenzar a cambiar las reglas.


Y qué bajo.


Bernard Edwards quizá nunca imaginó, cuando construyó aquella línea para Good Times, que estaba escribiendo algo que tendría una segunda vida casi inmediata. Una música salió de otra música y después engendró miles más.


Así ha ocurrido siempre.


Quizá por eso me sigue fascinando pensar que la creación musical se parece menos a construir una casa desde cero que a entrar en una ciudad antiquísima. Las calles ya existen. Otros caminaron por ellas antes que nosotros. Hay edificios, ruinas, plazas, voces que llegan desde ventanas abiertas. El compositor —o el rapero— camina, escucha, dobla en alguna esquina y descubre una calle que nadie había visto de esa manera.



Entonces comienza su propia música.


En Rapper’s Delight, aquella calle comenzaba con un bajo.


Y 47 años después, todavía seguimos caminando sobre él.

El Pretexto: los grandes temas encuentran su espacio en Radio UAS

  Bajo la conducción de Lulu Palazuelos, este podcast forma parte de la nueva programación de una emisora cultural que apuesta por los nuevo...