Por Aldo Rodríguez
Hay películas que uno admira. Hay otras que simplemente entretienen. Y hay unas cuantas, muy pocas, que nos acompañan toda la vida sin hacer ruido.
México de mis recuerdos pertenece a ese pequeño grupo.
Si alguien me hubiera dicho hace años que terminaría escribiendo un ensayo sobre una película filmada en 1944, probablemente no le habría creído. Sin embargo, aquí estoy. Y la razón es sencilla: algunas obras permanecen escondidas en la memoria durante décadas, esperando el momento preciso para volver a hablarnos.
Conocí esta película siendo niño.
En aquella Ciudad de México donde crecí, el Canal 4 transmitía prácticamente todo el día películas de la llamada Época de Oro del cine mexicano. Había de todo. Obras maestras, melodramas olvidables, comedias improvisadas, musicales entrañables. Como ocurre en cualquier cinematografía, la calidad era desigual.
Pero una tarde apareció México de mis recuerdos.
Y ya nunca se fue.
No creo exagerar al decir que fue una de las primeras películas que despertaron en mí la sensación de que el cine podía ser mucho más que entretenimiento. Podía convertirse en una máquina del tiempo.
En mi casa, además, existía un ingrediente adicional.
La figura de Porfirio Díaz siempre fue tratada con enorme respeto. Mi padre nos enseñó desde muy pequeños que la historia jamás debe reducirse a consignas ni a caricaturas. Nos hablaba de los claroscuros de cualquier gobernante, pero también de la obligación de reconocer los logros cuando éstos existen. Crecí escuchando un retrato muy distinto al que durante décadas ofrecieron los libros oficiales.
Con sus contradicciones —porque ningún personaje histórico escapa a ellas— don Porfirio representó para nosotros uno de los periodos de mayor estabilidad, modernización y crecimiento que ha conocido México.
Quizá por eso la película me atrapó desde el principio.
No pretendía hacer historia académica.
Pretendía algo mucho más difícil: reconstruir una atmósfera.
Y lo consigue de manera admirable.
El espectador entra a un país donde todavía resuenan las zarzuelas, donde el Teatro Principal constituye uno de los centros culturales más importantes de la capital, donde las jóvenes son educadas bajo estrictos códigos sociales, donde la elegancia forma parte de la vida cotidiana y donde todavía parece posible caminar lentamente por una ciudad que aún no conoce el vértigo del siglo XX.
Es el México porfiriano visto desde la nostalgia.
Pero también desde el cariño.
La anécdota es aparentemente sencilla.
Las tías desean que un joven, ya en edad de sentar cabeza, contraiga matrimonio con una muchacha respetable, discreta y bien educada. Sin embargo, el corazón del protagonista tiene otros planes. Lo seduce el mundo del teatro, de las tiples, de las mujeres que viven entre bambalinas, música y aplausos.
Ese conflicto basta para construir una comedia elegante, inteligente y profundamente humana.
Fernando Soler demuestra una vez más por qué pertenece al reducido grupo de los grandes actores que ha dado este país. Nunca necesita exagerar. Nunca busca el efecto fácil. Su sola presencia llena la pantalla con una naturalidad que hoy resulta casi irrepetible.
Y qué decir de la bellísima Sofía Álvarez.
Su presencia reúne algo que pocas actrices consiguen: belleza, sensibilidad y una extraordinaria inteligencia interpretativa. Basta verla unos minutos para comprender por qué fue una de las figuras más queridas del cine nacional.
Pero existe un personaje que terminó conquistando varias generaciones de espectadores.
Susanito Peñafiel y Somellera.
Joaquín Pardavé construye aquí una creación inolvidable. Cada gesto, cada pausa, cada inflexión de la voz parecen surgir con absoluta espontaneidad. Su humor jamás cae en la vulgaridad; nace del ingenio, de la observación y de una comprensión profunda del carácter mexicano.
No es casualidad que continúe siendo uno de los personajes más recordados de nuestra cinematografía.
Hay algo más que vuelve extraordinaria esta película.
Su música.
Escuchar las páginas de Ricardo Castro conviviendo con las zarzuelas de la época convierte al filme en un verdadero documento sonoro. La banda sonora no acompaña la historia: la reconstruye. Cada compás ayuda a levantar un México desaparecido.
Porque esa es quizá la mayor virtud de México de mis recuerdos.
No intenta convencernos de que el pasado fue perfecto.
Simplemente nos permite visitarlo.
Y eso es muy distinto.
Cuando la película llegó a las salas en 1944, apenas habían transcurrido alrededor de tres décadas desde el final del Porfiriato. La Revolución todavía era una herida relativamente reciente. Muchas personas que acudieron al cine habían vivido aquel mundo. Lo recordaban. Lo habían caminado.
Para ellos, la película representaba una evocación.
Para nosotros, ochenta y dos años después, representa algo todavía más valioso.
Es memoria.
Una memoria cinematográfica que conserva edificios desaparecidos, costumbres olvidadas, maneras de hablar, códigos sociales, formas de vestir y hasta un ritmo distinto de entender la vida.
En tiempos donde la historia suele simplificarse para acomodarse a discursos políticos, películas como ésta adquieren un valor inmenso.
Nos recuerdan que ningún país puede construirse negando partes de su pasado.
La historia no está hecha para venerar ni para destruir personajes.
Está hecha para comprenderlos.
Y el cine, cuando alcanza esta altura, se convierte en un aliado extraordinario de esa comprensión.
Resulta curioso que muchas personas conozcan perfectamente los grandes clásicos del cine europeo o norteamericano y jamás hayan visto México de mis recuerdos. Eso debería preocuparnos. Porque la cultura también consiste en reconocer aquello que nosotros mismos hemos sido capaces de crear.
Esta película debería formar parte de la educación sentimental y cultural de cualquier mexicano. No únicamente por su calidad cinematográfica, sino porque nos recuerda que un país también se construye con memoria. Con música. Con teatro. Con arquitectura. Con formas de hablar. Con maneras de vestir. Con personajes que, reales o imaginarios, ayudan a comprender quiénes fuimos.
Y, sin embargo, pareciera que en México ocurre exactamente lo contrario.
Vivimos tiempos en los que la historia deja de estudiarse para convertirse en herramienta política. En lugar de comprender el pasado en toda su complejidad, se simplifica hasta convertirlo en una colección de villanos convenientes. Resulta más fácil culpar a Porfirio Díaz, a Hernán Cortés, a los virreyes o a cualquier personaje distante de los problemas del presente que asumir la responsabilidad de construir un mejor país aquí y ahora.
La historia termina entonces convertida en propaganda.
Pero la historia no sirve para repartir culpas eternas.
Sirve para comprender procesos.
Ninguna nación madura vive peleándose con sus fantasmas. Los estudia, los contextualiza, aprende de ellos y continúa caminando. Francia no explica sus problemas actuales culpando a Napoleón; Italia no responsabiliza a los Médici de sus crisis contemporáneas; España no reduce su historia a una batalla permanente contra los Reyes Católicos. Sólo una sociedad insegura necesita encontrar enemigos en los siglos pasados para justificar las carencias del presente.
Por eso México de mis recuerdos posee un valor que trasciende al cine. Nos devuelve un México porfiriano sin panfleto, sin consignas, sin discursos ideológicos. Lo muestra con sus virtudes, con sus contradicciones y con la elegancia de quien entiende que el arte no está obligado a dictar sentencias, sino a despertar preguntas.
Quizá ésa sea la mayor enseñanza de esta película ochenta y dos años después de su estreno.
La memoria no debe utilizarse como un arma.
Debe ser un puente.
Porque un pueblo que manipula su pasado termina desconfiando de su presente. Y un pueblo que olvida deliberadamente una parte de su historia acaba perdiendo, poco a poco, la capacidad de imaginar su futuro.
Por eso sigo creyendo que México de mis recuerdos no es únicamente una magnífica película de la Época de Oro del cine mexicano.
Es un acto de resistencia cultural.
Una invitación a mirar nuestra historia con inteligencia antes que con prejuicios, con curiosidad antes que con resentimiento y con la serenidad de quien entiende que ningún país puede aspirar a un futuro digno mientras siga discutiendo el pasado con las consignas del presente.