sábado, 2 de mayo de 2026

El hombre detrás de la risa: Dudley Moore, el piano como verdad



Por Aldo Rodríguez


Hay artistas que uno cree conocer… hasta que, de pronto, una grieta en la imagen pública deja escapar otra luz. Y entonces todo cambia.


Un 19 de abril de 1935 nace en Inglaterra Dudley Moore. Para el gran público, su nombre quedó ligado —casi sellado— a esa figura entrañable del hombre desbordado, encantadoramente torpe, ligeramente ebrio, que parecía caminar siempre al borde del descontrol emocional. Su nominación al Óscar por Arthur (1981) consolidó esa imagen: el millonario seductor, frágil, irresistiblemente humano. Antes, 10 ya lo había colocado en el mapa como un comediante fino, de timing impecable.


Pero quedarse ahí… sería no haberlo escuchado.


Porque Moore —y esto no es una hipérbole— era, antes que nada, músico.


Formado en la música clásica, con estudios serios en piano y composición, encontró en el jazz una especie de territorio íntimo, una zona donde podía respirar sin guion. Ahí no había personaje. No había gag. No había mirada cómplice a la cámara. Solo sonido. Y qué sonido.


Escuchar sus grabaciones es asistir a una conversación honesta: un fraseo elegante, con una técnica sólida que nunca presume, y una musicalidad que entiende el silencio como parte del discurso. Hay en su manera de tocar algo que recuerda a los grandes pianistas británicos de tradición clásica… pero filtrados por la libertad del jazz. Una especie de equilibrio improbable, y por eso mismo fascinante.



Yo recuerdo la primera vez que lo escuché —no en pantalla, sino en disco— y confieso que hubo un instante de desconcierto. ¿Es el mismo hombre? ¿El mismo rostro que titubea con una copa en la mano? Sí. Pero aquí no titubea. Aquí piensa, construye, respira.


Y luego está ese otro momento revelador: verlo compartir espacio con figuras como Georg Solti (a quien muchos recuerdan en la televisión británica como “Serguei Sholty”), en una de esas joyas documentales donde Moore se sienta al piano no como invitado, sino como igual. Interpretando, con una seriedad que desarma, la compleja escritura de Béla Bartók, en esa obra casi arquitectónica que es Música para cuerdas, percusión y celesta. Ahí no hay rastro del comediante. Solo queda el músico. El músico verdadero.


Y es ahí donde uno entiende algo esencial: la comedia, en su caso, no era superficialidad… era precisión. Era ritmo. Era escucha. Virtudes profundamente musicales.


La vida, sin embargo, no siempre respeta a quienes saben escuchar.


En 1997 se le detecta una perforación en el corazón. Dos años más tarde, el diagnóstico es devastador: Parálisis supranuclear progresiva, una enfermedad neurodegenerativa implacable que poco a poco le arrebata el control del cuerpo, de la voz, del gesto. Imaginar a un músico —a un pianista— enfrentando ese deterioro es, francamente, doloroso. Hay algo profundamente injusto en ese silenciamiento.



Muere el 27 de marzo de 2002.


Y sin embargo… no se va del todo.


Quedan las películas, sí. Queda la risa, que nunca estorba. Pero quedan, sobre todo, esos discos de jazz que son, para quien quiera escucharlos de verdad, una puerta hacia otra dimensión del artista. Una más honesta, más vulnerable, más profunda.


A veces me pregunto —y no es una pregunta retórica— qué habría pasado si el mundo lo hubiera reconocido primero como músico. Si su piano hubiera sido la carta de presentación y no el secreto mejor guardado. Tal vez nada habría cambiado. O tal vez sí. Tal vez lo habríamos escuchado con otra atención, con otro respeto.



Pero también es cierto que hay trayectorias que necesitan ese desvío, ese disfraz, para llegar a donde realmente importan.


Dudley Moore fue un gran actor. Nadie lo discute.


Pero en el fondo —y aquí lo digo sin titubeo— fue un músico que actuaba.


Y eso, en un mundo que a veces confunde el ruido con el arte, es una forma muy rara de verda

jueves, 30 de abril de 2026

Hablemos Francamente: la nueva voz informativa que conecta con Sinaloa

 

Con una propuesta fresca, directa y en sintonía con la realidad actual, Hablemos Francamente se abre paso como uno de los espacios informativos más prometedores de la radio sinaloense. A pesar de su reciente llegada al aire, el programa ya comienza a captar la atención de una audiencia que busca información clara, ágil y con un enfoque cercano.

Bajo la conducción de Héctor Frank, influencer y comunicador con sólida presencia en redes sociales, este espacio transmite de lunes a viernes a las 3:30 de la tarde por Radio Fórmula Culiacán (88.7 FM), posicionándose como una nueva alternativa para mantenerse al día con los temas más relevantes.

El estilo de Héctor Frank es, sin duda, uno de los principales atractivos del programa: directo, auténtico y con una conexión natural con la audiencia. Su experiencia en el entorno digital —que incluye un canal de YouTube activo incluso antes de su paso por TVP— le ha permitido desarrollar una narrativa moderna que combina inmediatez con cercanía. Su etapa en televisión, donde colaboró presentando el pronóstico del tiempo, complementa una trayectoria que hoy se consolida en la radio.

Hablemos Francamente no es solo un noticiero; es un espacio dinámico donde convergen la información, el análisis y la participación social. A través de entrevistas con figuras destacadas y la difusión de anuncios comunitarios —como eventos y actividades en Sinaloa—, el programa se convierte en una plataforma útil tanto para la audiencia como para la comunidad.

Aunque tiene poco tiempo al aire, su crecimiento ha sido constante, impulsado por un formato accesible y por la credibilidad de su conductor. La apuesta es clara: ofrecer contenido relevante, sin rodeos, y con un compromiso genuino con la información.

Con esta combinación de frescura, experiencia y cercanía, Hablemos Francamente perfila su camino para consolidarse como un referente en la radio regional, demostrando que las nuevas propuestas también pueden marcar la diferencia desde sus primeros pasos.






martes, 28 de abril de 2026

La Plebona celebra su primer año al aire: un año de música, análisis y conexión con su audiencia

 


La estación La Plebona acaba de cumplir su primer año al aire, consolidándose como un espacio diverso y cercano para los oyentes que buscan entretenimiento, información y debate. Desde su inicio, la emisora ha destacado por combinar la tradición musical mexicana con un enfoque fresco en contenidos de actualidad.

El equipo detrás de La Plebona está formado por Gilberto Olivarría, Mónica Prado, Olegario Quintero e Ivanjov Valenzuela, quienes han logrado construir una química única que se refleja al aire. Cada integrante aporta su estilo y experiencia, generando un balance entre la calidez del entretenimiento y la seriedad del análisis informativo.



La estación ofrece una programación variada que incluye música regional mexicana, manteniendo viva la tradición y conectando con la identidad cultural de su audiencia. Además, destaca la “mesa picante”, un espacio donde los conductores y sus invitados discuten temas de actualidad con un toque crítico y provocador, generando conversaciones dinámicas y sinceras.

El compromiso de La Plebona con la información se refuerza con un programa de análisis político, que ofrece a los oyentes contexto y perspectivas sobre los acontecimientos nacionales e internacionales, sin perder la claridad ni la rigurosidad. Complementando esta labor, la estación mantiene despachos informativos cada hora en la hora, asegurando que su audiencia esté siempre al tanto de los hechos más relevantes.



Ubicada en el cuadrante 100.9 FM, La Plebona también llega a oyentes digitales a través de iHeart Radio y dispositivos como Alexa, ampliando su alcance y permitiendo que su programación se escuche en cualquier lugar y momento.

A un año de su lanzamiento, La Plebona no solo celebra su permanencia en el aire, sino también la consolidación de un espacio que combina entretenimiento, cultura e información, demostrando que la radio sigue siendo un medio capaz de adaptarse a los tiempos y de crear comunidad con sus oyentes.

domingo, 26 de abril de 2026

Chernóbil: la memoria que arde en silencio

Por Aldo Rodríguez


Dedicatoria: A los músicos ucranianos de la Orquesta Sinfónica de las Artes, que en medio del desarraigo encontraron en estas tierras un nuevo horizonte para seguir haciendo música.

Con respeto y admiración, por recordarnos que incluso tras la devastación, el arte sigue siendo una forma de volver a casa.

Hay acontecimientos que no terminan cuando se apagan las sirenas. Permanecen —como una vibración baja, casi imperceptible— en la conciencia del mundo. El desastre de Chernobyl es uno de ellos. No fue solamente una explosión en un reactor; fue una fractura en la idea misma de progreso. Una grieta que, cuarenta años después, sigue abierta.


Porque, ¿qué es lo que realmente ocurrió aquella madrugada de abril de 1986? Más allá de los datos técnicos —el reactor RBMK, la prueba fallida, la liberación de material radiactivo—, lo que se desplomó fue una narrativa: la de la ciencia como promesa incuestionable de futuro. Y aquí conviene ser precisos, casi quirúrgicos: no fue la ciencia la que falló, sino su uso, su gestión, su subordinación a estructuras políticas que confundieron control con conocimiento.



He pensado muchas veces en esto —quizá más de las que debería—: ¿en qué momento la inteligencia humana, capaz de descifrar el núcleo del átomo, pierde la capacidad de anticipar sus propias consecuencias?


Chernóbil no es solo un accidente; es una pedagogía brutal.


La dimensión humana de la tragedia suele diluirse entre cifras. Pero basta detenerse un instante —uno solo— en la ciudad de Pripyat para entenderlo todo. Una ciudad diseñada para el futuro, congelada en el instante exacto de su abandono. Juguetes en el suelo. Ruedas de la fortuna que nunca giraron. Habitaciones que aún parecen esperar el regreso de quienes salieron con lo puesto, creyendo que volverían en unos días.


No volvieron.


Y en ese no retorno hay algo profundamente contemporáneo. Porque Chernóbil anticipó el siglo XXI: un mundo donde el riesgo ya no es visible, donde la amenaza no tiene forma, ni olor, ni sonido. La radiación —ese enemigo silencioso— nos obligó a enfrentar una idea inquietante: no todo peligro se puede percibir con los sentidos.


La modernidad, de pronto, se volvió abstracta.



Desde la perspectiva artística —y aquí es donde la reflexión adquiere otra resonancia—, Chernóbil ha generado un corpus de obras que no buscan representar el desastre, sino pensarlo. Óperas como All the Truths We Cannot See de Uljas Pulkkis o la perturbadora Chornobyldorf de Roman Grygoriv e Illia Razumeiko no reconstruyen la tragedia: la transfiguran.


Y eso es fundamental.


Porque el arte no documenta; el arte revela. Nos obliga a mirar donde preferiríamos no hacerlo. Nos coloca frente a la pregunta incómoda: ¿qué queda después del desastre? ¿La memoria… o el olvido?


En la música, el silencio nunca es ausencia. Es tensión. Es espera. Es posibilidad. Chernóbil, en ese sentido, es un gran silencio histórico: un espacio donde lo que no se dice pesa tanto como lo que se enuncia.


Y sin embargo, hay momentos en los que la representación se acerca peligrosamente a la verdad. Pienso, inevitablemente, en la serie Chernobyl de HBO. No es un documento —ninguna obra lo es del todo—, pero hay en ella una voluntad casi obsesiva por reconstruir, por escuchar, por darle forma dramática a los testimonios que durante años circularon como ecos fragmentados.


Es, quizá, una de las aproximaciones más honestas a lo ocurrido.



Y luego está la música.


La partitura de Hildur Guðnadóttir —una de las voces más singulares de nuestro tiempo— no ilustra; no acompaña; no subraya. Se infiltra. Está construida a partir de sonidos industriales, grabaciones de la propia central nuclear, texturas que parecen emerger de las entrañas de la materia. No hay melodía en el sentido tradicional. Hay atmósfera. Hay presión. Hay algo que respira… y no debería.


(La primera vez que la escuché, lo confieso, sentí más incomodidad que admiración. Y eso —precisamente eso— es lo que la hace necesaria.)


La serie y su música no buscan tranquilizar al espectador. Todo lo contrario: lo colocan frente a una verdad incómoda. Que el desastre no fue un accidente aislado, sino la consecuencia de una cadena de decisiones humanas. Decisiones evitables.


Hay otro punto que me parece crucial —y aquí me permito una ligera digresión—: la relación entre ciencia y ética. Vivimos en una época donde la tecnología avanza a una velocidad vertiginosa. Inteligencia artificial, ingeniería genética, exploración espacial… el horizonte es fascinante. Pero también lo es —y esto hay que decirlo sin rodeos— profundamente peligroso si no está acompañado de una conciencia crítica.


Chernóbil nos enseñó que el conocimiento sin responsabilidad es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, devastador.


Y sin embargo, seguimos adelante.


Como si la memoria fuera opcional.


No lo es.


Recordar Chernóbil no es un acto conmemorativo; es un acto de resistencia. Es negarse a aceptar que las tragedias se archivan, que los errores se repiten sin consecuencias, que el tiempo diluye la responsabilidad. Recordar es, en última instancia, una forma de inteligencia.


Una inteligencia distinta. Más lenta. Más incómoda.


Más humana.


A cuarenta años de distancia, la pregunta no es qué ocurrió en Chernóbil. Eso lo sabemos —o creemos saberlo—. La verdadera pregunta es otra, más difícil, más punzante:


¿Qué hemos hecho con esa memoria?


(La respuesta, me temo, aún está en construcción.)

viernes, 24 de abril de 2026

“Ovejas Negras”: la irreverencia que enciende la noche en Maxiradio


En un horario donde la mayoría de las voces del cuadrante se despiden, Ovejas Negras hace exactamente lo contrario: abre micrófonos. De lunes a viernes a las 10 de la noche, el programa conducido por José Antonio Quiroz se convierte en compañía ideal para quienes prefieren desvelarse con buena radio, humor y una dosis de irreverencia bien ejecutada.

Con 25 años de experiencia, Quiroz —mejor conocido por muchos como “Pepe Toño”— ha sabido construir un estilo propio a lo largo de su paso por grupos como Promomedios y Radiorama. Hoy, en Maxiradio 103.3, ese estilo encuentra su mejor expresión: ácido, sagaz y sin filtros, pero siempre con un objetivo claro—divertir.

La esencia de Ovejas Negras está precisamente ahí: en el entretenimiento directo y sin complicaciones. El programa combina chistes, comentarios cargados de ironía y una selección musical que mantiene la identidad del 103.3, logrando un equilibrio que engancha desde el primer momento. No se trata solo de hablar, sino de crear un ambiente donde el oyente se sienta acompañado en esas horas en que la ciudad baja el ritmo, pero la radio sigue viva.

Mientras otros espacios concluyen su transmisión al caer la noche, Pepe Toño apuesta por lo contrario: encender la conversación, provocar la risa y mantener la energía. Esa decisión no es menor; implica entender a una audiencia nocturna que busca algo más que música continua, que agradece la cercanía de una voz auténtica al otro lado del micrófono.

Lejos de fórmulas rígidas, Ovejas Negras se permite la libertad de ser distinto. Su tono irreverente no es gratuito, sino parte de una propuesta que privilegia la espontaneidad y la conexión genuina con el público. En ese terreno, Quiroz se mueve con soltura, demostrando que la experiencia no está peleada con la frescura.

Así, cada noche, el programa reafirma que la radio sigue siendo un espacio íntimo y poderoso, especialmente cuando encuentra conductores capaces de romper esquemas y acompañar, con humor e inteligencia, a quienes aún creen en el placer de escuchar.

“Platicast a Gusto”: conversaciones que conectan con la realidad




En un entorno mediático donde la inmediatez suele imponerse sobre la profundidad, el proyecto “Platicast a Gusto” emerge como una apuesta por el diálogo pausado, reflexivo y con sustancia. Se trata del podcast impulsado por la comunicadora María Luisa Guerrero, figura consolidada de la radio sinaloense, actualmente al aire en La Bella 104.9 FM.

Con una trayectoria que abarca más de dos décadas en los micrófonos, Guerrero ha sido testigo de la transformación del medio radiofónico. Su paso por Grupo ACIR entre 1999 y 2021 marcó una etapa formativa y de consolidación profesional, que concluyó con la reconfiguración del panorama radiofónico local tras la adquisición de su estación por parte de Grupo Vibra. Este cambio no solo redefinió estructuras empresariales, sino que abrió nuevas oportunidades para la innovación en contenidos.

Actualmente, Guerrero forma parte del equipo de locutores de La Bella 104.9 FM, emisora de corte juvenil y enfoque contemporáneo que combina entretenimiento, información y cercanía con la audiencia. Dentro de este ecosistema, su programa al aire se distingue por integrar entrevistas, espectáculos y temas de interés cotidiano, una línea editorial que se extiende y profundiza en su propuesta digital.



Un espacio para las ideas

“Platicast a Gusto” se construye a partir de conversaciones con especialistas en diversas áreas: salud, desarrollo personal, cultura, sociedad y actualidad. Lejos del formato rígido, el podcast privilegia el intercambio natural de ideas, permitiendo que cada episodio se convierta en una experiencia cercana y enriquecedora.

El tenor del proyecto responde a una necesidad clara: generar contenido que no solo informe, sino que invite a la reflexión. En tiempos de sobreinformación, la propuesta de Guerrero se distingue por apostar a la calidad del diálogo y la selección de voces expertas, capaces de contextualizar los llamados “grandes temas” desde una perspectiva accesible.

Además, “Platicast a Gusto” está disponible en plataformas digitales como YouTube y Spotify, lo que amplía su alcance y permite a la audiencia consumir los contenidos en el momento que prefiera, adaptándose a los nuevos hábitos de escucha.



De la radio tradicional al entorno digital

La evolución de María Luisa Guerrero hacia el formato podcast no es fortuita. Responde a una tendencia global en la que los creadores de contenido migran o complementan su presencia en plataformas digitales, buscando audiencias más segmentadas y dinámicas.

En este sentido, “Platicast a Gusto” funciona como una extensión natural de su trabajo en cabina, pero con mayor libertad temática y narrativa. Mientras la radio mantiene su esencia de inmediatez y compañía, el podcast ofrece profundidad, permanencia y consumo bajo demanda.



Una voz vigente

En una industria que enfrenta el desafío de mantenerse relevante frente a las plataformas digitales, proyectos como “Platicast a Gusto” evidencian que la clave está en la adaptación. La experiencia acumulada de Guerrero, sumada a su capacidad para conectar con la audiencia, la posicionan como una comunicadora vigente, capaz de transitar entre lo tradicional y lo contemporáneo.

Así, este podcast no solo representa una nueva etapa en su carrera, sino también un ejemplo de cómo la radio —lejos de desaparecer— se reinventa, encuentra nuevos formatos y sigue siendo un espacio fundamental para contar, conversar y entender el mundo.

jueves, 23 de abril de 2026

Coty Burgueño: la música que se queda encendida


Por Aldo Rodríguez

Hay músicos que no se van del todo. Se repliegan en el aire, en los recuerdos, en esas frecuencias invisibles que uno sigue escuchando aunque el silencio diga lo contrario. Hoy, 22 de abril, se ha ido Coty Burgueño, a los 84 años. Y con él, pareciera que se apaga una lámpara antigua, de esas que no solo iluminaban, sino que daban calor.


Coty pertenecía a una estirpe que ya casi no existe: la de los músicos bohemios. Los que hacían del escenario un territorio vivo, impredecible, profundamente humano. Los que podían sostener una noche entera en un bar o en un hotel, con el público rendido, no por espectáculo vacío, sino por una presencia que se imponía sin esfuerzo. Él sabía mover sus teclados, sí, pero más aún, sabía mover el tiempo. Lo estiraba, lo comprimía, lo hacía respirar.


Lo conocí en 1993, en un contexto que, visto hoy, tiene algo de ritual. Una campaña para la imagen del estado de Sinaloa. Cine, voces, música… y una necesidad muy concreta: sonidos, texturas, atmósferas que no estaban en ningún catálogo. Fue entonces cuando alguien, con esa sabiduría práctica que da la experiencia, me dijo: “Ve con el Coty”.


Recuerdo perfectamente su espacio en la colonia Guadalupe, por la calle Ciudades Hermanas. No era solo un estudio: era un pequeño universo sonoro. Ahí estaba su Yamaha DX7, pero no cualquiera. Aquel instrumento llevaba una expansión Gray Matter —Materia Gris— que lo convertía en algo más que un sintetizador: era una máquina de posibilidades. Dieciséis canales de secuenciador, capas de sonido que en aquellos años parecían casi ciencia ficción. El famoso DX7 II FD… la joya de la corona.


Yo llegué con partitura en mano —como buen obsesivo del orden—, pero él operaba desde otro lugar. Más intuitivo. Más directo.

“Dime qué quieres”, me dijo.


Entonces hice lo único que podía hacer: sentarme y tocar. Una figura rítmica de dos contra tres. Tres notas en la mano derecha, dos en la izquierda. Un pequeño pulso, casi un latido desfasado, la secuencia armónica,la melodía…. Él lo entendió de inmediato.

“Ah, quieres esto…”


Y ahí ocurrió algo que siempre me ha fascinado: cuando dos músicos, desde lenguajes distintos, se encuentran en un punto exacto. Sin traducción. Sin esfuerzo. Solo música.


El resultado fue impecable. No solo resolvimos la necesidad técnica; construimos algo con cuerpo, con intención. Una música que, incluso hoy, puedo recordar como si aún estuviera flotando en aquel cuarto.


Después vinieron las conversaciones, las veladas, esa amistad que nace sin pretensiones. Con el tiempo, como pasa tantas veces, la vida nos fue llevando por caminos paralelos. Supe de él a la distancia, por amigos comunes, por esas historias que se cuentan en desayunos de jueves, como si el tiempo se negara a romper del todo los vínculos.


Y ahora, de pronto, la noticia.


Hay una tristeza particular cuando se van figuras como Coty . No es solo la pérdida de una persona; es la desaparición de un modo de estar en el mundo. De entender la música como oficio, como vida, como conversación interminable con la noche.


Me queda, entre muchas cosas, un gesto suyo que conservo casi como un amuleto: aquel módulo Emu Orquestal en rack que me vendió, porque ya no lo necesitaba. Lo tengo hasta hoy. Funciona perfecto. Suena con una nobleza que pocas máquinas modernas conservan. Cada vez que lo enciendo, hay algo de él que vuelve a encenderse también. Como si la memoria tuviera voltaje.


Quizá de eso se trata todo esto.


De entender que la música no termina cuando el músico se va. Se transforma. Se dispersa. Se queda en quienes lo escucharon, en quienes trabajaron con él, en quienes compartieron una noche, una conversación, una nota.


Coty Burgueño no se ha ido del todo. Está en ese acorde suspendido que no termina de resolverse. En ese ritmo que parece tropezar… y de pronto encuentra su centro. En la intuición que reconoce, sin palabras, lo que otro quiso decir.


Descanse en paz.

O mejor dicho —como diría la música—: que siga sonando.

El hombre detrás de la risa: Dudley Moore, el piano como verdad

Por Aldo Rodríguez Hay artistas que uno cree conocer… hasta que, de pronto, una grieta en la imagen pública deja escapar otra luz. Y entonce...