jueves, 2 de julio de 2026

Demis Roussos entre la gloria, el miedo y la eternidad de una canción



Por Aldo Rodríguez


Hay voces que identificamos al instante. No importa que hayan pasado décadas desde la última vez que las escuchamos. Basta una frase, una nota sostenida, un giro melódico, para que regresen intactas desde algún rincón de la memoria.


La voz de Demis Roussos era una de ellas.


Amplia, cálida, inconfundible, parecía venir de otro tiempo. Tenía algo de canto litúrgico, algo de lamento mediterráneo y algo de celebración popular. Era una voz que podía habitar el rock progresivo, la balada romántica o una canción de inspiración folklórica sin perder jamás su identidad.


Para muchos fue simplemente el cantante de éxitos internacionales. Para otros, sobre todo para quienes descubrimos la historia de la música más allá de los géneros, Demis Roussos fue también una pieza fundamental de una de las aventuras musicales más fascinantes de finales de los años sesenta: Aphrodite’s Child.


Allí comenzó gran parte de la leyenda.



En aquella agrupación griega coincidieron tres jóvenes músicos que soñaban con conquistar Europa: Demis Roussos, Lucas Sideras y un tecladista extraordinario llamado Evángelos Odysseas Papathanassiou, a quien el mundo conocería simplemente como Vangelis.


La historia parece salida de una novela. Procedentes de Grecia, llegaron a París en una época convulsa, creativa y llena de posibilidades. Europa cambiaba. La música cambiaba. El rock buscaba nuevos lenguajes. Y en medio de aquella efervescencia apareció Aphrodite’s Child.


Canciones como Rain and Tears, It’s Five O’Clock o Spring, Summer, Winter and Fall los convirtieron rápidamente en figuras internacionales. Sin embargo, detrás de aquellas melodías accesibles ya se intuía algo más ambicioso. Esa inquietud alcanzaría su punto máximo con 666, uno de los discos más importantes del rock progresivo del siglo XX.


Aquel álbum fue también una despedida.


Después de la separación del grupo, cada uno siguió su propio camino. Vangelis se convertiría en uno de los compositores más influyentes de la música electrónica y cinematográfica. Demis Roussos emprendería una carrera solista que lo transformaría en una celebridad mundial.


Pero la amistad permaneció.


Habían compartido demasiado para perderse completamente. Compartieron juventud, exilio, escenarios, sueños y aquella París que acogió a tantos artistas durante una época irrepetible. Aunque sus trayectorias tomaron rumbos distintos, siguieron unidos por una historia común que comenzó mucho antes de la fama.


Quizá por eso resulta tan conmovedor recordar uno de los episodios más extraños y dolorosos de la vida de Demis Roussos.



En junio de 1985 abordó un vuelo de Trans World Airlines junto a su esposa. Era un viaje más. Nada hacía pensar que terminaría convertido en rehén de una crisis internacional.


Pocos minutos después del despegue, el avión fue secuestrado.


Lo que siguió fue una pesadilla. Violencia, amenazas, muerte y días enteros de incertidumbre en medio de una guerra civil que desgarraba al Líbano. Entre los pasajeros se encontraba uno de los cantantes más famosos del planeta.


Y entonces ocurrió algo que parece imposible.


Mientras permanecía cautivo, llegó su cumpleaños.


Los secuestradores lo reconocieron. Sabían quién era. Le pidieron que cantara. Le llevaron una torta. Le sirvieron té. Durante unas horas, en medio del horror, apareció una escena absurda, casi surrealista: un artista celebrando su cumpleaños rodeado de hombres armados.


La fotografía mental es poderosa.


Un cantante cuya profesión consistía en regalar belleza a través de la música termina utilizándola para sobrevivir.


Porque eso era la música en aquel momento: una forma de seguir siendo humano.


Con los años, Roussos hablaría poco de aquel episodio. Quienes lo conocieron aseguran que el miedo nunca desapareció del todo. Algo quedó roto en aquellos días de cautiverio. Algo que ninguna fama, ningún aplauso y ningún éxito comercial podían reparar completamente.


Y sin embargo continuó cantando.


Tal vez porque los artistas saben que el escenario también puede ser una forma de resistencia.



Cuando escucho hoy algunas de sus grabaciones, pienso menos en la celebridad y más en el ser humano. En ese hombre que sobrevivió al miedo. En ese muchacho griego que llegó a París acompañado por un grupo de amigos y terminó conquistando el mundo. En ese cantante que compartió con Vangelis una de las aventuras musicales más extraordinarias del siglo pasado.


Demis Roussos pertenecía a una generación irrepetible de músicos que entendían la canción como un puente entre culturas. Había nacido en Egipto, era de origen griego, triunfó en Francia, fue amado en América Latina y escuchado en prácticamente todos los rincones del planeta.


Su música no conocía fronteras.


Quizá por eso sigue viva.


Porque detrás de los millones de discos vendidos, de las giras internacionales y de la fama, permanecía algo esencial: una voz profundamente humana.


Una voz que atravesó la gloria, el miedo y el tiempo.


Una voz que sobrevivió al silencio.


Y que todavía hoy, cuando vuelve a sonar, nos recuerda que algunas canciones no envejecen porque en realidad hablan de nosotros mismos.

Demis Roussos entre la gloria, el miedo y la eternidad de una canción

Por Aldo Rodríguez Hay voces que identificamos al instante. No importa que hayan pasado décadas desde la última vez que las escuchamos. Bast...