jueves, 23 de abril de 2026

Coty Burgueño: la música que se queda encendida


Por Aldo Rodríguez

Hay músicos que no se van del todo. Se repliegan en el aire, en los recuerdos, en esas frecuencias invisibles que uno sigue escuchando aunque el silencio diga lo contrario. Hoy, 22 de abril, se ha ido Coty Burgueño, a los 84 años. Y con él, pareciera que se apaga una lámpara antigua, de esas que no solo iluminaban, sino que daban calor.


Coty pertenecía a una estirpe que ya casi no existe: la de los músicos bohemios. Los que hacían del escenario un territorio vivo, impredecible, profundamente humano. Los que podían sostener una noche entera en un bar o en un hotel, con el público rendido, no por espectáculo vacío, sino por una presencia que se imponía sin esfuerzo. Él sabía mover sus teclados, sí, pero más aún, sabía mover el tiempo. Lo estiraba, lo comprimía, lo hacía respirar.


Lo conocí en 1993, en un contexto que, visto hoy, tiene algo de ritual. Una campaña para la imagen del estado de Sinaloa. Cine, voces, música… y una necesidad muy concreta: sonidos, texturas, atmósferas que no estaban en ningún catálogo. Fue entonces cuando alguien, con esa sabiduría práctica que da la experiencia, me dijo: “Ve con el Coty”.


Recuerdo perfectamente su espacio en la colonia Guadalupe, por la calle Ciudades Hermanas. No era solo un estudio: era un pequeño universo sonoro. Ahí estaba su Yamaha DX7, pero no cualquiera. Aquel instrumento llevaba una expansión Gray Matter —Materia Gris— que lo convertía en algo más que un sintetizador: era una máquina de posibilidades. Dieciséis canales de secuenciador, capas de sonido que en aquellos años parecían casi ciencia ficción. El famoso DX7 II FD… la joya de la corona.


Yo llegué con partitura en mano —como buen obsesivo del orden—, pero él operaba desde otro lugar. Más intuitivo. Más directo.

“Dime qué quieres”, me dijo.


Entonces hice lo único que podía hacer: sentarme y tocar. Una figura rítmica de dos contra tres. Tres notas en la mano derecha, dos en la izquierda. Un pequeño pulso, casi un latido desfasado, la secuencia armónica,la melodía…. Él lo entendió de inmediato.

“Ah, quieres esto…”


Y ahí ocurrió algo que siempre me ha fascinado: cuando dos músicos, desde lenguajes distintos, se encuentran en un punto exacto. Sin traducción. Sin esfuerzo. Solo música.


El resultado fue impecable. No solo resolvimos la necesidad técnica; construimos algo con cuerpo, con intención. Una música que, incluso hoy, puedo recordar como si aún estuviera flotando en aquel cuarto.


Después vinieron las conversaciones, las veladas, esa amistad que nace sin pretensiones. Con el tiempo, como pasa tantas veces, la vida nos fue llevando por caminos paralelos. Supe de él a la distancia, por amigos comunes, por esas historias que se cuentan en desayunos de jueves, como si el tiempo se negara a romper del todo los vínculos.


Y ahora, de pronto, la noticia.


Hay una tristeza particular cuando se van figuras como Coty . No es solo la pérdida de una persona; es la desaparición de un modo de estar en el mundo. De entender la música como oficio, como vida, como conversación interminable con la noche.


Me queda, entre muchas cosas, un gesto suyo que conservo casi como un amuleto: aquel módulo Emu Orquestal en rack que me vendió, porque ya no lo necesitaba. Lo tengo hasta hoy. Funciona perfecto. Suena con una nobleza que pocas máquinas modernas conservan. Cada vez que lo enciendo, hay algo de él que vuelve a encenderse también. Como si la memoria tuviera voltaje.


Quizá de eso se trata todo esto.


De entender que la música no termina cuando el músico se va. Se transforma. Se dispersa. Se queda en quienes lo escucharon, en quienes trabajaron con él, en quienes compartieron una noche, una conversación, una nota.


Coty Burgueño no se ha ido del todo. Está en ese acorde suspendido que no termina de resolverse. En ese ritmo que parece tropezar… y de pronto encuentra su centro. En la intuición que reconoce, sin palabras, lo que otro quiso decir.


Descanse en paz.

O mejor dicho —como diría la música—: que siga sonando.

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