Por Aldo Rodríguez
Hay discos que uno escucha. Y hay discos que, sin pedir permiso, terminan instalándose en algún rincón íntimo de la memoria. Discos que regresan años después como ciertos olores, ciertas calles o ciertas conversaciones que creíamos olvidadas. Bajo el signo de Caín, de Miguel Bosé, pertenece a esa categoría extraña: la de los álbumes que sobreviven a su época porque fueron construidos con inteligencia, riesgo y una visión artística mucho más profunda de lo que el mercado quiso admitir.
Yo conocí a Bosé a finales de secundaria, principios de preparatoria. Y, para ser honesto, su música me parecía completamente descartable. Un cantante español más, apareciendo en programas musicales que ni siquiera veía. Canciones ligeras, hechas para consumirse rápido y desaparecer igual de rápido. En aquel entonces yo estaba escuchando otras cosas; mi cabeza iba hacia otros territorios sonoros. Bosé simplemente no entraba en el mapa.
Pero algo ocurrió.
A mediados de preparatoria apareció Bandido y, particularmente, “Amante bandido”. Después vinieron “Nena”, “Partisano” y otras piezas donde ya se intuía que había algo distinto ocurriendo detrás de aquella imagen excesivamente televisiva. Había búsquedas armónicas interesantes, instrumentaciones poco habituales para el pop latino de los años ochenta y, sobre todo, una intención estética clara. No eran canciones hechas únicamente para vender. Había discurso. Había construcción.
Luego apareció XXX —o 3X como muchos lo conocimos— con canciones como “Como un lobo”, quizá una de las baladas más elegantes del pop iberoamericano, y “La gran ciudad”, que retrataba la soledad urbana con una melancolía casi cinematográfica.
Y después… el gran salto.
1993.
Bajo el signo de Caín.
Para mí, su obra maestra.
Un disco que este año cumple treinta y tres años y que, curiosamente, sigue sonando contemporáneo. Como si hubiera sido grabado ayer en algún estudio de Londres, Berlín o Reikiavik. Y eso no ocurre por casualidad. Ocurre porque Bosé tuvo el enorme acierto de rodearse de músicos y productores extraordinarios como Ross Cullum, Sandy McLelland y Andy Ross, quienes le dieron a esta producción un carácter profundamente europeo, sofisticado y atemporal.
El disco posee algo poco frecuente en el pop hispano: identidad sonora.
Desde los primeros compases se escucha un universo perfectamente diseñado. Gaitas procesadas, percusiones étnicas, guitarras con afinaciones abiertas, texturas ambientales, violonchelos que dialogan con la voz como si fueran una segunda conciencia emocional. Hay canciones donde los arreglos parecen respirar. Todo está colocado con una precisión casi arquitectónica.
Y eso me parece fascinante.
Porque detrás del cantante popular existía un hombre extremadamente culto. Yo tuve la fortuna de comprobarlo personalmente cuando vino a Culiacán a presentar 3X. Un amigo mío lo trajo a la ciudad y, después del concierto, terminamos llevándolo a comer mariscos a Altata, cuando Altata todavía era un pequeño pueblo pesquero y no el sitio turístico en que terminó convirtiéndose. Recuerdo perfectamente aquella conversación larguísima. Hablamos de minimalismo, de Schoenberg, de ballet, de música contemporánea. Y de pronto entendías todo.
Entendías por qué su música tenía ciertas referencias culturales que no eran comunes en el pop latino.
Bosé creció rodeado de figuras gigantescas del arte y la cultura europea. En su casa convivían nombres como Luis Buñuel, Pablo Casals, Salvador Dalí y hasta Picasso orbitaba ese universo intelectual y artístico donde Miguel se formó. Eso deja marcas. Eso termina filtrándose inevitablemente en la obra.
Y en Bajo el signo de Caín esa influencia se siente constantemente.
El álbum, además, fue un proyecto ambicioso desde su concepción. Fue lanzado simultáneamente en español, inglés, francés e italiano. No era simplemente traducir canciones; era construir un producto verdaderamente internacional. Las mismas pistas musicales adquirían matices distintos según el idioma. Algunas piezas en italiano resultan particularmente bellas por la musicalidad natural de la lengua.
“Si tú no vuelves” —quizá una de las canciones más hermosas que Bosé ha interpretado— adquiere otra textura emocional en Se tu non torni. La voz parece deslizarse de otra manera sobre la armonía. Y eso demuestra algo fundamental: las grandes canciones sobreviven incluso al cambio de idioma.
“Nada particular”, dedicada a los refugiados de Bosnia-Herzegovina en plena guerra balcánica, posee una carga humanista poco habitual para el pop comercial de aquellos años. Mientras el mundo consumía canciones ligeras, Bosé hablaba de desplazamiento, dolor y desarraigo. Y lo hacía sin panfleto. Con elegancia.
Luego está “Sara”.
Esa canción siempre me golpeó de forma muy personal. Porque a principios de preparatoria tuve una compañera llamada Sara cuyo sueño era convertirse en corresponsal de guerra. Murió intentando abrirse camino en ese mundo. Así que cuando escuché aquella letra sobre una muchacha que persigue ferozmente el deseo de ser alguien y termina consumida por ese mismo impulso, inevitablemente la canción se quedó conmigo.
Así funciona la música cuando verdaderamente importa: deja de ser entretenimiento y se convierte en espejo.
A Bosé se le ha comparado muchas veces con David Bowie por su capacidad camaleónica de reinventarse, por esa ambigüedad andrógina ochentera y por su voluntad constante de cambiar de piel artística. Y claro, Bowie pertenece a otra dimensión cultural y musical; es una figura global absolutamente monumental. Pero dentro del ámbito hispano, Bosé sí logró algo parecido: romper la comodidad del pop convencional y empujarlo hacia terrenos más sofisticados.
No siempre le salió bien, desde luego. Tiene discos desiguales, canciones excesivamente comerciales y momentos francamente olvidables. Pero también posee esos “garbanzos de libra” —como decimos en México— donde todo se alinea y aparece una obra distinta.
Bajo el signo de Caín es uno de esos momentos.
Un disco elegante, oscuro por instantes, cosmopolita, introspectivo y profundamente europeo en sensibilidad. Un álbum que nunca buscó sonar mexicano, español o latinoamericano exclusivamente. Quiso sonar universal.
Y quizá por eso sigue vivo.
Hoy Bosé vive, en gran medida, de las canciones que compuso hace treinta o cuarenta años. Pero también es cierto que muy pocos artistas populares logran construir un puñado de canciones capaces de atravesar generaciones. Él sí lo hizo.
Por eso vale la pena regresar a este disco. Escucharlo sin prejuicios. Hacer a un lado la etiqueta de “artista comercial”. Porque detrás de esa imagen mediática existió —al menos durante ciertos años— un creador profundamente inquieto, culto y musicalmente mucho más arriesgado de lo que muchos quisieron reconocer.
Y si pueden escucharlo en sus distintas versiones idiomáticas, mejor todavía.
Ahí descubrirán algo muy extraño y muy hermoso: un disco que cambia de idioma… pero no pierde el alma.
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