Por Aldo Rodríguez
Dedicatoria: A los músicos ucranianos de la Orquesta Sinfónica de las Artes, que en medio del desarraigo encontraron en estas tierras un nuevo horizonte para seguir haciendo música.
Con respeto y admiración, por recordarnos que incluso tras la devastación, el arte sigue siendo una forma de volver a casa.
Hay acontecimientos que no terminan cuando se apagan las sirenas. Permanecen —como una vibración baja, casi imperceptible— en la conciencia del mundo. El desastre de Chernobyl es uno de ellos. No fue solamente una explosión en un reactor; fue una fractura en la idea misma de progreso. Una grieta que, cuarenta años después, sigue abierta.
Porque, ¿qué es lo que realmente ocurrió aquella madrugada de abril de 1986? Más allá de los datos técnicos —el reactor RBMK, la prueba fallida, la liberación de material radiactivo—, lo que se desplomó fue una narrativa: la de la ciencia como promesa incuestionable de futuro. Y aquí conviene ser precisos, casi quirúrgicos: no fue la ciencia la que falló, sino su uso, su gestión, su subordinación a estructuras políticas que confundieron control con conocimiento.
He pensado muchas veces en esto —quizá más de las que debería—: ¿en qué momento la inteligencia humana, capaz de descifrar el núcleo del átomo, pierde la capacidad de anticipar sus propias consecuencias?
Chernóbil no es solo un accidente; es una pedagogía brutal.
La dimensión humana de la tragedia suele diluirse entre cifras. Pero basta detenerse un instante —uno solo— en la ciudad de Pripyat para entenderlo todo. Una ciudad diseñada para el futuro, congelada en el instante exacto de su abandono. Juguetes en el suelo. Ruedas de la fortuna que nunca giraron. Habitaciones que aún parecen esperar el regreso de quienes salieron con lo puesto, creyendo que volverían en unos días.
No volvieron.
Y en ese no retorno hay algo profundamente contemporáneo. Porque Chernóbil anticipó el siglo XXI: un mundo donde el riesgo ya no es visible, donde la amenaza no tiene forma, ni olor, ni sonido. La radiación —ese enemigo silencioso— nos obligó a enfrentar una idea inquietante: no todo peligro se puede percibir con los sentidos.
La modernidad, de pronto, se volvió abstracta.
Desde la perspectiva artística —y aquí es donde la reflexión adquiere otra resonancia—, Chernóbil ha generado un corpus de obras que no buscan representar el desastre, sino pensarlo. Óperas como All the Truths We Cannot See de Uljas Pulkkis o la perturbadora Chornobyldorf de Roman Grygoriv e Illia Razumeiko no reconstruyen la tragedia: la transfiguran.
Y eso es fundamental.
Porque el arte no documenta; el arte revela. Nos obliga a mirar donde preferiríamos no hacerlo. Nos coloca frente a la pregunta incómoda: ¿qué queda después del desastre? ¿La memoria… o el olvido?
En la música, el silencio nunca es ausencia. Es tensión. Es espera. Es posibilidad. Chernóbil, en ese sentido, es un gran silencio histórico: un espacio donde lo que no se dice pesa tanto como lo que se enuncia.
Y sin embargo, hay momentos en los que la representación se acerca peligrosamente a la verdad. Pienso, inevitablemente, en la serie Chernobyl de HBO. No es un documento —ninguna obra lo es del todo—, pero hay en ella una voluntad casi obsesiva por reconstruir, por escuchar, por darle forma dramática a los testimonios que durante años circularon como ecos fragmentados.
Es, quizá, una de las aproximaciones más honestas a lo ocurrido.
Y luego está la música.
La partitura de Hildur Guðnadóttir —una de las voces más singulares de nuestro tiempo— no ilustra; no acompaña; no subraya. Se infiltra. Está construida a partir de sonidos industriales, grabaciones de la propia central nuclear, texturas que parecen emerger de las entrañas de la materia. No hay melodía en el sentido tradicional. Hay atmósfera. Hay presión. Hay algo que respira… y no debería.
(La primera vez que la escuché, lo confieso, sentí más incomodidad que admiración. Y eso —precisamente eso— es lo que la hace necesaria.)
La serie y su música no buscan tranquilizar al espectador. Todo lo contrario: lo colocan frente a una verdad incómoda. Que el desastre no fue un accidente aislado, sino la consecuencia de una cadena de decisiones humanas. Decisiones evitables.
Hay otro punto que me parece crucial —y aquí me permito una ligera digresión—: la relación entre ciencia y ética. Vivimos en una época donde la tecnología avanza a una velocidad vertiginosa. Inteligencia artificial, ingeniería genética, exploración espacial… el horizonte es fascinante. Pero también lo es —y esto hay que decirlo sin rodeos— profundamente peligroso si no está acompañado de una conciencia crítica.
Chernóbil nos enseñó que el conocimiento sin responsabilidad es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, devastador.
Y sin embargo, seguimos adelante.
Como si la memoria fuera opcional.
No lo es.
Recordar Chernóbil no es un acto conmemorativo; es un acto de resistencia. Es negarse a aceptar que las tragedias se archivan, que los errores se repiten sin consecuencias, que el tiempo diluye la responsabilidad. Recordar es, en última instancia, una forma de inteligencia.
Una inteligencia distinta. Más lenta. Más incómoda.
Más humana.
A cuarenta años de distancia, la pregunta no es qué ocurrió en Chernóbil. Eso lo sabemos —o creemos saberlo—. La verdadera pregunta es otra, más difícil, más punzante:
¿Qué hemos hecho con esa memoria?
(La respuesta, me temo, aún está en construcción.)
No hay comentarios:
Publicar un comentario