sábado, 11 de abril de 2026

*Living on Video: cuando el sintetizador aprendió a bailar*



**Por Aldo Rodríguez**


Hay piezas que pertenecen a su época.

Y hay otras —muy pocas— que terminan definiéndola.


Living on Video, de *Trans-X, pertenece a esta segunda categoría. Publicada originalmente en **1983* por el productor y músico canadiense *Pascal Languirand*, la canción acaba de cruzar el umbral de las cuatro décadas y media de vida. Y sin embargo —curioso misterio del sonido— sigue respirando como si hubiera sido compuesta ayer.


Hay algo en su ADN sonoro que no envejece.

Tal vez porque nació justo en el punto exacto donde la tecnología, la imaginación y la pista de baile se encontraron.


Y cuando eso ocurre… el tiempo se vuelve elástico.


El eco de las máquinas


Para entender Living on Video hay que regresar mentalmente a principios de los años ochenta.


El mundo musical estaba atravesando una transformación profunda. Los sintetizadores —que en los setenta aún eran herramientas costosas y casi esotéricas— empezaban a colonizar el territorio del pop. En Alemania, *Kraftwerk* había abierto la puerta con una estética radicalmente nueva: música construida desde circuitos, secuencias y pulsos mecánicos.


En 1981 publicaron *Computer World, un disco que parecía anunciar el siglo XXI antes de que llegara. Allí aparecía una pequeña joya minimalista llamada **Pocket Calculator*: una melodía juguetona, electrónica, casi infantil, que sugería algo revolucionario.


Que la máquina también podía cantar.


Pascal Languirand escuchó ese universo… y decidió llevarlo a otro lugar.


Un laboratorio electrónico



Living on Video nació en Montreal, en una escena electrónica todavía emergente. Languirand no buscaba simplemente hacer música bailable. Su intuición iba más lejos: crear una pieza donde la tecnología fuera protagonista, casi un personaje.


Para ello utilizó algunos de los sintetizadores emblemáticos de la época:


* *Roland Jupiter-8*

* *Roland TB-303*

* *Roland TR-808*


Hoy estos nombres son casi mitológicos dentro de la historia de la música electrónica. Pero en aquel momento eran simplemente herramientas nuevas, experimentales, todavía sin un lenguaje completamente definido.



Lo fascinante es cómo Languirand combinó esos instrumentos.


El bajo secuenciado —hipnótico, casi matemático— sostiene toda la arquitectura de la canción. Sobre él flotan esas famosas *“strings” sintéticas*, uno de los timbres más reconocibles de los primeros sintetizadores polifónicos. No intentaban imitar a una orquesta real: eran otra cosa, un nuevo tipo de cuerda, hecha de electricidad.


Y luego está la voz.


Procesada, distante, casi robótica.


Como si el cantante ya estuviera viviendo dentro de la pantalla.


Una canción sobre el futuro


El título no era casual.


Living on Video hablaba, en 1983, de algo que hoy nos parece cotidiano: vivir dentro de la imagen, dentro de los medios, dentro de las pantallas.


En aquel momento MTV apenas estaba naciendo. El videoclip comenzaba a redefinir la relación entre música y visualidad. Languirand lo intuyó antes de que se volviera evidente.


La canción no solo sonaba futurista.


*Pensaba el futuro.*


“Give me light, give me action…”


La frase parece un manifiesto tecnológico.


De los clubes al ADN del pop


El impacto fue inmediato. La canción conquistó discotecas en Europa, América Latina y Japón. Se convirtió en uno de los himnos del *electro-pop* y del *Hi-NRG*, géneros que dominarían las pistas de baile durante buena parte de la década.


Pero su influencia fue más profunda de lo que suele reconocerse.


Ese tipo de texturas electrónicas —las secuencias, los bajos sintéticos, las capas de pads— terminaron filtrándose en el rock y el pop mainstream. Incluso bandas aparentemente lejanas al dance comenzaron a experimentar con sintetizadores.


En pocos años escucharíamos esos colores electrónicos en producciones de artistas tan distintos como *Van Halen, **Depeche Mode* o *New Order*.


Los sintetizadores ya no eran una curiosidad.


Eran el nuevo idioma.


El secreto de su permanencia


Hay canciones que funcionan solo en la pista de baile. Cuando se apaga la moda, desaparecen.


Living on Video no.


¿Por qué?


Creo que la respuesta está en su arquitectura sonora.


La pieza tiene algo casi *minimalista*: un motivo rítmico claro, una progresión sencilla, un bajo obsesivo que avanza como una máquina perfecta. Es música construida con una lógica casi matemática —algo que, curiosamente, conecta con la tradición electrónica alemana.


Pero sobre esa estructura fría aparece una emoción inesperada: la fascinación humana por la tecnología.



Ese momento histórico en que las máquinas dejaron de ser herramientas… para convertirse en compañeros creativos.


La nostalgia del futuro


Escuchar hoy Living on Video produce una sensación curiosa.


No es nostalgia del pasado.


Es nostalgia del *futuro que imaginaban los ochenta*.


Un futuro lleno de neones, pantallas, sintetizadores brillantes y optimismo tecnológico.


Y quizá por eso sigue funcionando. Porque cada generación redescubre en ella esa promesa: que la música puede reinventarse cada vez que aparece una nueva máquina.


O mejor dicho…


cada vez que alguien se atreve a preguntarle a una máquina qué música quiere hacer.


Y a escuchar la respuesta.

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