Por Aldo Rodríguez
Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché Bohemian Rhapsody. Yo tenía diez años y, francamente, no daba crédito a lo que estaba escuchando.
Para empezar, aquello no terminaba.
La canción seguía y seguía. Casi seis minutos.
Hoy puede parecernos normal, cuando vivimos rodeados de músicas de cualquier duración y podemos escuchar una obra completa con sólo tocar una pantalla. Pero estamos hablando de la radio comercial de mediados de los años setenta. Las canciones duraban tres minutos. Cuatro, las largas. Esa era más o menos la medida natural del universo radiofónico.
Y de pronto apareció Queen con una pieza que parecía decir: a nosotros no nos importa la medida.
Qué maravilla.
Han pasado cincuenta años desde Bohemian Rhapsody y sigo pensando que una parte fundamental de su grandeza está precisamente ahí: en haberse permitido durar lo que necesitaba durar.
Ni un minuto menos.
Porque además aquellos seis minutos no estaban rellenados artificialmente. Todo lo contrario. Dentro de ellos ocurrían tantas cosas que la primera escucha resultaba desconcertante.
Comenzaba aquella voz casi desnuda:
Is this the real life? Is this just fantasy?
Y desde ahí uno entraba en un territorio donde ya no servían demasiado las categorías habituales.
¿Era una balada?
Sí.
¿Era rock?
También.
¿Ópera?
Bueno, no exactamente, pero tenía algo profundamente teatral y operístico.
¿Una pequeña cantata?
Por momentos casi lo parecía.
¿Una rapsodia?
Ahí estaba quizá la respuesta.
Freddie Mercury había construido una obra que avanzaba por episodios, por contrastes, por puertas sucesivas. No necesitaba regresar siempre al mismo estribillo para recordarnos dónde estábamos. La pieza parecía caminar hacia adelante permanentemente.
Y eso, en música popular, era una pequeña revolución.
Un par de años después, cuando terminaba la primaria, algunos amigos míos —melómanos como yo, porque desde entonces ya andábamos metidos en esas cosas— habían descubierto el disco A Night at the Opera.
El título ya era una declaración.
Aquello era otra cosa.
Y Bohemian Rhapsody, colocada dentro del álbum, adquiría todavía mayor dimensión. Ya no era solamente aquella canción larguísima que había aparecido en la radio. Era el centro de un universo sonoro mucho más ambicioso.
Lo que me sigue impresionando después de tantos años es su arquitectura.
Hay composiciones que uno recuerda por una melodía. Otras por un riff. Otras por una letra.
Bohemian Rhapsody se recuerda por su forma completa.
Eso es mucho más extraño.
Está aquella introducción coral casi suspendida en el aire. Después aparece el piano y comienza la balada. Freddie Mercury canta con una mezcla extraordinaria de fragilidad y teatralidad. Entonces la música comienza a crecer.
Y aparece Brian May.
Qué solo.
No necesita demostrar nada. No necesita llenar el espacio de notas. Su guitarra canta. Contesta a la voz de Mercury y, por unos instantes, parece convertirse en otro personaje dentro del drama.
Luego viene el delirio.
Scaramouche, Scaramouche…
Galileo.
Figaro.
Magnifico.
La canción abandona toda prudencia y entra en ese enorme fresco vocal que hemos llamado, por comodidad, la sección operística.
Y aquí ocurre algo fundamental.
No estamos escuchando simplemente voces cantando acordes. Estamos escuchando el estudio de grabación convertido en instrumento musical.
Eso fue parte de la genialidad de Queen.
Las voces de Freddie Mercury, Brian May y Roger Taylor se multiplican, se superponen, se convierten prácticamente en un coro imposible. Capas y capas de grabación construyen una arquitectura que difícilmente hubiera podido existir de aquella manera fuera del estudio.
El estudio deja de ser el lugar donde se registra una interpretación.
Se convierte en parte de la composición.
Y esa idea es fundamental para entender buena parte de la música del siglo XX.
Desde cierto momento, grabar dejó de significar simplemente colocar micrófonos frente a músicos. La cinta, la edición, la superposición, el espacio artificial, la manipulación tímbrica comenzaron a formar parte del pensamiento musical.
Queen entendió eso perfectamente.
Y después de aquella enorme mascarada vocal llega el golpe:
So you think you can stone me and spit in my eye…
La guitarra entra con toda la fuerza del rock.
La batería de Roger Taylor cambia completamente la perspectiva.
John Deacon sostiene desde abajo esa maquinaria con una discreción que a veces nos hace olvidar lo extraordinario que era su trabajo dentro del grupo.
Y Freddie Mercury aparece convertido ya no en el personaje vulnerable del comienzo, sino en otra cosa: una presencia furiosa, desafiante.
Después, como sucede en algunas tragedias, todo se extingue.
Nothing really matters…
Y finalmente el gong.
Silencio.
Una pequeña ópera de seis minutos.
Tal vez por eso nunca he creído que el éxito de Bohemian Rhapsody pueda explicarse únicamente diciendo que es una gran canción de rock.
Es algo más raro.
Es una composición popular construida con una libertad formal casi insolente.
Y funcionó.
Eso es lo verdaderamente extraordinario.
Porque cualquiera puede experimentar. El problema es lograr que el experimento tenga sentido.
Queen tomó elementos que, sobre el papel, podían parecer incompatibles: balada, armonías corales, teatralidad, rock duro, humor, tragedia, piano, guitarras eléctricas, referencias operísticas.
Todo eso pudo convertirse fácilmente en una caricatura.
Pero no ocurrió.
¿Por qué?
Porque debajo del artificio hay música.
Mucha música.
Hay melodía.
Hay armonía.
Hay dirección dramática.
Hay oído.
Hay una comprensión extraordinaria del color vocal.
Y hay, sobre todo, algo que no siempre puede enseñarse: intuición.
Medio siglo después seguimos entrando en la canción exactamente como entrábamos entonces.
Y todavía esperamos el momento de Galileo.
Todavía esperamos a Scaramouche.
Todavía esperamos aquella entrada brutal de la guitarra.
Sabemos perfectamente lo que va a suceder y, sin embargo, queremos escucharlo otra vez.
Ahí comienza el misterio de los clásicos.
Muchos años después, Bohemian Rhapsody tuvo otra vida cinematográfica gracias a Wayne’s World. La escena es ya parte de la cultura popular: Wayne y sus amigos dentro del automóvil, escuchando la canción, cantando, moviendo violentamente la cabeza cuando llega el momento del rock.
Aquello era divertido, sí.
Pero había algo más profundo sucediendo.
Una canción de los años setenta estaba siendo adoptada por otra generación.
Y después ocurrió otra vez.
Y otra.
La película sobre Queen volvió a colocarla frente a millones de jóvenes que quizá nunca habían comprado un disco del grupo. Internet hizo el resto. YouTube, las plataformas digitales, los videos, los memes, las nuevas formas de circulación musical.
Cada generación parece descubrir Bohemian Rhapsody como si acabara de aparecer.
Eso me parece fascinante.
Porque el verdadero problema de la música popular no es alcanzar el éxito.
El éxito puede durar una temporada.
Un verano.
Dos años.
Cinco.
El verdadero problema es sobrevivir.
Sobrevivir al cambio de tecnologías.
Sobrevivir al cambio de modas.
Sobrevivir incluso al cambio de oído.
Porque las generaciones no escuchan igual.
Y, sin embargo, ahí sigue.
Han cambiado los radios, los discos, los casetes, los reproductores de CD, los archivos digitales, los teléfonos, las plataformas.
Bohemian Rhapsody sigue viajando.
Quizá por eso me gusta imaginarla como una especie de sonda.
Una Voyager musical.
Fue lanzada en 1975 y desde entonces continúa atravesando generaciones.
Nosotros la escuchamos cuando apareció.
Otros la encontraron veinte años después.
Otros la descubrieron con una película.
Otros seguramente la descubrirán dentro de treinta o cincuenta años sin saber exactamente qué significaba Queen para quienes estábamos ahí cuando todo aquello todavía era nuevo.
Y no importa.
Porque cuando una obra logra desprenderse del tiempo en el que nació comienza otra historia.
Ya no pertenece exclusivamente a sus autores.
Ni siquiera pertenece exclusivamente a quienes la escuchamos primero.
Pasa a formar parte de una memoria colectiva.
A veces me pregunto qué escuché realmente aquel niño de diez años cuando oyó por primera vez Bohemian Rhapsody.
Seguramente no entendí su estructura.
No sabía nada sobre técnicas de grabación.
No conocía la manera en que habían sido construidos aquellos coros.
Ni tenía herramientas para analizar sus modulaciones, sus cambios de textura, su dramaturgia.
Pero entendí algo quizá más importante.
Entendí que aquello era diferente.
Y el oído reconoce esas cosas mucho antes que la razón.
Después vienen los años, el estudio, las partituras, la composición, la experiencia. Uno aprende a poner nombres donde antes solamente había asombro.
Pero el asombro original permanece.
Eso es lo extraordinario.
Cincuenta años después puedo explicar muchas cosas sobre Bohemian Rhapsody.
Pero sigo escuchándola, en algún lugar de mí mismo, con los oídos de aquel niño que esperaba frente al radio y pensaba:
¿qué demonios es esto?
Tal vez ahí esté la mejor definición de una obra maestra.
Una música que después de medio siglo todavía puede hacernos esa pregunta.
Y que, afortunadamente, nunca termina de responderla.




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