*Por Aldo Rodríguez*
Hay canciones que uno escucha y simplemente baila. No hay que buscarles demasiadas explicaciones: entran por el oído, bajan inmediatamente a los pies y terminan apoderándose del cuerpo. Pero hay otras que, además de hacernos bailar, dicen cosas. Y a veces dicen mucho más de lo que aparentan.
No voy a trabajar, del grupo Bermudas, pertenece para mí a esa segunda categoría.
La recuerdo como una de esas piezas contagiosas, sabrosas, construidas para que el cuerpo responda casi antes que la inteligencia. Tiene humor, movimiento, repetición, síncopa, frases populares, elementos de nuestra memoria musical y ese desenfado tan característico de cierta música tropical mexicana. Bermudas, agrupación veracruzana vinculada naturalmente con la cumbia y los ritmos bailables, sabía perfectamente lo que hacía: música para bailar, sí, pero música bien construida.
Y, sin embargo, cada vez que escucho No voy a trabajar pienso inevitablemente en Octavio Paz.
No porque Paz haya tenido algo que ver con la canción, naturalmente, sino porque detrás de su aparente frivolidad encuentro algo de aquel mexicano que el poeta intentó comprender en El laberinto de la soledad. No necesariamente el mexicano real —habrá que subrayarlo desde ahora— sino ese personaje cultural que hemos ido construyendo entre nosotros mismos: ingenioso, contradictorio, festivo, capaz de hacer un chiste en medio de la desgracia y de inventar, cuando hace falta, una explicación prodigiosa para escapar de la obligación.
La canción plantea una semana laboral completa y procede, con una lógica impecablemente absurda, a destruirla.
El lunes no se trabaja porque apenas comienza la semana.
El martes tampoco: ni te cases ni te embarques.
El miércoles se casa la patrona y, naturalmente, hay pachanga.
El jueves aparece el desvelo.
El viernes muere Jesucristo.
El sábado sólo se trabaja medio día y, precisamente por eso, tampoco vale la pena trabajar.
Y el domingo, faltaba más, es día de descanso.
Resultado: hemos conseguido algo extraordinario. Una semana laboral sin trabajo.
La genialidad está en que cada día posee su propia justificación. No estamos ante la simple declaración de un holgazán. Estamos ante algo mucho más elaborado: la construcción narrativa de la excusa.
Y eso me parece profundamente mexicano.
Aclaro: no estoy diciendo que el mexicano sea flojo. Sería una generalización absurda, injusta y hasta históricamente falsa. México es también un país de jornadas interminables, campesinos que comienzan antes del amanecer, obreros, comerciantes, médicos, maestros, músicos, albañiles, mujeres y hombres que trabajan seis días por semana y a veces siete. Basta salir temprano a cualquier ciudad mexicana para comprobarlo.
Estoy hablando de otra cosa.
De un personaje.
De esa figura que ha aparecido durante décadas en chistes, películas, caricaturas y canciones: el individuo que despliega una creatividad verdaderamente barroca cuando necesita justificar por qué hoy tampoco pudo llegar.
Todos conocemos alguna historia.
Yo recuerdo casos que parecen inventados por un guionista de comedia. Una persona faltaba continuamente al trabajo alegando fallecimientos familiares. El problema fue que comenzó a matar abuelos con una frecuencia biológicamente imposible. Moría uno, luego otro, después aparecía misteriosamente otro abuelo y semanas más tarde fallecía uno nuevo. Si uno hacía las cuentas, aquel hombre había terminado el año con una genealogía digna del Antiguo Testamento: dieciséis o dieciocho abuelos muertos.
La excusa había dejado de ser explicación para convertirse en literatura fantástica.
Y ahí aparece Paz.
En El laberinto de la soledad, Octavio Paz intentó aproximarse al mexicano no mediante estadísticas ni clasificaciones sociológicas rígidas, sino observando gestos, palabras, fiestas, silencios, máscaras y contradicciones. Su mexicano es un ser que se protege, se reserva, se encierra; pero que también necesita momentos en los cuales pueda romper esa contención.
Uno de esos momentos es la fiesta.
Y esto resulta fundamental para entender No voy a trabajar.
Porque en la canción el verdadero antagonista no es exactamente el trabajo. Es la obligación.
El calendario representa el tiempo reglamentado: lunes, martes, miércoles, jueves… La sociedad moderna organiza nuestra existencia mediante horarios. Hay una hora para entrar, una hora para salir, días laborables y días de descanso. El reloj ordena el cuerpo.
Pero la fiesta rompe el reloj.
En la fiesta el tiempo cotidiano queda suspendido. Aparece otro tiempo, el tiempo excepcional: se come, se bebe, se canta, se baila, se conversa. Mañana veremos qué hacemos.
Por eso resulta extraordinariamente significativo que el miércoles la patrona se case.
¿Qué importa el trabajo frente a una pachanga?
La fiesta ha vencido al calendario.
Y aquí Bermudas hace, desde la música popular y quizá sin ninguna pretensión filosófica, algo que dialoga sorprendentemente con Paz: convierte la semana laboral en una sucesión de pequeñas ceremonias de evasión.
Pero todavía hay algo más.
En determinado momento aparece una melodía que muchos mexicanos conocemos desde niños:
Acitrón de un fandango…
Y entonces la canción abre otra puerta.
Acitrón de un fandango pertenece a esa antiquísima memoria oral mexicana donde las palabras no necesitan significar racionalmente para poseer sentido. Sango, sabaré, triqui-triqui-tran: las sílabas se convierten en percusión. La palabra deja por un momento de explicar y comienza a sonar.
Eso me fascina como músico.
Porque ahí el lenguaje recupera algo anterior al discurso: el ritmo.
Antes de preguntar qué significa “triqui-triqui-tran”, el cuerpo ya entendió.
Y quizá esa sea una de las claves de toda la pieza.
No voy a trabajar comienza siendo una canción sobre la evasión laboral y termina revelándose como una celebración del cuerpo. Hay que bailar tocadito, suavecito, de brinquito, hacia atrás, de ladito, solo o acompañadito . La cadera debe moverse. Hay que dar la vuelta.
El cuerpo sustituye al escritorio.
El baile derrota al reloj.
Y nuevamente estamos cerca de Paz: el individuo contenido por las obligaciones cotidianas encuentra en la fiesta una forma momentánea de liberación.
Hay además un componente de mestizaje cultural particularmente hermoso. Acitrón de un fandango pertenece a la tradición infantil mexicana y algunas investigaciones han señalado en sus vocablos y sonoridades posibles huellas africanas que llegaron y se transformaron durante siglos en territorio novohispano. No debería sorprendernos. Veracruz ha sido precisamente uno de los grandes laboratorios culturales de México: Europa, África y América encontrándose, chocando y finalmente produciendo algo que ya no pertenece completamente a ninguno de esos mundos porque pertenece a los tres.
Eso también somos.
Un país donde una antiquísima ronda infantil puede terminar incrustada en una cumbia popular y nadie necesita explicar la genealogía para reconocerla.
La memoria cultural funciona así.
A veces no está en los libros.
Está en los pies.
Hay otra cuestión que me parece importante. Durante mucho tiempo, cierta caricatura extranjera representó al mexicano dormitando bajo un enorme sombrero, recargado en un cactus o esperando eternamente que algo ocurriera. Hollywood y la animación estadounidense explotaron hasta el cansancio esa imagen: el mexicano indolente, lento, dormido, despreocupado.
Naturalmente es un estereotipo.
Pero los estereotipos rara vez sobreviven durante tanto tiempo si no encuentran algún elemento —real, imaginado o exagerado— del cual alimentarse. Lo interesante es que nosotros mismos hemos jugado con esa caricatura. Nos hemos apropiado de ella, la hemos exagerado y nos hemos reído de nosotros mismos.
Y eso cambia las cosas.
Porque No voy a trabajar no parece una canción escrita para insultar al mexicano.
Al contrario.
El mexicano se está contando un chiste sobre sí mismo.
Y ahí radica buena parte de su inteligencia.
Reírse de uno mismo requiere una distancia que no siempre poseemos. El humor popular mexicano ha sabido hacerlo extraordinariamente bien: se ríe del pobre y del rico, del borracho, del marido, de la suegra, del político, del sacerdote, del patrón, del trabajador y hasta de la muerte. No porque necesariamente desprecie esas realidades, sino porque la risa permite domesticarlas.
Tal vez por eso bailamos nuestros problemas.
No los resolvemos bailando, desde luego. Pero durante tres o cuatro minutos dejan de pesarnos de la misma manera.
El mexicano del que hablaba Paz utiliza máscaras. Y el humor también puede ser una máscara.
Decimos “no voy a trabajar” mientras bailamos.
Nos reímos.
Movemos la cadera.
Inventamos una razón para el lunes y otra para el martes.
El miércoles hay pachanga.
El jueves estamos desvelados.
Y cuando finalmente llega el domingo reclamamos, con absoluta seriedad, nuestro merecidísimo descanso después de una semana en la que, según la canción, no hicimos absolutamente nada.
Es maravilloso.
Pero también, si uno quiere mirar debajo de la superficie, hay una pequeña crítica social escondida en la carcajada.
Porque una sociedad también se construye mediante su relación con el trabajo, la responsabilidad y el tiempo. La picardía puede ser encantadora mientras permanece en el territorio del chiste; deja de serlo cuando se convierte en irresponsabilidad cotidiana. Una cosa es reírnos de la excusa y otra muy distinta convertir la excusa en sistema.
Ahí la canción deja una pregunta flotando.
¿Cuántas veces celebramos como “ingenio mexicano” lo que en realidad es incumplimiento?
No tengo una respuesta sencilla.
Y tampoco quiero moralizar una cumbia.
Sería terrible.
Prefiero escucharla como lo que es: una estupenda pieza bailable que, quizás sin proponérselo, terminó guardando dentro de sí una pequeña radiografía humorística de nosotros mismos.
Porque allí están el calendario y la fiesta, el trabajo y la evasión, el refrán y la pachanga, Jesucristo y el sábado de medio día, la ronda infantil y la cumbia, la memoria africana y la tradición mexicana, el lenguaje convertido en ritmo y, finalmente, el cuerpo reclamando su derecho ancestral a moverse.
Eso es lo maravilloso de la música popular.
A veces creemos que una canción solamente dice:
“No voy a trabajar”.
Y resulta que detrás de esa frase aparentemente inocente aparece un país entero mirándose al espejo.
Un espejo deformante, naturalmente.
Un espejo de feria.
Pero espejo al fin.
Quizá Octavio Paz entró al laberinto buscando comprender nuestra soledad.
Bermudas, muchos años después y desde otro territorio completamente distinto, encontró una de las salidas.
Estaba en la pista de baile.
Y mientras seguimos discutiendo quiénes somos, el mexicano de la canción ya tomó su decisión:
hoy tampoco va a trabajar.
Tiene algo mucho más urgente que hacer.
Bailar.
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