Hay canciones que trascienden el tiempo. Dejan de pertenecer a un autor, a una época o incluso a una generación específica. Se convierten en patrimonio emocional. Habitan la memoria colectiva. Son parte del paisaje sonoro de un pueblo.
En México existen pocas obras con esa condición privilegiada. El Huapango de Moncayo es una de ellas. El Dios Nunca Muere de Macedonio Alcalá es otra. Y, por supuesto, Cielito Lindo ocupa un lugar central en esa pequeña constelación de símbolos que, sin necesidad de decretos oficiales, representan una forma de entender la identidad mexicana.
Compuesta por Quirino Mendoza y Cortés en 1882, en pleno Porfiriato, la canción posee una simplicidad engañosa. Su melodía es amable, memorable, accesible. Su letra describe una escena amorosa utilizando imágenes poéticas que eran comunes en la tradición popular de finales del siglo XIX. Nada extraordinario, podría pensarse. Sin embargo, ocurre algo fascinante: la canción sobrevivió a la Revolución Mexicana, a dos guerras mundiales, a los cambios tecnológicos, a la radio, al cine, a la televisión y a internet.
Sobrevivió porque dejó de ser solamente una canción.
Se convirtió en un símbolo.
Por eso resulta tan sorprendente que periódicamente aparezcan voces que intentan juzgarla bajo parámetros contemporáneos, como si una obra cultural pudiera ser arrancada de su contexto histórico y sometida a un tribunal ideológico del presente.
El fenómeno no es nuevo. De hecho, acompaña a todas las épocas. Cada generación cree poseer una superioridad moral suficiente para corregir a las anteriores. Lo preocupante es cuando esa tendencia deja de ser una discusión académica legítima y se transforma en un impulso por cancelar, censurar o eliminar elementos fundamentales de la memoria cultural.
Porque una cosa es analizar críticamente una obra.
Otra muy distinta es pretender que desaparezca.
La diferencia es enorme.
Toda manifestación artística es hija de su tiempo. Si aplicáramos de manera estricta los criterios morales actuales a la totalidad del patrimonio cultural humano, terminaríamos prohibiendo buena parte de la literatura universal, del teatro clásico, de la ópera, de la pintura, de la música popular y hasta de las tradiciones orales.
¿Deberíamos cancelar a Cervantes por ciertos pasajes de su época?
¿Eliminar a Shakespeare por representar estructuras sociales propias del siglo XVI?
¿Prohibir la ópera italiana del siglo XIX por sus visiones románticas del amor?
La respuesta parece evidente.
La función de la cultura no consiste en adaptarse permanentemente a las sensibilidades pasajeras del presente. Su función es permitirnos comprender quiénes fuimos, quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí.
Y precisamente ahí reside el verdadero peligro.
No en la crítica.
La crítica es necesaria.
El peligro aparece cuando confundimos análisis con destrucción.
Conviene preguntarse también por qué este tipo de polémicas encuentran hoy un terreno tan fértil. Quizá la respuesta no esté en las canciones, sino en el clima social que vivimos. Durante los últimos años se ha fortalecido en México una narrativa que tiende a dividir la realidad entre grupos enfrentados: privilegiados y desfavorecidos, pueblo y élites, vencedores y vencidos. El problema no es discutir las desigualdades reales que existen —sería absurdo negarlas—, sino alimentar constantemente una lógica de resentimiento como herramienta de interpretación de la vida pública.
Cuando esa visión se instala en amplios sectores de la sociedad y, peor aún, cuando es estimulada desde las más altas esferas del poder político, termina contaminando también la lectura de la cultura. Entonces una canción deja de ser una canción; una obra de arte deja de ser una obra de arte; un símbolo histórico deja de ser un símbolo histórico. Todo comienza a ser observado a través de una lente de confrontación permanente. El resultado es una sociedad cada vez más incapaz de reconocerse en un patrimonio común y cada vez más inclinada a buscar agravios donde antes encontraba puntos de encuentro.
Y precisamente las grandes expresiones culturales cumplen la función contraria. No separan. Unen. No fragmentan. Conectan generaciones, regiones, clases sociales y formas distintas de entender el país. Por eso resulta tan preocupante que algunos pretendan convertir símbolos compartidos en nuevos campos de batalla ideológica.
Cuando dejamos de estudiar una obra para comenzar a deslegitimarla.
Cuando el objetivo ya no es comprender el pasado, sino borrarlo.
La historia demuestra que los proyectos culturales más empobrecedores siempre han comenzado así. No necesariamente quemando libros. A veces basta con declarar que ciertas obras son inconvenientes, problemáticas o incompatibles con los valores actuales.
La consecuencia final es la misma: la reducción del horizonte cultural.
Resulta además curioso observar ciertas contradicciones de nuestro tiempo. Sectores que examinan con lupa canciones tradicionales del siglo XIX suelen mostrar una notable indulgencia hacia expresiones culturales contemporáneas que exaltan abiertamente la violencia, la degradación humana o la glorificación del crimen.
No se trata de prohibir unas ni otras.
La cultura debe permanecer libre.
Pero la inconsistencia resulta evidente.
Si el criterio es el análisis ético, debería aplicarse a todos los casos por igual.
Si el criterio es la libertad artística, entonces también debe aplicarse de forma universal.
Lo que no puede sostenerse intelectualmente es una vara distinta para cada fenómeno cultural dependiendo de simpatías ideológicas o modas momentáneas.
En realidad, el caso de Cielito Lindo revela algo más profundo. Nos habla de una creciente dificultad para comprender los símbolos compartidos.
Las sociedades necesitan relatos comunes.
Necesitan canciones comunes.
Necesitan espacios donde personas de distintas clases sociales, edades, ideologías y regiones puedan reconocerse mutuamente.
Cuando la selección mexicana juega un partido en el extranjero y miles de voces entonan aquel célebre “Ay, ay, ay, ay”, nadie pregunta por filiaciones políticas, niveles de ingreso o preferencias ideológicas.
Durante unos segundos existe algo más importante.
La pertenencia.
La sensación de formar parte de una historia colectiva.
Y eso tiene un valor enorme.
Quizá por eso estas discusiones generan tanta reacción emocional. Porque en el fondo no se está hablando solamente de una canción. Se está hablando de memoria. De identidad. De continuidad cultural.
México enfrenta desafíos inmensos en materia de educación, seguridad, desarrollo científico, preservación ambiental y fortalecimiento institucional. Frente a ellos, convertir una canción de 1882 en un problema nacional parece una distracción desproporcionada.
La grandeza cultural de una nación no consiste en destruir sus símbolos, sino en comprenderlos.
No consiste en cancelar el pasado, sino en dialogar con él.
No consiste en fragmentar la memoria colectiva, sino en enriquecerla con nuevas voces sin expulsar a las anteriores.
Porque México es mucho más grande que cualquier moda ideológica pasajera.
Y porque algunas canciones, después de más de ciento cuarenta años, ya no pertenecen a una generación específica.
Pertenecen a todos.
Y mientras exista un mexicano en cualquier rincón del mundo capaz de cantar aquel viejo coro que aprendió de sus padres o de sus abuelos, Cielito Lindo seguirá haciendo lo que ha hecho desde 1882:
Recordarnos que la identidad de un pueblo no se construye borrando su memoria, sino conservándola, comprendiéndola y transmitiéndola a quienes vienen detrás.
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