jueves, 14 de mayo de 2026

Arquitectura de lo vivido



Por Aldo Rodríguez

Hay días —no muchos, pero sí los necesarios— en los que uno se detiene y se escucha por dentro. Hoy es uno de ellos. No porque el calendario lo imponga, sino porque algo en el pulso íntimo lo pide: una pausa, una mirada larga, una respiración que no sea automática sino consciente. Cumplo años… y lo digo sin peso, casi como quien abre una ventana.


Soy feliz. Y no lo digo desde la ingenuidad ni desde la comodidad del olvido, sino desde la conciencia de todo lo que ha sido. Soy feliz con lo que tengo, sí, pero también —y quizá más profundamente— con lo que tuve y con lo que viví. Incluso con aquello que en su momento dolió, incomodó o desordenó. Porque al final, uno entiende —a veces tarde, pero entiende— que cada decisión, cada error, cada desvío, tenía que ocurrir. Como si la vida fuera una partitura donde incluso las disonancias están escritas con una precisión secreta.


Crecí en un hogar donde la cultura no era adorno, era alimento cotidiano. La música sonaba con naturalidad, los libros estaban ahí como cómplices silenciosos, la pintura y la historia eran conversaciones posibles en cualquier momento. No faltó nada esencial. Y eso —lo sé ahora con claridad— no es poca cosa. Es, en muchos sentidos, el punto de partida de todo.


Tuve —tengo— una hermana. Compañera de juegos, de travesuras, de pequeñas conspiraciones infantiles. Y con el tiempo, la vida hizo lo suyo. Hoy, además de hermanos, compartimos algo mucho más profundo: la confianza, la memoria y el cariño de quienes han recorrido juntos prácticamente toda una vida.


La vida me dio también dos hijos. Dos jóvenes que hoy observo con una mezcla de asombro y gratitud. Inteligentes, sensibles, talentosos… cada uno con su propia voz, con su propio horizonte ya delineándose. Verlos avanzar hacia su vida profesional no es solo motivo de orgullo, es una forma de reconciliación con el tiempo. En ellos, algo de uno continúa, pero también algo de uno se transforma.


Y en esa historia, hay una presencia que merece nombrarse con claridad y respeto: la mujer que es madre de mis hijos. Compartimos años fundamentales, momentos luminosos y también tiempos complejos, como ocurre en toda vida verdadera. Pero más allá de todo, ahí ha estado, formando parte esencial de esta historia familiar que también me define. Y eso, con los años, uno aprende a valorarlo desde un lugar sereno y honesto.



Y, sin embargo, este año —en esta etapa de mi vida— hay una sombra que no puedo ni quiero eludir. La última vez que la vi, que platiqué con ella, fue el 14 de febrero. Fue la última vez que hablé con mi mamá, porque unas horas después, gran parte de su mente comenzó a desprenderse de lo que había sido. Pienso en ella y la veo como era: una mujer ávida lectora, de conversación luminosa, de una belleza que en su juventud dejó huella, la eterna reina de los periodistas en Culiacán, la voz que al mediodía daba las noticias en la radio, en aquella amplitud modulada de principios de los años sesenta. Recuerdo también esa encrucijada que le ofreció la vida: “no te cases, te conseguimos una diputación”… y ella eligió el camino más silencioso y más profundo, el de formar una familia. Hoy, lo que duele —y duele hondo— es asistir a la lenta desaparición de su memoria. Ver cómo ya no es ella. Ser testigo de lo que el Alzheimer hace a un ser humano es una experiencia que marca, que desgarra en silencio. Nos ha marcado a todos: a mi hermana, a mí, a la familia entera. Y en medio de esa pérdida que aún respira, queda el eco de lo que fue… intacto, resistiendo en nosotros.


He viajado. Mucho. Y cada viaje ha sido, en realidad, un espejo distinto. He probado sabores que parecían imposibles y he encontrado placer en lo más sencillo. Porque al final, el gozo no está en la complejidad sino en la disposición.


La música… ¿qué decir? Ha sido el hilo invisible que une cada etapa de mi vida. Podría trazar mi historia personal a través de sonidos: Johann Sebastian Bach como arquitectura perfecta; Gustav Mahler como abismo y redención; Miles Davis como intuición pura; João Gilberto como susurro; Brian Eno como atmósfera suspendida. Cada uno ha sido, en su momento, una forma de entender el mundo… o de sobrevivirlo.


Y sí, me siento contento. Profundamente contento. No desde la euforia pasajera, sino desde una serenidad que se ha ido construyendo con los años. Una vida llena de música, una vida llena de arte, de conocimiento. El aprendizaje diario —el bueno y el malo— es el que verdaderamente esculpe. Todo suma. Todo deja huella. Todo, incluso lo que duele, termina por formar.


Recuerdo la primera vez que llegué a París. No fue un descubrimiento… fue un reconocimiento. Sabía cada nombre, cada rincón, cada trazo de sus calles como si ya los hubiera recorrido antes. Era como volver a un barrio antiguo, pero no de la infancia vivida, sino de otras memorias, de otros tiempos. Algo en mí ya estaba ahí antes de llegar.


He sido maestro. Y eso, con los años, se vuelve una de las mayores recompensas. Ver a quienes fueron alumnos convertirse en colegas, en interlocutores, en amigos… es una forma muy concreta de trascendencia. Enseñar no es transferir conocimiento, es abrir posibilidades. Y cuando esas posibilidades florecen, algo dentro de uno también lo hace.


He tenido pocos amigos. Pero los necesarios. Los que permanecen sin necesidad de presencia constante. Los que entienden el silencio y celebran el reencuentro sin reproches. Abel, Joel, Felipe, Miguel, Benjamin … nombres que no necesitan explicación porque ya son parte del tejido mismo de la vida.


La radio me dio otra dimensión: la posibilidad de hablarle a muchos sin dejar de ser uno. De compartir, de provocar curiosidad, de tender puentes invisibles. Miles de personas del otro lado… y, sin embargo, la sensación de cercanía.


No todo es armonía, por supuesto. También hay momentos en los que uno mira alrededor y no puede evitar cierta tristeza. Ver cómo el país se desmorona por momentos, cómo se despedaza en sus propias tensiones. Pero incluso ahí, la experiencia enseña algo: la rueda sigue girando. Siempre. Los que hoy están encumbrados, mañana pueden estar aplastados por esa misma fuerza que los elevó. Es un axioma antiguo, casi brutal en su claridad… y sin embargo, profundamente cierto. Lo he visto antes. Lo seguiremos viendo.


No me siento viejo. Y lo digo con una sonrisa casi cómplice. Siento, más bien, que estoy en la mitad del camino. Como si todo lo vivido hubiera sido preparación para lo que viene. Llego a este “sexto piso” con una energía intacta, con proyectos que me entusiasman, que me seducen, que me exigen. Y eso —esa capacidad de seguir deseando, de seguir creando— es quizá el verdadero indicador de vida.


Claro que hay cosas por mejorar. Siempre las habrá. Los defectos no desaparecen, aprenden a disfrazarse, a ocultarse, a dialogar con uno. Hay estructuras internas que parecen inamovibles… pero incluso en eso hay margen. No para borrarlas, sino para entenderlas.


Y al final, inevitablemente, aparece el origen. Los ancestros. Esa cadena invisible de historias, de luchas, de momentos extremos, de decisiones que no nos pertenecen pero nos constituyen. A ellos —a todos ellos— mi gratitud profunda. Porque sin ese recorrido previo, yo no estaría aquí. Somos, en gran medida, la consecuencia de aquello que no vivimos directamente.


Hoy, en este punto exacto del tiempo, no me queda más que agradecer. A la vida, sí. Al arquitecto —como cada quien quiera nombrarlo— también. Pero sobre todo, agradecer el hecho mismo de haber sido, de estar siendo, y de seguir en construcción.


Porque al final —y esto lo digo casi en voz baja— la vida no es otra cosa que eso: una obra en proceso, siempre inacabada… y, por fortuna, siempre abierta.

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