Por Aldo Rodríguez
Llegué a Culiacán al terminar la preparatoria. Venía de la Ciudad de México, con la memoria llena de radios que hablaban distinto, que pensaban, que arriesgaban. Nací aquí, sí, pero mi infancia se formó allá: jardín de niños, primaria, secundaria, preparatoria. Regresamos por trabajo de mi padre y porque mi madre es de aquí. Todo se alineó, como suelen alinearse las cosas que no se planean del todo.
Culiacán era entonces una ciudad que se cruzaba en diez minutos. Pocos cines, una estación de FM, silencios largos. Yo venía de una vida más compleja, de un mapa sonoro más denso. El choque fue real. Pero la vida —esa gran editora— me colocó en el lugar correcto: el cuadrante radiofónico.
En casa escuchábamos radio con devoción. Yo estaba habituado a Radio UNAM, a WFM, a esa época luminosa de voces y contenidos donde la música no era fondo sino centro. Aquí, en Culiacán, la única emisora que me hablaba con honestidad era Radio Universidad Autónoma de Sinaloa. Pequeña, cultural, obstinada. Programas de Radio Francia, La Voz de Alemania, Radio Moscú, Radio Netherlands. Una fonoteca que respiraba jazz, música clásica, cantos de protesta. Era la radio que nos gustaba en casa. Jamás imaginé que, pocos años después, sería también mi casa.
Llegué un día preguntando por el director. Acababa de entrar Roberto Fernández Camacho. Le dije algo muy simple: yo tengo discos que ustedes no tienen; ustedes tienen discos que yo no tengo. No pedía préstamos: traía mi equipo, me instalaba donde dijeran y grababa ahí mismo. Accedió. Y entonces me dijo: “¿Tú eres Aldo Rodríguez, el que escribe en El Sol de Sinaloa?”. Tenía 20 años. Mi columna se llamaba El Hombre y la Música. Le dije que sí. Y entonces vino la pregunta que lo cambió todo: “¿No te gustaría tener un programa como colaborador?”.
No lo pensé dos veces.
Mi primer programa se llamó Música Selecta para Guitarra. Un título grandilocuente, quizá, pero sincero. Una hora dedicada a ese universo: el Concierto de Aranjuez, los estudios de Villa-Lobos, la música de Manuel M. Ponce, los conciertos de Mauro Giuliani. Yo ya sabía armar un programa: en casa siempre hubo grabadoras de casete, de carrete, tornamesa. Y, además, el equipo humano de la radio era extraordinariamente profesional. Corría 1986.
Hice otros programas. En Concierto. Cápsulas científicas con guiones del CONACYT que nadie utilizaba y a los que yo intenté darles voz. Mientras tanto, daba clases en la Escuela de Música. Todo era aprendizaje: la palabra, el ritmo, la respiración frente al micrófono. La voz nunca me fue ajena. Desde niño había conducido festivales, declamado poemas, presentado actos. La radio fue una extensión natural de eso que ya estaba en mí.
Mientras daba clases en la Escuela de Música de la Universidad y colaboraba en la radio, llegó un momento decisivo en el que la radio me llamó con más fuerza. Me sedujo la posibilidad de crear un universo sonoro propio, esa magia irrepetible del micrófono encendido, del tiempo suspendido, de la palabra y la música viajando hacia un oyente invisible pero presente. Fue entonces cuando tomé una decisión fundamental: dejar la Escuela de Música y llegar a Radio UAS ya no como colaborador, sino como trabajador de base . Tuve la fortuna de ingresar como productor, siendo el primero en hacerlo para un área específica, no por escalafón administrativo, sino mediante un examen y un consejo conformado expresamente para cubrir un campo que la emisora necesitaba: la música clásica, el jazz y las relaciones con las radios internacionales. El dominio de distintos idiomas, que siempre me ha abierto puertas, fue clave en ese proceso; la radio requería un agente para ese puente cultural y todo se alineó. Así cambié mi adscripción de la Escuela de Música a Radio Universidad Autónoma de Sinaloa, para convertirme en productor–investigador de base en esta maravillosa emisora que, desde entonces, es también mi casa.
A finales de 1989 empecé a gestar una idea que no me soltaba: la gente sí entiende las obras complejas si se le explican con palabras claras, sin condescendencia, sin artificio. Lo había comprobado en el aula y al aire. De ahí nació un nombre sencillo, directo, casi inevitable: Hablemos de Música.
El 15 de enero de 1990, Hablemos de Música salió al aire por primera vez, a las 12 del día. Yo pedí ese horario. Sabía que había gente trabajando, gente escuchando. Le tuve fe. La primera obra fue la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven, con la Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert von Karajan. No era una elección tibia. Nació así, en un contexto hostil, en una radio dirigida por alguien que pensaba que todo era basura salvo la música vernácula. Pero Hablemos de Música nació para quedarse.
Desde entonces, el programa nunca ha cambiado de horario. Fue el primero en usar discos compactos. El primero en usar MiniDisc. El primero en transmitirse por Internet en Culiacán —al inicio, solo Hablemos de Música estaba en línea— gracias a amigos que creyeron en la idea. El primero en tener página web en la ciudad. No lo digo con soberbia: lo digo porque entendí muy temprano que la radio debía dialogar con la tecnología o desaparecer.
En Hablemos de Música la música que se escucha no proviene de un archivo impersonal ni de una programación automatizada: proviene de mi propia fonoteca. Desde el primer día he trabajado al aire con los discos que he reunido a lo largo de mi vida, con esa colección íntima que se fue formando por curiosidad, por estudio, por obsesión amorosa con el sonido. Todos mis programas de radio han nacido así, desde la escucha personal compartida. Siempre me ha gustado abrir mi fonoteca, ponerla en la mesa, invitar a otros a entrar en ella. La gente lo sabe, y quizá por eso, con los años, muchos radioescuchas y amigos han confiado en mí sus propias colecciones: fonotecas completas, discos únicos, grabaciones valiosas que hoy forman parte del universo sonoro de Hablemos de Música. Ese gesto —profundamente humano y generoso— ha enriquecido el catálogo del programa y lo ha convertido, sin proponérselo, en una fonoteca viva, colectiva, hecha de afectos, memoria y escucha compartida.
El reconocimiento llegó años después. Seis, siete. Cuando la gente ya sabía que al mediodía, por Radio Universidad, había un espacio donde la música se pensaba, se contaba, se compartía. Hoy, Hablemos de Música cumple 36 años ininterrumpidos. Más de 20 mil emisiones. Amigos y escuchas en muchas partes del mundo. Un programa que ha cruzado fronteras sin dejar de ser profundamente local.
En el camino de Hablemos de Música he conocido radioescuchas profundamente humanos, muchos de ellos anónimos en nombre, pero imborrables en memoria. Llegaban a la cabina con regalos que no se compran: agricultores que me llevaban sacos de elote, acuacultores que aparecían con camarones como agradecimiento por algún programa en particular, otros con mangos, con discos, con música ofrecida como gesto de gratitud. Hasta hoy siguen llegando discos a la fonoteca como regalo silencioso. Recuerdo con especial emoción al ingeniero Mendieta, ya fallecido, que llegó un día triste y furioso porque habían tirado a la basura todos sus viniles: “eran para ti, Aldo”, me dijo, “pero solo pude rescatar este”. Ese “este” eran las Nueve Sinfonías de Ludwig van Beethoven, en vinil original, dirigidas por Arturo Toscanini, edición de 1957. Y cómo no recordar a Guadalupe Rangel, una radioescucha extraordinaria que, desde la primera emisión del programa, anotó día tras día qué obra y qué compositor se habían transmitido; escribió cientos de cuadernos con una disciplina amorosa. A su muerte, sus sobrinos, nietos y hermanas llegaron a la radio para entregarme algunos de esos cuadernos: “Aldo puso hoy la Sexta Sinfonía de Beethoven…”, con fecha, con contexto, con la bitácora completa del programa. Ha sido una de las experiencias más conmovedoras de mi vida. En estos 36 años, en Hablemos de Música nacieron mis hijos y también murió mi padre; el día de su fallecimiento, la funeraria se llenó de radioescuchas que no me conocían personalmente, pero que sabían por lo que estaba pasando y fueron a darme el pésame. Hoy, dondequiera que vaya —al supermercado, al banco, a la gasolinera— basta con que hable para escuchar: “Aldo Rodríguez… Hablemos de Música”. Que la gente reconozca mi voz me honra, me enorgullece y me alimenta el espíritu. Y eso, profundamente, lo agradezco.
En ese camino nacieron otros proyectos: Hablemos de Ópera (1997), también ininterrumpido; Aldo de Jazz, que tuvo su vida en radio comercial y regresó a Radio Universidad hace cinco años, con el nombre que le dio un querido amigo hoy ausente, Procopio Ramos. Todos forman parte del mismo impulso: hablarle a la gente con respeto, con pasión, con conocimiento.
Durante la pandemia, Hablemos de Música se expandió más allá del dial: seminarios web con participantes de Europa, Sudamérica, México, Estados Unidos. La radio como punto de partida, no como límite.
Hablemos de Música ha visto pasar rectores, directores, compañeros. Ha despedido voces queridas que ya no están en esta tierra. Y sigue ahí. No porque sea mío, sino porque pertenece al público: ese cómplice silencioso del otro lado del micrófono sin el cual nada de esto tendría sentido.
Hay una coincidencia que siempre me ha parecido profundamente reveladora: Hablemos de Música nació un 15 de enero de 1990, y ese día, en México, es el Día del Compositor. No lo planeé así, pero la vida —que a veces compone mejor que uno— decidió marcar ese inicio con sentido. Este año, además, se cruzan dos líneas mayores de mi propio tiempo: cumplo cuatro décadas como compositor, caminando entre sonidos y silencios, y cumplo también cuarenta años haciendo radio, dialogando con la música desde el micrófono. Dos oficios que no he sabido —ni querido— separar. Por eso comenzamos este año de una manera especial, casi ritual: celebrando no solo la permanencia de un programa, sino una forma de estar en el mundo, escuchando, pensando y compartiendo música como una manera de vida.
Radio Universidad tiene 53 años al aire. Hablemos de Música ha estado presente en 36 de ellos. Más de la mitad de su vida. Y sigue renovándose porque la música es inagotable. Porque aún hay compositores por descubrir, obras por escuchar, ideas por compartir. Porque no se trata solo de repetir el canon, sino de abrir ventanas: del pasado remoto a lo que hoy se está creando.
Eso ha sido siempre Hablemos de Música: una conversación honesta con el sonido. Y mientras haya alguien del otro lado dispuesto a escuchar, aquí seguiremos, hablando de música.
No hay comentarios:
Publicar un comentario